{"id":12042,"date":"2016-03-01T10:06:25","date_gmt":"2016-03-01T13:06:25","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=12042"},"modified":"2016-02-25T22:10:39","modified_gmt":"2016-02-26T01:10:39","slug":"conversaciones-con-eugenio-guasta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=12042","title":{"rendered":"Conversaciones con Eugenio Guasta"},"content":{"rendered":"<p><em>CRITERIO publica en este n\u00famero un testimonio in\u00e9dito de Eugenio Guasta, quien fuera miembro del Consejo asesor de la revista, sobre sus \u00faltimos encuentros con Victoria, Ang\u00e9lica y Silvina Ocampo. Se trata de un fragmento de una serie de conversaciones grabadas que mantuvo con Ernesto Montequin entre 2010-2011, como parte de un proyecto de libro de memorias que los altibajos de salud del autor impidieron completar.<\/em><\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/02\/guasta.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-full wp-image-12043\" src=\"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/02\/guasta.jpg\" alt=\"guasta\" width=\"280\" height=\"339\" srcset=\"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/02\/guasta.jpg 280w, https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/02\/guasta-248x300.jpg 248w\" sizes=\"auto, (max-width: 280px) 100vw, 280px\" \/><\/a>Cuando llegu\u00e9 a Buenos Aires en enero de 1977, ya ordenado sacerdote, quise ver a Mar\u00eda Rosa Oliver y a Victoria Ocampo. Como ten\u00eda tiempo libre antes de incorporarme a la vida arquidiocesana, fui primero a Las Toninas, a verla a Mar\u00eda Rosa en su casa de verano, y de all\u00ed viaj\u00e9 a Mar del Plata a verla a Victoria. Ella me hab\u00eda escrito para mi ordenaci\u00f3n. En ese momento (1975), Victoria estaba en Europa, y yo la hab\u00eda invitado a que fuese a Roma para mi ordenaci\u00f3n. En realidad, ese viaje \u2013el \u00faltimo que hizo\u2013, pudo hacerlo porque fue invitada por varias embajadas. Creo que fue a Alemania y despu\u00e9s fue a Madrid, donde se qued\u00f3 en la casa de Soledad Ortega. En aquella carta me dec\u00eda que no pod\u00eda ir a Roma porque no la hab\u00edan invitado. Evidentemente, estaba limitada por el tema econ\u00f3mico; s\u00f3lo pod\u00eda viajar cuando le pagaban los viajes.<br \/>\nPas\u00e9 unos d\u00edas en Villa Victoria, en Mar del Plata. Victoria ya estaba muy enferma, no bajaba al comedor. Ve\u00eda a poca gente, pero no como lo hac\u00eda antes, porque de pronto ten\u00eda grandes dolores que combat\u00eda con una aspirina o algo similar. Mientras estuve en Villa Victoria yo sol\u00eda ir a diario a la capilla que est\u00e1 all\u00ed cerca, en el mismo barrio, que se llama Del Divino Rostro, a celebrar misa por las tardes. A esas misas iban siempre Marietta Ayerza de Gonz\u00e1lez Gara\u00f1o, Josefina Dorado y Ang\u00e9lica Ocampo. Una tarde Victoria me dijo: \u201cChe, desde que has vuelto, \u00e9stas se han vuelto beatas. Alg\u00fan d\u00eda voy a ir yo tambi\u00e9n\u201d. Pero no fue. Como dije, ya no bajaba las escaleras; estaba recluida.<br \/>\nEn ese a\u00f1o (1977) me incorpor\u00e9 a todo un estilo de vida que no ten\u00eda antes. Adem\u00e1s, estaba en situaci\u00f3n de dependencia porque me hab\u00edan nombrado vicario en la parroquia de San Pablo en el barrio de Colegiales. No pod\u00eda disponer de mi tiempo con la libertad con que lo hac\u00eda antes. Y, adem\u00e1s, esa vida que hab\u00eda iniciado aqu\u00ed me llev\u00f3 a ocuparme full time en cosas nuevas que nada ten\u00edan que ver con mi vida anterior. Volv\u00ed a Buenos Aires luego de casi nueve a\u00f1os en Italia, y durante mi ausencia se hab\u00edan producido muchos cambios. Al llegar encontr\u00e9 un mundo de horror, con las desapariciones de personas. Desde luego, en Europa sab\u00edamos lo que pasaba aqu\u00ed e incluso est\u00e1bamos enterados de m\u00e1s cosas de las que se sab\u00edan en el propio pa\u00eds. Radio Vaticano en sus noticieros las dec\u00eda. Yo me enter\u00e9 de la muerte de los sacerdotes palotinos de Belgrano R, cuyos nombres no recuerdo, entre otros un hermano de monse\u00f1or Leaden, y tambi\u00e9n de unos franceses de Nuestra Se\u00f1ora de Lazaret que estaban aqu\u00ed y de los que poco se habl\u00f3. Eso se supo r\u00e1pidamente en el extranjero. Adem\u00e1s, yo le\u00eda Le Monde, que me ayudaba a tener una visi\u00f3n m\u00e1s realista de lo que pasaba aqu\u00ed.