{"id":13484,"date":"2017-06-02T14:50:27","date_gmt":"2017-06-02T17:50:27","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=13484"},"modified":"2017-06-02T14:50:27","modified_gmt":"2017-06-02T17:50:27","slug":"pobreza-la-madre-de-todas-las-batallas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=13484","title":{"rendered":"Pobreza: la madre de todas las batallas"},"content":{"rendered":"<p><em>La batalla cultural m\u00e1s importante que nos debemos como sociedad es elevar la cuesti\u00f3n de la pobreza extrema al centro del debate a partir de considerar que se trata de una responsabilidad colectiva.<\/em><\/p>\n<h6>Hab\u00eda un caj\u00f3n entreabierto, uno de los diecinueve cajones, peque\u00f1os y grandes, cuyo n\u00famero impar y extra\u00f1a disposici\u00f3n, de pronto me daba cuenta, cuando estaban a punto de serme arrebatados, hab\u00eda llegado a traducirse en una especie de misterioso orden interno que guiaba mi existencia, un orden que, si el trabajo marchaba bien, adquir\u00eda cualidades casi m\u00edsticas\u201d (<em>La gran casa<\/em>, Nicole Krauss.)<\/h6>\n<p>El p\u00e1rrafo que dispara estas reflexiones pertenece a una novela de una escritora consagrada. Delicada y vigorosa a la vez, en mi apreciaci\u00f3n de lego. Refiere, como se deduce con facilidad, a la sinergia emp\u00e1tica que surge entre el esp\u00edritu de una trabajadora de la cultura y los espacios f\u00edsicos y las pertenencias m\u00e1s privadas con las que ella convive. Un escritorio de roble, en el caso de este texto, como respetuoso homenaje al cuarto propio de Woolf. El fragmento tambi\u00e9n trasluce, me parece, esa sensaci\u00f3n ambigua de fragilidad y de agradecimiento que generan los dones misteriosos que hacen posible nuestra existencia productiva, y de los cuales s\u00f3lo tomamos cierto grado de conciencia cuando est\u00e1n por \u201csernos arrebatados\u201d. La idea, creo, se exporta sin fricciones a todas las dimensiones de nuestra existencia. Somos seres agraciados con un alma y un cuerpo que debemos cuidar y cultivar. Es una combinaci\u00f3n vulnerable y poderosa a la vez, como una pieza de m\u00fasica de c\u00e1mara. Igual que la m\u00fasica, est\u00e1 condicionada, para llegar a ocurrir, por una variedad de circunstancias t\u00e9cnicas y materiales; sin embargo, las pone a todas bajo su dominio cuando se realiza con plenitud. A las bestias les basta con un ecosistema propicio para poder ser guiadas por el puro instinto. A los santos les basta con el h\u00e1lito certero del esp\u00edritu que los anima. A nosotros, los mortales del com\u00fan, en cambio, junto con un car\u00e1cter firme, nos resulta indispensable alg\u00fan tipo de espacio \u00edntimo, nutrido de amor y provisto de cosas. S\u00f3lo as\u00ed, cobijados por el microcosmos de un orden externo en el que veamos reflejado el respeto por la santidad de nuestra vida interior, podemos aspirar a vislumbrar un destello del sentido \u201ccasi m\u00edstico\u201d de la existencia.<br \/>\nNo hace falta ser muy creyente, o rom\u00e1ntico, o metaf\u00edsico, para confirmar lo anterior. Basta con reparar en la seriedad y la firmeza con las que defendemos ciertos ambientes, ciertos objetos o h\u00e1bitos personal\u00edsimos. Todas las personas cuerdas, por pragm\u00e1ticas y esc\u00e9pticas que se consideren, apuntalan su traj\u00edn cotidiano con m\u00f3dicos rituales privados y con cosas que a un ajeno desprevenido e insensible le pueden llegar a parecer insignificantes, triviales o vanas. Un determinado juego de mate, un sobretodo, un reloj pulsera, una pluma fuente que nos leg\u00f3 un ser querido; la cena peri\u00f3dica con los amigos de siempre, la clase semanal de yoga; un rinc\u00f3n de la casa donde recogerse para leer el diario; el tallercito del fondo, el cantero del jard\u00edn; el piano, con su banqueta, su l\u00e1mpara y las partituras sobre el atril; la escapada anual a cierto lugar de la costa; la rutina placentera del aseo personal. Cada uno sabe bien de su valor contundente y del bienestar que representan. Son los santuarios de nuestra intimidad. Son escenograf\u00edas en las que expresamos nuestro gusto por la vida, nuestra capacidad para triunfar sobre el estado de necesidad y para sabernos ciudadanos del reino de la libertad.