¡Palo y a la bolsa! Reflexiones sobre la cultura de la cancelación

 “¿Qué significa, pues, la continua aparición de esos fundadores de morales y religiones, esos primeros instigadores de la lucha por las valoraciones morales, esos maestros de los remordimientos de conciencia y de las guerras de religión? ¿Qué significan estos héroes sobre este escenario?”

Friedrich Nietzsche, La Ciencia Jovial, I-1

En la conferencia de prensa del lanzamiento de la Berlinale de 2020, el actor Jeremy Irons, que actuaba como jurado, se vio obligado a expresar que el matrimonio entre personas del mismo sexo, la interrupción voluntaria del embarazo y los derechos de la mujer “son pasos esenciales hacia una sociedad humana y civilizada, por la cual todos debemos seguir luchando”. Para agregar más adelante: “Espero que esto deje atrás mis comentarios anteriores”. Caben dos observaciones, los comentarios a los que hace referencia son tres, vertidos al pasar en los años 2011, 2013 y 2016 y, lo segundo, es que su acotación final indica que su rectificación no fue espontánea sino más bien forzada por el temor a una eventual cancelación. Quizá Irons ni se acordara de aquellos dichos, pero algo o alguien se los reactualizó con energía suficiente.

En los últimos meses surgieron diferentes acciones cancelatorias o, al menos, la amenaza cierta de las mismas, tanto a nivel local como internacional. En un recorrido rápido e incompleto podemos mencionar algunos casos como: el retiro del premio Peter C. Marzio otorgado por el Center for the Arts of the Americas at the Museum of Fine Arts Houston al crítico de arte Rodrigo Cañete por su ensayo sobre el arte del Centro Cultural Rojas. Esta rescisión se produjo como respuesta al repudio manifestado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte, Nosotras Proponemos y Curadorxs en Diálogo por el carácter misógino, transfóbico, racista y gordofóbico del blog de Cañete, Loveartnotpeople, o sea por un motivo ajeno al ensayo presentado, premiado y finalmente despojado. Otro es el de la escritora argentina Ariana Harwicz, que plantea que su libro Degenerado no es traducido en varias editoriales europeas porque aborda la historia de un pedófilo. La escritora, mención premio Man Booker International, cuyas anteriores novelas fueron traducidas al alemán, francés, inglés, árabe, croata turco… dice en la nota que le realizó Victoria de Masi para elDiarioAR: “Es absolutamente deprimente esta era, absolutamente retrógrada. Estamos en una regresión absoluta a nivel histórico de lo que ya hemos conquistado. Hoy, siglo XXI estamos pensando con la lógica del apartheid. Porque todo el mundo está con pánico. Es como un campo minado: cualquiera puede ser cancelado”. La biografía del escritor Philip Roth (Philip Roth: The Biography) fue publicada el 6 de abril pasado con una tirada inicial de 50.000 ejemplares, el 20 de abril fue sacado de circulación. Su autor Blake Bailey, elegido por el propio Roth para escribirla, fue acusado de delitos sexuales. Como lo expresa Laura Ventura en su nota sobre el tema en La Nación: “…el foco, en esta ocasión, no está puesto en el contenido de la biografía, ni en los testimonios que se podrían recoger sobre Roth. Es a su biógrafo a quien se cancela y, como en un efecto dominó, también a la biografía del autor de Elegía. Surge un debate paralelo, vinculado a Bailey, pero no por eso menor. ¿Puede un monstruo crear una obra de arte? La respuesta, aunque incomode, aunque duela, es sí”. Otro caso de fecha reciente fueron las denuncias de pedofilia ejercida en los cementerios tunecinos por el filósofo Michel Foucault, y el pedido de su, por lo menos extemporáneo, denunciante de que su obra (la de Foucault) no sea cancelada. Generosa solicitud la de Guy Sorman…, por una vez seguiremos su consejo. Para quienes interese este caso en particular recomendamos la lectura de los brillantes artículos de Edgardo Castro el 9 de abril en Página/12 y de Tomás Abraham en Perfil el 18 de abril.

