{"id":11518,"date":"2015-10-02T14:17:17","date_gmt":"2015-10-02T17:17:17","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=11518"},"modified":"2015-10-02T14:17:17","modified_gmt":"2015-10-02T17:17:17","slug":"cuando-las-buenas-costumbres-no-alcanzan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=11518","title":{"rendered":"Cuando las buenas costumbres no alcanzan"},"content":{"rendered":"<p><strong>Cuando las instituciones flaquean, las costumbres ceden y sobreviene la ruina pol\u00edtica: el personalismo y la arbitrariedad.<\/strong><\/p>\n<p>En los fragmentos iniciales de <em>La Democracia en Am\u00e9rica<\/em>, Alexis de Tocqueville, al que Hannah Arendt adeuda sus reflexiones sobre el valor de la asociaci\u00f3n y la tiran\u00eda mayoritaria, advierte sobre la necesidad de una nueva ciencia pol\u00edtica. Tocqueville destaca un punto de inflexi\u00f3n, un hecho extraordinario y sin precedentes que pone de manifiesto el funcionamiento de la sociedad norteamericana: la igualdad de condiciones o la democracia como estado social, no como forma de gobierno. Las bendiciones y amenazas de tal suceso que, adem\u00e1s, el pensador franc\u00e9s juzga como la destinaci\u00f3n inexorable de los pueblos en el futuro, lo impulsan a teorizar sobre el mismo, con categor\u00edas originales que pretenden dar cuenta de lo nuevo: el punto de partida democr\u00e1tico, el estado social, la tiran\u00eda mayoritaria, el peligro del aislamiento y la atomizaci\u00f3n, las virtudes de la asociaci\u00f3n. En el \u201cPrefacio\u201d a <em>Between Past and Future,<\/em> Arendt interpreta las circunstancias que rodearon la gran obra de Tocqueville a la luz del aforismo de Ren\u00e9 Char, que defiende la existencia de un pasado sin testamento, al que s\u00f3lo se podr\u00eda acceder en la circunstancia ruinosa del derrumbe del marco de referencias:<\/p>\n<p>\u201cCuando Tocqueville retorn\u00f3 del Nuevo Mundo, al que supo describir y analizar con tal maestr\u00eda que su obra sigue siendo un cl\u00e1sico y ha sobrevivido a m\u00e1s de un siglo de cambio radical, era consciente del hecho de que, lo que Char llam\u00f3 \u00abcumplimiento\u00bb de un acto y evento, a\u00fan lo hab\u00eda esquivado. El aforismo de Char, \u00abNuestra herencia nos fue dejada sin testamento\u00bb, suena como una variaci\u00f3n de la sentencia de Tocqueville: \u00abDesde que el pasado ha dejado de arrojar su luz hacia el futuro, el esp\u00edritu [mind] del hombre vaga en la oscuridad\u00bb\u201d (Arendt, Between Past and Future)<\/p>\n<p>Hannah Arendt advierte que los acontecimientos novedosos del siglo XX, los reg\u00edmenes totalitarios de Hitler y de Stalin, pulverizaron las <em>mores<\/em> evaluativas de comprensi\u00f3n; nuestros criterios habituales de juicio no son ya operativos y necesitamos conceptos novedosos que desactiven el automatismo clasificatorio de la mente. As\u00ed, que el pasado ya no arroje su luz en el presente y el esp\u00edritu del hombre vague en la oscuridad, da cuenta del declive de la orientaci\u00f3n y tutela de la tradici\u00f3n.<\/p>\n<p>Para Arendt la interrogaci\u00f3n fue: \u00bfc\u00f3mo dar cuenta de un suceso que evidencia que convicciones morales tan b\u00e1sicas e incuestionables como \u201cno matar\u00e1s\u201d o \u201cno levantar\u00e1s falso testimonio\u201d, vinculantes e inapelables hasta el siglo XX, puedan revertirse en principios leg\u00edtimos de acci\u00f3n? O tambi\u00e9n, \u00bfc\u00f3mo dar cuenta de los reg\u00edmenes \u2013ahora nominados como totalitarios\u2013 sin incluirlos en las habituales tipificaciones de la teor\u00eda pol\u00edtica: dictaduras, fascismos, despotismos, tiran\u00edas, etc\u00e9tera? Para la pensadora, no es el genocidio ni el exterminio masivo lo novedoso, sino la incre\u00edble ausencia de una estrategia instrumental que racionalizara las matanzas; en otras palabras, \u00e9stas no respond\u00edan a prop\u00f3sitos b\u00e9licos.