{"id":14443,"date":"2018-01-07T10:41:21","date_gmt":"2018-01-07T13:41:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=14443"},"modified":"2018-01-07T10:41:21","modified_gmt":"2018-01-07T13:41:21","slug":"sobre-la-violencia-en-la-argentina-de-los-anos-70","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=14443","title":{"rendered":"Sobre la violencia en la Argentina de los a\u00f1os &#8217;70"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>Virguinski\u2026 se ech\u00f3 boca abajo en la cama, repitiendo entre sollozos compulsivos: esto est\u00e1 mal, est\u00e1 mal; esto est\u00e1 muy mal\u201d.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Fi\u00f3dor Dostoyevski, \u201cLos demonios\u201d, III-8<\/em><\/p>\n<p>Han transcurrido cuarenta a\u00f1os desde los hechos que sumergieron al pa\u00eds en un ba\u00f1o de sangre, pero la cuesti\u00f3n golpea todav\u00eda a los argentinos. Subsisten heridas profundas y dolorosas; continua la disputa sobre lo sucedido entonces, as\u00ed como sobre el valor de las distintas y sucesivas respuestas que se fueron dando a esos hechos; y no acertamos en lograr un m\u00ednimo consenso en torno a los pasos que podr\u00edan contribuir a cerrar esas heridas. La cuesti\u00f3n permanece as\u00ed abierta, y seguramente lo seguir\u00e1 estando mucho tiempo. Por ello, sin pretender en modo alguno una respuesta terminante a los interrogantes que ella plantea, las siguientes consideraciones buscan ser un aporte \u2013solo un aporte m\u00e1s- al problema que tenemos por delante.<br \/>\nEl Papa Francisco ha insistido en la idea de la cultura del encuentro. La opone a la cultura de la indiferencia y el descarte y la considera aplicable, en forma an\u00e1loga, a todos los \u00e1mbitos de la vida social. Tambi\u00e9n a la vida de una naci\u00f3n. Son numerosas sus referencias a distintos pa\u00edses que han podido o tratan de superar graves problemas internos tendiendo puentes y fomentando dicha cultura del encuentro (1). Recoge as\u00ed, con esta expresi\u00f3n, una antigua l\u00ednea del pensamiento pol\u00edtico, de origen griego y romano, que valora la amistad c\u00edvica y la concordia como claves del bien com\u00fan.<br \/>\nFrancisco no desconoce la multiplicidad de caminos que pueden llevar al encuentro, pero en el \u00e1mbito de la comunidad pol\u00edtica subraya los cuatro siguientes. En primer lugar el reconocimiento del otro, con igual dignidad y como sujeto de derechos y deberes humanos, fundados justamente en esa dignidad, t\u00f3pico central, por lo dem\u00e1s, en la DSI. Sin tal reconocimiento el otro no cuenta como persona y queda reducido a la condici\u00f3n de mero instrumento, obst\u00e1culo o enemigo; y en esas condiciones el encuentro se muestra radicalmente imposible (2). En segundo lugar la solidaridad, que debe ser asumida como exigencia propiamente moral, como virtud personal y como principio ordenador de las instituciones (3). En tercer t\u00e9rmino el di\u00e1logo, como forma de encuentro y medio para la indispensable b\u00fasqueda de consensos, aunque sin preterir \u201cla preocupaci\u00f3n por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones\u201d (4). Y en cuarto lugar la reconciliaci\u00f3n, subrayando a su vez la relevancia de ciertas instancias necesarias con vista a dicha reconciliaci\u00f3n: memoria, verdad, justicia y perd\u00f3n.<br \/>\nEl lenguaje no est\u00e1 exento de dificultades. Las palabras suelen ser polis\u00e9micas, dependiendo su alcance de concepciones subyacentes. En especial cuando se emplean en el debate p\u00fablico, se cargan de connotaciones positivas o negativas seg\u00fan emociones, preferencias e ideolog\u00edas; o se convierten en instrumentos para convencer o confundir. De ah\u00ed la frecuente lucha cultural por las palabras, para instalarlas o borrarlas en la opini\u00f3n p\u00fablica.<br \/>\nCiertamente, ello vale con relaci\u00f3n a las palabras que aqu\u00ed nos interesan: memoria, verdad, justicia, perd\u00f3n y reconciliaci\u00f3n. Las criticas y malas interpretaciones del t\u00e9rmino \u201creconciliaci\u00f3n\u201d desatadas a ra\u00edz del gesto realizado por los obispos en la \u00faltima asamblea plenaria, al escuchar testimonios de personas que sufrieron carne propia la violencia de los a\u00f1os 70, muestra a las claras esa dificultad, as\u00ed como los temores suscitados en \u00e1mbitos cat\u00f3licos ante esas cr\u00edticas y malas interpretaciones.