{"id":8043,"date":"2013-03-06T16:35:18","date_gmt":"2013-03-06T19:35:18","guid":{"rendered":"http:\/\/staging.winguweb.org\/2014\/revistacriterio\/bloginst\/?p=8043"},"modified":"2013-03-06T16:35:18","modified_gmt":"2013-03-06T19:35:18","slug":"victoria-maria-rosa-y-carmen","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/?p=8043","title":{"rendered":"Victoria, Mar\u00eda Rosa y Carmen"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/staging.winguweb.org\/2014\/revistacriterio\/bloginst\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/guasta-victoria_ocampo.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-thumbnail wp-image-8044\" title=\"guasta-victoria_ocampo\" src=\"https:\/\/staging.winguweb.org\/2014\/revistacriterio\/bloginst\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/guasta-victoria_ocampo-120x120.jpg\" alt=\"guasta-victoria_ocampo\" width=\"120\" height=\"120\" \/><\/a>Discurso completo de Eugenio Guasta en el Jockey Club sobre tres escritoras\u00a0emblem\u00e1ticas, tres mujeres excepcionales con quienes tuvo trato en torno a la\u00a0revista <em>Sur<\/em>.<!--more--><a href=\"http:\/\/staging.winguweb.org\/2014\/revistacriterio\/bloginst\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/guasta2.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-8045\" title=\"guasta2\" src=\"https:\/\/staging.winguweb.org\/2014\/revistacriterio\/bloginst\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/guasta2-300x201.jpg\" alt=\"guasta2\" width=\"300\" height=\"201\" \/><\/a> Un d\u00eda de abril de 1960, Victoria Ocampo, Mar\u00eda Rosa Oliver, y Carmen G\u00e1ndara, coincidieron, tal como se cuenta en las p\u00e1ginas de un diario, en una misma casa de Buenos Aires:<\/p>\n<p>La invitaci\u00f3n a un cocktail era de Victoria, en casa de su hermana Ang\u00e9lica, para agasajar a una nuera de lady Astor. Al abrirse la puerta del ascensor en el palier, veo de pronto ante m\u00ed una extra\u00f1a escena. Una estilizad\u00edsima figura femenina, envuelta en una gran<em> robe manteau de velours vert<\/em> de la que solamente ten\u00eda puesta la manga derecha, ya que la izquierda ca\u00eda en pliegues sobre su espalda, conversaba con un grupo de hombres mientras se quitaba unos largos guantes negros. Superado el desconcierto inicial, reconoc\u00ed en aquella extravagante sin extravagancia a la Nena G\u00e1ndara. Todo suced\u00eda entre el palier y los primeros tramos de la casa; no se sab\u00eda si quienes la rodeaban le imped\u00edan el paso o quer\u00edan escoltarla como un s\u00e9quito. Ellos eran: Pepe Bianco, Eduardo Mallea, Enrique Pezzoni, Adolfito Bioy, Borges y Ernesto Sabato.<\/p>\n<p>Victoria aparec\u00eda y desaparec\u00eda, invit\u00e1ndolos a entrar, si mayor \u00e9xito. Alguien coment\u00f3 despu\u00e9s\u00a0 haber o\u00eddo a Victoria dici\u00e9ndole a Adolfito: \u201cEstas son horas de traerme a Borges\u2026\u201d<\/p>\n<p>Me intern\u00e9 en el telesc\u00f3pico living. Casi en el extremo pude saludar a la due\u00f1a de casa, Ang\u00e9lica.<\/p>\n<p>Retrocediendo hacia el centro de aquel \u00e1mbito, en medio de otras muchas caras conocidas, descubr\u00ed a Mar\u00eda Rosa Oliver, instalada en su silla de ruedas y acompa\u00f1ada en ese momento por Josefa, <em>Pepa<\/em>, su asistente galaica.<\/p>\n<p>Me sent\u00e9 junto a Mar\u00eda Rosa. Victoria, al pasar junto a nosotros, me dice: \u201cCuidado con las cosas que le dice esta.\u201d Ante el llamado de atenci\u00f3n de Victoria, Mar\u00eda Rosa\u00a0 respondi\u00f3 con un apelativo nuevo para m\u00ed: \u201cA san Ignacio no le va a pasar nada\u201d. La <em>\u201cgrande-sorci\u00e8re\u201d, <\/em>capaz de una infinita seducci\u00f3n, me hizo re\u00edr con sus picantes observaciones, me encandil\u00f3 con su conocimiento de cuanto tema surg\u00eda.<span> <\/span>Mientras convers\u00e1bamos, entrev\u00ed a Marietta Ayerza, apenas descendida del retrato que le hizo Anglada Camarassa, y a su marido, el petiso Gonz\u00e1lez Gara\u00f1o, que recordaba conversaciones <em>chez<\/em> Adrienne Monnier, con Picasso, Diaghilev, L\u00e9on Bakst y Stravinsky, a lo que Pepe Bianco acot\u00f3: \u201c Sacra conversaci\u00f3n\u2026\u201d<\/p>\n<p><span> <\/span>Tambi\u00e9n vi a Vera Makarov, la tolstoyana y gran emigrada rusa, que antes de llegar a Buenos Aires pas\u00f3 por Sof\u00eda, Roma, y Par\u00eds, ocupada ahora en averiguar las circunstancias de las \u00faltimas conversaciones telef\u00f3nicas de Victoria y sus amigos: \u201c\u00bfT\u00fa la llamaste, o ella te llam\u00f3?