La conciencia del cambio de época

Hay épocas en las que una generación íntegra queda así atrapada entre dos eras, dos formas de vida, y en consecuencia, pierde toda facultad de entenderse a sí misma y no tiene ninguna pauta, ninguna seguridad, ningún simple ascenso (Herman Hesse, El lobo estepario, 1927).

Para Michael Mafesoli, la episteme grecorromana fue la mitología: “En función de la mitología se produjo la organización de las sociedades grecolatinas. Después hubo saturación de la mitología. En la Edad Media apareció la teología, que fue la representación que la sociedad medieval hacía de sí misma y, al mismo tiempo, la organización de esa sociedad: las abadías, los monasterios, las diócesis, las corporaciones. Después de la saturación de ese modelo se produjo el ‘episteme’ de la modernidad. Este fue un nuevo ciclo marcado por el progreso, el futuro, la razón”.

El surgimiento y la muerte, o apertura de un nuevo ciclo, en las civilizaciones, son para el contemporáneo un acontecimiento que se le oculta y, aunque sea protagonista, pareciera escapar a la voluntad humana individual. Para quien nace en el después de la crisis ya hay un suelo seguro –las cosas son de algún modo–, sobre el que acordar o disentir, en tanto que quienes nacen en el proceso, se ven obligados a volverse a pensar continuamente, desde lo individual y desde los vínculos.

La civilización es una co-creación espiritual, su crisis se manifiesta cuando comienza a caducar la cosmovisión que le da aliento (una cosmovisión es la matriz espiritual de una –o incluso de sucesivas– civilizaciones). Se produce una saturación social de los valores que la animaban. Entonces la civilización pierde el carácter explicativo de la realidad, todo se vuelve a poner en duda, se rompe su unidad, su continuidad ya no es atractiva para sus miembros y, finalmente, la solución material de los problemas que la crisis plantea suele ceder ante esta caducidad o desintegración espiritual, que será el humus de la siguiente.

Dice Homero en la Ilíada que “tal como la vida de las hojas, así es la de los hombres. El viento esparce las hojas por el suelo; la selva vigorosa produce otras y éstas crecen en la primavera. Pronto viene una generación de hombres y otra termina”.

La conciencia de la crisis

Así como resulta difícil determinar un tiempo histórico acotado para marcar el declive y muerte de la civilización romana y el nacimiento de la llamada Edad Media, lo es también señalar el nacimiento de la civilización Actual.

Algunos presagiaron el fin de la Modernidad como una nueva Edad Media (Umberto Eco, Furio Colombo, Francesco Alberoni y Giuseppe Sacco, 1974). Si bien la Edad Media tampoco fue el paraíso, las grandes cazas de brujas en Europa tuvieron lugar entre los siglos XV y XVII, en la Edad Moderna que identificamos con La Era de la Razón, como muchos otros horrores que automáticamente situamos y relacionamos con el medievo. Michael Mafesoli, hace su semejanza explicando que “la Edad Media (…) no fue el período de oscurantismo que muchos pretenden. El medioevo fue el momento de las catedrales, la universidad, las corporaciones. Aún no existían las grandes instituciones que son los Estados-nación. Únicamente existía el Santo Imperio Romano, que sólo eran pequeñas baronías, enfrentadas unas con otras. Tribus en el fondo. Y, sin embargo, había una auténtica unidad europea, sin el molde de los Estados-nación. El ajuste entre todas esas pequeñas entidades produjo la organización posterior”[i].

Todos se concebían parte de una unidad espiritual a la cual se llamaba Cristiandad; la discusión política de occidente era si primaba el Emperador o el Pontífice, como resabio romano donde el Emperador era Pontífice Máximo. El Renacimiento nos habla de que eso ya no es atractivo, las entidades políticas se perciben como desunidas, pero no vuelven a estructurar un imperio continental, sino que se reagrupan como los estudiantes en las Universidades, por natío, según donde habían nacido: naciones.

Finalmente, el imperio se revela definitivamente incapaz de resolver los problemas de la ruptura religiosa y desaparece, aun como ideal. La Reforma fue parte del proceso, los mendicantes del siglo XIII se preocupaban por salvar a las personas, pero como bien lo representa fray Dominique Chenu (Reformas de estructura y El Constantinismo en la Iglesia, 1966) no tenían por qué salvar la cultura medieval, que tal vez, desde el Evangelio, se hubiera vuelto insalvable.

