{"id":11440,"date":"2015-09-02T14:15:44","date_gmt":"2015-09-02T17:15:44","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=11440"},"modified":"2015-09-02T15:44:36","modified_gmt":"2015-09-02T18:44:36","slug":"el-milagro-y-las-leyes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=11440","title":{"rendered":"El milagro y las leyes"},"content":{"rendered":"<p><em><strong>Un recorrido por grandes pensadores que se detuvieron en el problema de los milagros, para concluir en el misterio de la fe.<\/strong><\/em><\/p>\n<p>Imaginemos que un ni\u00f1o ha quedado atascado en las v\u00edas del ferrocarril, cuando el tren r\u00e1pido est\u00e1 a punto de pasar. Pero cuando el tren ya est\u00e1 a pocos metros del ni\u00f1o, se detiene bruscamente. El maquinista acaba de sufrir un desmayo, con lo cual se accion\u00f3 el freno autom\u00e1tico y se evit\u00f3 una tragedia: un verdadero milagro<em>[1] <\/em>.<br \/>\nTodos los d\u00edas los medios nos hablan de casos como este: el pasajero que no alcanz\u00f3 a tomar ese avi\u00f3n que acab\u00f3 por estrellarse; el obrero que cay\u00f3 de un d\u00e9cimo piso pero lo salvaron las ramas de un \u00e1rbol; el beb\u00e9 que sobrevivi\u00f3 varios d\u00edas bajo los escombros del terremoto\u2026<br \/>\nLa extrema improbabilidad de estos casos lleva a calificarlos de milagrosos, y si somos creyentes se los atribuimos a la intervenci\u00f3n divina. Pero esto no deja de plantear otras preguntas: \u201c\u00bfPor qu\u00e9 Dios salv\u00f3 a este y no a aquel otro? \u00bfPor qu\u00e9 ese que acababa de salir de una dif\u00edcil operaci\u00f3n muri\u00f3 cuando choc\u00f3 la ambulancia que lo llevaba?\u201d<br \/>\nLo que ocurri\u00f3 es tan improbable que parece imposible, y sugiere una intencionalidad: algunos la atribuir\u00e1n al destino y otros a la providencia. Pero imaginar a la mano de Dios deteniendo al tren al estilo Superman es tan infantil como creer que tambi\u00e9n tuvo que intervenir para desmayar al maquinista. De ser as\u00ed, tambi\u00e9n se hubiera necesitado una intervenci\u00f3n sobrenatural para asegurar que los frenos funcionaran. Pero si preferimos imaginar que toda la secuencia estaba predeterminada por Dios desde el comienzo de los tiempos, no s\u00f3lo estaremos negando el libre arbitrio, sino apelando a un determinismo que la ciencia ya ha superado.<br \/>\nDe hecho, el ni\u00f1o del ejemplo se salva por hallarse en la intersecci\u00f3n de tres series de hechos: las causas que lo llevan a estar en situaci\u00f3n de peligro, la fisiolog\u00eda del m\u00f3torman y el buen funcionamiento del servomecanismo. Este cruce de series causales ya lo conoc\u00eda Arist\u00f3teles, quien propuso un caso similar: el del hombre que es asesinado cuando se levanta a tomar agua en medio de la noche<em>[2] <\/em>. Por haber consumido una comida salada se despierta con sed y sale para ir al aljibe. All\u00ed se encuentra con unos delincuentes que est\u00e1n esperando al primero que llegue. A estas dos series, Jacques Maritain le a\u00f1ad\u00eda una tercera: la secuencia de los movimientos geol\u00f3gicos que han llevado agua al subsuelo del lugar.<br \/>\nLo primero que cabe observar es que ninguna de las series incluye causas que no sean estrictamente naturales. Lo que hace que su intersecci\u00f3n sea \u201cmilagrosa\u201d es su providencialidad. El milagro est\u00e1 en que las series se crucen precisamente en ese momento.