<br \/>\nRecuerdo que poco despu\u00e9s de mi llegada, a eso de las siete de la ma\u00f1ana baj\u00e9 a abrir la puerta de la iglesia y me encontr\u00e9 con una se\u00f1ora desesperada \u2013muy sorda, adem\u00e1s, lo cual hac\u00eda dif\u00edcil el hablar con ella\u2013|, que me dec\u00eda, en medio de llantos: \u201c\u00a1Se llevaron a mi hijo! \u00a1Se llevaron a mi hijo!\u201d. En cuanto pude calmarla, nos sentamos en un banco a la entrada de la iglesia. Y entonces me cont\u00f3 que ellos viv\u00edan cerca de la parroquia, y que esa madrugada hab\u00eda llegado a su casa un grupo de hombres armados, que no se identificaron y que se hab\u00edan llevado a su hijo. Despu\u00e9s fui sabiendo m\u00e1s datos sobre esta gente. En efecto, viv\u00edan desde hac\u00eda tiempo en la parroquia; el marido era un comisario jubilado. El hijo estaba haciendo el servicio militar. Ella me dio despu\u00e9s sus nombres y la direcci\u00f3n donde viv\u00edan, y me acuerdo que fui a buscar una tarde a Miguel \u00c1ngel Irigoyen, secretario del cardenal Aramburu. El cardenal no viv\u00eda todav\u00eda en la quinta de Olivos \u2013porque los arzobispos de Buenos Aires tienen una casa en Olivos, a dos cuadras de la Residencia Presidencial sobre la misma calle\u2013, sino en un colegio de monjas en la calle Corrientes y Pringles, con una escalinata grande. Ni siquiera hab\u00eda llamado para anunciar mi visita. Ped\u00ed ver a Miguel \u00c1ngel, a quien yo hab\u00eda conocido en Roma porque hab\u00eda acompa\u00f1ado a monse\u00f1or Aramburu cuando lo crearon cardenal, en 1976, junto al cardenal Pironio. Le cont\u00e9 a Miguel \u00c1ngel lo que hab\u00eda sucedido. \u00c9l me dijo: \u201cDame los datos de ellos, nombres y direcci\u00f3n, y esto lo presentamos nosotros al Ministerio del Interior. No te hagas ning\u00fan tipo de ilusi\u00f3n, porque no significa nada. Toman el pedido y van acumulando datos, pero no hay respuesta, nunca\u201d. Pero tambi\u00e9n me dijo que monse\u00f1or Aramburu no dejaba de hacer esos reclamos, constantemente; era un modo de presionar, pero sin resultados visibles. No hab\u00edan pasado todav\u00eda treinta d\u00edas, y este chico, al que llamaban Pelusa, apareci\u00f3. Poco a poco fui reconstruyendo lo que era posible reconstruir. La madre y el padre estaban convencidos de que mi intervenci\u00f3n hab\u00eda sido salvadora para el muchacho; yo creo que no. Pero no hab\u00eda forma de que aceptasen otra realidad. \u00c9l estaba haciendo el servicio militar, y por lo que me fue contando, despu\u00e9s que lo \u201cchuparon\u201d \u2013t\u00e9rmino que se usaba en ese momento\u2013, siempre tuvo la sensaci\u00f3n de que estaba cerca o en el mismo lugar donde \u00e9l hac\u00eda el servicio militar, que era el regimiento de Patricios en Palermo. Han pasado tantos a\u00f1os que no puedo tener demasiada exactitud al recordar esto, pero entiendo que el capit\u00e1n con quien \u00e9l estaba, que se ve que lo apreciaba, lo defendi\u00f3. Lo defendi\u00f3 e impidi\u00f3 que el secuestro tuviera m\u00e1s consecuencias. Durante ese tiempo en que \u00e9l estuvo secuestrado, hab\u00edan sucedido cosas que yo tambi\u00e9n registr\u00e9. Una tarde, mientras yo estaba celebrando misa vespertina en la parroquia, o\u00ed un tiroteo muy cerca. Despu\u00e9s se produjo una de esas cosas que a uno lo erizaban, porque la parroquia se replet\u00f3 de madres que ven\u00edan a buscar sus hijos que estaban en catequesis para llevarlos a sus casas, con llantos y escenas violentas. Qu\u00e9 hab\u00eda sucedido: en la calle Palpa, que era lateral a la parroquia, hab\u00edan tiroteado