\u201d, preguntaba.<\/p>\n<p>El atardecer se prolongaba cuando dejamos la casa. Quise ayudar a Pepa empujando la silla de ruedas en la cuesta de Rodr\u00edguez Pe\u00f1a. Antes de llegar a la Avenida Alvear, le pregunt\u00e9 a Mar\u00eda Rosa: \u201c\u00bfQu\u00e9 pasar\u00eda si alguien tirase una bomba ah\u00ed dentro, y desapareciese la mitad de la <em>intelligentsia<\/em> porte\u00f1a?\u201d. Su respuesta fue instant\u00e1nea: \u201cNadie se dar\u00eda cuenta\u201d. Divertidos, seguimos hasta Parera, y por Parera hasta Guido 1521. Mar\u00eda Rosa me invit\u00f3 a que comiese con ellos. Los Oliver viven en un segundo piso de un caser\u00f3n con anch\u00edsima fachada. Sentados al pie de un \u201cHijo Pr\u00f3digo\u201d atribuido a Murillo, tomamos un primer whisky, al que sum\u00f3 Pepe Bianco, habitu\u00e9 de la casa.<\/p>\n<p>Fui presentado a Pancho Oliver y a su mujer, Leonor. La mesa estuvo presidida por Pancho y por Mar\u00eda Rosa. Las discusiones entre los comensales se enardec\u00edan. Com\u00ed por primera vez \u201cel arroz con leche Oliver\u201d que, seg\u00fan Pepe Bianco, es el mejor de Buenos Aires.<\/p>\n<p>(Hasta aqu\u00ed la cita de mi diario.)<\/p>\n<p>Dentro del tiempo que abarca una d\u00e9cada, y en un mismo reducido segmento de la ciudad, nacieron en Buenos Aires Victoria Ocampo, Mar\u00eda Rosa Oliver y Carmen Rodr\u00edguez\u00a0 Larreta de G\u00e1ndara.<\/p>\n<p>Victoria naci\u00f3 en abril de 1890, Mar\u00eda Rosa en noviembre de 1898 y Carmen, la Nena, en julio de 1900. Las casas en las que nacieron estaban las tres en torno al convento de las Catalinas. Una en Viamonte, la vieja calle del Temple; las otras dos en la calle San Mart\u00edn. Lazos de parentesco o de amistad vinculaban\u00a0 a aquellas tres familias, los Ocampos, los Romeros y los Rodr\u00edguez Larretas, con las monjas del vecino convento.<\/p>\n<p>Todav\u00eda Buenos Aires conservaba huellas de la gran aldea. Habr\u00edan de pasar varios a\u00f1os para celebrar el centenario de la Patria.<\/p>\n<p>Ramona Victoria Epifan\u00eda Rufina,\u00a0 <em>Victorita<\/em>, Victoria, en un texto que escribi\u00f3 en 1978, \u201cEl aire y las campanas\u201d, recordaba las idas infantiles a Palermo, a la Avenida de las Palmeras, \u201cpara tomar aire\u201d. Las campanas eran las campanas conventuales, vecinas, que ella empez\u00f3 a o\u00edr, desde su primera infancia, en la casa natal.<\/p>\n<p>La se\u00f1ora de Oliver, Mar\u00eda Rita Romero, hab\u00eda donado su vestido de novia a las monjas catalinas. La priora, a su vez, le regal\u00f3 un antiguo Ni\u00f1o Dios, al que visti\u00f3 con raso de aquella prenda, cubierto de bordados, encajes y alj\u00f3far. Fue durante a\u00f1os imagen de devoci\u00f3n para la familia de Mar\u00eda Rosa Luc\u00eda.<\/p>\n<p>La fachada dieciochesca de la iglesia de Santa Catalina, obra de Giovanni Andrea Bianchi, fue abatida para construir otra, m\u00e1s de acuerdo con los gustos de principios del novecientos. Carmen Agustina Rodr\u00edguez Larreta dec\u00eda textualmente que<\/p>\n<p>\u201clos culpables\u201d de aquel cambio fueron su madre, Carmen Marc\u00f3 del Pont, y monse\u00f1or Miguel D\u00b4Andrea, por entonces capell\u00e1n del convento.<\/p>\n<p>A mediados de 1978 hac\u00eda ya varios meses que Victoria se hab\u00eda recluido en San Isidro y no se dejaba frecuentar por nadie a causa de su enfermedad.