Pastor luscus

Han sido setenta y cuatro años de fidelidad al catolicismo, a pesar de mis claudicaciones graves, que me siembran de dudas respecto de la salvación de mi alma, y a pesar de las faltas de la Iglesia visible que me sumen en un desasosiego aún peor. De las heridas infligidas a mis semejantes, algo he dicho ya y me reservo mis pedidos de un perdón complejo, que casi seguramente no merezco sino por la intercesión de la misericordia más alta. Me guardo tales solicitudes para el contacto cara a cara con quienes mucho he ofendido. Pero del desamparo en la asistencia espiritual que esperé de la Iglesia, diré algunas cosas antes de que me sorprenda la medianoche.

Mi madre creía en la asistencia de Pío XII a los judíos perseguidos en Italia y por ello lo amaba. Me contagió su cariño, por un tiempo, hasta que las pruebas históricas acumuladas acerca de la defección del papel que le cabía en una condena explícita del nacionalsocialismo y del antisemitismo, me llevaron a rechazar la figura de aquel papa. La experiencia estética de enfrentarme con la estatua monumental de Pacelli en la iglesia de San Pedro, obra de Francesco Messina, me inoculó sin embargo la duda acerca de la tortura moral que ha de haber sufrido el pontífice, maravillosamente representada en la inmersión de su mirada en la oscuridad, dentro (no más allá) de sus anteojos tan desmesurados que llegan a competir con la mitra. ¿Habrase salvado esa alma? Juan XXIII fue una contradicción de cosas excelentes: un remanso de bondad para la conciencia y un torbellino de las ideas renovadas, las más altas del cristianismo, que exploraron y descubrieron los Padres griegos y latinos. Roncalli las reformuló al desnudarlas y mostrarnos su resplandor en lo más íntimo de los corazones. Pablo VI me pareció un personaje enorme, el papa de mayor densidad intelectual en el siglo XX, una suerte de Erasmo redivivo. Y no pude sino ensalzarlo y seguir sus lecturas. El modo en que soportó los dolores físicos que lo aquejaron los tres últimos años de su pontificado acrecentó mi admiración hacia él. Juan Pablo I pasó como una estrella fugaz y su muerte me dejó consternado, aunque poco puedo decir de su figura salvo asombrarme de una sencillez prometedora, a la Juan XXIII. Juan Pablo II suscitó mis esperanzas, por lo que significó la elección de un papa no italiano y la encarnación, en su persona, de la universalidad, la catolicidad de la Iglesia. Fue él uno de los vencedores principales del sistema comunista, cargado de crímenes en los pliegues de su historia y anquilosado por la vacuidad de su propaganda tardía. Pero el dogmatismo de Wojtyla esterilizó su largo pontificado, diluyó la herencia del Concilio Vaticano II y, en lugar de abrir puertas, dejó para los tiempos más atribulados del presente la resolución de los dilemas canónicos y morales que hizo brotar la vida cotidiana moderna, forzosamente laica y atenta al progreso material de las personas. No cristianizar el control de la natalidad y abrir las puertas de par en par a la inevitabilidad del aborto legalizado fue quizás el peor de sus legados. Benedicto XVI re-editó la potencia del intelecto cristiano sobre el cual se había apoyado Pablo VI. La lectura de su libro Jesús de Nazaret me entusiasmó como lo había hecho medio siglo antes el conocimiento de El Señor, la obra de Romano Guardini. Su acto de renuncia me dejó mudo de admiración.

Y así llegó el inesperado Papa nuestro, el pontífice argentino, Francisco I. Su sagacidad a la hora de anudar su condición de jesuita, inteligente, calculador, experto en la casuística y las contradicciones del alma humana, con el evangelismo del Pobrecito de Asís me pareció un rasgo de genio, digno de los grandes momentos en la larga historia de la Iglesia. Ni qué decir de la intensidad con que me conmovió el coraje desplegado por él a la hora de redactar su segunda encíclica de espíritu tan franciscano, Laudato sì, sobre el mayor tema y problema de la civilización actual: la cuestión de las relaciones destructivas con la naturaleza que los seres humanos entablamos desde hace unos 200 años y que no parecemos dispuestos ni capaces de desmontar. Su tercera encíclica, Fratelli tutti, recuperó la otra vertiente de la prédica de san Francisco, la relativa al empeño religioso y moral que Jesús nos exige frente a los dolores y la injusticia encerrados en la mera existencia de la pobreza entre nosotros, de una pobreza que se desliza hacia la miseria en nuestros tiempos, degrada sin culpa a quienes la padecen y con culpa a quienes la toleramos. La condena del capitalismo que se desprende de su texto no me suena escandalosa ni excesiva aunque, en lo personal, reconozca, de la mano de Marx y Engels autores del Manifiesto de 1848, la prometeica misión universal que ese sistema socio-económico ha cumplido en la historia. Sobre todo, la grandeza del programa científico de los últimos dos siglos que nos ha llevado a la cosmología de Einstein-Planck-Hawking y a los triunfos de la medicina sobre enfermedades milenarias que laceraron el cuerpo y el espíritu de los seres humanos.