desde un coche a una pareja. Result\u00f3 que \u00e9l era un muchacho que hab\u00eda militado en la JP, en la c\u00e9lula del barrio. Y hab\u00eda vuelto a su barrio a ver a gente que \u00e9l conoc\u00eda. Y le encontraron una agenda con n\u00fameros de tel\u00e9fono y uno de ellos era el de Pelusa. Entonces fui atando cabos, porque Pelusa no ten\u00eda ning\u00fan tipo de actividad pol\u00edtica, creo que ni siquiera hab\u00eda militado en la JP. Todo eso me hizo pensar que a ese muchacho lo hab\u00eda defendido su capit\u00e1n, su superior en el servicio militar. \u00c9l me cont\u00f3 que en alg\u00fan momento le hab\u00edan dado Pentotal y cosas por el estilo, supon\u00eda \u00e9l, y una ma\u00f1ana al despertarse se encontr\u00f3 en la Costanera Norte, al lado del r\u00edo. Hab\u00eda vuelto caminando a su casa. Segu\u00ed vi\u00e9ndolo un tiempo, y a trav\u00e9s de las conversaciones con \u00e9l tej\u00ed esta especie de hip\u00f3tesis sobre lo que hab\u00eda pasado. Como dije, los padres estaban convencidos de que hab\u00eda sido por mi intervenci\u00f3n, pero yo sab\u00eda, a trav\u00e9s de Miguel \u00c1ngel Irigoyen, que esos reclamos eran absolutamente ineficaces. Esas listas llegaban tambi\u00e9n al cardenal Pironio, en Roma. Despu\u00e9s Pelusa se fue a Espa\u00f1a, recuerdo que se los present\u00e9 con unas cartas a los Gir\u00e1ldez, que todav\u00eda viv\u00edan en Barcelona. Ellos lo vieron al principio y creo que lo ayudaron a conseguir trabajo. Despu\u00e9s de un tiempo tambi\u00e9n se fueron los padres. \u00c9l ven\u00eda a verme seguido; era un t\u00edpico polic\u00eda, al mismo tiempo, muy extra\u00f1ado que le hubiera pasado una cosa as\u00ed a su hijo, pero t\u00e1citamente \u00e9l deb\u00eda saber m\u00e1s de lo que me dec\u00eda sobre casos similares. Era un hombre muy agradecido, en quien se ve\u00eda todo un proceso de cambio mental, interior, porque la desaparici\u00f3n del hijo lo golpe\u00f3 much\u00edsimo. La madre era una se\u00f1ora de barrio, simple, ingenua, buena persona. Nunca m\u00e1s he sabido de ellos. De Pelusa s\u00ed, creo que en un momento volvi\u00f3, pero yo ya hab\u00eda dejado la parroquia. No alcanc\u00e9 a estar un a\u00f1o all\u00ed, porque me trasladaron al seminario de Devoto. Recuerdo que mi \u00faltimo mes en la parroquia fue enero de 1978; el p\u00e1rroco se hab\u00eda tomado vacaciones y yo qued\u00e9 totalmente a cargo de la parroquia. Por ese entonces estaba todav\u00eda en Buenos Aires Bernardino Osio, como consejero de la embajada italiana. Hubo varios embajadores italianos mientras \u00e9l estuvo aqu\u00ed, algunos de ellos se ocuparon, como Bernardino, de los desaparecidos. Hay un hecho dram\u00e1tico: la Canciller\u00eda italiana, a cierta altura de los acontecimientos, prohibi\u00f3 a la legaci\u00f3n diplom\u00e1tica en Buenos Aires que ayudase a los sospechosos de subversi\u00f3n y sobre todo que los recibiesen asilados o que les diesen cualquier tipo de ayuda. Bernardino en ese momento me dec\u00eda: \u201cEs terrible, porque cuando le dices a alguien que no trasponga el port\u00f3n de la embajada, lo est\u00e1s condenando a muerte\u201d. Bernardino se ocup\u00f3 much\u00edsimo de esto, ten\u00eda como noventa casos de descendientes de italianos. Cuando se fue me encarg\u00f3 que me ocupase de algunas de estas familias.<br \/>\nCuento todo esto para explicar que mi comunicaci\u00f3n con Victoria se hizo m\u00e1s restringida. Yo estaba absorbido por la parroquia y por todas estas cosas. Fuimos a verla varias veces con Bernardino, porque \u00e9l ten\u00eda coche y me invitaba a ir a verla. Me acuerdo una vez que nos detuvimos en el camino en una florer\u00eda, creo que era un s\u00e1bado a la tarde. Bernardino arm\u00f3 un gran ramo de flores, pero no de rosas solas o de jazmines solos, sino de flores mezcladas, de modo que pareciese uno de esos ramos recogidos en una quinta, sabiendo que eso a Victoria le gustaba. La ve\u00edamos y algo le cont\u00e1bamos. Yo trataba de ir a San Isidro