La Iglesia, ¿favorece el pobrismo?

En los últimos tiempos y en diferentes medios de comunicación social, algunas personalidades del ambiente político-cultural denuncian la idea que la Iglesia promueve y/o consolida la ideología del pobrismo, entendida como aquella que insta a hundir al pobre en su situación bajo un pretendido rédito escatológico. En efecto, tal pensamiento supone una visión idealizada del pobre que, en virtud de padecer pobreza material, resulta necesariamente bueno (en el sentido moral del término) y, de allí, que la pobreza padecida es el único o, al menos, el mejor medio para lograr la Vida eterna junto a Dios.

Estas denuncias muchas veces están alimentadas por algunos que, como condición inexcusable para alcanzar la salvación, parecen confundir –quizás involuntariamente– la actitud evangélico-espiritual de vivir con sencillez (que supone compartir los bienes con los más necesitados y trabajar por su promoción integral) con una carencia forzosa de bienes necesarios para llevar una vida digna (conducente a la indigencia y la marginación social). Esta confusión es funcional para que gente inescrupulosa sea capaz de manipular a su antojo y a través de políticas neo-colonialistas de corte populista (el clientelismo, la dádiva permanente) a los sectores más marginados de la sociedad. Como dijo recientemente Martín Caparrós en una entrevista: “No hay mejor forma de contener a los que la pasan mal que ofrecerles la justificación de un poder superior y la promesa de un reino imaginario donde van a ser recompensados: ese es el cuento de las religiones, ¿no? Hablemos de populismo…” (Infobae, 27/3/21) Sin embargo, ¿esto es una correcta interpretación de lo que dice el pensamiento de la Iglesia?

Ciertamente, la preocupación por la pobreza no es un tema nuevo en la reflexión magisterial, sino que constituye uno de los pilares donde apoya su fe. Ya en el Antiguo Testamento, la solidaridad con todos los pobres resulta una exigencia derivada de la condición humana de ser “imagen de Dios”(Génesis 2,26): si Dios defiende al pobre, el hombre –su imagen– también debe hacerlo. En efecto, “Yahveh escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos” (Salmos 69,34), “el grito de los pobres” se eleva hasta los oídos de Dios (Job 34,28), “Yahveh ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido” (Isaías 49,13). ¿Y por qué es así? No sólo porque Yahveh se conmueve hasta las entrañas de su situación lastimosa (mostrando empatía con ellos), sino fundamentalmente porque los ama con predilección dado que, al no tener nada, todo lo esperan de Él, todo confían en el Señor (cf. Salmos 9-10; 22; 25; 69). Notemos, entonces, que el mensaje bíblico pasa de la pobreza material a la acentuación de la solidaridad con estos pobres, sencillamente porque poseen el valor infinito de la pobreza espiritual.  

En efecto, pobreza refiere ante todo una disposición interior que hace al hombre capaz de ser un humilde receptor de la Gracia divina; una actitud del alma de vivir con sencillez y sobriedad, compartiendo generosamente los bienes espirituales y materiales con los más necesitados, sin acumular riquezas que acaparan el corazón y confiando en la absoluta Providencia de Dios. En el Nuevo Testamento, Jesús mismo subraya esa actitud interior de despojo respecto de los bienes materiales (se posean muchos o no) como camino voluntario para descubrir esa propia indigencia y debilidad, y un hacerse disponible y permeable a la verdadera riqueza del que todo espera en el Señor. No se trata de tener o no bienes, sino de la orientación de nuestro corazón; tampoco se trata de “no hacer nada” esperando que Dios (o quien sea) provea de los bienes necesarios para vivir, sino de la actitud de saber que, aún con el necesario e imprescindible esfuerzo y trabajo diario, la verdadera riqueza pasa por otro lado. De este modo, la fe de la Iglesia llama a todos a acoger el Reino de Dios desde la pobreza espiritual, a desprendernos voluntariamente de los bienes materiales superfluos o innecesarios (prestando un servicio inestimable hacia la humildad absoluta y el reconocimiento de que todo viene de Dios), y a constituir nuestras propias riquezas (materiales, pero también de talentos, de conocimientos, de aptitudes, de habilidades, etc.) como medio de generosidad para con nuestros hermanos más necesitados.

Ahora bien, aun como camino para escrutar en lo esencial, la pobreza material involuntaria no deja de ser una condición inhumana que degrada al hombre como imagen de Dios. Por ello el Evangelio insta a la justicia con los que menos tienen (cf. Lucas 14,13.21) y llama al compromiso, sin excusa posible, por la erradicación de las situaciones de exclusión e indigencia y el desarrollo integral de todos los hombres (cf. Mateo 25,35-45). En este sentido, si la Iglesia fomentara el pobrismo estaría en absoluta contradicción con sus mismos fundamentos evangélicos y constituiría una desviación de los principios sociales que siempre ha defendido. Afortunadamente, a pesar de las muchas debilidades que puede manifestar, la Iglesia siempre ha procurado cumplir esa vocación evangélica de promoción humana en pos de la dignidad de todo hombre y del bien común, de la verdad y de la libertad, de la justicia y de la caridad, y su indiscutible tarea en la promoción de la familia, el trabajo y la educación, el desarrollo económico y político, el progreso en las relaciones internacionales y la búsqueda de la paz, entre muchas otras.

Sólo una Iglesia que predique y viva la pobreza espiritual como actitud de apertura al Señor;  que sea capaz de reconocer el carácter relativo de los bienes materiales (incluso de los que posee) y de renunciar a bienes superfluos; que denuncie la carencia involuntaria e injusta de los bienes de este mundo y el pecado que la engendra; que escuche la llamada de los pobres (de los indigentes, hambrientos, perseguidos, enfermos, abandonados y oprimidos); que se acerque a ellos poniéndose a su lado y prestando su voz cuando no tienen voz; que luche y trabaje por su liberación integral, por su dignidad y por su bienestar; que busque sacarlos de la situación padecida, otorgándoles herramientas para que sean artífices, con trabajo y esfuerzo honesto, de su propio destino; y que manifieste la misericordia de Dios en la palabra, en el servicio y en el amor a ellos, puede brindar un testimonio coherente y creíble del mensaje evangélico, y dar razones de su auténtica vocación divina. Así, bien puede afirmarse que también el ser de la Iglesia se juega en su actuación en el mundo de la pobreza y del dolor, de la debilidad y del sufrimiento.

 Ricardo Albelda es Licenciado en Teología y Director del Instituto de Cultura Universitaria (UCA)

1 Readers Commented

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  1. Juan Lippo on 8 junio, 2021

    Nota muy esclarecedora y muy buen escrita.

    Slds,,….juan llppo

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