<br \/>\nLa misma observaci\u00f3n podr\u00eda hacerse respecto de los milagros b\u00edblicos. El cruce del Mar Rojo y del Jord\u00e1n, el man\u00e1, la estrella de Bel\u00e9n y otros milagros han sido explicados de manera convincente recurriendo a causas naturales. Pero el milagro no est\u00e1 en que se partieran las aguas del mar, sino en que eso le permitiera al pueblo de Israel salir de la esclavitud, o que una nova lograra atraer a los sabios persas a un pesebre en Bel\u00e9n. Lo sobrenatural no es una mano que se entromete en la naturaleza; est\u00e1 en el entramado de las cadenas causales.<br \/>\nEn el milagro creemos entender cu\u00e1l es la causa final (el <em>para qu\u00e9<\/em>), pero no podemos discernir el <em>c\u00f3mo<\/em>, la causa eficiente. Pero por m\u00e1s incre\u00edble que pudiera parecer hay que admitir que puede llegar a explicarse por el poder causal de las criaturas. As\u00ed lo admit\u00eda Tom\u00e1s de Aquino, quien prudentemente defin\u00eda al milagro como \u201calgo que escapa al orden habitual de las cosas.\u201d Usar a Dios como hip\u00f3tesis <em>ad hoc<\/em> para explicar lo que no entendemos s\u00f3lo sirve para tapar los baches de nuestra ignorancia. De all\u00ed, la regla que se atribuye a Leibniz: <em>\u201cNo hay que multiplicar los milagros m\u00e1s all\u00e1 de lo necesario.\u201d<\/em><\/p>\n<p><strong>Los fil\u00f3sofos y el milagro<\/strong><br \/>\nEs habitual definir al milagro como \u201cuna violaci\u00f3n de las leyes de la Naturaleza\u201d; lo cual no s\u00f3lo parece indigno del Dios que ha creado las leyes y la naturaleza; tambi\u00e9n permite descalificar como cr\u00e9dulo e ignorante a quien cree en Dios y en los milagros.<br \/>\nEl agn\u00f3stico<em> por default<\/em>, que no suele preocuparse por averiguar en qu\u00e9 creen quienes creen, entiende que toda la fe del creyente depende de esos milagros que implora cuando est\u00e1 en dificultades. Sin embargo, basta hojear los catecismos m\u00e1s recientes para ver que ninguno tiene un apartado especial para los milagros, a los que suelen tratar como \u201csignos del Reino de Dios\u201d.<br \/>\nEntre los fil\u00f3sofos modernos, el primero que se ocup\u00f3 en descalificar los milagros fue Baruch Spinoza (1632-1677). Para Spinoza, Dios y la Naturaleza eran lo mismo, de modo que una \u201cinterrupci\u00f3n repentina del orden natural\u201d resultaba algo esencialmente contradictorio, que s\u00f3lo el vulgo pod\u00eda aceptar. Spinoza, que era pante\u00edsta pero se cuidaba de aclarar que su \u201cnaturaleza\u201d era mucho m\u00e1s que la materia <em>[3] <\/em>, llegaba a concluir, parad\u00f3jicamente, que lo que llevaba al ate\u00edsmo era la creencia en milagros.<br \/>\nQuien impuso la idea de que el milagro era una violaci\u00f3n de las leyes naturales fue otro fil\u00f3sofo, el esc\u00e9ptico David Hume (1711-1766). As\u00ed lo recordaban el escritor C.S. Lewis y el Catecismo holand\u00e9s de 1965.