<br \/>\nLa idea se entiende todav\u00eda mejor si la pensamos por la negativa. La vida se nos aparece muy gris, opresiva o miserable si la imaginamos absolutamente privada de estos peque\u00f1os \u2013y esenciales\u2013 lujos de microclima. Alguien que dice no necesitarlos nos parece un robot. La mera supervivencia biol\u00f3gica no es suficiente. Es lo que suelen contar y escribir los que sufrieron la emigraci\u00f3n forzada, la clandestinidad, internaciones prolongadas por enfermedad, c\u00e1rcel sin garant\u00edas, dictaduras totalitarias. Adem\u00e1s de angustia o furia, sent\u00edan una nostalgia infinita por la dignidad de los peque\u00f1os objetos y lugares, \u00edntimos y cotidianos. Es perfectamente razonable el sentimiento de horror que nos provocan las im\u00e1genes de cristales apedreados, de libros e instrumentos musicales familiares quemados, de juguetes pisoteados, de ancianos amontonados detr\u00e1s de un alambrado, de ni\u00f1os formados en un desfile fascista. Y para no ir tan al extremo, ah\u00ed est\u00e1 el estremecimiento que nos provocan los geri\u00e1tricos, los psiqui\u00e1tricos y los orfelinatos desangelados, sin presupuesto ni personal id\u00f3neo. Son todas figuras diversas de la misma espiritualidad profanada. Son la evidencia de que los hombres tambi\u00e9n tenemos una dimensi\u00f3n demon\u00edaca; somos muy capaces de cometer el sacrilegio de descuidar y hasta de negar a los dem\u00e1s la santidad del bienestar \u00edntimo que tanto defendemos para nosotros y para nuestros seres amados.<br \/>\nEn un sentido \u00e9tico, la sociedad liberal se fundamenta como resultante de la exportaci\u00f3n de la sacralidad de lo \u00edntimo en cada individuo hacia el espacio compartido por todos. En este aspecto, cada integrante cuenta como el que m\u00e1s. Todos tenemos el mismo derecho de expandir hacia lo com\u00fan lo que sentimos m\u00e1s preciado en nuestro interior, as\u00ed como compartimos la responsabilidad de respetar y de propiciar una expansividad similar por parte de nuestros semejantes. En el trabajo y en la expresi\u00f3n de las opiniones; en la asociaci\u00f3n voluntaria, en la participaci\u00f3n pol\u00edtica y cultural, en el ejercicio de la funci\u00f3n p\u00fablica. De un modo u otro, todos somos trabajadores de la cultura, y entonces merecemos en la misma medida en que necesitamos que ah\u00ed afuera se reconozca y se propicie nuestra capacidad de aportar al ordenamiento, a la riqueza y a la belleza com\u00fan. Y viceversa. S\u00f3lo podemos habitar con serenidad los espacios y las situaciones de goce \u00edntimo si los sentimos a la vez como refugio y como fruto leg\u00edtimo de nuestro traj\u00edn. Ese orden casi m\u00edstico de nuestra existencia del que habla Krauss nutre su validez a partir de la sana convicci\u00f3n de que lo estamos manteniendo y disfrutando en buena ley. El Evil de los totalitarismos, precisamente, consiste en su negativa a reconocer el derecho de cada persona a establecer una relaci\u00f3n armoniosa y vigorosa entre su vida \u00edntima y su existencia en p\u00fablico.<br \/>\nAhora bien. Si aceptamos que hay una relaci\u00f3n rec\u00edproca \u2013\u00e9tica y material\u2013 entre la calidad del espacio \u00edntimo y los escenarios de la acci\u00f3n intersubjetiva, vemos que la problem\u00e1tica que plantean la pobreza y la indigencia es sumamente delicada. Los ciudadanos muy pobres no cuentan \u2013a los efectos pr\u00e1cticos\u2013 como empleados, como trabajadores aut\u00f3nomos o como contribuyentes. No reciben el reconocimiento externo cotidiano que, al final de la jornada, los habilita para regresar a su intimidad y transmitirle un orden, importado desde su actividad socialmente valorada. Se les hace dif\u00edcil constituirse en modelos de emulaci\u00f3n para sus ni\u00f1os y j\u00f3venes. Adem\u00e1s, obviamente, tampoco cuentan con el volumen de recursos materiales y culturales suficientes como para construir y sostener un espacio propio de santidad \u00edntima, para s\u00ed y para sus seres queridos. Saben o intuyen que tienen un derecho y un potencial que no se est\u00e1 actualizando, y esa carencia de desarrollo pesa en sus almas como d\u00e9ficit de autoestima. Soportan un malestar existencial del que no son responsables. Conjeturo que la violencia que ejercen algunos pibes chorros, a menudo innecesaria para los fines espec\u00edficos del robo, es, entre otras cosas, un intento desesperado por hacerse valer ah\u00ed afuera, en el mundo de los incluidos, por decirle a los dem\u00e1s \u201cyo cuento, y me lo vas a reconocer, aunque sea por las malas\u201d.