\u00a0 Cuando se llegaba a\u00a0 San Isidro, para tener noticias de su salud, el visitante se encontraba con una barrera infranqueable; Victoria hab\u00eda establecido un sistema de mensajes, una especie de di\u00e1logo escrito que sustitu\u00eda al encuentro personal. Sub\u00eda el papel garabateado por el visitante y luego regresaba la respuesta de Victoria. Este ir y venir se repet\u00eda a lo largo de un tiempo prolongado, hasta que el mensajero confiscaba esas p\u00e1ginas pues Victoria no quer\u00eda que nadie conservase sus <em>jer\u00e9miades<\/em>. Pero aquel ostracismo voluntario no pod\u00eda durar. Hubo siempre en Victoria una honda necesidad de comunicar, participar, compartir. Empezaron una vez m\u00e1s a llegar los reconocibles sobres celestes con los mensajes que invitaban a ir a San Isidro la tarde del s\u00e1bado o del domingo. \u201cAhora que me decid\u00ed a que me vieras como estoy, ven\u00ed\u00a0 cuando quieras\u201d. Recib\u00eda en su cuarto. Un sof\u00e1 y dos sillones, junto a una de las ventanas, con renovadas fundas de floreado chintz, reun\u00edan al peque\u00f1o grupo de amigos. All\u00ed se proyect\u00f3 el n\u00famero de SUR dedicado a la memoria de Fryda Schulz de Mantovani, amiga muy querida de Victoria. A la izquierda de la puerta del cuarto, sobre una peque\u00f1a biblioteca, hab\u00eda un crucifijo de bronce y sobre el respaldo de la cama, una tabla primitiva, \u00bftoscana, umbra?, con una imagen de la Virgen. Aqu\u00ed y all\u00e1, desperdigados libros.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Ren\u00e9e Cura, Min\u00e9, amiga y colaboradora de Victoria, encontrar\u00eda despu\u00e9s, en una de las mesas de luz, a la izquierda de la cama, una edici\u00f3n de <em>La Imitaci\u00f3n de Cristo<\/em>, de Tom\u00e1s de Kempis, y una libreta verde, con breves notas escritas durante el \u00faltimo viaje europeo de Victoria (1975) y en el transcurso final de su enfermedad. Es una traducci\u00f3n francesa del Kempis, con una encuadernaci\u00f3n todav\u00eda decimon\u00f3nica, y que lleva impreso en letras doradas el nombre de su propietaria. Es un regalo que recibi\u00f3 en la adolescencia. Al hojear el peque\u00f1o libro pueden verse numeros\u00edsimas se\u00f1ales verticales en los m\u00e1rgenes, de diferente intensidad, que los a\u00f1os fueron acumulando. Es evidente que Victoria nunca abandon\u00f3 esa lectura. La <em>Imitatio Christi<\/em>, obra cl\u00e1sica de la asc\u00e9tica cristiana, parece haberse difundido a comienzos del siglo XV. En ese devocionario abrevaron durante los siglos siguientes sinn\u00famero de hombres y mujeres cristianos. Recordemos que a partir de fines del XVI\u00a0 la lectura de la Biblia no fue frecuente entre los seglares. Deber\u00eda se\u00f1alarse que para una mirada contempor\u00e1nea el libro de Kempis tiene un fuerte car\u00e1cter voluntarista. Victoria no ha citado a Kempis como ha citado s\u00ed a Teilhard de Chardin, en quien sin duda hall\u00f3 una apertura a un humanismo que coincid\u00eda con sus m\u00e1s hondas aspiraciones. El texto mon\u00e1stico no obstante est\u00e1 presente en su obra de un modo t\u00e1cito. Hubo siempre en Victoria un anhelo de perfecci\u00f3n moral. Las marcas del Kempis quiz\u00e1 sean testimonios de un combate interior nunca resuelto. Lo que Victoria admir\u00f3 en Gandhi o en T.E. Lawrence, fue la coherencia entre el pensamiento y la vida y por lo tanto la subyug\u00f3 la ascesis encarnada por cada uno de ellos. En alguna parte se confes\u00f3 violenta y por ello deseosa de no violencia. \u00bfIdentific\u00f3 a Kempis con sus deseos de un alto vivir \u00e9tico y espejo de un batallar por lo inalcanzable, que deja las m\u00e1s de las veces un sabor a derrota? Gu\u00edas para un entendimiento de los itinerarios de Victoria son las p\u00e1ginas escritas por Roger Caillois sobre ella y tambi\u00e9n otras de Enrique Pezzoni en torno a los <em>Testimonios<\/em> victorianos.<\/p>\n<p>Dice Caillois: \u201cDotada para la santidad,\u00a0 por lo abrupto de su naturaleza,\u00a0 podr\u00eda haber apostado a eso, si alguna fe la hubiese sostenido \u2013la apasionaba en T.E. Lawrence la posibilidad de una santidad sin fe\u2013, si la vivacidad de sus apetitos no hubiera cada\u00a0 vez quebrado las aspiraciones renacientes. Por apetitos entiendo no solo los f\u00edsicos sino tambi\u00e9n los de la inteligencia y la voluntad, es decir, las tres concupiscencias teologales, <em>sentiendi<\/em>, <em>sciendi<\/em>, <em>dominandi<\/em>; la \u00faltima en ella, la menos intensa, a pesar de las apariencias pues esa fogosidad no soporta ser intermitente.