Cuando me desato del ombligo del presente y miro atrás la historia me siento ahora más cercana a esa enorme cantidad de seres humanos que nos precedieron en la experiencia de atravesar situaciones colectivas en las que la vida cotidiana se escapa de las manos. Cientos… miles de guerras, persecuciones, pestes, hecatombes, revelan sus contornos más definidos y me empujan a percibir la realidad hoy desde sus huellas, las huellas del mal.
El hilo de la vulnerabilidad se encuentra penosa y al parecer inevitablemente entretejido con la gran trama de la historia de la humanidad, desde el diluvio hasta nuestros días. El ángel de la historia, dice Walter Benjamin, mira hacia el pasado con sus alas abiertas y los ojos desencajados: “Quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo”. (1)
De modo que, amigos contemporáneos, al parecer ahora han doblado las campanas también para nosotros y empieza a ser inevitable que esa tormenta arrastre en su remolino algunas ruinas propias. A pesar de que la globalización de la peste nos pone en sintonía con casi todos los habitantes del planeta, cada uno, sin embargo, lo vive desde su propio ámbito reducido, su casa, su situación familiar, su trabajo, desde su pequeño mundo de todos los días. Desde su “yo”. Y así ha sido siempre, pues no hay otro modo.
A mí me ha ocurrido, entre otras cosas, recoger de la red de mi memoria vital dos enseñanzas que he aprendido de grandes hombres.

La libertad
Creo que puede servirnos hoy la experiencia de Viktor, Frankl quien en una circunstancia histórico existencial mucho más terrible que la que enfrentamos nosotros, supo reconocer y retener para sí, recursos latentes en la condición humana.
Cuando parece que hemos perdido todas las libertades, la realidad sin embargo nos contradice, nos arrincona un poco más y nos pone frente al espejo para que al menos decidamos algo fundamental: qué tipo de persona permitiremos que la situación que atravesamos dé a luz en nosotros. Esto implica un grado inusitado de lucidez y de energía que se corresponde su vez con lo inusitado de la situación.
Frankl nos relata su experiencia en los campos de concentración y de exterminio. Mutatis mutandi –y con un inmenso respeto– destaco de su relato una enseñanza para este momento: la realidad incontestable de la libertad: “Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre tiene capacidad de decisión. Los ejemplos, abundantes, algunos heroicos, prueban que puede vencerse la apatía y eliminarse la irritabilidad. El hombre puede conservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las más terribles circunstancias de tensión psíquica y física. Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba […] En un análisis último se hace patente que el tipo de persona en que se convertía un prisionero era el resultado de una decisión íntima y no únicamente producto de la influencia del campo. Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que sería de él, mental y espiritualmente, pues aun en un campo de concentración puede conservar su dignidad humana. Dostoievski dijo en una ocasión: ‘Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos’. Y estas palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se pierde. […] Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito”. (2)
Salvando la enorme diferencia con la tremenda situación que enfrentó Viktor Frankl y en su momento, Dostoievski, lo que nos está señalando, y creo que este es uno de los tesoros de su legado espiritual, es que, aun cuando no estén en nuestras manos las reglas del juego en las que nos vemos empujados a vivir, lo que sí sigue estando en nuestro poder es la decisión acerca de la actitud con la enfrentaremos las alternativas que nos presenta la vida cotidiana. Cada uno puede, efectivamente, sumar o restar en la batalla de todos los días por la Vida en sus múltiples e infinitos matices que, de ningún modo, creo, se limitan al objetivo de la supervivencia. Sumas y restas que suelen expandirse como ondas concéntricas desde nuestro pequeño entorno al infinito. Después de todo, la onda expansiva del mensaje de Viktor Frankl ha llegado hasta nosotros y la imagen de esos héroes que iban de barracón en barracón nos interpela aún hoy. ¿Cuál es mi papel en esta historia?