<br \/>\nSin embargo, dichas palabras tienen carta de ciudadan\u00eda en la tradici\u00f3n de la Iglesia, con sentido y valor propios, filos\u00f3fico y teol\u00f3gico. Recuerdo que en 1981 fueron empleadas por los obispos en el documento \u201cIglesia y Comunidad Nacional\u201d (5); y con ese mismo sentido lo hace ahora Francisco. Recientemente, en su viaje a Colombia, ha vuelto sobre ellas (6). Por ello, no parece que las mentadas dificultades deban llevarnos a renunciar a tales palabras, sin riesgo de empobrecer la reflexi\u00f3n. En realidad, la resistencia es previsible y en cierto modo inevitable; sin perjuicio, claro est\u00e1, del esfuerzo que deba hacerse con precisiones y aclaraciones que faciliten su justa comprensi\u00f3n y amortig\u00fcen tal resistencia. Por otro lado, lejos de ser antojadizos, los t\u00e9rminos memoria, verdad, justicia, perd\u00f3n y reconciliaci\u00f3n responden a cuestiones e interrogantes reales que plantea la violencia de los a\u00f1os 70 y sus secuelas.<br \/>\nUna acotaci\u00f3n final. No se trata de t\u00e9rminos aislados o superpuestos, que puedan relacionarse entre s\u00ed de cualquier modo. Su propio significado genera conexiones intr\u00ednsecas, se suponen entre ellos; y as\u00ed puede decirse que la memoria pide verdad, que solo una memoria con verdad puede ser base la justicia, que \u00e9sta plantea a su vez la cuesti\u00f3n sobre el sentido del perd\u00f3n, y que, en definitiva, esa memoria veraz y una justicia abierta al perd\u00f3n constituyen instancias decisivas con miras a la reconciliaci\u00f3n, \u00faltimo paso, a su vez, seg\u00fan Francisco, hacia una cultura del encuentro que fomente el bien com\u00fan.<br \/>\nCon ese punto de partida, entonces, paso a considerar el papel de la memoria, la verdad, la justicia y el perd\u00f3n con respecto a la violencia de los a\u00f1os 70 y sus secuelas. Por cierto, esos t\u00e9rminos constituyen solo un punto de partida, una orientaci\u00f3n inicial, que no conduce necesariamente a conclusiones \u00fanicas. Estas conclusiones depender\u00e1n tambi\u00e9n de la lectura que se haga de dicho proceso, harto complejo, de modo que dif\u00edcilmente ella estar\u00e1 exenta de subjetividad.<\/p>\n<p><strong>MEMORIA<\/strong><br \/>\nEjercer la memoria es ante todo un intento de recuperar el pasado. Es necesario en el plano individual y en la vida en comunidad, ya que sin memoria no es posible afianzar la propia identidad. Sin embargo, no es f\u00e1cil. Sobre todo trat\u00e1ndose de un pasado duro y sangrante, como es el que nos ocupa, la tentaci\u00f3n de desconocerlo es muy fuerte para evitar revivir situaciones dolorosas o culpas propias y ajenas. La negaci\u00f3n, el olvido, la vuelta de p\u00e1gina se muestran as\u00ed mecanismos atractivos. De hecho, seg\u00fan distintos relevamientos, la preocupaci\u00f3n por esos acontecimientos no es en modo alguno prioritaria en la opini\u00f3n p\u00fablica. Juega lo que acabo de decir, la existencia de otras necesidades m\u00e1s urgentes y el que las nuevas generaciones, explicablemente tienden a sentirse ajenas e indiferentes al problema.<br \/>\nSin embargo, la violencia argentina de los a\u00f1os 70 no es solo algo que ya fue. Subsisten pesadas secuelas que a\u00fan hoy deben ser reconocidas y afrontadas. En la intimidad de no pocos afectados por esa violencia: dolor, resentimientos, odios. Y en los hechos: falta de informaci\u00f3n debida sobre el destino de la mayor parte de las personas desaparecidas y sobre la identidad de ni\u00f1os apropiados en su momento, reconocimiento a las v\u00edctimas de da\u00f1os causados por las organizaciones armadas y procesos por delitos de lesa humanidad a miembros de las fuerzas de seguridad, cuestionados y cuestionables en algunos aspectos.