{"id":16752,"date":"2021-05-02T21:41:27","date_gmt":"2021-05-03T00:41:27","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=16752"},"modified":"2021-05-02T21:41:50","modified_gmt":"2021-05-03T00:41:50","slug":"transexualidades","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=16752","title":{"rendered":"Transexualidades"},"content":{"rendered":"<p>Al comienzo de la pandemia, una escena del <em>Satiric\u00f3n<\/em> de Petronio, me ven\u00eda una y otra vez a la cabeza. El liberto Trimalci\u00f3n, a cuyo banquete fuera de control y concierto asisten los j\u00f3venes h\u00e9roes de la historia, Encolpio, Git\u00f3n y Ascilto, dirige a los invitados un largo discurso en el que hace gala de erudici\u00f3n mitogr\u00e1fica, aunque plagada de confusiones gruesas. Hacia el final del par\u00e1grafo XLVIII de la perorata, nuestro anfitri\u00f3n dice haber visto nada menos que a la Sibila de Cumas, consultada tiempo atr\u00e1s por el piadoso Eneas, fundador del linaje de los C\u00e9sares. Ya anciana, se encuentra encerrada en una ampolla de cristal suspendida del techo, rodeada de unos ni\u00f1os zafios que le preguntan en griego: \u201cSibila, \u00bfqu\u00e9 quieres?\u201d. A lo que ella responde en la misma lengua \u201cQuiero morir\u201d. As\u00ed me encontraba yo, hacia los meses de abril y mayo de 2020, prisionero en la ampolla y presa del mismo deseo que la Cumana.<\/p>\n<p>Pasaron varios meses, pas\u00f3 el trabajo cotidiano, nada pr\u00e1ctico, por cierto, de escribir cosas no verdaderamente sentidas sobre el encierro y la enfermedad que odiaba. Acudi\u00f3, finalmente, a salvarme de la ira sibilina el socorro de otra mujer, Matilde, cuya aparici\u00f3n en el Para\u00edso terrestre, en los umbrales del celestial, Dante evoc\u00f3 en los cantos XXVIII y XXXI del <em>Purgatorio<\/em>. Matilde es una joven bell\u00edsima que canta, recoge flores, r\u00ede de felicidad y del \u201calzar de los ojos\u201d hace su mayor regalo al poeta. Ella explica las razones del viento que circula entre los \u00e1rboles benditos donde Ad\u00e1n y Eva fueron creados y los motivos de las aguas del Leteo y del Eunoe, que en ese sitio corren en sentidos opuestos. Las almas purgadas han de beber del Leteo, primero, para olvidar los males cometidos en este mundo, y luego de las aguas del Eunoe, que refuerzan la memoria de los siempre escasos bienes que hicimos al pr\u00f3jimo. \u201cAqu\u00ed estuvo con su inocencia la ra\u00edz humana, \/ aqu\u00ed hubo siempre todos los frutos y la primavera\u201d, explica Matilde (Purgatorio, XXVIII, versos 142-143). Si en el inicio quise ser la Sibila prisionera, cuando promediaba la peste, hubiera deseado recobrar mi sexo y ser Dante.<\/p>\n<p>Pero estos d\u00edas, en los que se avizora el final de la cat\u00e1strofe, vuelvo a sufrir el castigo de Tiresias al ver la c\u00f3pula de las serpientes, y mis ansias se dirigen hacia una figura de mujer: Griselda, la protagonista del \u00faltimo cuento del <em>Decamer\u00f3n<\/em>, que Boccaccio escribi\u00f3 a la hora de despedir la peste y el inesperado simposio de la dama Pampinea, en el momento de celebrar el regreso a la normalidad de la vida. El cuento es uno de los largos del <em>Decamer\u00f3n<\/em>, uno de los m\u00e1s bellos para leer o escuchar con el famoso pie en el estribo. Si alg\u00fan lector ha tenido la paciencia de llegar a este lugar de mi desvar\u00edo, le aconsejo que lo lea cuanto antes. Est\u00e1 en decenas de lenguas, en centenares de sitios de Internet. Griselda es una joven y deliciosa aldeana, habitante del feudo del marqu\u00e9s Gualtieri di San Luzzo. El caballero es un soltero empedernido, pero sus vasallos