alguna ma\u00f1ana que tuviese libre. Ella ya no ven\u00eda a Buenos Aires. En 1978 se aisl\u00f3; se aisl\u00f3 de tal modo que ni siquiera su hermana Ang\u00e9lica la ve\u00eda. Alguna vez me acompa\u00f1\u00f3 en esas idas a San Isidro alg\u00fan chico de la parroquia; me acuerdo del actual p\u00e1rroco de San Cayetano en Belgrano, Juan Bautista Xatruch. Nos qued\u00e1bamos abajo o afuera, en el jard\u00edn, donde estaban los perros o uno por lo menos, un terrier simpatiqu\u00edsimo. Y Victoria no se dejaba ver. Entonces hab\u00eda un modo de comunicarse con ella, a trav\u00e9s de notas manuscritas. Clara, la mujer que trabajaba con ella en ese momento, era la intermediaria. Uno le mandaba una nota para saludarla \u2013\u201cVine a verte Victoria, \u00bfc\u00f3mo est\u00e1s? etc\u2026\u201d\u2013, Clara lo llevaba y al rato tra\u00eda de vuelta la respuesta de Victoria. Era un di\u00e1logo beethoveniano, un contrapunto de papeles escritos que sub\u00edan y bajaban. Pero ella no dejaba que nadie los conservase. Clara nos dec\u00eda que \u201clos ped\u00eda la se\u00f1ora\u201d. Victoria alguna vez me escribi\u00f3 que no quer\u00eda que sus \u201cjeremiadas queden en manos de nadie\u201d. Alguno de esos papeles qued\u00f3 en mi poder, creo, por distracci\u00f3n de ella. Pero era el \u00fanico modo de comunicarse con Victoria.<br \/>\nEn junio de 1978, durante el Mundial de F\u00fatbol, me llam\u00f3 por tel\u00e9fono para decirme si pod\u00eda ir el domingo a la tarde. Y ese domingo se jugaba el partido final del campeonato. Ese d\u00eda almorc\u00e9 en casa de Mim\u00ed Leloir y del Negro Patr\u00f3n Costas. Me acuerdo que terminamos de almorzar y con el Negro subimos a ver el partido. Est\u00e1bamos delante del televisor \u2013no s\u00e9 si era el cuarto de recibir de Mim\u00ed o en el cuarto del Negro (Mim\u00ed se hab\u00eda ido) \u2013 y en un momento hubo un gol argentino y se oy\u00f3 el griter\u00edo en las casas vecinas. El Negro, que estaba mirando sin comentar nada, me mir\u00f3 y, casi brit\u00e1nico en eso, me dijo sin levantar la voz: \u201cUn gol\u201d.<br \/>\nCuando termin\u00f3 el primer tiempo me fui porque era la hora en que deb\u00eda tomar el tren para San Isidro. Viaj\u00e9 en un tren desierto, llegu\u00e9 a Beccar y me baj\u00e9. No hab\u00eda un alma en la calle; parec\u00eda una ciudad abandonada. Y todo en silencio, lo que me hizo pensar que deb\u00eda de haber un tiempo adicional en el partido, porque hice toda la calle Uriburu hasta la casa de Victoria sin o\u00edr nada. Atraves\u00e9 Libertador, que siempre cuesta, sin ver a nadie. Cuando llegu\u00e9 a la casa, me recibi\u00f3 Clara y me hizo subir, por primera vez, al cuarto de Victoria. Entr\u00e9 y ella estaba en cama: la vi lind\u00edsima, con todo el pelo peinado hacia atr\u00e1s. Estaba viendo el final del partido, con el televisor sin sonido. Me hizo una se\u00f1a para que me sentara. El partido termin\u00f3 enseguida. Me mir\u00f3 y me dijo: \u201cHa ganado todo lo que m\u00e1s detesto\u201d. Al cabo de un rato, lleg\u00f3 Mar\u00eda Ren\u00e9e Cura. Estuvimos conversando los tres; Victoria estaba animada, y tomamos el t\u00e9 sin movernos del cuarto de ella. Me llam\u00f3 la atenci\u00f3n que hubiera un crucifijo sobre la biblioteca, entrando a la derecha, algo que en lo de Victoria no hab\u00eda visto nunca, y sobre la cama una tabla con una imagen de la Virgen. Me dio alegr\u00eda ver eso: eran signos heredados. Dir\u00e9 que hay una carta de ella a Jorge Mej\u00eda y a m\u00ed, escrita despu\u00e9s de una Navidad que hab\u00edamos ido a comer con ella en casa de Ang\u00e9lica. Fue antes de irme a Europa, en 1959. En esa carta, escrita en franc\u00e9s, en que nos agradec\u00eda que hubi\u00e9ramos estado con ella, nos dec\u00eda su esfuerzo por alcanzar un nivel distinto de vida espiritual. Es una carta muy conmovedora.