{"id":16273,"date":"2020-10-26T20:25:24","date_gmt":"2020-10-26T23:25:24","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=16273"},"modified":"2020-10-26T20:25:27","modified_gmt":"2020-10-26T23:25:27","slug":"manual-contra-diluvios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=16273","title":{"rendered":"Manual contra diluvios"},"content":{"rendered":"<p>En las primeras noches de esta larga cuarentena, me costaba dormir. Me quedaba tejiendo escenarios en mi cabeza hasta la madrugada. El miedo entraba en r\u00e1fagas suaves por debajo de la puerta de entrada. Copos de nieve radioactiva que me erizaban la piel como esa primera copia de El Eternauta bajo las s\u00e1banas, como una mano de infinitos dedos fr\u00edos cerr\u00e1ndose sobre mi cuello. Pero estas noches no hay s\u00e1banas de las que asomarme para tomar aire.<br \/>\nSubo a la terraza cargando mis pulmones resignados. Intento meditar contra la pared de la parrilla. Cierro los ojos. Un cardumen de manchas ansiosas toma la forma de mi familia. Mi t\u00eda viendo Netflix con una copa de vino en su departamento diminuto. Mis viejos atrincherados en el jard\u00edn, cercados por nuestros cuartos vac\u00edos. Veo a mis amigxs, teji\u00e9ndose una paz precaria con el pedazo de cielo que roban del balc\u00f3n. Veo a mis alumnxs respondiendo las tareas que les mando, son textos de fe apretada entre los dientes. Siento a este gente como el \u00e1rbol siente al bosque por las ra\u00edces.<br \/>\nMedito pensando en ellxs. Cae el sol mientras medito. Me salen ra\u00edces mientras medito. Me acuerdo de Jung y de eso que dijo del inconsciente colectivo, de esa memoria ancestral subida a la nube, ese Google Drive c\u00f3smico al que todxs tenemos acceso. El inconsciente colectivo como pergamino que se estira hasta la primera tribu que se reuni\u00f3 junto al primer fuego para decir la primera cosa. Una memoria que se alimenta de todas las memorias, guardando y mostrando un mapa de todo lo que fuimos, de los retos de los ancestros, el trauma de alg\u00fan diluvio terrible y el instinto como lecci\u00f3n guardada en nuestros genes.<br \/>\nJung lleg\u00f3 a esta teor\u00eda estudiando las tradiciones cham\u00e1nicas. Estas tribus no ten\u00edan un dios como el nuestro, hecho a su imagen y semejanza. Su dios, lejos de una figura ben\u00e9vola e interventora, era m\u00e1s bien una voluntad escondida en las c\u00e9lulas que crecen, un esp\u00edritu agazapado en la geometr\u00eda dorada de las cosas, una profec\u00eda en las manchas del jaguar, un acertijo eterno en el braille de las estrellas.<br \/>\nEstas tribus no creen en la palabra revelada ni en la epifan\u00eda singular, prof\u00e9tica y comunicable. Su dios es un rostro enmohecido que se roza con las yemas en un trance, un rompecabezas alephiano que cada generaci\u00f3n descose sin prisa creyendo que alg\u00fan d\u00eda, ellxs, en la forma de los nietos de sus nietos, llegar\u00e1n al coraz\u00f3n de ese dios y sabr\u00e1n la palabra pronunciada en la primera ma\u00f1ana del tiempo. Cuando medito, siento a este dios. Un dios como una cuerda que me ata a esa memoria y a la voluntad de mis ancestros. Una memoria como prueba de que fui y ser\u00e9 en otros cuerpos y que tambi\u00e9n soy en todo cuerpo.<br \/>\nNing\u00fan cient\u00edfico sabe decirme d\u00f3nde reside la consciencia. Nadie puede se\u00f1alar un rinc\u00f3n de cerebro autopsiado y declarar \u201cEst\u00e1 ah\u00ed\u201d. Me han hablado del alma, pero hay otra teor\u00eda que me gusta m\u00e1s. Los maestros budistas dicen que la consciencia no reside adentro nuestro, sino alrededor nuestro. No es que YO tengo MI consciencia, sino que mi cerebro es un receptor de consciencia. M\u00e1s que una compleja computadora, el cerebro es quiz\u00e1s una muy avanzada antena que sintoniza la frecuencia alrededor nuestro para animar el cuerpo. Cuando la antena se descompone o degrada, quiz\u00e1s por un golpe o el Alzheimer, perdemos esa conexi\u00f3n y la consciencia que tomamos prestada vuelve a la bruma original, y as\u00ed se reencarna.<br \/>\nMedito buscando sintonizar mejor esa frecuencia. No es f\u00e1cil. Cruzo el laberinto de tigres calientes que entrecruza mis sentidos. Para encontrar la salida del laberinto tengo que dejar de querer encontrarla. Los ojos se me nublan con un cardumen de manchas ansiosas. Copos de nieve radioactiva. Soy un ojo abierto mirando para arriba desde el fondo del mar. Hundo mis manos en el pecho tembloroso. Encuentro mi respiraci\u00f3n y la sostengo como a un pich\u00f3n tibio y de a poco me inunda la improbabilidad de los duraznos, de un pulm\u00f3n que sabe inflarse, del misterio de la sangre y la conspiraci\u00f3n sagrada que inclina balanzas imposibles en favor de la existencia.<br \/>\nCon la nuca, siento caer al sol. La tibieza me frota los bordes como un cuenco tibetano. Respiro lento, pelando una monta\u00f1a de a mil\u00edmetros. Siento a Nica y Nancy, mis abuelxs, encomendarme con el mandato de vivir, pasando esa memoria como una posta, un manual contra diluvios, un coro de epitafios, un cause que curva el tiempo en una direcci\u00f3n que me convoca. Respiro y sostengo la respiraci\u00f3n. Mi silueta se talla como un jerogl\u00edfico sobre el tiempo. Tengo fe.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En las primeras noches de esta larga cuarentena, me costaba dormir. Me quedaba tejiendo escenarios en mi cabeza hasta la madrugada. 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