A la par que el mundo, primero europeo y luego euro americano, se iba convirtiendo en puritano, la intolerancia seguía aumentando[ii].

Los puritanos no fueron sólo los padres del Mayflower; el Jansenismo significó la asimilación de principios puritanos en el mundo católico, y el nuevo estoicismo de la moral victoriana se volvió buen sentido común a partir de las élites imperiales.

El cambio

Como proceso general, el Puritanismo fue funcional al desarrollo dominante de uno de los tres capitalismos (existía el luterano del Norte de Europa y el católico/ortodoxo del Mediterráneo), pero el despliegue global posterior a la Revolución Industrial no fue acompañado por un conforme desarrollo espiritual, no hubo una nueva espiritualidad para los nuevos problemas.

En su más alto desarrollo, a fines del siglo XIX, fue aumentando el sentimiento de opresión, de agobiante desazón y malestar creciente de la interioridad del hombre. Una angustiosa conciencia de crisis, no atribuible a una transfiguración morosa del pasado, sino al sentimiento de una cultura que estaba enfilado a un callejón sin salida.

Friedrich Nietzsche había descripto la voluntad proteica del nihilismo en Así habló Zarathustra (1883-85); A. Schweitzer escribe sobre el Declive y restauración de la cultura (1900, y que alcanzó su forma definitiva entre los años 1914 y 1917); donde pensaba en el declive y auto aniquilación de la cultura.

Philipp Lersch[iii] sostiene que la conciencia de la crisis encontró su primera expresión literaria y programática en la obra de W. Rathenau Crítica de nuestra época (1913), en la que analiza la mecanización de la vida como el problema nuclear de nuestra situación. Un año más tarde aparecía la obra de E. Hammacher Problemas capitales de la cultura moderna (1914), que trata sobre todo de desentrañar las raíces históricas de un espíritu destemplado.

Inmediatamente después de terminada la Primera Guerra Mundial, O. Spengler ofreció la interpretación y crítica de su tiempo. La Decadencia de Occidente desencadenó un apasionado debate. Creía que, por una especie de ley natural, las grandes expresiones culturales tienen un ciclo de vida definido: nacimiento, crecimiento, florecimiento, envejecimiento y muerte. Según él, Occidente corre inexorablemente hacia la muerte, a pesar de sus intentos por evitarla. El aparente carácter científico de esa tesis esconde un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y debe definirse y practicarse de acuerdo con los objetivos de la sociedad.

Entre los latinos, encontramos los escritos de Ortega y Gasset, desde Los terrores del año mil: crítica de una leyenda (1909) y La rebelión de las masas (1926). Contemporáneamente Freud escribe su Malestar de la cultura (1921-1930) donde afirma: “Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia”.

Concluía la Modernidad, la época de las luces de la razón, de la confianza en la Razón y de la esperanza en que su progreso nos daría la paz y felicidad duradera, mediante una orientación al futuro y al dominio del mundo.

En el mismo año (1934) verán la luz los Cuadernos de la Cárcel, de Gramsci, La gravedad y la Gracia y sus Reflexiones sobre la causa de la libertad de Simone Weil.

Rousseau, Nietzsche y Marx afirmaron que no había ninguna falla en el hombre. Nietzsche, dice que no ha hecho otra cosa que predicar la inocencia del hombre. El hombre es un ser inocente (Así hablá Zaratustra, 1885).

Guernica, Auschwitz, Coventry, Dresde, Hiroshima, el Goulag demostraron que alguna falla existía en el hombre. Fueron el ocaso de un mundo, de una cultura, de una civilización, un proceso de desintegración en el que todo debió ser otra vez objeto de problema. Las dos guerras mundiales fueron guerras civiles de la cultura euroamericana. “Arrastraron a todo el planeta, fueron guerras continentales interrumpidas por un armisticio desgraciado. Fue Europa la que desgarró a Europa. El holocausto, el fascismo, el estalinismo incluso, tienen raíces muy profundas en la civilización europea. Tras la matanza global de setenta millones de personas, de Madrid a Odessa, de Oslo a Palermo, Europa queda cansada del mundo. Es un absurdo que, sin embargo, puede tener un significado psicológico muy grave, como si hubiera un exceso de Historia. Los fantasmas son una carga terriblemente pesada”.[iv]

Sartre, Beauvoir y Camus representan una Ética de la Rebelión. En 1946, casi al mismo tiempo en que Horkheimer y Adorno daban a la luz la Dialéctica de la ilustración, J. P. Sartre escribe una obra que sería considerada como el manifiesto de la filosofía moral del siglo XX. Su título es ya una afirmación: L’existencialisme est un humanisme.