<br \/>\nYo siempre hab\u00eda respetado la interioridad de Victoria. Alguna vez le regal\u00e9 uno de esos fasc\u00edculos de la Biblia de Jerusal\u00e9n, el del profeta Oseas; quer\u00eda compartirlo con ella. Hay all\u00ed un texto \u2013 \u201cte llevar\u00e9 al desierto y te hablar\u00e9 al coraz\u00f3n\u201d \u2013 que siempre me ha impresionado mucho por la cercan\u00eda de Dios.<br \/>\nAquella tarde de 1978, despu\u00e9s del partido de f\u00fatbol, hubo un momento en que me dijo: \u201cMir\u00e1, hay algo que escrib\u00ed porque me lo pidieron, por qu\u00e9 no me lo le\u00e9s\u201d. Era una publicaci\u00f3n de la Municipalidad de Buenos Aires, sobre la ciudad. El texto se llamaba \u201cEl aire y las campanas\u201d; las campanas eran las de la iglesia de las Catalinas, que ella hab\u00eda o\u00eddo desde su infancia, y el aire era el de Palermo, adonde la llevaban a pasear por la Avenida de las Palmeras. Despu\u00e9s de leer ese texto, que es precioso, y quiz\u00e1 por cierta vibraci\u00f3n m\u00eda \u2013porque leerle eso a ella que estaba tendida en la cama, con los ojos cerrados, oy\u00e9ndome, era muy emocionante\u2013, Mar\u00eda Ren\u00e9e sali\u00f3 y nos dej\u00f3 solos. Entonces Victoria me dijo: \u201cAhora que me decid\u00ed a que me vieras como estoy, ven\u00ed cuando quieras\u201d. A m\u00ed me surgi\u00f3 decirle: \u201c\u00bfPuedo bendecirte?\u201d, y ella me dijo que s\u00ed. Entonces la bendije. Victoria se puso a llorar; yo tambi\u00e9n. Pasado ese momento, me desped\u00ed. Volvimos con Mar\u00eda Ren\u00e9e en tren, que estaba repleto de gente. Tanto es as\u00ed que yo, que siempre bajaba en Barrancas de Belgrano para tomar algo que me llevase a Devoto, no pude bajarme del tren y tuve que seguir hasta Retiro. Ah\u00ed bajamos juntos, Min\u00e9 y yo. Debo decir que me llam\u00f3 la atenci\u00f3n que, por primera y \u00fanica vez en mi vida, vi una especie de coparticipaci\u00f3n en las celebraciones. Porque hab\u00eda hasta se\u00f1oras viejas, paquetas, por Plaza San Mart\u00edn gritando; nunca hab\u00eda participado de un fen\u00f3meno as\u00ed. Era como si la gente, en medio de todo el horror de aquellos a\u00f1os, necesitara celebrar algo.<br \/>\nDespu\u00e9s, por raz\u00f3n de lo mismo que mencion\u00e9 antes (ocupaciones absorbentes, y dem\u00e1s), creo que volv\u00ed a ver a Victoria s\u00f3lo una vez. En aquel momento no me sent\u00ed capaz de ir m\u00e1s all\u00e1 de esa bendici\u00f3n. \u00bfPor qu\u00e9? Dir\u00eda que de alg\u00fan modo mi experiencia pastoral en el trato con enfermos era muy nueva. Si bien yo me hab\u00eda ordenado sacerdote ya hac\u00eda tres a\u00f1os, mis primeros dos a\u00f1os sacerdotales fueron en Italia, donde lo m\u00e1s cercano a la actividad pastoral era ir a colegios de monjas cercanos al Colegio Mexicano para confesar chicos. (Me acuerdo que las confesiones de los chicos eran m\u00e1s o menos as\u00ed: \u201cHo disobedito la mamma\u201d, \u201cHo picchiato il fratellino\u201d.) No ten\u00eda demasiada experiencia. Por otro lado, exist\u00eda ese especie de respeto m\u00edo hacia Victoria, el miedo a perturbarla. Hoy s\u00e9 c\u00f3mo habr\u00eda actuado, es decir, con mayor soltura y m\u00e1s humanidad, tambi\u00e9n. Pero en ese momento yo estaba como trabado, y m\u00e1s que eso no pude hacer. Y tambi\u00e9n me conmovi\u00f3 mucho verla as\u00ed.<br \/>\nVolv\u00ed a verla en ese mismo cuarto, sentados en el sof\u00e1 y en los sillones tapizados con chintz, que en ese momento era nuevo, porque lo hab\u00eda hecho cambiar precisamente para recibir gente. El encuentro fue con motivo de la muerte de Fryda Schultz de Mantovani, que la hab\u00eda afectado much\u00edsimo, y all\u00ed se estaba preparando el n\u00famero de Sur dedicado a ella. Estaba Enrique Anderson Imbert y no me acuerdo qui\u00e9nes m\u00e1s; \u00e9ramos pocos. Hubo un momento muy embarazoso: Victoria estaba sentada en el sof\u00e1, con su pelo tirante y echado hacia atr\u00e1s, se sacaba y se pon\u00eda los anteojos, muy surag\u00e9e. Y en un momento dado, mientras clasificaban los textos para la revista, Anderson Imbert dijo: \u201cEstos otros [textos] que son menores se pueden poner todos bajo el t\u00edtulo de testimonios\u2026\u201d. Victoria levant\u00f3 las cejas y \u00e9l se dio cuenta enseguida que hab\u00eda cometido una gaffe, y no s\u00e9 qu\u00e9 dijo, pero fue peor a\u00fan, porque tendr\u00eda que haberse callado. Ella no dijo nada y yo pens\u00e9 \u201cse ve que no es la Victoria de antes\u201d. Quiz\u00e1 despu\u00e9s hubo alg\u00fan llamado telef\u00f3nico, pero no volv\u00ed a verla.