{"id":12171,"date":"2016-04-01T13:31:49","date_gmt":"2016-04-01T16:31:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=12171"},"modified":"2016-04-01T19:34:07","modified_gmt":"2016-04-01T22:34:07","slug":"descarnada-sencillez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=12171","title":{"rendered":"Descarnada sencillez"},"content":{"rendered":"<p><em><a href=\"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/04\/el-campo.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft  wp-image-12172\" src=\"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/04\/el-campo-205x300.jpg\" alt=\"el campo\" width=\"110\" height=\"161\" srcset=\"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/04\/el-campo-205x300.jpg 205w, https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/wp-content\/uploads\/2016\/04\/el-campo.jpg 288w\" sizes=\"auto, (max-width: 110px) 100vw, 110px\" \/><\/a>El campo<\/em><br \/>\nJuan Jos\u00e9 Morosoli<br \/>\nBuenos Aires, 2015, Mardulce<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En esta edici\u00f3n se define con acierto al uruguayo Juan Jos\u00e9 Moroli (Minas, 1899-1957) como \u201cuno de los m\u00e1s grandes escritores rioplatenses del siglo XX\u201d y, al mismo tiempo, \u201cuno de los secretos mejor guardados de la literatura de nuestro estuario\u201d. Poco conocido en la Argentina e injustamente considerado no pocas veces en las escuelas orientales como un mero escritor costumbrista, la lectura de sus textos depara sorpresa y deslumbramiento. Su mundo, limitado al campo y a pocos personajes (gauchos, alba\u00f1iles, peones) est\u00e1 dominado por el silencio, la parquedad, las observaciones que detr\u00e1s de detalles abren sin embargo una consideraci\u00f3n sobre la condici\u00f3n humana y el sentido del universo.<br \/>\nEn la antolog\u00eda aparece, por ejemplo, un tal Andrada que cada domingo \u201ciba a visitar el monte, como otros iban a visitar un pariente o un amigo\u201d. El hombre \u201ciba a quedarse vaciado por las horas que hac\u00edan dar vuelta la sombra de los troncos, mientras la brisa rozadora de hojas, mov\u00eda las copas un\u00e1nimes y los ojos se le iban poniendo pesados de mirar contra el cielo el vuelo de los bichitos\u201d. El hombre ten\u00eda sus ideas muy firmes, entre otras cuestiones, sobre la amistad: \u201cLos amigos hab\u00eda que aceptarlos como eran. Admitir que como ven\u00edan se pod\u00edan ir. Se perd\u00edan o se encontraban de golpe o despacito. Igual que las mujeres\u201d. Y en final del relato, la muerte: \u201cEl extendido potrero luc\u00eda una mariposa amarilla tatuada en el verde total del gramillal\u201d.<br \/>\nEn \u201cLos alba\u00f1iles de Los Tapes\u201d anota que, a pesar del sacrificio y la penuria, \u201cSe re\u00edan contentos, felices, olvidados de aquel desaliento que arrastraron por el camino como una tropa flaca\u201d. O que cuando Nieves (uno de los protagonistas que est\u00e1 reparando un pobre cementerio de campo) desv\u00eda su andar para encontrarse con la lavandera en el rancho, \u201clo recibi\u00f3 un perro ladrando, desganado. Por costumbre de ladrar\u201d.<br \/>\nMorosoli, hijo de un alba\u00f1il emigrado de la Suiza italiana, s\u00f3lo pudo cursar dos a\u00f1os en la escuela primaria y siempre vivi\u00f3 en el \u00e1mbito rural de Uruguay. Escrib\u00eda en un peri\u00f3dico local y animaba una tertulia literaria en el caf\u00e9 de su propiedad, donde adem\u00e1s proyectaba cine mudo.<br \/>\nEl campo, que da nombre a esta antolog\u00eda, m\u00e1s que mero escenario es uno de los grandes personajes en esta prosa tan peculiar, como cuando habla de un gaucho \u201cavaro miserable\u201d, a quien nadie iba a llorar cuando muriera: \u201cSal\u00eda poco Correa. Sentado contra la pared miraba y miraba el campo en un desesperado di\u00e1logo con el silencio. Ya no s\u00f3lo se preguntaba cosas a s\u00ed mismo. A veces las preguntas se las hac\u00eda al campo que lo torturaba con su mutismo, con su presencia quieta y desafiante. O era el propio campo que se dirig\u00eda a \u00e9l: -\u00bfY qui\u00e9n queda por usted Don Correa? \u00bfNo me sale a recorrer?\u201d.<br \/>\nCon la misma mesura, Morosoli habla de las relaciones entre hombre y mujer: \u201cJustina colmaba todas sus necesidades de hombre, de ser social y hasta de ternura. Los &#8216;m&#8217;hijo&#8217; con que la mujer salpicaba la conversaci\u00f3n, le produc\u00edan un placer extra\u00f1o. Le ablandaban por dentro\u201d.<br \/>\nCuando dos paisanos deciden dejar el cigarro, porque uno de ellos anda enfermo, se despiden con el \u00faltimo tabaco, sentados en un viejo arado: \u201cAll\u00ed fuman. Frente al sol, callados y mirando las distancias&#8230; Es un cigarro que los ha puesto silenciosos. Como es el \u00fanico vicio que tiene se despiden de \u00e9l como de un hermano&#8230;\u201d.<br \/>\nMuertes y rezadoras (como do\u00f1a Natividad Vega), amistades entra\u00f1ables (como la de los viejos don Llanes y su inesperado camarada, de quien no llegamos a conocer el nombre; o como la de Ferreira y el ruso don Alejandro) se dan cita en las p\u00e1ginas de Morosoli de una manera ajustada y sorprendente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El campo Juan Jos\u00e9 Morosoli Buenos Aires, 2015, Mardulce &nbsp; &nbsp; &nbsp; En esta edici\u00f3n se define con acierto al uruguayo Juan Jos\u00e9 Moroli (Minas,&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[1462,1528,31,1527],"class_list":["post-12171","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-cultura","tag-cultura","tag-el-campo","tag-libros","tag-morosoli"],"acf":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p6FC4i-3aj","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12171","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=12171"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12171\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12173,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12171\/revisions\/12173"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=12171"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=12171"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=12171"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}