En La náusea, J. P. Sartre había afirmado que los humanistas se equivocaban y se había burlado también de cierto tipo de humanismo. Ahora, en El existencialismo es un humanismo, Sartre da a la palabra “humanismo» el sentido del hombre constantemente fuera de sí mismo, que eso es lo que hace existir al hombre.

Luego de Hiroshima, ve la luz la obra de George Orwell 1984 (1949), la de H. Arendt Los orígenes del totalitarismo (1951), y la obra El hombre unidimensional de H. Marcuse (1964).

La época

A diferencia de Spengler, A. Toynbee (Estudio sobre la historia, 1971) no cree en un ciclo cultural determinista y sostiene que el mundo occidental se encuentra en crisis y su declinación se debe a que se ha pasado de la religión al culto de la técnica. La forma de revertir las consecuencias de esa crisis, señalaba, era introducir nuevamente el factor religioso que forma parte de la herencia de todas las culturas, pero, especialmente, de lo que había quedado del cristianismo occidental.

Al fin de la guerra de Vietnam, Daniel Bell publica (1973) El advenimiento de la sociedad postindustrial y sus Contradicciones culturales del capitalismo, en tanto que Foucault publica (1975) Vigilar y castigar.

Las transformaciones que va trayendo el fin de la guerra fría y la reconversión económico social europea permiten una visión más global de los fenómenos, y así, en 1979, A. Del Noce publica su Agonía de la sociedad opulenta, H. Jonas El principio de responsabilidad, John Rawls Una teoría de la Justicia, y en 1981 J. Freund El Fin del Renacimiento.

Antoni Joan Colom Cañellas publica Después de la Modernidad. (1994), Ratzinger Ser Cristiano en la era neopagana (1994), Gianni Vattimo Creer que se cree (1996), Lipoveski El Lujo Eterno (2003), y Vattimo Después de la Cristiandad (2004), sólo para mencionar algunos que tratan de describir lo que Zygmunt Bauman dio en llamar el Interegno en el cual hemos vivido[v].

The Wall

En este contexto del permanente intento de multiplicación artificial de una individualidad, a través del hábito de identificaciones en la superficie, he encontrado muy valiosa la discusión de algunas películas con mis alumnos. Ven en sus casas The Wall de Pink Floyd (1982), y luego completan un cuestionario que será comentado en clase: ¿Qué sentimientos te sugiere la película? Mayoritariamente responden que se trata de sentimientos de dolor, tristeza, angustia, soledad, falta de esperanzas, humillación, vergüenza, miedo, rebeldía, hartazgo y ansia de libertad; muestra cómo una persona puede encerrarse en sí misma, como si fuese un muro que construimos para aislarnos de la realidad desde la infancia con contenidos de violencia.

A la pregunta sobre si Son sentimientos sólo de un hombre o de algún modo son compartidos por una generación, responden que son sentimientos compartidos por una generación, que se encarna principalmente en Pink, pero a la vez, varios sienten lo mismo, la Segunda Guerra Mundial afectó la mente y el alma de muchas personas, y esto hace que se marque un antes y un después en una generación. Otros agregan que son compartidos por una generación, aquella de los jóvenes que, a partir del Mayo Francés, a lo largo de la década de los ’70, e incluso principios de los ’80, se rebelaron contra el statu quo. Y finalmente otros agregan que son sentimientos compartidos por esta generación que busca un quiebre.

Finalmente, ante la pregunta ¿De dónde provienen esos sentimientos? responden que provienen de lo más hondo del corazón humano: la búsqueda del sentido de nuestra vida y la necesidad de adoptar una posición frente a lo que la comunidad nos pide, son vivencias que nos interpelan a todos. Frente a lo difícil del desafío, es posible, y humano, reflexionar, dudar y hasta sufrir por lo que nos pasa, nos pasó y por lo que sentimos que nos va a ocurrir.

En la actual crisis –de raíces y de sentido– de la civilización euro americana, globalización y fragmentación coexisten. Así como permitió el protagonismo global de otras civilizaciones, se ha extendido a todo el planeta y sigue avanzando en dirección a una sola historia común a la gran mayoría de los hombres, en sus distintas civilizaciones. Las estructuras nacionales ya no son el contenido de la vida social, y cada vez pierden más de su capacidad de continente.

