La pandemia y una respuesta global

Conviene enmarcar el problema de la pandemia más allá de la urgencia por la supervivencia humana. Lo que está sucediendo es un fenómeno habitual en la historia de la vida, un episodio más de la búsqueda de conservación entre especies. En este caso, es un fenómeno producido entre los hombres y otros seres, cierta especie de virus, que están en el extremo de la vida. Nos guste o no pensarlo así, se trata de un episodio evolutivo más; y es, también, un fenómeno ambiental. Tan evolutivo es que uno de los aspectos de la epidemia es que los virus mutan con relativa facilidad. Por otra parte, es atribuible a que el ser humano ha irrumpido sobre la mayor parte de las zonas naturales del planeta, y ha desencadenado corrimientos de especies hacia áreas donde él mismo habita. Los medios de transporte han hecho el resto, difundiendo rápidamente el virus por las diversas geografías. Por eso hablamos de pandemia, quizás la primera epidemia realmente universal.
La amenaza sobre la vida humana no es un fenómeno novedoso: hubo otras pestes en la historia, algunas muy mortíferas. Además, hubo cinco extinciones masivas de especies en la historia de la biosfera –cuando todavía no existía el Homo sapiens– y, de hecho, estamos asistiendo a la sexta, con responsabilidad esencialmente humana. Es dentro de este proceso de extinción masiva de especies en donde se produce un proceso particular: el conflicto entre un virus y el ser humano.
Uno de los fundadores de la bioética, Van Rensselaer Potter, pensó claramente la reflexión ética sobre la vida humana en conexión con el resto de la vida biológica, con la ecología, con la medicina y con los valores humanos. La bioética, pues, nació como ética ecológica y humana, al mismo tiempo. Resulta importante recuperar esa dimensión, a pesar de que la dramaticidad del momento nos conduzca hacia un pensamiento puramente defensivo. Es comprensible: está en juego nuestra vida personal, familiar y colectiva. La tentación del antropocentrismo crece al experimentar el miedo a la muerte y la amenaza de disolución de la historia tal como la conocemos. Al ser personas, somos conscientes del proceso. Además, tenemos una capacidad científica y tecnológica idónea para crear respuestas farmacológicas y sanitarias. Eso lleva a que nos aboquemos a una búsqueda colectiva por soluciones de protección de lo humano. Sin embargo, convendría no olvidar que el problema no se circunscribe a la pura supervivencia personal o de nuestra especie: en efecto, la pandemia es, a la vez que una patología para el ser humano, un síntoma de una patología ambiental. Es más, como señalan algunos infectólogos y ecólogos, el Covid-19 podría ser el primero de otros episodios incluso más graves.
En este contexto, las posiciones de los partidarios de la ecología profunda subrayan que la pandemia es, paradójicamente, un bien para el resto de la biosfera. Hemos visto como especies alejadas de las regiones urbanas han reaparecido en el tiempo de cuarentena, porque la Tierra no resiste, de manera sustentable, más allá de 2000 o 3000 millones de habitantes con el ritmo de consumismo que se ha extendido a gran parte del planeta. La afirmación cruda es intolerable. Pero, lamentablemente, las estimaciones serias provenientes del mundo de las ciencias del planeta parecen coincidir en la afirmación de que se ha superado la posibilidad física y ecológica de la población humana. La extinción masiva de especies y el cambio climático -y la misma pandemia- están pareciendo dar la razón a estas sentencias. La biosfera es, con una expresión bien tradicional de la filosofía, una realidad finita y contingente (es decir: limitada y con posibilidad de dejar de existir).
El marco dado por la bioética ambiental no puede disolver el abordaje concreto de la ética personal y social. Hay que pensar cómo actuar, y cómo hacerlo lo más éticamente posible. No dudamos de nuestra condición personal y, sobre todo para los creyentes de fe bíblica, de la misión original que tiene el hombre en el plan divino: es un “tú” para Dios y sujeto de la encarnación. Ello demanda que la bioética ambiental de paso a una bioética personal. Emergen entonces muchos temas. Pero conviene hacer una breve desviación por un problema fundamental: ¿qué hay de verdad y qué de falsedad o desconocimiento en este proceso?