La fortaleza

Una segunda enseñanza me llega de Josef Pieper. La ocasión de su reflexión fue también la segunda guerra mundial y el tema la virtud de la fortaleza el que luego daría origen a su monumental obra sobre Las virtudes fundamentales. ¿Qué significa ser fuerte? “La fortaleza supone vulnerabilidad […] Si el hombre puede ser fuerte, es porque es esencialmente vulnerable. Por herida se entiende aquí toda agresión, contraria a la voluntad, que pueda sufrir la integridad natural, toda lesión del ser que descansa en sí mismo, todo aquello que aconteciendo en y con nosotros, sucede en contra de nuestra voluntad. En suma: todo cuanto es de alguna manera negativo, cuanto acarrea daño y dolor, cuanto inquieta y oprime”. (3)
La fortaleza nos dispone a soportar la adversidad sin sucumbir, sin abandonarnos, sin dejar de atender lo que consideramos importante, aquello que amamos y da sentido a nuestra vida. Esta virtud, dice Pieper tiene dos movimientos básicos en su lucha contra las dificultades: atacar y resistir. Sin embargo, “el acto más propio de la fortaleza, su actus principalior, no es el atacar, sino el resistir. […] la resistencia implica una enérgica actividad del alma, un fortissime inhaerere bono o valerosísimo acto de perseverancia en la adhesión al bien”. La paciencia es algo radicalmente diverso de la irreflexiva aceptación de toda suerte de mal: ‘Paciente no es el que no huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza’. Ser paciente significa no dejarse arrebatar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben […]. La virtud de la paciencia no es incompatible con una actividad que en forma enérgica se mantiene adherida al bien, sino justa, expresa y únicamente con la tristeza y el desorden del corazón. […] Tomás, basándose en la Sagrada Escritura (Lc 21,19), resume lo esencial con la infalibilidad de su extraordinaria puntería: ‘por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma’”. (4)
Algo decisivo para Pieper es entender también que “la fortaleza no debe fiar de sí misma.” >(5) Porque la energía que mantiene entera y vigorosa a la persona no surge autónomamente de sí misma sino de la conciencia de la importancia de aquello por lo que vive.
La persona es capaz de ser fuerte porque experimenta el valor de aquello que la ata la vida, por lo cual se empeña en concentrar sus energías y en dar batalla, atacando o resistiendo lo que amenaza dañarlo.
El fuerte realiza un movimiento centrífugo. Es fuerte porque sabe abrir el juego a algo diferente del sí mismo pero que es lo que brinda al sí mismo su identidad y su peso. Asoma la mirada fuera del caparazón que le instan a construir sus miedos. La tristeza avanza cuando somos incapaces de desviar la mirada de nuestro propio reflejo. Josef Pieper nos anima a superar esa “incapacidad para ‘abandonarse’ que ni por un solo instante cesa de ser el centro de su propia mirada; en suma: esa especie de amor a la propia vida que cabalmente conduce a la pérdida de ella […]: ‘El riesgo a que se expone el yo es tanto más grave cuanto mayor la solicitud con que se busca su protección’”. (6)

En cierto modo Viktor Frankl y Josef Pieper se hallan en sintonía. Frankl nos llama a estar atentos, a impedir que la situación nos empuje a abandonar nuestra libertad interior, nos recuerda que podemos tomar nuestras propias decisiones, seguir siendo sujetos; Pieper por su parte nos llama a cuestionarnos acerca de aquello que le da sentido a nuestra vida, sobre cuáles son las realidades que queremos conservar, proteger, cuáles son las batallas que deseamos presentar y por qué, y cómo.
Ambos pensadores por experiencia personal reclaman claridad para el ser humano. Claridad para la libertad y claridad para la entrega del propio tiempo y energía vital, sobre qué es lo que hay que salvar en medio de la tormenta.

Desde este punto de vista, entonces, la pandemia nos anima a una especie de ascesis personal imprevista, a una poda de intereses, expectativas, a la administración de tiempo y recursos en función de intenciones claras.
¡Justamente a nosotros! educados en un mundo que parecía sumergirse cada vez más en una situación de dispersión, de desdibujamiento de las coordenadas y postergación de las definiciones personales, acostumbrados a la liquidez, el exceso y la evanescencia.
Hoy me son cada vez más familiares las viejas cuestiones de la filosofía.
Miro el paisaje del pasado cercano y luego lo que ocurre ahora y resuenan una y otra vez las preguntas en primera persona del singular y del plural, individual y colectivamente.
¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos acá? ¿Qué queremos? ¿En qué realidades deseamos comprometer nuestra libertad? ¿Cuáles son las batallas que estamos dispuestos a librar? ¿Para qué?

Marisa Mosto es Doctora en Filosofía

NOTAS

1. Walter Benjamin, “Tesis de filosofía de la historia” en Para una crítica de la violencia, Méjico: La nave de los locos, Premià, 1982, p. 113-114
2. Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, Barcelona: Herder, 1987, pp. 68-70. Las bastardillas son de Frankl
3. Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Madrid, Rialp, 1976, p. 184
4. Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, p. 197-202
5. Ibidem, p. 190
6. Fritz Künkel, Neurasthenie und Hysterie; Handbuch der Individualpsychologie (ed. E. Wexberg; Mubich, 1926), 500, Cfr. Pieper, Las virtudes fundamentales, p. 208

1 Readers Commented

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  1. Carolina on 5 abril, 2021

    Gracias por el artículo, sutilmente impresionante.

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