El continente son burbujas de sentido (conformadoras de tribus / colmenas) que no requieren el contacto corporal para existir, pero que anhelan la expresión colectiva, sea el desfile latino, la manifestación por el ejercicio de su sexualidad, pero también la música electrónica, el metal, el triunfo de un equipo deportivo, la adhesión religiosa, o el arte de la meditación a cielo abierto. Son las transversalidades colectivas, siempre intuidas, aunque sólo a veces expresadas.

Donde el Estado nacional moderno había inventado al ciudadano (en su extremo al fiel, o al ario), parte de una solidaridad orgánica de iguales, la República. La actualidad transcurre por rutas transversales entre lo que localmente pueden parecer solo mónadas.

La civilización Actual es así una pregunta abierta para el hombre. Un mundo que no es –en primer término– mejor ni peor que otros mundos, sino distinto. Sus desafíos hacen de él otra oportunidad para nuevas síntesis civilizatorias creacionistas. Porque el Reino de Dios mantiene su vitalidad en todo tiempo, desde siempre y para siempre.

Roberto Estévez es Profesor titular ordinario de filosofía política en la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA y presidente de la Asociación Civil Santo Domingo de Guzmán en Tandil


[i] Michael Maffesoli, “Estamos ante el retorno de las tribus”, La Nación, Buenos Aires, 31 de agosto de 2005, p. 10. Para el mismo problema, Peter Drücker también recurre al mismo período: en el siglo XIII, cuando el mundo europeo cambió de la noche a la mañana, hizo de la nueva ciudad su centro, se produjo una de estas transformaciones con el surgimiento de los gremios como nuevos grupos sociales dominantes, con el renacer del comercio entre grandes distancias, con el Gótico, esa nueva arquitectura eminentemente urbana, es más, casi exclusivamente burguesa, con la nueva pintura creada en Siena; con la vuelta a Aristóteles como fuente primigenia de sabiduría; con las universidades urbanas sustituyendo, como centros de cultura, a los monasterios en su aislamiento rural, con las nuevas órdenes urbanas, los dominicos y los franciscanos, surgiendo como portadores de religión, saber y espiritualidad y, al cabo de unas pocas décadas, con el paso del latín a las lenguas vernáculas y con la creación, por parte del Dante, de la literatura europea (Peter Drücker, La sociedad post capitalista (1992), Ed. Sudamericana, Bs. As., 1999, p. 9.)

[ii] La experiencia de Espinoza es un caso ilustrativo respecto del clima espiritual: nacido en el barrio judío de Ámsterdam, de una familia hebrea originaria de Espinosa de los Monteros (Burgos), emigrada –como tantos otros– primero a Portugal y luego a Holanda. Educado en la escuela judía, se familiariza con la Biblia y el Talmud. En 1654 comienzan las acusaciones de ateísmo contra Baruch. En 1656 es expulsado de la Sinagoga, atribuyéndosele acciones monstruosas y herejías abominables. Abandona Ámsterdam y frecuenta ambientes de los llamados Collegianten, cristianos cartesianos liberales. En 1665 se traslada a La Haya y redacta su Tratado teológico-político, que publica en secreto (1670); al poco tiempo, se descubre el nombre de su autor, a quien le llegan las más virulentas amenazas de los calvinistas. Finalmente, hasta el Concilio Vaticano II, sus obras figuran en el Index (libros de lectura prohibida) de la Iglesia católica.

[iii] En su obra El hombre en la actualidader mensch in der Gegenwart, München-Basel, 1955) trad, José Pérez Riesco, Madrid: Ed. Gredos, 2a, 1979, pp. 10-11.

[iv] Steiner, G. El cansancio de la vieja Europa, en el suplemento cultural de La Nación, Buenos Aires, 20 de junio de 2004, p. 2, y 27 de junio de 2004, p. 3.

[v] Inicié estas reflexiones en los años 1981 y 1982, bajo la dirección de Rafael Alvira Domínguez (durante una pasantía de investigación en el Departamento de Filosofía Práctica de la Universidad de Navarra), con el tema Educación Personalizada y Desarrollo integral. Una de las cuatro partes de la misma se transformó en mi tesis doctoral: Muerte y nacimiento de una civilización: Alternativa creacionista al nacimiento de una nueva civilización, en la USAL (1986), y finalmente parte de ella fue un programa de formación de profesores en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, que luego se transformó en el libro Notas sobre la Cosmovisión Actual (1° 2006, 2° 2009), Editorial UNSTA, San Miguel de Tucumán.

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