\u201d<\/p>\n<p>Dice Pezzoni, verdadero zahor\u00ed: \u201cVictoria Ocampo admira a Gandhi, a T.E. Lawrence, que son por ello \u2018su\u2019 Gandhi, \u2018su\u2019 Lawrence. Pero tambi\u00e9n es capaz de apartarse de ellos dolorosamente para verlos como ideales. Lo \u2018m\u00edo\u2019 ya no indicara entonces un aspecto de su alma, ni siquiera en lo m\u00e1s alto, sino la elecci\u00f3n de una posibilidad de vida. Y Victoria Ocampo se siente en deuda con los hombres que le han descubierto esa posibilidad y en quienes la pureza, la veracidad absoluta son m\u00e1s una gracia que una conquista, de la cual, por otra parte, se siente humanamente incapaz.\u201d<\/p>\n<p><span> <\/span>Asom\u00e9monos con cuidado extremo a lo que en el \u00faltimo tiempo Victoria fue anotando en la libreta verde. Se siente sin fuerzas. Escribe: \u201cPerd\u00f3n, perd\u00f3n, perd\u00f3n\u201d<\/p>\n<p>Hay palabras ilegibles. Habla \u201cde temblor y de angustia.\u201d Y a\u00f1ade: \u201cNo es usual en m\u00ed\u201d. M\u00e1s adelante dir\u00e1: \u201cMe resulta doloroso no poder leer bien ni escribir con mano segura\u201d. En la p\u00e1gina siguiente se lee: \u201cRezo en franc\u00e9s y la enfermera cree que estoy trastornada. Rezo sin creer porque son las palabras de siempre\u201d.<\/p>\n<p>\u00bfNo habr\u00e1 necesitado Victoria una amical ex\u00e9gesis del cordial l\u00e9xico jo\u00e1nico, para acceder al <em>shalom<\/em> y a la <em>eirene<\/em>, fuentes de confiada y gozosa alegr\u00eda, respuesta a la urgencia que nos dice a cada uno: <em>Xaire<\/em>, al\u00e9grate?<\/p>\n<p>La casa de los Oliver estaba en Guido y Juncal, frente a la plazoleta entonces sin nombre y hoy llamada Pedro Miguel Obligado. La generosidad de la fachada parec\u00eda anunciar\u00a0 la abierta hospitalidad de aquel segundo piso, habitado por una familia de muchos\u00a0 hermanos presididos por una madre matriarcal, la <em>Mam\u00e1 Grande<\/em>. Las conversaciones en torno a la mesa se transformaban a veces en enfervorizados torneos verbales. Las opiniones y los entusiasmos m\u00e1s opuestos pod\u00edan alcanzar niveles belicosos. La presencia materna amainaba los enfrentamientos. Mar\u00eda Rosa, \u201cla t\u00eda Roja\u201d, seg\u00fan el decir de una sobrina, hab\u00eda ejercitado desde siempre, en medio de aquellas escaramuzas, una notable habilidad dial\u00e9ctica, una certera visi\u00f3n del antagonista y un talante de humor irresistible. Aquella casa fue tambi\u00e9n una palestra para conocer al otro. La ense\u00f1anza paterna la inici\u00f3 en intereses diversos. Una innata simpat\u00eda y un gozoso modo de vivir borraban a los ojos de quienes la frecuentaron las limitaciones que la enfermedad le impuso. Mar\u00eda Rosa recib\u00eda en una amplia sala con dos ventanales que daban a\u00a0 la calle, con grandes bibliotecas, algunos grabados chinos y amplios muebles que proven\u00edan del caser\u00f3n de la calle Charcas, donde antes vivi\u00f3 la familia, en casa del abuelo materno. Por aquel cuarto pasaron Pablo Neruda, Danilo Dolci, Pepe Bianco, Tota Cuevas, Arturo Paoli, Raimundo Ongaro, Rafael Alberti, Sara Jorge. Presid\u00eda desde el muro testero, un murillo que representaba el regreso del hijo pr\u00f3digo. El relato lucano suele conducir a identificarse con el hijo que vuelve, pero la escena la domina la figura paterna que espera, que corre al encuentro del que regresa, que nada pregunta, que devuelve con el abrazo la filiaci\u00f3n perdida, la dignidad del hijo, del hombre libre, que festeja y llama a los otros a recibir y celebrar juntos al que estaba perdido y ha sido recuperado.<\/p>\n<p>Los tres tomos de las memorias de Mar\u00eda Rosa son lectura indispensable para conocer un cierto Buenos Aires: <em>Mundo, mi casa<\/em>; <em>La vida cotidiana<\/em>; <em>Mi fe es el hombre<\/em>. Muestran la historia de un tiempo, de una sociedad, de una cultura. Y se descubre en ellos un itinerario, una vida argentina. <em>Mi fe es el hombre<\/em> nos comunica un credo. Define una vida entera. Lo que ha orientado esa vida. El descubrir progresivo de una\u00a0 vocaci\u00f3n de servicio. Lo pol\u00edtico fue un \u00e1mbito esencial para Mar\u00eda Rosa, como lo fue su inter\u00e9s incesante por la cosa p\u00fablica, la <em>res <\/em>p\u00fablica, el bien para todos. Sumemos la busca de la justicia, el deseo hondo de que todos pudiesen ser quienes son en plenitud.