<\/p>\n<p>Pese a esta similitud de circunstancias que enmarca el pensamiento de los autores, entendemos que los distancia su posici\u00f3n frente al valor de las costumbres. S\u00f3lo si el lector de Arendt se posiciona frente a la circunstancia del fen\u00f3meno totalitario, cuya criminalidad Arendt estima inconmensurable respecto de otras formas abusivas de gobierno, y cuya ra\u00edz proclama encontrar en la ausencia de pensamiento y la incapacidad de juzgar, puede entonces comprenderse la distancia fundamental entre Arendt y Tocqueville. Mientras que \u00e9ste posiciona las mores \u2013los \u201ch\u00e1bitos del coraz\u00f3n\u201d, las opiniones e ideas\u2013 como tutela y \u00faltimo garante de rectitud de las leyes, Arendt advierte sobre el peligro inherente a los cuerpos pol\u00edticos, cuyas instituciones debilitadas han perdido la energ\u00eda legitimante (el poder del pueblo organizado), y se sostienen por la sola fuerza de las costumbres. Cuando las instituciones o las leyes pierden credibilidad y su poder de vinculaci\u00f3n se debilita, como en los casos de relativa a-nomia; cuando el respeto por las leyes no es transmitido como un valor en las escuelas, ni ejercido en la pr\u00e1ctica por los funcionarios p\u00fablicos, o cuando los intelectuales proclaman alegremente que el proyecto pol\u00edtico est\u00e1 por encima de la ley, entonces las fronteras que configuran lo p\u00fablico se desdibujan, y la interacci\u00f3n de los ciudadanos se cimenta m\u00e1s en la simple persistencia de los h\u00e1bitos, y en los suced\u00e1neos de la praxis pol\u00edtica, como las ONG o las asociaciones civiles que, para no caer en la trampa del clientelismo, se yerguen independientes. Las costumbres y los buenos h\u00e1bitos de conducta civilizada, aunque pueden sostener y regular la convivencia, no se ubican \u2013en rigor\u2013 en el plano pol\u00edtico, sino en el social. Cuando imperan las costumbres, los hombres \u2013hablando rigurosamente\u2013 no se comportan como ciudadanos, sino como individuos privados. Si bien orientan la interacci\u00f3n, al no tener el respaldo de la ley, los h\u00e1bitos de conducta civilizada pueden ceder al peso de la bancarrota institucional, y en casos de anomia y caos, las costumbres permanecen mudas o, en el peor de los casos, pueden cambiar de la noche a la ma\u00f1ana como los modales en la mesa, como lo verific\u00f3 Arendt en sus propios contempor\u00e1neos.<\/p>\n<p>La ruina pol\u00edtica acontece cuando se mina la estructura de legalidad, ya sea porque las acciones discrecionales del gobierno no respetan sus l\u00edmites o, tambi\u00e9n, cuando se vuelve cuestionable la fuente de la legitimidad de esas leyes. Ambos casos vulneran su autoridad; cuando las leyes pierden credibilidad \u2013afirma Arendt\u2013 disminuye la capacidad para la acci\u00f3n pol\u00edtica responsable y las personas \u201cdejan de ser ciudadanos en el sentido fuerte del t\u00e9rmino\u201d. Aunque las costumbres y las tradiciones permanezcan intactas y, a falta de una estructura confiable de instituciones autorizadas, act\u00faen como el marco de estabilidad que sustenta la vida en comunidad, las personas se comportan en conformidad con los patrones morales, mas no como ciudadanos, sino en calidad de personas privadas. Es decir, interact\u00faan