Sin embargo, hay una lectura de la Fratelli tutti que me ha lanzado a la tierra yerma. Hay una lectura válida y sorprendida de la ausencia de menciones a las clases medias, que conduce a la interpretación del texto como una condena tácita, no ya de la burguesía, término inabarcable, sino de aquellas clases respecto de las cuales sigo creyendo poseen los instrumentos o conocen los mecanismos para retomar el camino del progreso. Ellas pueden cultivar un pensamiento racional y generoso alrededor de la crisis climática, rediseñar los sistemas democráticos de gobierno con el fin de garantizar la ampliación de la ciudadanía, de la prosperidad y del ejercicio reflexivo de las libertades, y establecer un sistema de gobierno entre las naciones, asentado en la prosecución de la paz y el rechazo radical de las hegemonías. Entiendo que han de ser las clases medias que existen y, en muchos casos, se expanden a través de todas las civilizaciones del planeta, las que mayores posibilidades tendrán de construir la fraternidad universal de pueblos, naciones e individuos.

¿Nada tendría la cabeza de la Iglesia Católica para decir a las clases medias de su grey y las ajenas, como para dejarlas totalmente fuera de las consideraciones del parágrafo 169, uno de los más importantes e inspirados, de la encíclica? Me temo que quienes a ellas pertenecemos, sobre todo gracias al esfuerzo de nuestros abuelos y nuestros padres, padecemos de un tipo de pobreza al que el papa debería tal vez prestar atención: la pobreza de espíritu a la que nos arroja la interpretación tuerta de Fratelli tutti y de la práctica constante del apostolado de Francisco I. Es verdad que las culturas de occidente, pre- y postpandemia, transidas de conflictos y atravesadas por grietas socio-económicas, políticas e ideológicas que no cesan de ahondarse, evolucionan hacia modos del saber y de la conciencia política cada vez más tuertos (los parágrafos 72, 156 y 197 del documento pontificio constituyen sabias descripciones de tales desgarramientos en las sociedades contemporáneas). Pero, Egregio Pontífice, envíe también algún mensaje reparador a los católicos de las clases medias, una homilía particular, crítica, al mismo tiempo que nos inculca la esperanza, en el sentido de que algo bueno representamos en la propia historia del cristianismo y estamos disponibles a una participación entusiasta en la obra de esa cultura global del encuentro promovida en los parágrafos 216 y 217 de la Fratelli tutti. Evite ser el Pastor luscus en la lista final de los más altos pastores de la Iglesia.

José Emilio Burucúa es ensayista e historiador del arte, doctor en Filosofía y Letras, investigador y ex profesor de USAM

4 Readers Commented

Join discussion
  1. Alberto Boselli on 8 abril, 2021

    Es muy bueno que una revista católica también publique un texto de alguien que critica a la Iglesia.
    Burucua lo hace con un respeto y un reconocimiento parcial de los últimos papas, y algunas dudas que podemos compartir los creyentes.

  2. Leer a este autor, de tanto vuelo intelectual, es aprender y creer un autores católicos.
    La visión que nos da de nuestros pastores, asombra; sí, porque con mi pobre catequesis, al leer, me preguntaba ¿cómo se atreve a críticar a los papas?, y la crítica cuando no juzga es meritoria y beneficiosa. Lamentablemente este miembro de clase media tuvo muy mala formación religiosa (la Fé del carbonero, decía mi padre). Notable artículo,. Gracias

  3. Juan Carlos Lafosse on 9 abril, 2021

    La palabra “pueblo” es un frasco que se llena de contenidos muy distintos, básicamente creo que en función de la historia de cada uno. Puede percibirse como algo bueno … o muy malo incluso.
    .
    Mi lectura de “Pueblo de Dios” en boca de Francisco es un frasco lleno de hermanos que más cerca o más lejos, son personas con las que comparto la vida, que necesito y me necesitan, una comunidad a la que me siento unido, a la que pertenezco. ¡Un frasco sin tapa, sin excluidos!
    .
    Las soluciones a los evidentes problemas del mundo tienen que venir de TODO el Pueblo de Dios y por eso Francisco pide que “se incluya a los movimientos populares para que animen las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común”.
    .
    Para mí es un pedido de unidad, de fraternidad, de acompañamiento, no de exclusión ni división.

  4. Rosa Maria Fader on 16 abril, 2021

    Que buen texto!!! Enriquecedor, respetuoso y crítico positivo. Encierra y, a la vez, despliega muchas de las dudas y preocupaciones de algunos católicos que no encontramos respuesta, desde la cúpula eclesial, a los problemas actuales, que condena/reprocha los esfuerzos por crecer y promover una vida de calidad y pareciera que nos quiere hacer retroceder negando los aportes del desarrollo científico y tecnológico.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?