¡Un epistemólogo por aquí!
El vendaval de la pandemia ha hecho percibir que la posición dela pos-verdad no es sustentable, al menos en ciertos ámbitos. Se necesita conocer lo más exactamente posible una serie de fenómenos y las tecnologías que los puedan controlar. El desfile mediático de virólogos, bioquímicos, bio-tecnólogos y funcionarios presuntamente científicos, nos ha hecho tomar conciencia de dos cosas, aparentemente contradictorias: la importancia de una ciencia seria y madura, así como la inexactitud y provisoriedad de muchos de sus resultados. En pocos meses, hemos visto que la ciencia no es exacta y no sabe todo; pero, a la vez, hemos visto que necesitamos imperiosamente de ella. El hecho de saltar los pasos férreamente impuestos por el magisterio científico (fases de prueba, publicación en revistas científicas con evaluación de pares, etc.) y tener que confiar -con una fe mucho menos lúcida que la le pedimos al ámbito religioso- en que tal vacuna es segura por argumentos de autoridad política, de procedencia, o simplemente por la misma urgencia, ha hecho ver que necesitamos madurar en una cultura epistemológica. Puede resultar pomposa la expresión, pero traduce una cuestión básica: ¿Le creemos a la ciencia? ¿Qué le creemos? ¿Por qué? ¿Cómo y hasta dónde? ¿Quiénes son los portavoces de la ciencia? Las preguntas son múltiples y, sabemos, de difícil respuesta. En gran medida, debemos hacer recaer nuestra confianza en organismos académicos lo más seguro posibles y sin renunciar a un proceso de información y de debate profundo. Si algo no enseña esta crisis, es que necesitamos de una ciencia madura, pero también de divulgadores científicos formados en los alcances y límites de la ciencia, de medios de comunicación con especialistas en temas científicos y, no en último término, de funcionarios de diversas áreas formados seriamente en dichos temas. No olvidemos que hemos visto ministros de Salud diciendo que la pandemia no llegaría o que el contagio por jugar al tenis era alto y, a su vez, hemos escuchado a infectólogos y virólogos proclamando tesis diametralmente opuestas entre sí. Pero también hemos visto a politólogos, sociólogos, economistas y psicólogos, hablando de la pandemia como si fuese sólo un problema político, sociológico, económico o psicológico, y no hubiera allí detrás un ser independiente, un virus, y con él todo un complejo sistema ecológico real, en el que vivimos y del que vivimos. En síntesis, el hecho ha permitido ver que no estamos solos en el planeta, y que sólo en una perspectiva global (lo que Laudato si denomina “ecología integral”) puede abordarse este acontecimiento que llamamos pandemia.
Finalmente, el tema nos hace pensar en cuestiones políticas. Esto también tiene muchas aristas. Por una parte, la pandemia terminó siendo no un problema meramente sanitario o biológico, no solamente el virus y sus impactos sobre el ser humano, sino un problema también político: afectó las diversas esferas de la “polis” global. Nada más actual que la novela de Camus, La peste, para visibilizar el hecho de que el “pan” de “pandemia” implica la totalidad de las relaciones de la sociedad humana. En efecto, el conjunto de la vida social queda afectado: educación, economía, reacciones locales, arte, etc.
Es en este contexto donde habría que pensar la cuestión de las vacunas. Éstas no son sino respuestas científicas y tecnológicas a la enfermedad producida en los individuos humanos. La pandemia ha puesto en el foco de atención la elaboración, producción y distribución de las vacunas. La urgencia ha acelerado los mecanismos de discernimiento epistemológico y ha cambiado los criterios bioéticos de aplicación. En particular, la cuestión de la distribución de las vacunas plantea cuestiones serias para el futuro. No sólo por el hecho de que habrá poblaciones disminuidas o dañadas y otras menos (que coincidirán, aparentemente, con las que consigan las vacunas justas, aunque los datos de impacto son irregulares, ya que hay países poderosos entre los más afectados). El problema más serio es a futuro: ¿cuál será el manejo de países con grandes laboratorios o empresas transnacionales de medicamentos sobre el tema? Obviamente, la situación puede derivar en una hegemonía, al menos parcial, de los países y empresas que produzcan y comercialicen las vacunas. Esto se está comenzando a percibir. En todo caso, emergerá un mundo donde el poder de la empresa farmacéutica acrecentará su alcance, ya que se percibe que se produce más descontrol en las sociedades con una peste viral que con el armamentismo tradicional.
Finalmente, la manipulación (política, económica, cultural) que está revelando la pandemia da también para pensar. Algunos gobiernos han comprobado el éxito relativo de aplicar una propaganda del temor: el “Ministerio del miedo”, parafraseando el título de una novela de Graham Greene. Con esta política se puede controlar información, flujo de personas y la economía básica de un país.

Un profetismo epistemológicamente informado
A los creyentes de fe bíblica se les presenta el desafío de encontrar un sentido al “signo de los tiempos” que constituye la pandemia. No podrá hacerse adecuadamente, si no se analiza con toda la racionalidad posible lo que las ciencias están articulando sobre el fenómeno. El temor a la enfermedad, a la muerte y a la extinción humana no debe hacer olvidar que el Espíritu Santo (“Señor y dador de vida”) acompaña el proceso histórico y nos induce a buscar caminos racionalmente vitales en el seno de esta crisis que toca el corazón de la relación entre la redención y la creación. Porque, en efecto, un virus y el ser humano se encuentran conflictivamente. Uno tiene miles de millones de años de existencia, casi invariable, en el planeta; el otro, no más de un par de millones. Pero éste último es el destinatario primordial de la historia salvífica, donde “el Hijo se hizo hombre”. El escenario actual puede llevarnos a pensar en un renovado compromiso del Espíritu por la historia nueva, la “nueva creación”, en términos paulinos. Pero, además, ese fluir pneumatológico se abre en innumerables ríos por los incontables cauces de vínculos entre especies, individuos animales y vegetales, microorganismos, ecosistemas, espejos de agua, clima…
Dentro del tremendo drama sanitario y ambiental en el que estamos inmersos, podemos dejarnos conducir por un Espíritu de vida que nos haga descubrir caminos hacia una percepción más profunda de la creación. Quizás, entonces, aparezcan frutos inesperados de esta oscura transición ocasionada por la interacción de un minúsculo virus con el ser humano, quien es a la vez el “Homo sapiens” biológico y el “Adam” creado, al decir del salmista, como especial en el universo.

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