<br \/>\nNo hay dudas, entonces, de que los niveles de pobreza extrema que se vienen registrando en la Argentina desde hace d\u00e9cadas son una expresi\u00f3n bizarra y patol\u00f3gica de nuestro sistema de convivencia. Si la utop\u00eda es la imagen de una sociedad \u00f3ptima y feliz, que no queda en ninguna parte (en griego: \u201cU\u201d, part\u00edcula de negaci\u00f3n, y tambi\u00e9n contracci\u00f3n de \u201cEU\u201d, excelente; \u201cTOPOS\u201d, lugar), la as\u00ed llamada \u201cpobreza estructural\u201d argentina es una distop\u00eda, una utop\u00eda al rev\u00e9s. Es un escenario social p\u00e9simo, con carencias e infelicidades que no nos atrevemos a imaginar, pero que existe y que queda al lado y hasta adentro mismo de nuestras ciudades. Y la analog\u00eda invertida, todav\u00eda, se refuerza con lo siguiente: hay algo que es muy propio del discurso ut\u00f3pico, y consiste en desentenderse del problema de c\u00f3mo ser\u00eda el proceso hist\u00f3rico que lleve a su realizaci\u00f3n. Hablando con cierta precisi\u00f3n, la utop\u00eda no es un programa pol\u00edtico. Critica lo vigente y celebra lo \u00f3ptimo, pero no muestra el camino que va de uno a otro. Correlativamente, en el imaginario y en el cotidiano de aquellos argentinos que, mal que bien, tenemos las necesidades b\u00e1sicas cubiertas, la distop\u00eda de las villas de emergencia, de los asentamientos, de los territorios del paco, de las \u201cmulitas\u201d, de los j\u00f3venes que ni estudian ni trabajan, del submundo de las prisiones, etc\u00e9tera, es una situaci\u00f3n que se tiende a asumir como parte del paisaje, como sucede con las favelas de R\u00edo de Janeiro. No se piensa demasiado en c\u00f3mo llegaron a ocurrir, y, menos todav\u00eda, en c\u00f3mo buscar una soluci\u00f3n seria y comprometida al respecto. La pobreza y la indigencia, debido a una combinaci\u00f3n de des\u00e1nimo, desenga\u00f1o respecto de la calidad moral y de gesti\u00f3n de la dirigencia y, dig\u00e1moslo, tambi\u00e9n de repliegue insolidario de la sociedad civil en general, han pasado a ser consideradas, escandalosamente, como parte de la estructura. En t\u00e9rminos pol\u00edticos, no es num\u00e9ricamente significativa la porci\u00f3n del electorado que pone al tope de sus demandas las pol\u00edticas de Estado que encaren el problema de la exclusi\u00f3n.<br \/>\nNo es que falten las iniciativas sociales, ni las respuestas afectivas intensas ante una determinada situaci\u00f3n de cat\u00e1strofe sanitaria, o natural. Y, desde luego, tampoco es que a los profesionales y servidores p\u00fablicos que est\u00e1n en contacto directo con las situaciones de emergencia y penuria (jueces, m\u00e9dicos, docentes, asistentes sociales, polic\u00edas, etc.) les falte compromiso o vocaci\u00f3n de servicio. M\u00e1s bien lo contrario. Lo que sucede es que, en t\u00e9rminos macropol\u00edticos, trabajan solos. Hay una distancia enorme entre los principios de nuestra Constituci\u00f3n, que postulan la santidad de una vida \u00edntima de calidad, y la pobreza franciscana de recursos econ\u00f3micos, institucionales y comunicacionales con que se apoya la tarea de los agentes estatales que trabajan en la inclusi\u00f3n. Es un enorme espacio vac\u00edo en el que falta debate, conciencia, y b\u00e1sicamente, voluntad, tanto pol\u00edtica cuanto societal. Hay, indudablemente, muchos compatriotas sensibles y decentes, pero tomada colectivamente, y a juzgar por sus resultados, la sociedad argentina es cruelmente excluyente.<br \/>\nEl problema que se presenta aqu\u00ed es que, hist\u00f3ricamente, la socialidad moderna y liberal tambi\u00e9n se nutre de otra fuente filos\u00f3fica, que se hizo fuerte, precisamente, en la indiferencia esc\u00e9ptica para con la dimensi\u00f3n sagrada de la existencia (especialmente, de los dem\u00e1s). La cara pragm\u00e1tica del liberalismo piensa en t\u00e9rminos instrumentales, que son moralmente indiferentes. Concibe las instituciones y las pr\u00e1cticas como un orden utilitario, que equilibra pasiones y afanes de poder enfrentadas. El mismo impulso individualista que habilita la competencia econ\u00f3mica entre los particulares es el que sospecha del ejercicio de la autoridad estatal como agente de contenci\u00f3n y de promoci\u00f3n del bienestar social. En este segundo sentido, el ideario liberal aconseja oponerse \u2013por principio\u2013 al aumento de atribuciones gubernativas. Cuantas m\u00e1s tareas e incumbencias se les reconocen a los gobiernos, m\u00e1s presupuesto y poder se est\u00e1 obligado a habilitarles. Desde esta perspectiva, la pobreza y la indigencia pueden llegar a ser vistos como un problema que genera inconvenientes econ\u00f3micos, de seguridad, de salubridad, de imagen, etc\u00e9tera. Pero se estima como un factor distorsivo m\u00e1s, dentro de un esquema general que s\u00f3lo est\u00e1 dise\u00f1ado para percibir costos y beneficios.