<br \/>\nAludiendo impl\u00edcitamente a la resurrecci\u00f3n de Cristo, Hume afirmaba que el milagro nace de la ignorancia, que nos dispone a creer en los errores y mentiras de quienes lo proclaman<em>[4] <\/em>. Para juzgar si algo era milagroso o no, hab\u00eda que cotejarlo con la experiencia, para ver si violaba \u201clas leyes de la Naturaleza\u201d. Con esta expresi\u00f3n, Hume no se refer\u00eda a enunciados cient\u00edficos como la gravitaci\u00f3n o la inercia sino tan s\u00f3lo a la regularidad de los fen\u00f3menos que observamos a diario. El ejemplo que eleg\u00eda, sin embargo, no era el m\u00e1s afortunado. Citaba a ese pr\u00edncipe de la India que nunca hab\u00eda visto congelarse un r\u00edo y por eso se neg\u00f3 a creer que un elefante pudiera caminar sobre el agua. Por cierto, Hume hubiese hecho el mismo papel si alguien le hubiese hablado del tel\u00e9fono celular o de Internet. Su empirismo radical no se hubiera conmovido ni siquiera con las pruebas f\u00edsicas, con lo cual acabar\u00eda por comportarse m\u00e1s como ignorante que como esc\u00e9ptico.<br \/>\nPor m\u00e1s que en el resto de su obra tambi\u00e9n pone en duda a la ciencia y al principio de causalidad, para este caso Hume se apoya en la idea de una Ley Natural inviolable. Sin embargo, este concepto, que era desconocido por los antiguos, se impuso en base a la creencia monote\u00edsta en un Legislador supremo, y entr\u00f3 en vigencia reci\u00e9n con la ciencia moderna.<br \/>\nEn el siglo XIII Alejandro de Hales ya hab\u00eda presentado al milagro como un hecho <em>contra naturam<\/em>, pero fueron los nominalistas quienes sacaron el problema del campo de la racionalidad. Occam atribuy\u00f3 los milagros a un Dios tan arbitrario que, de antoj\u00e1rsele, podr\u00eda premiar a los pecadores o encarnarse en un asno. De ah\u00ed que en ingl\u00e9s los terremotos y dem\u00e1s calamidades f\u00edsicas a\u00fan se siguen llamando <em>acts of God<\/em>, acciones de Dios.<br \/>\nCuando se impuso el de\u00edsmo de Boyle, Wilkins, Sprat y el mismo Newton, el milagro sigui\u00f3 siendo anti-natural, si bien se hac\u00eda necesario para ajustar el funcionamiento de la naturaleza: serv\u00eda para evitar, entre otras cosas, que el cosmos colapsara sobre s\u00ed mismo. Los de\u00edstas impusieron la idea de ese Dios \u201crelojero\u201d que le hab\u00eda dado cuerda al cosmos para desentenderse luego de \u00e9l. Hume apuntaba precisamente a ellos, argumentando que la idea de un Dios que violara sus propias leyes s\u00f3lo pod\u00eda caberle a los b\u00e1rbaros e ignorantes.<br \/>\nGottfried Leibniz (1646-1716), que aspiraba a mantenerse cerca de la ortodoxia, tampoco dejaba de se\u00f1alar la dificultad que implicar\u00eda violar el orden natural, considerando el equilibrio y la trabaz\u00f3n de todas las cosas en el mundo f\u00edsico. Con cada milagro, Dios se ver\u00eda obligado a restaurar inmediatamente el orden natural para no dejar fisuras en su Creaci\u00f3n.<br \/>\nEsto llevaba a Leibniz a distinguir entre los milagros en sentido epistemol\u00f3gico, que podr\u00edan explicarse por causas naturales desconocidas (\u201cla acci\u00f3n de los \u00e1ngeles\u201d) y los milagros ontol\u00f3gicos, como la Creaci\u00f3n y la Encarnaci\u00f3n. En conclusi\u00f3n, el \u00fanico milagro propiamente dicho era la misteriosa acci\u00f3n por la cual Dios sostiene al mundo y lo lleva a su perfecci\u00f3n<em>[5] <\/em>.