<br \/>\nEn diciembre de 1978, antes de Navidad, nos fuimos con Anucha G\u00e1ndara a Villa La Angostura. Estuve todo enero all\u00e1, donde me enter\u00e9 por La Naci\u00f3n de la muerte de Victoria. El diario llegaba siempre a la tarde. Ella muri\u00f3 el 29 de enero, de modo que yo me enter\u00e9 de su muerte al d\u00eda siguiente, es decir, el 30. Qued\u00e9 muy boulevers\u00e9 por la noticia. En aquella \u00e9poca no hab\u00eda tel\u00e9fonos en Villa La Angostura, hab\u00eda que hablar por radio desde el Correo.<br \/>\nCuando volv\u00ed a Buenos Aires, en los primeros d\u00edas de febrero, fui a verla a Ang\u00e9lica, que estaba en cama. Hubo un cambio de actitud en mi interior; me dije: \u201cNo me va a pasar con Ang\u00e9lica lo que me pas\u00f3 con Victoria\u201d. No era \u2013entend\u00e1monos\u2013 cumplir con un tr\u00e1mite, como quien extiende un pasaporte, sino acompa\u00f1ar existencialmente a quien est\u00e1 en el trance de morir. Sabiendo que Ang\u00e9lica estaba enferma, part\u00ed llevando el Sant\u00edsimo en el bolsillo de la camisa, envuelto en algo que sigo usando todav\u00eda, un regalo de las sorelle del Eremo de Campello, tejido y bordado por ellas, para llevar el Vi\u00e1tico. Ang\u00e9lica estaba en su cuarto, en la cama. Nos abrazamos, los dos est\u00e1bamos muy conmovidos; ella lloraba y yo tambi\u00e9n. \u201cTe das cuenta, Eugenio \u2013me dec\u00eda\u2013, toda una vida juntas, toda una vida juntas.\u201d En ese mismo momento, le dije: \u201cAng\u00e9lica, no tengo palabras de consuelo, no puedo decirte nada, sino acompa\u00f1arte. Y te he tra\u00eddo a quien puede consolarte\u201d. Me mir\u00f3, interrogativa. \u201cTengo aqu\u00ed el Sant\u00edsimo \u2013le dije\u2013; si quer\u00e9s te puedo dar la comuni\u00f3n\u201d. Y me contest\u00f3: \u201cHace tanto tiempo\u2026 \u00bfte parece que puedo?\u201d. \u201cS\u00ed que pod\u00e9s\u201d, le dije. Se confes\u00f3 brevemente, pero muy consciente de lo que hac\u00eda. Y comulg\u00f3.<br \/>\nMientras recordaba todo esto, al volver hacia atr\u00e1s, dir\u00e9 que tuve una especie de convencimiento de que Victoria hab\u00eda intervenido de alguna forma, hab\u00eda allanado el camino. Son cosas un poco inefables, pero que tienen una certeza profunda.<br \/>\nDesde entonces empec\u00e9 a ir peri\u00f3dicamente a casa de Ang\u00e9lica, para darle la comuni\u00f3n. Ella ya no sal\u00eda de su cuarto; pasaba los d\u00edas en cama o sentada en un sof\u00e1. Sobre la cama ten\u00eda un Esp\u00edritu Santo, muy lindo; imagino que lo habr\u00e1 heredado. Me acuerdo que de pronto se dorm\u00eda, despu\u00e9s de haber comulgado, y yo me quedaba sentado a su lado. Cuando se despertaba, dec\u00eda: \u201cQu\u00e9 falta de respeto\u201d. \u201cNo, al contrario \u2013le dec\u00eda yo\u2013. Quiere decir que est\u00e1s pacificada\u201d. Ella pon\u00eda caras. Una vez me pregunt\u00f3 si pod\u00eda decir el Padre Nuestro en franc\u00e9s, porque se lo acordaba entero, y en castellano no lo sab\u00eda\u2026<br \/>\nEn 1979 yo ya estaba en el seminario de Devoto y aprovechaba algunos domingos para visitar a Ang\u00e9lica. Los domingos a la ma\u00f1ana iba a ayudar a la Inmaculada de Belgrano. Part\u00eda a eso de las ocho de la ma\u00f1ana de Devoto, y tomaba un taxi en Jos\u00e9 Cubas; el trayecto era en l\u00ednea recta por esa calle, donde est\u00e1 el Seminario, que es la continuaci\u00f3n de Echeverr\u00eda. Me llevaba el Sant\u00edsimo desde la parroquia. Algunas veces, terminadas mis tareas en la Inmaculada, almorzaba en casa de los Patr\u00f3n Costas. Despu\u00e9s el Negro sol\u00eda llevarme a casa de Ang\u00e9lica. Me acuerdo que la primera vez me desped\u00ed de \u00e9l y sub\u00ed al departamento de Ang\u00e9lica. Cuando volv\u00ed a salir, cerca de una hora despu\u00e9s, el Negro estaba esper\u00e1ndome en el coche, para llevarme al seminario de Devoto. Un se\u00f1orazo.