<\/p>\n<p>Ese hombre, abarcador de la humanidad entera, orient\u00f3 los diferentes itinerarios de Mar\u00eda Rosa, sus diferentes opciones; las luchas contra la injusticia, el compromiso encarnado siempre. Cuando lo sinti\u00f3 y crey\u00f3 necesario dej\u00f3 la tarea en la que estaba bregando, para encaminarse a algo diferente en la acci\u00f3n pr\u00e1ctica y eso significaba coherencia con aquel credo suyo. Los grandes itinerarios son largos, seg\u00fan Eduardo Mallea. Hagamos un paralelo. Visto en lo inmediato, el vivir de Charles de Foucauld podr\u00eda parecer err\u00e1tico, inestable; contemplado desde el final se descubre la honda fidelidad de su obediencia. As\u00ed Mar\u00eda Rosa fue fiel a sus intuiciones m\u00e1s profundas. Conserv\u00f3 siempre la libertad de su adhesi\u00f3n a una causa. Cuando descubri\u00f3 en la Iglesia definiciones y programas que coincid\u00edan\u00a0 con su batallar ning\u00fan prejuicio le impidi\u00f3 adherir con entusiasmo a esos planteos, que consideraba nuevos y valiosos como para hacerlos suyos tambi\u00e9n. En 1967, al leer la enc\u00edclica <em>Populorum progressio<\/em>, de Pablo VI, en la que el papa exhortaba a trabajar por el desarrollo pleno de los pueblos, con entusiasmo convoc\u00f3 a un azorado grupo de amigos a celebrarlo con un buen whisky de malta que le hab\u00edan regalado.<\/p>\n<p>Etapas diferentes la condujeron a descubrir que su compromiso social pod\u00eda ser tambi\u00e9n un compromiso evang\u00e9lico. Cuando le diste de comer a un hambriento me diste de comer a m\u00ed, cuando vestiste a un desnudo me vestiste a m\u00ed, cuando le diste casa al sin techo me la diste a m\u00ed. Comprendi\u00f3 que aquello no era lirismo ret\u00f3rico sino experiencia vivida. Y as\u00ed encontr\u00f3 las ra\u00edces de todos sus empe\u00f1os. Por eso dec\u00eda que no quer\u00eda que se dijese que se hab\u00eda convertido. Recordaba alguna literatura propia de las d\u00e9cadas de los a\u00f1os veinte y treinta del siglo pasado que presentaba la conversi\u00f3n como una ruptura absoluta con la vida personal anterior. No quer\u00eda renegar de lo vivido. Lo que viv\u00eda era un regreso, un reencuentro. En la primer carta jo\u00e1nica el vidente nos dice que no podemos decir que queremos a Dios, a quien no vemos, sino queremos a nuestro pr\u00f3jimo, a quien vemos. La fe en el hombre fue camino para la fe en Dios. Y la fe se plenifica en el <em>ag\u00e1pe<\/em>, en la <em>caritas<\/em>. El querer al hombre es un atajo para querer a Dios.<\/p>\n<p>Tal ha sido el itinerario de Mar\u00eda Rosa Oliver.<\/p>\n<p>Quien la hubiese visto un anochecer del mes de mayo de 1951, durante la celebraci\u00f3n de la liturgia en una parroquia de Dock Sur, m\u00e1s all\u00e1 de la Isla Maciel,\u00a0 al final de una misi\u00f3n, alto el perfil de estirpe vasco catalana y criolla, cantando con entusiasmo los cantos populares, envuelta en un amplio abrigo, hubiera tenido quiz\u00e1 dificultad en ubicar despu\u00e9s a la misma Carmen G\u00e1ndara en un piso de la calle Posadas mientras en la penumbra del cuarto iluminado por l\u00e1mparas bajas, de pantallas de pergamino, recib\u00eda en un cocktail a unos pocos amigos y se mov\u00eda entre los convidados con una natural, acostumbrada elegancia, con el prestigio que le daban la belleza y la inteligencia.<\/p>\n<p>Ten\u00eda entonces la edad del siglo. En 1943 publica el ensayo sobre Kafka, <em>El p\u00e1jaro y la jaula, <\/em>y en 1948 su primer libro de cuentos, <em>El lugar del diablo<\/em>; en 1951 publicar\u00e1\u00a0 <em>Los espejos<\/em>, la \u00fanica novela cat\u00f3lica escrita entre nosotros, seg\u00fan opini\u00f3n del cardenal Quarracino. La tem\u00e1tica que recorre aquellas p\u00e1ginas es la contrici\u00f3n por lo cometido durante el propio vivir.