La cultura de la cancelación, no el espíritu cancelatorio que es coetáneo de la humanidad, surgió en el año 2015, ganó popularidad en el 2018 y continúa a la fecha entre nosotros con bastante energía. El Observatorio de Innovación Educativa del Tecnológico de Monterrey da una definición, no muy diferente a la de otras fuentes, que encontramos operativa: “Es un concepto que consiste en retirar el apoyo o “cancelar” a una persona que dijo o hizo algo ofensivo o cuestionable. Es un tipo de bullying grupal ya que son muchas personas que se ponen de acuerdo para atacar o descalificar los puntos de vista de otra persona o de alguna empresa. Esto se ha vuelto aún más popular al delatar actitudes racistas, homofóbicas y machistas. Es un movimiento tan grande que varias personas han perdido sus trabajos por ser canceladas, sin la posibilidad de enmendar o arreglar sus acciones, quedando para siempre encerradas en un charco de odio público”.

Esta cultura tiene características particulares que conviene tener presente. En principio está originada, sustentada, difundida y magnificada por las redes sociales. No es viable pensar en la globalidad e importancia de este movimiento, sobre todo en Occidente, fuera de Internet. Podríamos decir, en una visión de superficie, que es un movimiento contestatario -actúa más allá del aparato legal, no necesariamente contraviniéndolo, pero fuera de él-, de denuncia pública –su razón de ser es fundamentalmente la denuncia de aquellas personas cuya conducta, expresiones o ideología las pone en el radar censurador del “cancelante”-, de persecución y castigo más allá de las normas vigentes y la eventual acción de los tribunales competentes, ya que el objetivo final de la cancelación -sobre los vivos, al menos, porque también han sido cancelados personajes históricos que llevan siglos de fallecidos, como Cristóbal Colón- es interrumpir el desempeño habitual del cancelado, sea este artístico, deportivo, empresarial o político, en una demonización simultánea de la persona y su obra. Todo esto realizado con un uso intensivo de las redes sociales aprovechando el efecto multiplicador de las mismas. Es justo decir que no solo no siempre logran el fin perseguido sino que se ha dado en varias oportunidades el efecto contrario, ya que con la censura publicitan a individuos y obras en general desconocidos por el público promedio. A su vez cargan con el “defecto” de que pocas personas se ocupan de verificar la información que aparece en las mismas. Tanto es así que recientemente ha aparecido un nuevo fenómeno que se ha dado en llamar la “industria de la difamación” (Slander Industry, New York Times del 3 y 26 de abril pasados). Brevemente, se trata de difamar a alguien en las redes sociales, habitualmente esta persona se ve obligada a contratar en forma onerosa compañías para “limpiar” su nombre; en algunos casos se pudo comprobar que la persona que difamaba y estas compañías de limpieza estaban relacionadas, cuando no eran directamente las mismas.

Nada de lo escrito más arriba le quita los méritos que en los últimos años esta cultura ha tenido como valiente y persistente denunciante de la homofobia, la transfobia, el racismo sistémico, los resabios colonialistas o el atávico patriarcalismo. Movimientos como el Black Lives Matter. LGBTIQ, #Metoo, #Niunamenos y muchos más, han dejado de ser “transparentes” para convertirse en actores decisivos de la vida social de Occidente. Cabe preguntarse si sin la presión en las redes sociales se podrían haber alcanzado logros como la condena de Derek Chauvin por el asesinato de George Floyd, la reapropiación de ciertos espacios femeninos (ley IVE, leyes de cupos, denuncias de femicidios…), la visibilización y sufrimiento de las personas trans o meramente participantes del colectivo LGBTIQ (con la incorporación del exclusivo lenguaje inclusivo en el uso diario y oficial) y muchos otras transformaciones que hemos podido experimentar en estos años. De ahí que hacer una crítica, o incluso defensa, superficial de la cultura de la cancelación es casi un acto de negacionismo.

Sirve aclarar que no toda acción cancelatoria forma parte de esta cultura. Por ejemplo el ostracismo que se practicaba en la antigua Atenas era un acto claramente cancelatorio, hasta se expropiaban los bienes del exiliado. Lo curioso es que se enviaban al exilio tanto a los personajes inferiores más cuestionados como a los mejores, para evitar su influencia en la sociedad. “En la persona del ostracisado la ciudad expulsa lo que en ella es demasiado elevado y encarna el mal que puede venirle de lo alto. En la del pharmakos expulsa lo que es más vil y encarna el mal que la amenaza por abajo”.[1] Pero no correspondería encasillar idealmente al ostracismo dentro de esta nueva cultura porque era realizado dentro de la ley. Era legal y no había en él la más mínima intención contestataria o de crítica a la sociedad. Sí podemos decir que el herem de Baruch Spinoza se hubiera encuadrado en la definición dada, ya que obra como la denuncia y castigo de un grupo contra una persona inhibiéndolo de expresarse o incluso de desempeñarse profesionalmente. Como vemos el ánimo cancelatorio no es algo que se inventó con internet, aunque sí su denominación de cultura.

