{"id":12804,"date":"2016-06-01T17:46:45","date_gmt":"2016-06-01T20:46:45","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=12804"},"modified":"2016-11-01T17:57:52","modified_gmt":"2016-11-01T20:57:52","slug":"la-eternidad-de-los-fantasmas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=12804","title":{"rendered":"La eternidad de los fantasmas"},"content":{"rendered":"<p><em>Rese\u00f1a de <\/em>Como si existiese el perd\u00f3n<em>, de Mariana Travacio (Buenos Aires, 2016, Editorial Metal\u00facida)<\/em><\/p>\n<p>\u201cAll\u00ed, donde viv\u00edamos, ven\u00eda el viento norte. Era un viento de calor que nos cercaba despacio hasta instalarse como un perro hambriento. Cuando nos ten\u00eda rodeados, dorm\u00edamos unas siestas interminables. Nos despert\u00e1bamos cuando el sol se iba y el cielo quedaba con un resplandor que segu\u00eda levantando el olor de la tierra seca\u201d. As\u00ed comienza la sorprendente primera novela de Mariana Travacio (licenciada en Psicolog\u00eda, autora de premiados cuentos, nacida en la ciudad de Rosario en 1967). El texto distingue siempre entre la tierra seca, el habitat natural de muchos de sus protagonistas, y las tierras de agua, donde viven los adversarios, a los que tarde o temprano deber\u00e1n enfrentar. En esos \u00faltimos campos, hab\u00eda \u201clluvias que hac\u00edan crecer los pastos y las hierbas\u201d; adem\u00e1s \u201cllueve y la tierra queda agarrada al suelo\u201d porque \u201cno hay viento que la levante\u201d.<br \/>\nY as\u00ed escribe la autora en las pen\u00faltimas l\u00edneas de este soberbio relato: \u201cA veces me gusta decirle: sin c\u00e1scara de lim\u00f3n hoy, Luisa. A veces le pido que no apague la luz. Que la dejemos encendida nom\u00e1s. A veces salimos a caminar: hay d\u00edas mejores que otros\u201d.<br \/>\nHe referido frases del inicio y del final y, sin embargo, queda todo por descubrir. O mejor decir que queda todo por leer, siempre con creciente inter\u00e9s e intriga, aunque lo que sucede se desarrolle sin premura, como el correr de las horas del d\u00eda o las estaciones del a\u00f1o. En efecto, se trata de una obra de inaudita originalidad por su mesura y su contenida violencia, por la exactitud de su prosa y por la lejan\u00eda de todo barroquismo. No faltan ni sobran palabras. Algo inusual y deslumbrante para un lector.<br \/>\nUn ep\u00edgrafe de Jacques Derrida sobre la eternidad de los fantasmas abre el libro, el deconstructivista fil\u00f3sofo franc\u00e9s que escribi\u00f3 que despu\u00e9s del fin de la historia, \u201cel esp\u00edritu viene como (re) aparecido, figura a la vez como un muerto que regresa y como un fantasma cuyo esperado retorno se repite una y otra vez\u201d.<br \/>\nLoprete deb\u00eda ser vengado por sus muchos hermanos, algunos locos, todos sanguinarios. Manoel sigue en cambio a su jefe y escapa, aunque sue\u00f1a su venganza y quiere regresar para cumplir el deseo de que la tr\u00e1gica muerte de sus padres no haya sido un accidente en vano. El Tano no da explicaciones y se refugia en el silencio de los gauchos.<br \/>\n\u00bfQu\u00e9 une a Manoel con su jefe? \u201cCuando muri\u00f3 mi abuela \u2013cuenta\u2013, el Tano me ofreci\u00f3 su casa. Me acuerdo muy bien de ese d\u00eda: \u00bfte ven\u00eds conmigo, Manoel? Yo ten\u00eda ocho a\u00f1os. La cama donde muri\u00f3 la abuela estaba desvencijada. El viejo Antonio la arregl\u00f3: pronto ser\u00e1s un muchacho, Manoel, necesitar\u00e1s una cama firme. Los vecinos metieron el resto de las cosas en dos bolsas. As\u00ed me mud\u00e9 a lo del Tano: con esa cama y con las bolsas que los vecinos me dieron\u201d.<br \/>\nAntes de emprender la epopeya y sus consecuentes batallas, hay fragmentos de amor, o al menos de cari\u00f1o, que s\u00f3lo se muestran brevemente y como con pudor: \u201cA Luisa se la ve\u00eda un poco perdida esa noche (&#8230;). Yo estaba con Luisa, en la cocina. Hab\u00eda ido a buscar las dos botellas de vino que Miranda nos hab\u00eda dado: con esta brindan para ganarle a ese fantasma de ustedes; con esta otra, para jurarse que vuelven pronto para contarme de sus batallas. Eso nos prometimos esa noche. Nos prometimos ir, y nos prometimos volver. A Luisa se le resbal\u00f3 una l\u00e1grima cuando ya nos acab\u00e1bamos la segunda botella. Se la sec\u00f3 enseguida y no volvi\u00f3 a llorar\u201d. Despu\u00e9s vendr\u00e1 el largo camino, el arroyo, las torrenciales lluvias, los cuerpos de los muertos y esa forma de resignaci\u00f3n que podr\u00edamos llamar justicia\u201d.<br \/>\nHay un narrador omnisciente que cambia seg\u00fan los acontecimientos y los tiempos. Y hay, por encima de todo, una historia y una meditaci\u00f3n sobre la condici\u00f3n humana. Por algo escribe Marcelo Carnero, poeta y narrador cercano a Selva Almada, que en esta novela \u201ca partir de un malentendido y un asesinato, un grupo de hombres va en busca de su destino, tal vez jugando de antemano, y descubre que frente al dolor, la muerte y el olvido siempre nos queda la humana acci\u00f3n de la amistad\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rese\u00f1a de Como si existiese el perd\u00f3n, de Mariana Travacio (Buenos Aires, 2016, Editorial Metal\u00facida) \u201cAll\u00ed, donde viv\u00edamos, ven\u00eda el viento norte. 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