<br \/>\nAng\u00e9lica tambi\u00e9n muri\u00f3 cuando yo estaba en el sur. Pero ese \u00faltimo a\u00f1o (1979) la vi con frecuencia, y habl\u00e1bamos mucho por tel\u00e9fono. Me hac\u00eda poner alguna m\u00fasica en el \u201cfon\u00f3grafo\u201d, como dec\u00eda ella. Siempre era muy esencial en todo. Cuando volv\u00ed a Buenos Aires, a escasos meses de su muerte, celebr\u00e9 una misa por ella en el Mater Admirabilis, en la calle Arroyo. En ese entonces all\u00ed estaban las monjitas franciscanas misioneras, que eran amigas m\u00edas; un tiempo despu\u00e9s se retiraron y se convirti\u00f3 en parroquia. A m\u00ed siempre me hab\u00eda gustado ese lugar, porque las monjitas ten\u00edan adoraci\u00f3n del Sant\u00edsimo durante el d\u00eda. La calle Arroyo era tranquila, silenciosa. Uno entraba en ese sitio y encontraba unas monjas con pelos largos, rezando.<br \/>\nAll\u00ed celebr\u00e9 la misa, a la que fueron Silvina Ocampo y Adolfito Bioy. Silvina estuvo durante toda la misa en el segundo o en el tercer banco, reclinada como de costado; no se sent\u00f3 ni se arrodill\u00f3 nunca. Y con el pelo suelto, como lo usaba ella. Parec\u00eda una especie de t\u00f3tem en exhibici\u00f3n. Cuando termin\u00f3 la misa, se acerc\u00f3 a m\u00ed y me dijo: \u201cAqu\u00ed tengo una cosa para vos\u201d. Era un paquete en papel de diario, pero ni siquiera estaba doblado, sino apenas envuelto, hecho un bollo. Apart\u00e9 el papel: era la imagen de Santa Clara. \u201cLa ten\u00eda Ang\u00e9lica\u201d, agreg\u00f3 Silvina. Despu\u00e9s fuimos caminando por la calle Suipacha, donde Adolfito ten\u00eda estacionado el coche. Silvina y yo \u00edbamos m\u00e1s atr\u00e1s; mientras caminaba, se acordaba de Ang\u00e9lica, de lo poco que la hab\u00eda visto al final y de la culpa que sent\u00eda por eso\u2026 En una de las veredas hab\u00eda escombros y mont\u00edculos de tierra porque estaban haciendo alguna reparaci\u00f3n. Silvina, que segu\u00eda quej\u00e1ndose de s\u00ed misma, de pronto me dijo: \u201cAy, parecemos alpinistas\u201d. Creo que esa noche fui a comer a casa de ellos.<br \/>\nA partir de entonces empec\u00e9 a ver a Silvina con cierta regularidad; adem\u00e1s, a veces almorz\u00e1bamos juntos los domingos en casa de los Patr\u00f3n Costas. Tambi\u00e9n habl\u00e1bamos mucho por tel\u00e9fono. Cuando ella empez\u00f3 a enfermarse \u2013yo segu\u00eda en Devoto\u2013, me dije a m\u00ed mismo: \u201cCon Silvina no me va a pasar esa ausencia; voy a hacer algo parecido a lo que hice con Ang\u00e9lica\u201d. Quer\u00eda que tuviesen la cercan\u00eda del consuelo a trav\u00e9s del Sacramento, que tomaran la comuni\u00f3n. Pero ya costaba m\u00e1s llegar a Silvina. Una de las \u00faltimas \u00faltima veces que la visit\u00e9, en el final de la conversaci\u00f3n estuvo presente Adolfito, algo que nunca hac\u00eda. Es como si la viera, de pie junto a su escritorio, dici\u00e9ndome: \u201cMe encargaron un libro sobre \u00e1ngeles\u2026 \u00a1Son tan fr\u00e1giles!\u201d. \u201cAy Silvina \u2013le dec\u00eda yo\u2013, te va a salir espl\u00e9ndido, no te preocupes\u201d. No s\u00e9 si era un proyecto real, quiz\u00e1 ten\u00eda que ver con su libro Breve santoral. Y Adolfito estaba all\u00ed, poniendo cara de circunstancia, sin intervenir en la conversaci\u00f3n, pero ejerciendo, de alg\u00fan modo, cierta vigilancia. Despu\u00e9s alguien me dijo que \u00e9l no quer\u00eda curas en su casa, porque cuando su madre estaba enferma llamaron a uno y ella muri\u00f3 unos d\u00edas despu\u00e9s. Entonces supe de d\u00f3nde ven\u00edan esas supersticiones\u2026 (Tambi\u00e9n me acordaba de las cosas que me contaba Mim\u00ed en la \u00e9poca en que Adolfito estuvo enfermo: Silvina le prend\u00eda medallitas de Santa Rita en la almohada, y le ped\u00eda a Mim\u00ed que se las consiguiese).