Cuerpo y alteridad en la poesía de Olga Orozco

Orozco fue una de las voces poéticas más reconocidas del siglo XX en nuestra lengua. Nació en 1920 en Toay, La Pampa, y murió en 1999, en Buenos Aires. El 17 de marzo de 2020 se cumplieron cien años de su nacimiento. Este artículo quiere ser un homenaje, un poco tardío y muy modesto.

Cuerpo  e identidad

La obra poética y en prosa de Orozco está atravesada por tópicos como la finitud, la muerte, el “otro reino”, el lenguaje poético, la condición encarnada. A mi entender, toda su obra intenta responder, de uno u otro modo, a la pregunta por la identidad y la voz propias. Hay un recorrido de aceptación y reconciliación consigo misma, que en los poemarios de juventud y en sus relatos de infancia se puede vislumbrar en el recurso del desdoblamiento del sujeto lírico, que le permite tomar distancia y hablar consigo misma. En el libro Los juegos peligrosos, por ejemplo, imagina otros nombres para sí, y en Las muertes, llega a escribir su propia elegía “Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que he muerto…”.[1]

En esa insistente búsqueda de sí misma y de su identidad, la poeta se enfrentará también a su propio cuerpo. En Museo Salvaje, un poemario escrito en 1974, la voz poética examina meticulosamente al cuerpo propio, como frente a un espejo. Se detiene en cada parte con una mirada absorta y detallista, lindante con la obsesión. Observa su condición encarnada como algo ajeno y extraño, monstruoso y animal. Lo más cercano y al mismo tiempo lo más extraño. Incluso declara, en una entrevista[2], que escribió ese libro para terminar con la extrañeza que el propio cuerpo le causaba. Así como se conjura a un fantasma, llamándolo por su nombre, ella quiso escribirle al cuerpo para dejar de sentir que estaba conviviendo con un desconocido. Se evidencia allí una relación difícil y conflictiva. En ese poemario va pasando revista a cada parte, fragmenta el cuerpo, lo mira con cierto desdén, sin dejar de reconocer por eso su importancia, la de ser el único modo posible de estar en este mundo.

Pero el cuerpo sigue siendo un extraño para la poeta. La encierra, la condena a este espacio, no le permite recuperar la ansiada unidad con lo divino. Hasta llega a decir, en un poema sugestivamente titulado “Lamento de Jonás”, en el que se describe el encierro del yo poético, análogo al de Jonás en la ballena: “¿Y quién ha dicho acaso que este fuera un lugar para mí?”[3]

El cuerpo: ¿obstáculo o puente?

Esta visión del cuerpo como un extraño, como una sombra y a veces también como un obstáculo que no permite ver “el otro lado”, convive asombrosamente, en la obra de Orozco, con otra que será preponderante en los poemas de madurez: la del cuerpo como “pontífice”, que etimológicamente significa “aquel que construye puentes”. El cuerpo es visto entonces como espejo, como respuesta, como  condición de posibilidad para los vínculos interpersonales más fecundos –el amor, la amistad,  la filiación, la fraternidad–.

Hay un poema especialmente cargado de simbología, titulado “El narrador”[4], donde el cuerpo es leído como un texto. Un texto que por momentos puede ser un relato descriptivo, una leyenda negra, un fragmento entresacado de otra historia. Pero hay un momento crucial en este relato vital, en que el cuerpo parece tomar conciencia de su verdadero sentido:

Pero llega el amor, su séquito de estrellas y el ala inalcanzable del deseo,

sobrepasando siempre los límites de toda separación, de todo abrazo,

y el cuerpo se hace altura, precipicio, vértigo, desvarío,

dispuesto a transgredir y a ser atajo hacia lugares en los que nunca estuvo,

él, el protagonista de una fábula única,

el que se prueba por primera vez el corazón, los ojos y las manos,

y es la respuesta exacta y el espejo donde alguien recupera el paraíso.[5]

En ese mismo poema, aludiendo a la soledad que sobreviene después del amor, a la puñalada trágica de la muerte o la separación, dice “así agoniza cada vez el mundo, con un cuerpo que sobra” (…) “porque no hay aridez como la que se narra con un cuerpo que termina en sí mismo”.[6] Se escucha claramente aquí, el reclamo de la alteridad, sin la cual ni el cuerpo ni la propia identidad tendrían sentido pleno.

Y ya que entramos en el terreno de la alteridad, de los vínculos con los otros, voy a detenerme ahora en algunos de los poemas más logrados de Orozco. A mi juicio, son aquellos donde entran en juego los afectos, el reconocimiento y la gratitud. Es esa la disposición amorosa que engendra el canto poético como intento de saldar una deuda impagable. Algunos de estos poemas son elegías dedicadas a sus hermanas, su marido, a unos pocos amigos entrañables. Quisiera citar algún fragmento del conmovedor poema a Yola, que comienza así: “Como garra de puma es esta pena, como arena de vidrio entre los dientes” y que sigue luego, lamentando la muerte de la hermana, en estos términos:

Nadie tuvo en los ojos tanto fulgor de antorchas,

Tantas chispas de luciérnagas ebrias en la noche cerrada,

Ni en la boca una risa tan semejante a un vuelo en pleno mediodía,

Nadie tendrá después ese perfume de ámbar y canela,

ese vaho que asciende al levantar las piedras de nuestra propia tribu,

ese aliento de espuma que nos llega de remotísimas orillas.