<br \/>\nComo dec\u00eda Cicer\u00f3n, la historia es magistra vitae. Solo aprendiendo la lecci\u00f3n que nos dan esos hechos podremos \u2013quiz\u00e1s- no volver a repetirlos En la conmemoraci\u00f3n del centenario del exterminio armenio el Papa Francisco tuvo oportunidad de advertir: \u201cHacer memoria de lo sucedido es un deber (\u2026) para que el llamamiento que surge de la tragedia nos libre de volver a caer en semejantes horrores (\u2026) Es necesario recordarlos, es m\u00e1s, es obligado recordarlos, porque donde se pierde la memoria quiere decir que el mal mantiene a\u00fan la herida abierta; esconder o negar el mal es como dejar que una herida siga sangrando sin curarse\u201d (7). Y en fecha reciente, el presidente Emmanuel Macron llam\u00f3 a los franceses a afrontar un pasado traum\u00e1tico, como fue el colaboracionismo con los nazis (8).<br \/>\nEn suma, no asumir la violencia de los a\u00f1os 70 y sus consecuencias es una tentaci\u00f3n entendible; pero debe ser superada. Se impone hacer memoria, no el olvido.<\/p>\n<p><strong>VERDAD<\/strong><br \/>\nEllo no obstante, es preciso admitir que la memoria es fr\u00e1gil. Es espont\u00e1neamente selectiva, ya que tendemos a recordar lo placentero y borrar lo doloroso; y tambi\u00e9n interesada, ya que solemos no registrar lo que no nos resulta conveniente. Por ello la memoria \u2013individual y colectiva- debe ser enmendada constantemente. Y la b\u00fasqueda de la verdad juega entonces un papel determinante. No se trata de abstracciones; se trata de reconocer y estar a la realidad de las cosas. Entendida de ese modo, solo la verdad permite superar los estrechos m\u00e1rgenes de una memoria parcial, selectiva e interesada; una vez m\u00e1s, la verdad nos hace libres. Por cierto, es una tarea de nunca acabar. La capacidad para desentra\u00f1ar la realidad de las cosas es limitada y en todo caso no es menor la tentaci\u00f3n de no querer verla, sobre todo trat\u00e1ndose de situaciones humanas complejas y dolorosas, pero la b\u00fasqueda y aceptaci\u00f3n de la verdad se muestra irrenunciable. \u00danicamente as\u00ed es posible evitar relatos sesgados y tender hacia una memoria integral.<br \/>\nEn la b\u00fasqueda de ese pasado pueden distinguirse dos planos: los hechos y la comprensi\u00f3n de esos hechos.<br \/>\nLos hechos son hechos, con su objetividad propia. En tal sentido, con relaci\u00f3n a nuestro tema, no cabe desconocer los siguientes. A fines de los a\u00f1os 60 tuvo lugar la formaci\u00f3n de organizaciones armadas (ERP, Montoneros, entre otras). Su fin fue la toma del poder para establecer un modelo socialista, con distintas versiones; como medio se eligi\u00f3 la acci\u00f3n directa, sobre todo la violencia; para ello se adopt\u00f3 una organizaci\u00f3n jer\u00e1rquica, con disciplina militar e importantes recursos econ\u00f3micos; y se oper\u00f3 en la clandestinidad. A su vez, la respuesta consisti\u00f3 en una represi\u00f3n que utiliz\u00f3 la fuerza del Estado fuera de la ley. Consecuencia: robos, atentados, secuestros, detenciones sin juicio y juzgamientos sin posibilidad de defensa, torturas, ejecuciones y ocultamiento de los cuerpos, apropiaci\u00f3n de ni\u00f1os nacidos en cautiverio, entre otras. Pero tambi\u00e9n puede considerarse un hecho objetivo que ese uso de la violencia como instrumento pol\u00edtico, fuera de la ley, no fue circunstancial; respondi\u00f3 a una decisi\u00f3n, a una estrategia. As\u00ed lo hicieron las organizaciones armadas, fundamentalmente desde el llano, aunque durante el breve per\u00edodo camporista Montoneros lleg\u00f3 a contar con apoyo del Estado en algunas provincias (Buenos Aires, C\u00f3rdoba, Mendoza). Y tambi\u00e9n respondi\u00f3 a una estrategia la represi\u00f3n ilegal ejercida durante distintos gobiernos. En alguna medida ello comenz\u00f3 en el gobierno de Lanusse; se acentu\u00f3 durante los gobiernos de Per\u00f3n e Isabel Per\u00f3n, sobre todo a trav\u00e9s de la AAA; y alcanz\u00f3 niveles extremos durante el ulterior r\u00e9gimen militar. En una conocida publicaci\u00f3n, el periodista Ceferino Reato ha recogido claros reconocimientos del propio Videla sobre la elecci\u00f3n de esa estrategia y sobre la forma de instrumentarla: detenci\u00f3n o secuestro seg\u00fan listados confeccionados con la colaboraci\u00f3n de empresarios, sindicalistas y dirigentes pol\u00edticos; interrogatorios clandestinos; ejecuci\u00f3n de los considerados irrecuperables, que pasaban a \u201cdisposici\u00f3n final\u201d; ocultamiento de los cuerpos. Algunos estribillos entonces repetidos expresan a las claras el clima de violencia imperante aquellos a\u00f1os: \u201cDuro, duro, duro\u2026, somos los Montoneros que matamos a Aramburu\u201d, \u201cEl mejor enemigo es el enemigo muerto\u201d, \u201cLo que hace falta es fusilar veinte mil tipos y se acaba el asunto\u201d.