<br \/>\nLas leyes son pautas generales y el milagro es, por definici\u00f3n, un hecho singular. No podemos calificarlo como violaci\u00f3n de una ley, porque puede responder a una ley de nivel m\u00e1s alto que est\u00e9 lejos de nuestro alcance. Del mismo modo \u2013dec\u00eda C.S. Lewis\u2013 los cuerpos s\u00f3lidos exponen muchas verdades de la geometr\u00eda plana pero las figuras planas no poseen ninguna de las propiedades de los s\u00f3lidos<em>[6] <\/em>.<br \/>\nEl concepto de \u201cley natural\u201d naci\u00f3 con la f\u00edsica y fue acot\u00e1ndose a medida que otras disciplinas adoptaban la metodolog\u00eda cient\u00edfica para aplicarla a fen\u00f3menos donde el determinismo no era tan claro. A lo largo de la historia, muchas certezas que en su momento parec\u00edan inviolables fueron \u201cvioladas\u201d o refutadas por enunciados m\u00e1s generales: as\u00ed desaparecieron el<em> flogisto<\/em> y el<em> \u00e9ter<\/em> por obra de Lavoisier y Michelson. Los eclipses eran milagrosos para el pueblo sumerio, pero no para los sacerdotes, que ya conoc\u00edan su frecuencia. El magnetismo era un enigma hace unos siglos y hoy es apenas una forma de la fuerza <em>electrod\u00e9bil<\/em>.<br \/>\nHoy sabemos que las leyes f\u00edsicas tampoco son deterministas sino <em>probabilistas<\/em>, lo cual las hace m\u00e1s flexibles. En perspectiva determinista se las ve\u00eda como <em>prescriptivas<\/em>, a la manera de las leyes que rigen a la sociedad civil<em>[7] <\/em>. Ahora somos m\u00e1s modestos, y las vemos como <em>descriptivas<\/em>: describen lo que ocurre con regularidad y tratan de explicar sus anomal\u00edas. Aun podemos admitir que a nivel cu\u00e1ntico rige la indeterminaci\u00f3n, pero confiamos en que en el mundo de la experiencia los hechos ocurrir\u00e1n tal como lo determina el c\u00e1lculo, as\u00ed se trate de manzanas que caen del \u00e1rbol como de naves que viajan a Marte.<\/p>\n<p><strong>La fe y los signos<\/strong><br \/>\nLos antiguos no necesariamente pensaban los milagros como demostraciones del poder divino: Agust\u00edn y Tom\u00e1s los ve\u00edan como hechos que provocaban admiraci\u00f3n pero cuyo valor iba m\u00e1s all\u00e1 de ellos mismos. Pero el Antiguo y el Nuevo Testamento est\u00e1n tan llenos de hechos maravillosos que una teolog\u00eda radical como la de Bultmann crey\u00f3 necesario \u201cdes-mitologizar\u201d.<br \/>\nUn texto clave (Hechos 2,22) describe las obras de Cristo como milagros (<em>t\u00e9rata<\/em>), prodigios (<em>dynameis<\/em>) y se\u00f1ales (<em>semeia<\/em>). La palabra t\u00e9ras significa \u201cmaravilla\u201d y a\u00fan la seguimos usando cuando medimos en terabytes la capacidad de las computadoras. Lo mismo vale para los \u201cprodigios\u201d, pero mucho m\u00e1s interesante es el concepto de \u201csigno\u201d, que se vincula con la fe.<br \/>\nSan Agust\u00edn no le asignaba al milagro un papel decisivo en la apolog\u00e9tica. Si en el pasado los milagros hab\u00edan sido \u00fatiles para la propagaci\u00f3n de la fe, ya no hab\u00eda que estar pendiente de ellos y era preferible contemplar los milagros cotidianos, como la belleza de la Creaci\u00f3n. Los milagros y el consenso de los creyentes \u201crobustecen la fe, pero no son estrictamente necesarios para el sabio\u201d.