Las diversas acciones cancelatorias realizadas y varias en ciernes (caso Foucault) hacen que se vuelva necesaria la problematización de esta cultura. No creemos ingenuamente que sea un tópico al que cartesianamente pueda calificarse o definirse en forma clara y distinta. Su polimorfismo y la gran cantidad de actores con sus diversas (muchas veces contrapuestas) ideologías, motivos y fines tornan virtualmente imposible su encasillamiento, aun a grandes rasgos. No obstante, e intentando no caer en burdas generalizaciones, creemos que se plantean algunas interrogantes que es interesante, por lo menos, dejar en un planteo abierto, aunque sea con el solo objetivo de pensar en cómo vivir juntos en la contemporaneidad. Este punto ya presenta un primer problema que Roland Barthes trata en su clase del 12 de enero de 1977[2]: “Esta fantasía de la concomitancia quiere alertar sobre un fenómeno complejo, poco estudiado, a mi entender: la contemporaneidad. ¿De quién soy contemporáneo? ¿Con quién vivo? El calendario no responde bien.” Y esta respuesta que el calendario no nos da bien es un sentimiento que en algún momento nos asalta, no nos sentimos contemporáneos de todas las personas todo el tiempo. Vivimos juntos, pero no siempre sentimos que vivimos juntos, olvidamos al otro dentro de este vivir juntos.

Esta afirmación que a primera vista parece una digresión inorgánica respecto del tema que tratamos, no lo es tanto si pensamos en la cancelación como la clave de esta cultura; en la exclusión del otro vemos el deseo de no vivir juntos, no con “él” al menos. Barthes plantea en el mismo seminario más adelante la paradoja del repudiado: “Es el estatuto contradictorio del paria: rechazado e integrado, integrado como desecho. Quizá no haya comunidad sin desecho integrado. Toda sociedad conserva celosamente sus desechos, les impide salir.” [3] Así la cultura de la cancelación puede ser vista como una doctrina de demarcación del sujeto abominable para poder incluirlo y mostrarlo como desecho y ejemplo para otros que podrían sucumbir a la tentación del pecado (sea este el que sea).

El/los cancelante/s se siente/n con el derecho y el deber de acción que le/s da su particular visión moral, recordemos que toda moral implica un sistema de juicio, publica/n su condena sobre hechos que no necesariamente han sido constatados (caso Woody Allen) o que la justicia ha descartado (mismo caso), desde un lugar de supremacía autoasignado arbitrariamente, por el solo poder que da el grupo y la difusión de las redes sociales. No caben ni la explicación, ni el arrepentimiento, ni la expiación. La condena es perpetua y universal, ad vitam, más allá de la legislación y de la aplicación de la justicia. Esto con respecto a los vivos, también se denuncia y juzga a los muertos, tal como hiciera en el 897 el Concilio Cadavérico al juzgar al papa Formoso de cuerpo (cadavérico por cierto) presente. Así caen Colón, Churchill, Jefferson, por supuesto Hernán Cortés y hasta, ¡Miguel de Cervantes Saavedra!, junto con innumerables más. Si  nos descuidamos hasta podremos asistir al juicio del colonialista Marco Polo, con el consiguiente cambio de nombre del aeropuerto de Venecia. El criterio de selección no siempre resulta comprensible.

Además de contradictoria, la cultura de la cancelación presenta varios flancos que merecen ser discutidos. No puede descartarse el necesario rol activo que juega en toda sociedad la presencia de grupos rebeldes, contestatarios y denunciantes. Son agentes del cambio, del cuestionamiento y de la evolución de los sistemas políticos. Gracias a ellos se pudo avanzar con la conciencia conservacionista, la cuestión de género, la liberación de la mujer, la condena del racismo, el antisemitismo y el neocolonialismo, la instalación del tema del abuso de menores y su cuidado, el acceso a la salud y la educación en forma más equitativa y tantos otros temas más. Pero estos logros, y la necesidad social que tenemos de ellos, no obstan para que los métodos utilizados no puedan ser problematizados, compartidos y mejorados.