<br \/>\nPero esos hechos no ocurrieron porque s\u00ed; requieren por lo tanto comprensi\u00f3n, explicaci\u00f3n de c\u00f3mo se lleg\u00f3 a ellos. Es la tarea del historiador, tan compleja como necesaria en la b\u00fasqueda de la verdad de lo ocurrido. Y sin pretender afrontar esa tarea, ni mucho menos, ayuda a esa comprensi\u00f3n tener en cuenta el contexto en que ocurrieron tales acontecimientos. El contexto internacional: el fin del proceso de descolonizaci\u00f3n, la guerra fr\u00eda y en Am\u00e9rica Latina la revoluci\u00f3n cubana. El contexto nacional: la hist\u00f3rica p\u00e9rdida de confianza en el sistema democr\u00e1tico en amplios sectores del pa\u00eds, la presencia de gobiernos militares de facto y la larga proscripci\u00f3n del peronismo. El contexto cultural: la sensibilidad frente a la injusticia estructural y la idealizaci\u00f3n de la revoluci\u00f3n como instancia necesaria para la construcci\u00f3n de una nueva sociedad. En esos contextos es m\u00e1s f\u00e1cil entender los ideales que movieron a quienes eligieron la violencia aceptando sus consecuencias; unos en pos de la liberaci\u00f3n y el hombre nuevo y otros pensando que con la represi\u00f3n ilegal defend\u00edan a la Patria de la amenaza revolucionaria. No puede desconocerse la efectiva presencia de esos ideales en quienes jugaron sus vidas para lograrlos, como tampoco su posible desnaturalizaci\u00f3n ulterior, una vez sumergidos en la violencia. Finalmente, no fue menor el aporte de hombres de la Iglesia. Hubo muchos sacerdotes que inspiraron, alentaron y apoyaron la acci\u00f3n revolucionaria, especialmente con relaci\u00f3n a Montoneros, y hubo tambi\u00e9n sacerdotes y hasta obispos que justificaron la represi\u00f3n ilegal en sus diversas modalidades o que se llamaron a silencio cuando la misma ya era conocida.<\/p>\n<p><strong>MEMORIA INTEGRAL<\/strong><br \/>\nMemoria entonces, pero memoria abierta a la realidad de las cosas. Dicho con otras palabras, memoria que busca ser integral. Por cierto, se trata de un camino, ya que dif\u00edcilmente puedan esperarse resultados definitivos; pero un camino que es preciso recorrer si se quiere recuperar una memoria cada vez m\u00e1s verdadera.<br \/>\nEl maltrato de esta memoria ha sido grande. Durante el gobierno militar iniciado en 1976 domin\u00f3 una versi\u00f3n parcial de lo ocurrido, con arreglo a la cual no solo se demoniz\u00f3 a quienes eran estigmatizados como delincuentes subversivos, sino que se busc\u00f3 silenciar y desconocer detenciones, torturas y ejecuciones ante la opini\u00f3n p\u00fablica y ante los estrados judiciales cuando, frente a los habeas corpus interpuestos a favor de las personas desaparecidas, se respond\u00eda en forma sistem\u00e1tica que las detenciones no figuraban registradas. El intento de borrar la memoria de esos hechos tuvo expresi\u00f3n final en la torpe pretensi\u00f3n del r\u00e9gimen de prohibir por ley la revisi\u00f3n de los mismos. Posteriormente, restaurada la democracia, tampoco se quiso hurgar demasiado en la violencia anterior a dicho r\u00e9gimen militar, desarrollada bajo los gobiernos de H\u00e9ctor Jos\u00e9 C\u00e1mpora, Juan Domingo Per\u00f3n e Isabel Mart\u00ednez de Per\u00f3n, sobre todo entre la derecha y la izquierda peronistas; y en la \u00faltima d\u00e9cada particularmente, organizaciones de derechos humanos y el propio Gobierno Nacional instalaron un relato sobre los a\u00f1os 70 tambi\u00e9n parcial y sesgado, demonizando ahora a quienes participaron en la lucha contra las organizaciones guerrilleras bajo el estereotipo de represores.<br \/>\nDe todos modos, a partir de los a\u00f1os ochenta hubo esfuerzos importantes para recuperar una memoria realista de lo sucedido. El informe de la CONADEP ante todo, pero tambi\u00e9n una interesante bibliograf\u00eda publicada con ese esp\u00edritu y la existencia de algunas autocr\u00edticas, personales e institucionales. La Iglesia Argentina lo hizo en dos oportunidades, aunque en t\u00e9rminos gen\u00e9ricos.