<br \/>\nDefin\u00eda al milagro como \u201caquello que, siendo arduo e<em> ins\u00f3lito<\/em>, parece rebasar las esperanzas posibles y la capacidad del que lo contempla\u201d<em>[8] <\/em>. En este marco, un hecho <em>ins\u00f3lito<\/em>, como sobrevivir a una cat\u00e1strofe, o uno <em>inesperado<\/em>, como obtener una recompensa, pueden parecer milagros, pero del mismo modo que lo ser\u00eda \u201cver a un hombre que vuela\u201d. Menos espectaculares pueden ser cosas como la conversi\u00f3n o la liberaci\u00f3n de culpas y obsesiones, aunque tambi\u00e9n en este caso podr\u00edamos analizar las series causales que los ocasionan.<br \/>\nAgust\u00edn propone que para reconocerlos como milagros pensemos si suscitan <em>gratitud<\/em> y<em> benevolencia<\/em>. La gratitud que generan es precisamente lo que nos hace sentir la presencia divina. Pero esto no significa reducirlos a lo subjetivo ni a lo ilusorio; es remitir el hecho maravilloso al \u00e1mbito de la fe. Aquello que fuera de la fe no pasa de ser un hecho ins\u00f3lito o una anomal\u00eda inexplicable, adquiere otro sentido cuando la fe nos permite verlo en manos de Dios. Para ver c\u00f3mo el Evangelio insiste en esto, basta repasar la secuencia de milagros que aparecen en san Mateo. Al centuri\u00f3n, Jes\u00fas le dice \u201cH\u00e1gase contigo seg\u00fan t\u00fa has cre\u00eddo\u201d (Mt. 8,13); a la hemorro\u00edsa, \u201ctu fe te ha salvado\u201d (Mt. 9,22); y a los ciegos, \u201ch\u00e1gase en vosotros seg\u00fan vuestra fe\u201d (Mt. 9,29).<br \/>\nCuando los malos dramaturgos alejandrinos no sab\u00edan c\u00f3mo resolver una tragedia hac\u00edan bajar a los dioses al escenario mediante una gr\u00faa de utiler\u00eda: ese es el origen del famoso<em> deus ex machina<\/em>: una estratagema para eludir el problema. Lo mismo ocurre cuando los malos metaf\u00edsicos renuncian a la ciencia y recurren al \u201cDios de los baches\u201d (<em>God of the gaps<\/em>), oblig\u00e1ndolo a hacerse cargo de nuestra ignorancia.<br \/>\nEl milagro no es ninguna de estas dos cosas. La fe no viene a violar el orden de la naturaleza, sino a darle sentido. No es cierto que la fe se apoye en los milagros: son los milagros los que adquieren sentido por la fe.<\/p>\n<p><em>[1] Cfr. R.F.Holland. Cfr. \u201cThe Miraculous\u201d, \u00a0American Philosophical Quarterly 2 (1965)<\/em><\/p>\n<p><em>[2] Arist\u00f3teles, Metaf\u00edsica VI 3 1027 b<\/em><\/p>\n<p><em>[3] Baruch Spinoza, Tratado teol\u00f3gico-pol\u00edtico, cap. VI, 10-11<\/em><\/p>\n<p><em>[4] David Hume. Investigaci\u00f3n sobre el entendimiento humano (1777), secc 10. Cfr. Louis Ard. \u201cMiracles and Science. The Long Shadow of David Hume\u201d. The Biologos Foundation: www.Biologos.org.projects\/scholar essays.<\/em><\/p>\n<p><em>[5] G. W. Leibniz, Teodicea, 249<\/em><\/p>\n<p><em>[6] C.S.Lewis, Miracles (1947) cap.14 (Harper-Collins e-book)<\/em><\/p>\n<p><em>[7] Cfr. Robert A.Larmer, \u201cThe Meaning of Miracle\u201d en The Cambridge Companion to Miracles, Ed. Graham H.Twelftree. New York, Cambridge University Press, 2011<\/em><\/p>\n<p><em>[8] San Agust\u00edn. De utilitate credendi, a Honorato, cap. XVI<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un recorrido por grandes pensadores que se detuvieron en el problema de los milagros, para concluir en el misterio de la fe. 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