<\/p>\n<p>Antes, al mediar sus a\u00f1os hab\u00eda sentido un profundo vac\u00edo, un vivo sentimiento de omisi\u00f3n, \u201cuna tristeza\u00a0 de no servir\u201d, como ella misma dec\u00eda. Nacida en una casa donde lo pol\u00edtico y lo literario poblaban las conversaciones y suscitaban el inter\u00e9s de todos, descubri\u00f3 en una tard\u00eda vocaci\u00f3n por las letras el modo de responder a aquellos anhelos. Eso signific\u00f3 para ella una verdadera conversi\u00f3n. En este trance fue estimulada de manera decisiva por Mar\u00eda de Maeztu, por entonces exiliada en Buenos Aires. Lectora voraz desde siempre, encontr\u00f3 en sus lecturas autores de los que hizo sus maestros. Uno de ellos fue Charles P\u00e9guy. Al haber frecuentado a Jos\u00e9 Ortega y Gasset, durante la permanencia del fil\u00f3sofo en Buenos Aires, con espont\u00e1nea naturalidad asumi\u00f3 su discipulado y se la puede contar entre los grandes disc\u00edpulos del maestro, Xavier Zubiri, Juli\u00e1n Mar\u00edas, Mar\u00eda Zambrano. Su palabra era socr\u00e1tica, como la de santa Teresa de \u00c1vila, como la de Cervantes, como la de Ortega, como se dio en la m\u00e1s alta tradici\u00f3n hisp\u00e1nica.<\/p>\n<p>Sus aproximaciones a la realidad, el modo de escrutarla y de decirla y luego trasponerla a un texto escrito, tienen sin duda una impronta orteguiana, pero con un acento de aqu\u00ed, surero. Pepe Bianco admiraba la \u201cfacilidad\u201d de su prosa. Esa supuesta facilidad, la di\u00e1fana claridad de lo escrito, era fruto de un largo meditar, y lo espont\u00e1neo de su decir supon\u00eda la maceraci\u00f3n contemplativa. Hubo paisajes familiares que nutrieron su capacidad de meditaci\u00f3n; la profundidad y la altura de un lago patag\u00f3nico; el abierto horizonte del pago en el que\u00a0 prefiri\u00f3 transcurrir gran parte de sus d\u00edas. El Rinc\u00f3n de L\u00f3pez, el Rinc\u00f3n de Noario y el Rinc\u00f3n de Miguens, los horizontes del Sanboromb\u00f3n y del Salado, <em>Salau<\/em>, para ella, constituyeron el paisaje con el que se identific\u00f3 y se nutri\u00f3.<\/p>\n<p>Se complac\u00eda tambi\u00e9n en caminar Buenos Aires. Ma\u00f1anera, visitaba librer\u00edas, anticuarios, galer\u00edas de arte, casas de moda. Era certera al ubicar la alta copa azul donde pondr\u00eda el contraste naranja de las cal\u00e9ndulas. Un crucifijo de tiempos coloniales, con una ancha base que soportaba la cruz, se sum\u00f3 a la casa de la calle Aguado, \u201cporque podr\u00e1 ser necesario m\u00e1s adelante\u201d. Se refer\u00eda a las misas a celebrarse en su casa cuando alguien muriese. Hab\u00eda en aquella casa varios fanales con p\u00e1jaros rioplatenses, alguna peque\u00f1a garza, tijeretas, benteveos. Y tambi\u00e9n una guala, ave acu\u00e1tica, cuya queja lastimera, en las horas de silencio, atraviesa las lejan\u00edas del Nahuel Huapi. La meseta patag\u00f3nica, la precordillera, los bosques de coihues y lengas, los nevados filos andinos, las honduras del lago, los silencios de los pobladores, estaban muy presentes en el recuerdo, en la conversaci\u00f3n y en el presente de aquella casa. Un asc\u00e9tico cuadro de Ballester Pe\u00f1a, un rancho, un geom\u00e9trico cubo, traspon\u00eda la severa soledad, en medio de los horizontes.<\/p>\n<p>Sobrina de Enrique Larreta, su educaci\u00f3n recibida de institutrices inglesas y francesas, no la apart\u00f3 de sus ra\u00edces; supo poner un acento ib\u00e9rico en el caser\u00f3n hispano criollo que levant\u00f3 en la llanura bonaerense, en el partido de la Magdalena. Al abrigo de aquellos techos se acumularon los recuerdos familiares; la fotograf\u00eda del fundador, don Ram\u00f3n Santamarina, junto con hijos, nueras, yernos y nietos, bajo una galer\u00eda ancha y espaciosa; un grabado que representaba la partida de Oribe y sus orientales. Y tambi\u00e9n los cuadros que traduc\u00edan\u00a0 preferencias: unas primerizas azoteas porte\u00f1as de Josefina Robirosa; un empastado Daneri, un bodeg\u00f3n y una ventana boquense; la picard\u00eda de un patio de morenos de Figari, porque recordaba la casa de la abuela, en el viejo barrio sur. Arboledas en torno del caser\u00f3n encalado; la calle de tilos plantados en la d\u00e9cada del veinte; los canteros de las rosas; y no demasiado apartados \u2013\u201ces un campo de trabajo\u201d dec\u00eda-\u00a0 el corral, el brete, la matera, los galpones, la casa de los peones con la secular espada\u00f1a; ese era su mundo.