<br \/>\nUn d\u00eda me largu\u00e9 a ver a Silvina, sin anunciar antes mi visita. Me abri\u00f3 la puerta una de las mujeres que hab\u00eda en la casa; me dijo que esperara a Silvina en el living. Y al rato apareci\u00f3 Silvina, caminando muy lentamente. Se sent\u00f3 a mi lado. Debo decir que ten\u00eda momentos de lucidez y momentos en que se perd\u00eda. En uno de los momentos de lucidez, le dije: \u201c\u00bfNo quer\u00e9s comulgar?\u201d. Y ella me respondi\u00f3: \u201c\u00bfC\u00f3mo se hace?\u201d. \u201cPor de pronto \u2013le dije\u2013, hay que pedirle perd\u00f3n al Se\u00f1or por las cosas que uno hizo y que no estaban de acuerdo con lo que \u00e9l esperaba de nosotros\u201d. Se qued\u00f3 pensando un rato y despu\u00e9s hizo una confesi\u00f3n, a su estilo. Le di la comuni\u00f3n ah\u00ed mismo, sentados los dos. Despu\u00e9s estuvo quieta y callada durante unos minutos; de pronto, se irgui\u00f3 y se persign\u00f3 lentamente, dos veces. Fue, creo, una manifestaci\u00f3n de fe. Ya no volv\u00ed a verla.<br \/>\nLe cont\u00e9 todo esto a Mim\u00ed, que se puso muy feliz, porque era algo que la preocupaba. Creo que tampoco Mim\u00ed la vio mucho. Adem\u00e1s, Mim\u00ed era claustrof\u00f3bica y no quer\u00eda subir en el ascensor del edificio de la calle Posadas porque era muy cerrado, al igual que el ascensor de servicio. Mim\u00ed iba a lo de Ang\u00e9lica porque el ascensor de servicio era de puertas enrejadas. Cuando quer\u00eda ver a Silvina, Mim\u00ed estacionaba en la puerta de la calle Posadas, Silvina bajaba y las dos conversaban adentro del coche\u2026<br \/>\nTambi\u00e9n quise ver a Adolfito al final. Pero no hubo caso. Cuando llamaba me dec\u00edan que no estaba, constantemente. Se lo cont\u00e9 al doctor Flor\u00edn, que era el m\u00e9dico de Bioy, y se enoj\u00f3 much\u00edsimo. Me dijo que era culpa de alguien cuyo nombre no recuerdo. Y tambi\u00e9n me dijo que iba a arreglarlo, pero no lo consigui\u00f3, porque nunca pude llegar hasta Adolfito. En realidad, la \u00faltima vez que lo vi fue en la Casa Rosada, cuando lo hicieron \u201cargentino em\u00e9rito\u201d, un disparate que invent\u00f3 Pacho O\u2019Donnell durante el gobierno de Menem. Me causaba gracia porque em\u00e9rito es alguien que se ha jubilado, y declarar a un escritor em\u00e9rito significa decir que ya no escribe m\u00e1s. Y creo que Adolfito escribi\u00f3 hasta el final. Me acuerdo que nos encontramos en la puerta de la calle Balcarce con Odile Baron Supervielle y entramos juntos; hab\u00eda gente conocida, pero el ambiente era raro. Menem, que no debi\u00f3 de leerlo nunca, le dec\u00eda \u201cDon Bioy\u201d. Era todo muy c\u00f3mico.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CRITERIO publica en este n\u00famero un testimonio in\u00e9dito de Eugenio Guasta, quien fuera miembro del Consejo asesor de la revista, sobre sus \u00faltimos encuentros con&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[4,1403],"tags":[1473,1462,1046,1472,1471,1049],"class_list":["post-12042","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-cultura","category-testimonios","tag-adolfo-bioy-casares","tag-cultura","tag-eugenio-guasta","tag-silvina-ocampo","tag-testimonios","tag-victoria-ocampo"],"acf":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p6FC4i-38e","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12042","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=12042"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12042\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12044,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12042\/revisions\/12044"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=12042"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=12042"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=12042"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}