<br \/>\nSin embargo, esos esfuerzos no son suficientes, como lo evidencia tanta rigidez en no pocas posiciones que hoy se defienden. En este sentido, no puede dejar de mencionarse la pretensi\u00f3n de imponer en la opini\u00f3n p\u00fablica, a\u00fan por ley como sucede en la provincia de Buenos Aires, una determinada versi\u00f3n sobre el n\u00famero de desaparecidos. Ciertamente, una memoria integral de la violencia de los a\u00f1os 70 todav\u00eda est\u00e1 por reconstruirse, contando inclusive con inevitables diferencias en acentos e interpretaciones.<\/p>\n<p><strong>JUSTICIA<\/strong><br \/>\nA\u00fan cuando se avanzara en la recuperaci\u00f3n de esa memoria integral de lo sucedido en aquella d\u00e9cada, ello tampoco resultar\u00eda suficiente. Pues no basta la descripci\u00f3n y explicaci\u00f3n de los hechos. Cuando esos hechos implican graves atropellos, como ocurri\u00f3 entonces, con sus tr\u00e1gicas secuelas de dolor y de sangre, exigen tambi\u00e9n una valoraci\u00f3n. Concretamente, una valoraci\u00f3n desde el punto de vista de la justicia.<br \/>\nTampoco esta tarea es sencilla. Nunca lo ha sido la relaci\u00f3n entre la \u00e9tica y la pol\u00edtica, y menos a\u00fan cuando se trata de la elecci\u00f3n y el uso de los medios. Pero en una visi\u00f3n humanista y cristiana es insoslayable.<br \/>\nEn tal sentido, parece oportuno distinguir dos planos. En primer lugar, la valoraci\u00f3n de los actos en s\u00ed mismos. En efecto, desde el punto de vista moral hay actos intr\u00ednsecamente malos; y trat\u00e1ndose de la violencia de los a\u00f1os 70, sin duda merecen esa calificaci\u00f3n los atentados, secuestros, muertes, torturas, ocultamiento de cad\u00e1veres y la apropiaci\u00f3n de ni\u00f1os, entre otros horrores. Como se lee en la cita del ep\u00edgrafe, \u201cesto est\u00e1 mal, est\u00e1 mal; esto est\u00e1 muy mal\u201d. Sin hesitaci\u00f3n alguna deben ser repudiados moralmente y considerados una clara violaci\u00f3n de los derechos humanos. Ello con la siguiente aclaraci\u00f3n: no defiende aqu\u00ed la as\u00ed llamada \u201cteor\u00eda de los dos demonios\u201d. No se trata de considerar \u201cdemonios\u201d a quienes en uno u otro campo participaron en la lucha, olvidando las razones que los llevaron a pensar, decidir y obrar como lo hicieron, con sinceridad dif\u00edcil de desconocer. Pero tampoco se trata de considerarlos \u201c\u00e1ngeles\u201d. Fueron hombres y mujeres de carne y hueso cuyos ideales bien pudieron rebajarse a la pura afirmaci\u00f3n del poder o confundirse con motivaciones de otra \u00edndole, y que, en definitiva, los llevaron a cometer cr\u00edmenes objetivamente inaceptables. Por otra parte, es claro que las responsabilidades fueron distintas. No puede equipararse la responsabilidad de quienes, habiendo asumido la conducci\u00f3n del Estado \u2013con legitimaci\u00f3n o sin ella- ejercieron la violencia desde esa posici\u00f3n, desnaturalizando gravemente su intr\u00ednseca ordenaci\u00f3n al bien com\u00fan, con la de quienes lo hicieron desde el llano, sin contar con el aparato estatal.<br \/>\nUn segundo plano en el juzgamiento de los hechos desde el punto de vista de la justicia es el plano de las responsabilidades personales, siempre individual y concreto, dependiente del grado de participaci\u00f3n de cada uno y de las circunstancias agravantes y atenuantes que rodearon su accionar. Es preciso entonces distinguir, sobre todo teniendo en cuenta la amplitud y diversidad de responsabilidades nacidas a causa de los hechos que nos ocupan. Pues en ambos bandos hubo responsabilidad en quienes tomaron las decisiones relativas tanto a la opci\u00f3n por la violencia como a su ejecuci\u00f3n concreta, en quienes participaron directa o indirectamente de distintos modos en los hechos consecuentes, en quienes alentaron o justificaron ideol\u00f3gicamente la violencia y en quienes con suficiente informaci\u00f3n de lo que suced\u00eda aprobaron de uno u otro modo lo que se hac\u00eda y quienes, sin esa informaci\u00f3n suficiente, tampoco quisieron buscarla y prefirieron refugiarse en una c\u00f3moda ignorancia.