<\/p>\n<p>All\u00ed, en el cuarto con ventanas orientadas hacia la salida del sol, escribi\u00f3, sentada en un viejo sill\u00f3n amarillo lim\u00f3n, junto a la chimenea donde ard\u00eda un humoso fuego de talas y espinillos. La rodeaban\u00a0 destartalados\u00a0 diccionarios de sin\u00f3nimos y americanismos; el Covarrubias, el de la Real Academia Espa\u00f1ola, el Corominas, los autores preferidos, Mauriac, Sarmiento, Quevedo, san Juan de la Cruz, <em>El aleph<\/em> borgeano, Maritain, Claudel, Ortega, P\u00e9guy, Nietzsche, Kierkegaard, Unamuno, el inconcluso <em>Roca<\/em> de Lugones, <em>Birds of La Plata<\/em> de Hudson; vistas de los rascacielos neoyorquinos, recuerdo de un primer viaje, durante los \u201ctreinta\u201d; fotograf\u00edas de familia, la casa junto al lago patag\u00f3nico. Sobre la austera desnudez encalada de los muros se dibujaban las oscuras siluetas de los muebles heredados. En esos mismos muros, un rancho achaparrado en el paisaje serrano, acuarela de Enrique Larreta, una muerte de don Quijote de Torres\u00a0 Ag\u00fcero, un Marcel Proust en el acto de enarbolar su magdalena, \u00e1ngel literario pintado por Norah Borges, unas tintas de Horacio Butler, con figuras y quintas del Tigre finisecular, una bendici\u00f3n papal impartida por Pio XI, una cer\u00e1mica blanca y azul, mariana, a la manera de los Della Robbia. Un par de cueros de venado, algunas matras y el desva\u00eddo color\u00a0 de un poncho de fina urdimbre alfombraban el piso de gruesas\u00a0 tablas\u00a0 olorosas de cera. En unos cuadernos de r\u00fastica tela gris fue estampando su letra decidida y clara. Los borradores se sumaron a las largas enumeraciones de plantas, de \u00e1rboles, de cantos de p\u00e1jaros. Fue aquel su taller. All\u00ed escribi\u00f3 esa admirable eleg\u00eda sobre el campo y el tiempo, donde evoc\u00f3 una estancia de Soto Acebal y abri\u00f3 caminos hacia la esperanza y el reencuentro con la tierra y\u00a0 la memoria; a ese cuento lo llam\u00f3 \u201cLa Habitada\u201d. El patio del aljibe y los naranjos, el monte ancho y azul, la huella tendida hacia lo ilimitado, el tijeretazo del hornero, el ruido de las ruedas del sulky, el mugido orquestal de la hacienda encerrada en los corrales, fueron traspuestos a otra dimensi\u00f3n, a esa realidad diferente del cuento. \u201cLa novela es un mundo al que se entra y se transita \u2014afirmaba\u2014; el cuento, un fragmento para contemplar.\u201d<\/p>\n<p>Supo decir: \u201c\u2026la tristeza de no servir comenz\u00f3 a pesar sobre m\u00ed en un momento dado. \u00bfPara qu\u00e9 hab\u00edamos nacido sino para dar? Vivir \u2013o escribir\u2014 significa en \u00faltimo t\u00e9rmino, dar. Escribir no es, pues, para m\u00ed, un medio de expresar mi propio \u2018yo\u2019 particular. Mis diferencias, mis rasgos diferenciales no me interesan ni me importan. Me importa el gran drama del hombre, el gran drama de la mujer y la medida en que participo de ese drama. Quiero comunicar, s\u00ed, pero no quiero hacer llegar mi mon\u00f3logo sino establecer una correspondencia con las otras soledades. Crear una obra de arte es, para m\u00ed, hallar un nuevo aspecto de la verdad divina.\u201d La podemos imaginar acuclillada en un bajo asiento de osamenta y tientos, mirando las brasas que iban apag\u00e1ndose junto con el atardecer.<\/p>\n<p>Su solidaridad era pr\u00e1ctica. Puso empe\u00f1o en que se publicase la primera novela de Sara Gallardo, <em>Enero<\/em>. Contribuy\u00f3 a\u00a0 construir el colegio parroquial de San Mart\u00edn de Tours; con rigor responsable e imparcialidad notoria integr\u00f3, durante varios a\u00f1os, los jurados de los concursos de cuento y novela de Emec\u00e9 y <em>La Naci\u00f3n<\/em>; como comitente encarg\u00f3 a Juan Antonio Ballester Pe\u00f1a la v\u00eda crucis para la capilla de la Asunci\u00f3n, de Villa la Angostura. Acuciada por el deseo de ver empotradas, en los muros de piedra, las admirables placas de cer\u00e1mica, visitaba a diario la capilla y le preguntaba al chileno que picaba la piedra c\u00f3mo marchaba aquella tarea. La respuesta era: \u201c<em>Es<\/em> <em>piegra, \u00b4i\u00f1ora<\/em>\u201d. Los dibujos originales colgaron despu\u00e9s a lo largo de los muros de la galer\u00eda interior de Espada\u00f1a.<\/p>\n<p>Visitaba con frecuencia a Enrique Larreta. Una vez, el viejo escritor, le habl\u00f3 de la muerte. Para apartarlo de aquel v\u00f3rtice le dijo: \u201cEnrique, la muerte es un tema literario\u2026\u201d Sin duda lo fue para ella, como lo fueron la soledad, la omisi\u00f3n, la memoria, el amor por la tierra carnal, como hubiese dicho Charles P\u00e9guy. Se puede afirmar que la idea de la muerte, en la vida y en la obra de Carmen G\u00e1ndara, se transfigur\u00f3 en anuncio pascual.