y tratan a sus conciudadanos como si se tratara de miembros de su familia; observan las normas b\u00e1sicas de la vida en comunidad o pagan sus impuestos porque as\u00ed se los indica su conciencia, que les dice, por ejemplo, que es inmoral evadir impuestos. Pero cuando las instituciones flaquean, los funcionarios p\u00fablicos son los primeros en arrogarse privilegios y la praxis pol\u00edtica es a tal punto discrecional, que se vuelve un asunto privado, precisamente porque si est\u00e1 abierto a la mirada de todos (si es p\u00fablico), r\u00e1pidamente \u2013creemos\u2013 merecer\u00eda la reprobaci\u00f3n general y la reacci\u00f3n de la justicia. Es en esta circunstancia cuando los h\u00e1bitos morales no son confiables a perpetuidad. Cuando declinan las instituciones y esta situaci\u00f3n se prolonga en el tiempo, la confianza en la persistencia de las mores es relativa, precisamente porque la anomia y la arbitrariedad se vuelven un asunto p\u00fablico y la corrupci\u00f3n, una pr\u00e1ctica cotidiana. Es decir, todas aquellas pr\u00e1cticas discrecionales o abusivas que suscitar\u00edan esc\u00e1ndalo, indignaci\u00f3n y la intervenci\u00f3n de la justicia cuando gobiernan las leyes, mudan en praxis cotidiana; dejan de revelar criminalidad y corrupci\u00f3n, y empiezan a ser estimadas normales. Cuando imperan las instituciones, a nadie le interesa actuar al margen de la legalidad y volverse un individuo privado. Creemos que pretender ser la excepci\u00f3n a la norma es \u2013por definici\u00f3n\u2013 un asunto privado, salvo que la excepci\u00f3n se vuelva la norma y los principios de conducta tradicionalmente considerados inmorales, se vuelvan p\u00fablicos y honorables. En tal situaci\u00f3n, los h\u00e1bitos \u2013convicciones, maneras, estereotipos, comportamientos\u2013 que regulan la convivencia y la praxis de una naci\u00f3n d\u00e9bil en instituciones y \u2013por ende\u2013 fuerte en personalismos, suelen sonar descabellados e incomprensibles para ciudadanos cuyos h\u00e1bitos est\u00e1n cimentados en el orden, en la independencia de la justicia y en el respeto por las leyes. Cuando no hay privilegios discrecionales y cuando la transparencia de los asuntos p\u00fablicos est\u00e1 a la vista de todos (aunque sea un ideal, puede regular como \u00edndice de la actividad siempre perfectible de la praxis pol\u00edtica), es poco probable que se elija permanecer en la oscuridad de lo privado y erigirse en la excepci\u00f3n, es decir, vivir y actuar afuera del marco de la legalidad.<\/p>\n<p>Creemos que lo que Arendt observ\u00f3 en su patria es la declinaci\u00f3n de la buenas costumbres, que no pudieron ser lo suficientemente s\u00f3lidas ante la ruina de las instituciones; cuando las pr\u00e1cticas arbitrarias y la ilegalidad se impusieron, fueron muy pocos los que no cedieron a la elevaci\u00f3n p\u00fablica de lo que \u2013en situaciones normales\u2013, deber\u00edan ser pr\u00e1cticas no s\u00f3lo ilegales, sino tambi\u00e9n inmorales. En otras palabras, cuando las acciones inmorales y pol\u00edticamente reprensibles (la delaci\u00f3n, la corrupci\u00f3n, la discrecionalidad, la expropiaci\u00f3n, el asesinato), aquellas que en situaciones normales permanecen ocultas y se ejecutan en privado, pasan a ser los principios conforme a los cuales los ciudadanos se comportan p\u00fablicamente, en tal circunstancia, las mores ceden. Y el individuo que se mantiene fiel a los preceptos del foro de su conciencia (aquel al que considerar\u00edamos decente y respetable), pasa a ser un purista que se erige en excepci\u00f3n y que, pol\u00edticamente hablando, suele ser irrelevante.