<br \/>\nComo toda grave injusticia, ella exige reparaci\u00f3n a la v\u00edctima y sanci\u00f3n penal al culpable. \u00bfQu\u00e9 se hizo? Los juicios a los integrantes de las Juntas y Altos Mandos Militares y paralelamente a las c\u00fapulas de las organizaciones guerrilleras, promovidos y seguidos no bien restaurada la democracia, fueron sin duda un paso decisivo en tal sentido. En cambio, las alternativas posteriores, muy condicionadas por cambiantes equilibrios de poder, resultaron m\u00e1s discutibles y discutidas: las leyes de obediencia debida y de punto final, los indultos, la anulaci\u00f3n de esas medidas, la posterior reapertura de procesos solo a miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. En orden a la justicia, subsisten as\u00ed deudas pendientes. Por un lado, la informaci\u00f3n sobre el destino de las personas desaparecidas y sobre la identidad de los ni\u00f1os nacidos y sustra\u00eddos a sus madres durante su cautiverio; por otro lado, la individualizaci\u00f3n y reconocimiento a las v\u00edctimas de la violencia guerrillera, as\u00ed como la continuaci\u00f3n de aquellos procesos en t\u00e9rminos que disipen dudas sobre los criterios de enjuiciamiento utilizados, eviten detenciones sine die en ausencia de condena y no desconozcan el derecho a la prisi\u00f3n domiciliaria por edad avanzada.<\/p>\n<p><strong>PERD\u00d3N<\/strong><br \/>\nLa justicia es insoslayable, pero al mismo tiempo su realizaci\u00f3n es limitada. Como toda obra humana es imperfecta, susceptible de errores; y la reparaci\u00f3n y el castigo penal tienen un valor relativo como v\u00edas para de restaurarla, ya que hay da\u00f1os irreparables o puede haber otros intereses sociales que deban prevalecer. Lo cual lleva a la pregunta acerca de si cabe ir m\u00e1s all\u00e1 de la justicia. Es el tema del perd\u00f3n.<br \/>\nEl perd\u00f3n, palabra de origen latino que une dos t\u00e9rminos (per, a trav\u00e9s de; donare, regalo), responde a una l\u00f3gica diversa de la justicia: el don, la gratuidad. Llega as\u00ed hasta la renuncia de la condena merecida por el responsable de la injusticia; a la condena interior, en el fuero interno del ofendido, y a la condena exterior, consistente en la reparaci\u00f3n del da\u00f1o mediante el resarcimiento o el castigo. No significa olvido, como si lo sucedido no hubiese ocurrido; y tampoco significa trasformar la naturaleza de la falta, convirtiendo lo malo en bueno. El perd\u00f3n supone la existencia y la \u00edndole de esa falta; pero incide sobre lo que podr\u00eda ser su consecuencia, la condena al culpable, renunciando a ella. No desconoce la comisi\u00f3n de la falta ni altera su naturaleza; libera al responsable de lo que ser\u00eda una justa condena. Va as\u00ed m\u00e1s all\u00e1 de la justicia.<br \/>\nEl perd\u00f3n tiene un profundo valor humano y cristiano. Valor humano, ante todo, porque libera de ataduras nacidas de resentimientos e intereses, dignifica a quien perdona y a quien es perdonado y permite reconstruir v\u00ednculos destruidos para bien de los implicados y de la comunidad en general. Pero sobre todo valor cristiano. Jes\u00fas ense\u00f1a a rezar el Padre Nuestro pidiendo a Dios perd\u00f3n por nuestras ofensas \u201cas\u00ed como nosotros perdonamos a los que nos ofenden\u201d (Mt 6, 9\/15; Lc 17,4); interrogado por Pedro sobre si las ofensas deben ser perdonadas hasta siete veces, responde: \u201cNo te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete\u201d (Mt 18, 21\/2; Lc 17, 4); y en la cruz, antes de morir, exclama: \u201cPadre, perd\u00f3nalos, porque no saben lo que hacen\u201d (Lc 23, 34).<br \/>\nPueden distinguirse dos dimensiones del perd\u00f3n: personal, por parte de quien ha sufrido el agravio; social, cuando la sociedad es la afectada por el desorden que genera el delito. La primera responde a un acto de generosidad por parte del ofendido hacia la persona del ofensor. La segunda implica m\u00e1s bien una actitud colectiva encarnada en la opini\u00f3n y en las costumbres, as\u00ed como en las instituciones a trav\u00e9s de las decisiones de sus \u00f3rganos.