<\/p>\n<p>El suplemento literario de <em>La Naci\u00f3n<\/em> public\u00f3, en abril de 1958, un poema suyo titulado \u201cSue\u00f1o\u201d y escrito y fechado en Espada\u00f1a, el d\u00eda de Epifan\u00eda de aquel a\u00f1o:<\/p>\n<p><span> <\/span><em>Duermo.<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>Como un c\u00edrculo de luna<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>me rodea el olvido.<\/em><\/p>\n<p><em> Pero el olvido sabe que en el centro del c\u00edrculo quieto<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>esperanza y memoria construyen su invertido edificio<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>bajo las aguas prof\u00e9ticas.<\/em><\/p>\n<p><em><\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>Oh, Dios. Quiz\u00e1 no debiera\u00a0 pronunciar tu Nombre.<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>No me mires, Se\u00f1or, pero mira mi sue\u00f1o.<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>Mi sue\u00f1o es humilde, es desnudo y es pobre;<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>Tiembla en el puro temblor de Tu ausencia.<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>Dormida o despierta, so\u00f1ando, soy un r\u00edo que fluye<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>hacia el\u00a0 d\u00eda nupcial que convierta<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>el agua de mi sue\u00f1o en el vino de mi muerte.<\/em><\/p>\n<p>Hubo d\u00edas en que nos parec\u00eda sencillo y natural que las tres, Victoria, Mar\u00eda Rosa y Carmen, la Nena, compartiesen nuestro vivir cotidiano, como nos parec\u00eda natural y sencillo abrir unas p\u00e1ginas dominicales y leer, por ejemplo, \u201cL\u00edmites\u201d, de Borges:<\/p>\n<p><em>Creo en el alba o\u00edr un atareado<\/em><\/p>\n<p><em><span> <\/span>rumor de multitudes que se alejan;<\/em><\/p>\n<p><em>son lo que me ha querido y olvidado;<\/em><\/p>\n<p><em>espacio y tiempo y Borges ya me dejan<\/em>.<\/p>\n<p><span> <\/span><\/p>\n<p>La perspectiva del tiempo pasado nos da otra proporci\u00f3n y justifica nuestro asombro presente. Las tres, cada una seg\u00fan su estilo, supieron confiar en la esperanza, la esperanza paulina, que conf\u00eda en Alguien.<\/p>\n<p>1. Mar\u00eda Rosa Oliver, Eugenio Guasta; <em>Correspondencia 1960-1976<\/em>. Buenos Aires: Editorial Sur, 2011, pp.17-20.<\/p>\n<p><sup>2<\/sup> Incluido en <em>Testimonios sobre Victoria Ocampo<\/em>. Buenos Aires: La Fleur, 1962.<\/p>\n<p><sup>3<\/sup> \u201cLos <em>Testimonios<\/em> de Victoria Ocampo\u201d,\u00a0 recogido en <em>El texto y sus voces<\/em>, 2da. Ed, Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2009.<\/p>\n<p><sup>4<\/sup> \u201cL\u00edmites\u201d fue publicado por primera vez en el suplemento literario del diario <em>La Naci\u00f3n<\/em>, el 30 de marzo de 1958. Luego fue incluido en <em>El otro, el mismo<\/em> (1964).<\/p>\n<div><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Discurso completo de Eugenio Guasta en el Jockey Club sobre tres escritoras\u00a0emblem\u00e1ticas, tres mujeres excepcionales con quienes tuvo trato en torno a la\u00a0revista Sur.<\/p>\n","protected":false},"author":7,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[1045,1046,960,1047,1048,1049],"class_list":["post-8043","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-cultura","tag-carmen-gandara","tag-eugenio-guasta","tag-letras","tag-maria-rosa-oliver","tag-sur","tag-victoria-ocampo"],"acf":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p6FC4i-25J","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/8043","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/7"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=8043"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/8043\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=8043"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=8043"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.revistacriterio.com.ar\/bloginst_new\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=8043"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}