Bajo las mismas alas

el viento susurró en nuestros oídos distintas melodías:

a ti te dictó el canto seductor de la dicha en un jardín cautivo

y bordaste tu casa para una larga fiesta, contra humaredas y tormentas,

porque tuyo era el hilo y tuya era la trama del tapiz.

(…) Ahora ya eres reina. Tú llegaste primera.

y ahora soy apenas poco más que mendiga en el final de la carrera.

Tú ya lo sabes todo,(…) Tú la más imposible de los muertos.

También figura entre sus más bellas elegías el poema escrito a su amiga y discípula, Alejandra Pizarnik, cuando al despedirla la imagina “Pequeña pasajera, sola con tu alcancía de visones/ y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies” para ordenarle finalmente, desde la antigua y recobrada fe de su abuela, igual que Cristo a la muchacha muerta

Pero otra vez te digo,

 ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas

 como un manto

 en el fondo de todo hay un jardín

 Ahí está tu jardín, Talita Cumi[7]

El poema dedicado a Valerio Peluffo, su marido, en ocasión de su muerte es desgarrador. De allí me gustaría sólo recordar algunos versos de una lucidez inigualable:

Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,

para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,

sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,

sin que tu mano me confirme la mía.[8]

Aquí el vínculo se revela tan fundante, tan constitutivo de la identidad propia, que se desdibujan las fronteras entre uno y otro cuerpo. Incluso el mundo, configurado por los afectos, parece perder consistencia si no es visto por los ojos del otro. El cuerpo propio se desmaterializa al faltarle el contacto de la mano amada. Creo que la experiencia de la muerte con la sombra de incertidumbre que proyecta,  queda  tan patéticamente plasmada en estas palabras que no cabe duda de que la poesía acierta, en algunos casos afortunados, a decir lo indecible.  

El cuerpo redimido por los vínculos

Para cerrar este apretado itinerario, quisiera señalar algo que me resulta muy significativo. Entre los Últimos Poemas, publicados póstumos, con cierto sabor a balance y despedida, aparece un poema que celebra al propio cuerpo. Este “Himno de alabanza”, que así se titula, se dirige a Dios, al Tú trascendente, a quien agradece, entre otras cosas, cada uno de los sentidos  y su maravilla, y finalmente reconoce:

Desde lo más profundo de mi estupor y mi deslumbramiento, yo te celebro, cuerpo,

suntuoso comensal en esta mesa de dones fugitivos,

a ti, protagonista de paso en cada historia del amor que no muere,

intermediario heroico en todas las batallas de la tierra y el cielo,

tú, mi costado de inevitable realidad.[9]

Con estos versos nos vamos acercando a aquello que me proponía mostrar: el recorrido que traza Orozco a lo largo de su obra. Va pasando desde aquella alteridad interior al yo, la del diálogo de uno consigo mismo, la del autoconocimiento, la de la aceptación de la propia condición encarnada, a otra alteridad hacia afuera: la alteridad del yo-tú, la de los vínculos interpersonales.

Pareciera que cuanto más se conoce a sí misma y se reconcilia con su propia finitud, con su “inevitable realidad” corpórea, florece su capacidad de amar y de reconocerse en los otros. Pero hay que resaltar también que, como contrapartida dialéctica, son precisamente esos otros a los que ama y reconoce los que le han devuelto un cuerpo redimido, gracias al acontecimiento del amor. Un cuerpo que finalmente puede ser celebrado y agradecido como un don, porque ha recobrado su condición de puente, de “respuesta exacta” y de “espejo donde alguien recupera el paraíso”. 


[1] “Olga Orozco”, de Las muertes, en Orozco Olga, Poesía completa, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2013, p. 101

[2] Entrevista con Ivan Marcos Pelicaric, 1997, publicada por Revista Cruz de Sur, 2014, año IV, Número 9

[3] “Lamento de Jonás”, de Museo Salvaje, en Orozco, Olga, ob.cit, p. 162

[4] De En el revés del cielo, en  Orozco, Olga, ob.cit, p.360

[5] El narrador, de En el revés del cielo, en Orozco, Olga, ob.cit.p.360

[6] Ibídem.

[7] “Pavana para una infanta difunta”, de Mutaciones de la realidad  en Orozco, Olga, ob.cit. p. 255

[8] “En la brisa un momento”, de Últimos poemas, en Orozco, Olga, ob.cit. p. 415

[9] De Himno de Alabanza, de Últimos Poemas, en Orozco, Olga, ob.cit, p. 441

Paola Ambrosoni es Profesora de Filosofía

1 Readers Commented

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  1. Miguel A J Sarno on 18 agosto, 2021

    Precioso recorrido, a manera de tour poético, por la maravillosa lírica de esta gran poeta argentina. La lectura de este artículo me resultó altamente disfrutable.-

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