<br \/>\nDirigir y gobernar en la sociedad argentina, se ve, involucra contradicciones severas, tanto en lo pr\u00e1ctico cuanto en lo conceptual. De un lado, hay que respetar la fuente pragm\u00e1tica de la legitimidad. <em>Conservare lo stato<\/em> es una responsabilidad muy compleja, porque requiere equilibrar las demandas de actores individuales y sectoriales que, con pleno derecho, cuidan intereses, y, para decirlo en t\u00e9rminos puglesianos, no son proclives a escuchar con el coraz\u00f3n. En contextos de escasez, la disputa por los recursos suele ascender hacia los extremos en t\u00e9rminos de intensidad, afectando la gobernabilidad misma. Pero, del otro lado, tambi\u00e9n hay que respetar las fuentes \u00e9ticas de la legitimidad. En determinado momento se debe decidir d\u00f3nde queda la l\u00ednea que distingue entre meros contextos de dificultad y situaciones espiritualmente disolventes. En este segundo sentido, el ejercicio de la autoridad pol\u00edtica implica una responsabilidad moral y pedag\u00f3gica. Cuidando de preservar el esp\u00edritu liberal de no intromisi\u00f3n en las convicciones privadas, y de no contaminar las cuestiones de Estado con perspectivas de partido, gobernar en circunstancias de crisis tambi\u00e9n requiere reorientar la demanda; literalmente, educar al soberano.<br \/>\nLa situaci\u00f3n de exclusi\u00f3n de millones de conciudadanos atenta contra la integridad espiritual de la Naci\u00f3n, y lesiona severamente el sentido de s\u00ed de los argentinos que, de alguna manera, estamos incluidos en el sistema del reconocimiento sustantivo. Implica, adem\u00e1s, una carga muy pesada para la conciencia de las nuevas generaciones, que tendr\u00e1n la ardua tarea de deconstruir ese imaginario posmoderno en el que se ha naturalizado una situaci\u00f3n perversa. Para decirlo con el Evangelio, es una sangre que no deber\u00eda seguir cayendo sobre la cabeza de nuestros hijos.<br \/>\nEste es, entiendo, el verdadero eje de la batalla cultural que hace falta plantear. Poner la cuesti\u00f3n de la pobreza extrema en el centro del debate, y ense\u00f1arla como lo que es, una responsabilidad colectiva. Revalorizar la sana emoci\u00f3n del pudor como cemento social fundante, y desde la pol\u00edtica buscar, como norte del combate ideol\u00f3gico, que una porci\u00f3n significativa del electorado se apropie del problema y lo ubique al tope de sus demandas ciudadanas. Para resignificar el relato y visibilizar la que, a mi entender, es la madre de todas las grietas, no estar\u00eda mal resignificar tambi\u00e9n la noci\u00f3n de empoderamiento. Ya no un eufemismo malversado para referirse a una transferencia de recursos monetarios que, sin contraprestaci\u00f3n razonable, empobrece y clienteliza. Por el contrario, ayudar a pensar el poder como la capacidad consciente de beneficiar al semejante. Y empoderar, por tanto, a los no tan vulnerables con la responsabilidad colectiva de sofisticar la demanda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La batalla cultural m\u00e1s importante que nos debemos como sociedad es elevar la cuesti\u00f3n de la pobreza extrema al centro del debate a partir de&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[6,5],"tags":[1976,1978,1977,86,758],"class_list":["post-13484","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-nota-tapa","category-sociedad","tag-batallas","tag-dirigencia","tag-distopia","tag-pobreza","tag-sociedad"],"acf":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p6FC4i-3vu","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/13484","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=13484"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/13484\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13487,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/13484\/revisions\/13487"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=13484"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=13484"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=13484"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}