Ya en su planteo inicial podemos ver fisuras contradictorias no menores, al negar la posibilidad de discusión caen en el mismo pensamiento fundamentalista del colonialista o el racista, no admiten revisión alguna de sus análisis o principios, se muerden la cola, pero como no es el debate lo que interesa sino su Verdad, la verdad del grupo que se trate, entramos en el campo del dogmatismo y la iluminación religiosa (están religados por una creencia). Lo que no resulta evidente en un primer golpe de vista es que estamos ante un rescate mítico, la instauración de un nuevo mito. Al castigar a todo ser humano que pueda haber cometido un error y sancionar que ese castigo no es redimible en forma alguna se presupone la posibilidad mítica del Ser Humano Perfecto, nadie debe apartarse, so pena de ser cancelado, del mito del hombre perfecto (¿y por ende  superior?). Este mito es  de tal importancia en el ideario cancelatorio que termina actuando sobre todo el pasado de Occidente, el anacronismo les muerde los talones cuando juzgan con valores del presente los hechos de la historia. Curioso artefacto cultural el mito, a la vez que genera cultura la cristaliza, la congela, la lleva a un lugar estático, donde todo movimiento, razón de ser de la cultura, es imposible. Ya en el terreno de lo cultural no es lo mítico lo que marca el retroceso más feroz sino el castigo ad hominem. Se castiga a la persona y también a la obra, ambos son cancelados sin discernir que pertenecen a campos socio-culturales distintos, no siempre vinculados; las condiciones de autoría no son necesariamente un aspecto calificatorio de la obra. Coherentes con esta práctica deberíamos quemar la obra de Aristóteles por esclavista, de Sócrates (Platón obviamente incluido) por efebófilos, de la Ilustración in totum por falo-logo-etnocentristas, en resumidas cuentas nuestras bibliotecas ya sólo nos servirían para colocar porcelanas chinas y cristales de Swarovski… Los mismos cancelantes descubrirían que sus principios están viciados en origen con las mismas máculas que denostan.

Una de las funciones de las leyes es facilitar la convivencia social. Las mismas no tienen la posibilidad de abarcar todas las situaciones que puedan darse, porque, por una parte, gozan de la misma incompletitud que quienes las redactan y, por otra, están insertas en un cuerpo social dinámico que en forma casi continua genera nuevas situaciones no previstas, incluidos los cambios épocales éticos y de sensibilidad. Esto hace que las denuncias de situaciones no contempladas en la legislación, pero que entran en contradicción con la percepción de justicia de una determinada comunidad, sean casi obligatorias a fin de mantener un equilibrio relativamente armónico. Debería suceder que el Poder Legislativo recoja estas inquietudes y sancione nuevas leyes, tal como hemos podido ver en estos años en temas referidos a la mujer y a la cuestión de género, por ejemplo. El conflicto aparece cuando a pesar de que la legislación y también los tribunales para ejecutarla existen esto no satisface a la población, o por falta de aplicación, como en los casos de racismo sistémico, o por necesidad de ser actor en el castigo. Aparecen en esta situación los escraches, las cancelaciones o, aún más grave, la ley de Lynch, los tribunales populares de la Revolución Cultural China, o la cacería de colaboracionistas en la Francia de posguerra. No hace falta extenderse sobre lo desestructurante a nivel social que estos sistemas de “justicia” terminan siendo. Tampoco debemos olvidar que un importante principio de convivencia es la presunción de inocencia, que esta cultura ni siquiera considera, sin el cual todos viviríamos bajo sospecha permanente hasta de nuestros propios pensamientos.

La cultura de la cancelación no nació por generación espontánea, sin duda marca necesidades y fallas en las democracias occidentales; hoy más que nunca cuestionadas y redefinidas desde diversas ópticas, creemos que la problematización de la misma, su existencia, sus fines y procedimientos sirven para entender mejor de qué se trata vivir juntos hoy, en la contemporaneidad. Tal como lo expresa Vernant: “Uno se conoce, se construye por el contacto, el intercambio, el comercio con el otro. Entre las riberas de lo mismo y de lo otro, el hombre es un puente.”[4]


[1] Jean Pierre Vernant, Ambigüedad e inversión, Mito y tragedia en la Grecia Antigua,  Paidós, Buenos Aires

[2] Roland Barthes, Cómo vivir juntos, Siglo XXI, Buenos Aires.

[3] Ibíd.: Clase del 16 de marzo de 1977

[4] Jean Pierre Vernant, Atravesar fronteras. Entre mito y política II, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires

1 Readers Commented

Join discussion
  1. José Manuel Navarro Floria on 1 septiembre, 2021

    Interesantísimo planteo, a la vez que inquietante.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?