<br \/>\nArendt es una pensadora de lo extra-ordinario y es preciso intentar situarse en su posici\u00f3n para comprender su fatal desconfianza hacia las costumbres, que \u2013como subestima la autora\u2013 no son m\u00e1s que eso: segundas naturalezas, mores, h\u00e1bitos estandarizados heredados o ense\u00f1ados, de cuya honorable procedencia \u2013empero\u2013 no duda. El problema es que solemos recurrir a ellos sin escr\u00fapulo, aun cuando las circunstancias ameriten poder dar cuenta de esas mismas categor\u00edas de juicio y de conducta. Arrastrados sin examen \u2013sentencia la pensadora\u2013, se vuelven est\u00e1ndares osificados y suced\u00e1neos inertes de la habilidad de juicio, que los sustenta. Habituados a tener siempre a mano un set de reglas habituales, nos acostumbramos a no juzgar por nosotros mismos, y ya no importa tanto el contenido de esas reglas, sino el hecho de que haya reglas, cualesquiera.<\/p>\n<p>Creemos que ni siquiera los modales en la mesa (como tampoco cualquier h\u00e1bito, moralmente bueno o malo) pueden mudarse con tanta celeridad, pero Arendt se atiene a lo que observ\u00f3 en la sociedad respetable de su tiempo. El fen\u00f3meno de la Gleichschaltung (la uniformizaci\u00f3n totalitaria de actitudes, pr\u00e1cticas y convicciones), el culto a la personalidad del F\u00fchrer y el desprecio por las instituciones evidenci\u00f3 la resoluci\u00f3n con que sus compatriotas abrazaron un nuevo c\u00f3digo de conducta que inclu\u00eda la delaci\u00f3n, el asesinato o la mentira. Estas pr\u00e1cticas despreciables no constitu\u00edan per se ninguna novedad ya que la historia pod\u00eda y puede dar cuenta de ellas, lo nuevo era que hab\u00edan sido elevadas a principios respetables (y p\u00fablicos), y se esperaba razonablemente que todo miembro o simpatizante del partido (es decir, todo ciudadano respetable) las adoptara. Esta circunstancia la condujo a defender el imperio de la ley y de las instituciones por sobre la confianza en las normas morales y las buenas costumbres. Cuando las instituciones flaquean las costumbres ceden y sobreviene la ruina pol\u00edtica: el personalismo y la arbitrariedad.<\/p>\n<p>La procedencia de nuestros h\u00e1bitos de comportamiento y categor\u00edas de pensamiento es variable. La fuente de nuestras valoraciones \u00e9ticas y los criterios de apreciaci\u00f3n pol\u00edtica puede no ser la misma para todos; las ra\u00edces religiosas y culturales de un pa\u00eds cimentado por inmigrantes no son uniformes. Arendt, que alert\u00f3 precisamente sobre el peligro de la homologaci\u00f3n de opiniones y convicciones, juzg\u00f3 inexcusable el poder de juicio independiente. Crey\u00f3 que todo hombre, sin importar su procedencia, su cociente intelectual o su nivel acad\u00e9mico, puede ejercer la capacidad de juzgar libre de prejuicios o preceptos operativos aceptados masivamente. As\u00ed, la posibilidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, se mantiene activa aun en \u00e9pocas de derrumbe moral y de ruina pol\u00edtica generalizados. Esta capacidad eminentemente pol\u00edtica \u2013el juicio ciudadano\u2013 destaca en escena p\u00fablica de manera sobresaliente, no con los pol\u00edticos profesionales, sino cuando el ciudadano com\u00fan habla y act\u00faa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La autora es fil\u00f3sofa<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando las instituciones flaquean, las costumbres ceden y sobreviene la ruina pol\u00edtica: el personalismo y la arbitrariedad. 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