<br \/>\nLo dicho antes sobre el valor humano y cristiano del perd\u00f3n vale ante todo para su dimensi\u00f3n personal; pero tambi\u00e9n, mutatis mutandi, como expresi\u00f3n social concretada en la opini\u00f3n y en las costumbres o a trav\u00e9s de decisiones institucionales. En principio, el Estado debe velar por el bien com\u00fan; de ah\u00ed la sanci\u00f3n penal, como modo de restablecer el imperio de la ley como regla de convivencia y en virtud de su ejemplaridad, para desalentar reincidencias, am\u00e9n de la funci\u00f3n sanadora que esa sanci\u00f3n deber\u00eda cumplir en el culpable. No obstante, ese mismo bien com\u00fan puede tornar conveniente la renuncia al castigo a fin de lograr otros valores, como verdad o la concordia. Hist\u00f3ricamente ello ha sido as\u00ed con distintos instrumentos: gracias reales, amnist\u00edas, indultos, conmutaci\u00f3n de penas, prescripci\u00f3n de la acci\u00f3n penal y m\u00e1s modernamente con la as\u00ed llamada justicia restaurativa y los programas de justicia transicional como los adoptados en Ruanda, Sud\u00e1frica y Colombia. En definitiva, el asunto remite a una cuesti\u00f3n prudencial, dependiente de variadas circunstancias como la gravedad del delito y el tiempo transcurrido, entre otros. Plantea asimismo serios interrogantes: \u00bftodo delito es perdonable? \u00bfAlgunos no lo son? \u00bfCu\u00e1les? \u00bfLos delitos cometidos por el crimen organizado? \u00bfLos que proceden de la corrupci\u00f3n? \u00bfLos delitos de lesa humanidad? Y a\u00fan en estos casos, \u00bfnunca son perdonables, cualquiera sea el tiempo transcurrido? Ser\u00e1 siempre una cuesti\u00f3n abierta, a resolver prudencialmente en cada situaci\u00f3n.<br \/>\n\u00bfQu\u00e9 decir entonces con relaci\u00f3n a los cr\u00edmenes cometidos durante la d\u00e9cada del 70? \u00bfTiene sentido hablar del perd\u00f3n? En su dimensi\u00f3n personal, la respuesta remite a lo afirmado sobre el valor humano y cristiano del perd\u00f3n; depender\u00e1 de la convicci\u00f3n y profundidad con que cada uno asuma ese llamado. En su dimensi\u00f3n social, en cambio, la cuesti\u00f3n es m\u00e1s compleja en tanto se ha centrado en quienes de una u otra manera participaron en la represi\u00f3n ilegal desde el Estado, fundamentalmente en integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad.<br \/>\nLa dificultad es evidente. Al menos p\u00fablicamente no ha habido autocr\u00edtica, reconocimiento y menos a\u00fan pedido de perd\u00f3n, como tampoco disponibilidad de reparar en lo posible el da\u00f1o suministrando informaci\u00f3n sobre el destino de las personas desaparecidas o la identidad de los ni\u00f1os nacidos de madres detenidas. Y sin ello el perd\u00f3n dif\u00edcilmente conducir\u00eda a la reconstrucci\u00f3n de las relaciones. Es cierto que el modelo adoptado por nosotros, basado exclusivamente \u2013a diferencia de otros pa\u00edses- en el juicio y la condena, no facilita con realismo esas actitudes, ya que cualquier paso en tal sentido agravar\u00eda la situaci\u00f3n de quien lo diera. Pero tambi\u00e9n es cierto que se trata de una deuda nunca asumida durante los treinta a\u00f1os anteriores a la reapertura de los procesos durante los cuales el pago de la misma no hubiera tenido las consecuencias que hoy presenta. En otro orden, la interpretaci\u00f3n que los tribunales han hecho de normas constitucionales y convencionales sobre la naturaleza de estos delitos y su imprescriptibilidad se muestra como un l\u00edmite a cualquier cambio, como tambi\u00e9n la probable resistencia que ello generar\u00eda en el actual estado de buena parte de la opini\u00f3n.<br \/>\nSin embargo, median razones que justifican no descartar y mantener abierta la cuesti\u00f3n del perd\u00f3n. No como f\u00f3rmula abstracta, sino como inquietud que impulse a no encerrarse en posturas r\u00edgidas que impidan superar los l\u00edmites de justicia, inherentes a la misma y a su aplicaci\u00f3n. Una memoria de lo sucedido en los a\u00f1os 70 integral, no simplificada, es una de esas razones. Tambi\u00e9n lo son las dudas que plantean los procesos penales en tanto circunscriptos a quienes participaron en uno de los bandos enfrentados, con rigurosos criterios de juzgamiento, con detenciones prolongadas sine die y negando muchas veces la prisi\u00f3n domiciliaria a personas que tendr\u00edan derecho a ello por su edad avanzada. En otro orden, cabr\u00eda analizar la oportunidad de medidas legales que siguiendo modelos de justicia transicional atempere sanciones a quienes contribuyan al conocimiento de la verdad suministrando informaci\u00f3n sobre el destino de personas desaparecidas y ni\u00f1os sustra\u00eddos. Vale la pena pues mantener la cuesti\u00f3n abierta, con vistas a soluciones que quiz\u00e1s ahora no se vislumbren como claras y posibles. En definitiva y en \u00faltima instancia, las respuestas dadas hasta ahora y las que puedan darse han dependido y depender\u00e1n de decisiones de \u00edndole pol\u00edtica, en el mejor sentido de la palabra.