le ruegan que se case y d\u00e9 herederos al marquesado. Gualtieri decide acceder a tales pedidos y elige al fin a Griselda, ordena quitarle los harapos con que viste, la lleva al castillo y realiza los esponsales. Pero, desconfiado, altanero y omnipotente como tantos nobles de aquel tiempo, o tantos poderosos de estos d\u00edas, decide someter a su esposa a pruebas inimaginables para asegurarse de su fidelidad. Siempre que puede hacerlo, la humilla y maltrata, la despoja de su hija apenas nacida y lo mismo hace con el var\u00f3n segundog\u00e9nito; simula haberlos mandado a matar pero, en realidad, los envi\u00f3 a cuidar y educar con esmero a la vecina Bolonia. Gualtieri coron\u00f3 su crueldad (fingida, mas maldad al fin) con una falsa dispensa papal que le permit\u00eda disolver el matrimonio y mandar nuevamente a la aldea a la paciente Griselda quien, a cada iniquidad de su esposo, hab\u00eda respondido siempre con obediencia y un agradecimiento extra\u00f1o por el poco bienestar hasta entonces recibido. Volvi\u00f3 Griselda a la casucha de su padre y visti\u00f3 de nuevo los harapos que \u00e9l mismo le hab\u00eda conservado. Al cabo de pocos a\u00f1os, los hijos de Griselda hab\u00edan crecido, la muchacha, sobre todo, se hab\u00eda convertido en una suerte de \u00e1ngel de belleza y dulzura como su madre. Enterado del asunto, Gualtieri imagin\u00f3 una prueba \u00faltima y definitiva para Griselda. Mand\u00f3 llamarla nuevamente al castillo y le encarg\u00f3 que lo arreglase magn\u00edficamente con el objeto de recibir a su nueva esposa, quien lucir\u00eda la dignidad nobiliaria de la cual la aldeana hab\u00eda carecido. Griselda se entreg\u00f3 al trabajo y dej\u00f3 la morada de Gualtieri m\u00e1s espl\u00e9ndida que nunca. Lleg\u00f3 la hija, vestida de novia. Comenz\u00f3 el banquete nupcial. El marqu\u00e9s orden\u00f3 que Griselda se presentase y, tal como estaba vestida, de cenicienta, cocinera y fregona, la mand\u00f3 sentar a su lado. Por supuesto que Gualtieri revel\u00f3 entonces toda la historia. Los invitados, los hijos de la pareja, todo el pueblo expresaron su j\u00fabilo. Al parecer, Griselda sonri\u00f3 y llor\u00f3 algunas l\u00e1grimas cuando su esposo la abraz\u00f3 y ella pudo acariciar a los hijos que cre\u00eda muertos. As\u00ed culmina la \u00faltima historia de los cien cuentos contados durante la peste en la <em>villa<\/em> de Pampinea.<\/p>\n<p>Si bien lo quisiera, ser\u00eda rid\u00edculo para m\u00ed convertirme en Griselda. No soy Gualtieri (supongo) y, a veces, creo tener una Griselda, con bastante m\u00e1s car\u00e1cter, a mi lado. Pero, en el final de la par\u00e1bola que todav\u00eda se lleva a la intemperie oscura de la eternidad a tantos cong\u00e9neres, anhelo que Griselda me habite, pues muchos maestros, Mart\u00edn Ciordia entre ellos, creen haber resuelto el misterio del significado de esta historia enrevesada. Griselda es la caridad, el don que llega a nosotros porque s\u00ed y nos empecinamos en humillar, lacerar, rechazar hasta que alg\u00fan final se aproxima.<\/p>\n<p>\u201cDespu\u00e9s de haber casado espl\u00e9ndidamente a su hija, Gualtieri vivi\u00f3 largos a\u00f1os junto a Griselda y supo hacerle olvidar los infortunios pasados con los presentes beneficios\u201d. Que as\u00ed sea.<\/p>\n<p><em>Jos\u00e9 Emilio Buruc\u00faa es ensayista e historiador del arte, doctor en Filosof\u00eda y Letras, investigador y profesor de la UNSAM<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Al comienzo de la pandemia, una escena del Satiric\u00f3n de Petronio, me ven\u00eda una y otra vez a la cabeza. 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