<br \/>\nUn p\u00e1rrafo para pensar, escrito por Juan Pablo II, un hombre que en su Polonia natal vivi\u00f3 bajo los reg\u00edmenes nazi y comunista, experimentando sin duda heridas propias y ajenas dif\u00edciles de curar: \u201cUn mundo del que se eliminase el perd\u00f3n ser\u00eda solamente un mundo de justicia fr\u00eda e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicar\u00eda sus propios derechos respecto de los dem\u00e1s; as\u00ed los ego\u00edsmos de distintos g\u00e9neros, adormecidos en el hombre, podr\u00edan transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresi\u00f3n de los m\u00e1s d\u00e9biles por parte de los m\u00e1s fuertes o en una arena de lucha permanente de unos contra otros\u201d (9).<br \/>\nEn suma: memoria, verdad, justicia y perd\u00f3n, entendidas con el alcance expuesto precedentemente, constituyen principios orientadores que ayudan a pensar la violencia de los a\u00f1os 70 y c\u00f3mo asumir sus consecuencias, vivas y dolorosas pese a las d\u00e9cadas transcurridas desde entonces. Son, de ese modo, pasos necesarios en el camino hacia la reconciliaci\u00f3n; reconciliaci\u00f3n que como lo sugiere el prefijo de la palabra, implica recuperar un estado de conciliaci\u00f3n perdida. Como ense\u00f1a el Papa Francisco, tal reconciliaci\u00f3n es a su vez una de las condiciones de la cultura del encuentro y as\u00ed del bien com\u00fan. Por cierto, no cabe esperar una reconciliaci\u00f3n perfecta; es m\u00e1s, tampoco es posible asegurar resultados tangibles. Pero empe\u00f1arse en ella no carece de sentido. Como dir\u00eda Antonio Machado: \u201ccaminante, no hay camino, se hace camino al andar\u201d.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>NOTAS<\/strong><\/p>\n<p>1. Ver \u201cLa cultura del encuentro en el Papa Francisco y la violencia de los a\u00f1os setenta en la Argentina\u201d, publicado en \u201cCultura Econ\u00f3mica\u201d, n\u00b0 89, junio 2015.<\/p>\n<p>2. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI), 105..<\/p>\n<p>3. CDSI, 192\/3.<\/p>\n<p>4. Evangelii gaudium, 239).<\/p>\n<p>5.<em> N\u00b0 33\/4, justamente con relaci\u00f3n a la violencia de los a\u00f1os 70.<\/em><\/p>\n<p>6. Gran encuentro de oraci\u00f3n por la reconciliaci\u00f3n nacional, Villavicencio, 8\/9\/17.<\/p>\n<p>7. L\u2019Osservatore Romano, 17\/4\/2015.<\/p>\n<p>8. Diario El Pa\u00eds del 12\/7\/17, p. 4.<\/p>\n<p>9. Enc\u00edclica \u201cDives in misericordia\u201d, 14.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Virguinski\u2026 se ech\u00f3 boca abajo en la cama, repitiendo entre sollozos compulsivos: esto est\u00e1 mal, est\u00e1 mal; esto est\u00e1 muy mal\u201d. Fi\u00f3dor Dostoyevski, \u201cLos demonios\u201d,&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[5],"tags":[295,2078,1804,1561,1380,758,1130,284],"class_list":["post-14443","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-sociedad","tag-justicia","tag-memoria","tag-perdon","tag-reconciliacion","tag-setenta","tag-sociedad","tag-verdad","tag-violencia"],"acf":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p6FC4i-3KX","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/14443","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=14443"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/14443\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14446,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/14443\/revisions\/14446"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=14443"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=14443"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=14443"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}