Por lo que podemos leer y observar en los medios de comunicación, los políticos argentinos, candidatos o no en las próximas elecciones, piensan que el solo cambio de gobierno implica un transformación de expectativas. Presumen que, una vez solucionados los problemas de los cuales todos somos conscientes, la senda del crecimiento económico será relativamente sencilla de alcanzar. Esta sensación se potencia cuando el actual gobierno distorsiona el funcionamiento de la economía, trasmitiendo que la catástrofe no sólo puede ser evitada, afirmando que “las aguas” están calmas. La realidad es otra. No sólo los problemas económicos internos a resolver son enormes, sino que en el contexto económico mundial es imposible que la Argentina crezca. Es fundamental que cualquier planteo de política económica contenga estos elementos, en caso contrario el resultado será frustrante.

La gran recesión
En el año 2008 la economía mundial comenzó lo que se dio en llamar “La Gran Recesión”.
Hace siete años el mundo enfrentó una crisis económica que se temió fuera tan profunda como la Gran Depresión de 1930 (que no fue tal, pero sí fue el peor conflicto financiero del que se tenga memoria). Uno de los principales acontecimientos fue la crisis inmobiliaria en los Estados Unidos ̶ la famosa burbuja ̶ que conllevó a quiebras de algunas entidades financieras (la más famosa fue Leheman Brothers); la subsistencia de algunas otras empresas, gracias a la ayuda directa del Estado, y la absorción forzada de algunas otras entidades gigantescas por otras de igual o mayor tamaño: Merrill Lynch vendida al Bank of America, por citar sólo un caso. Lo sucedido fue producto de desequilibrios ̶ macroeconómicos en los balances de pagos y en el sistema financiero- que no fueron previstos prácticamente por nadie o por muy pocos, y a los que en todo caso no se les prestó suficiente atención.

 

Quedará en la historia la pregunta de la Reina de Inglaterra Isabel II en su visita a la London School of Economics el 4 de noviembre de 2008: “¿Porque nadie lo previo?”. La respuesta llegó en junio de 2009. Luego de un forum de la Academia Británica que en esencia decía: “Grandes errores provienen de no reconocer cuan grandes eran los riesgos para el sistema como un todo”. No es, precisamente, una respuesta satisfactoria.

Para dar una idea de la magnitud de la crisis, vale la pena mencionar las caídas en el Producto Bruto Interno ̶ según datos de las Naciones Unidas ̶ de algunos países desarrollados entre el primer trimestre de 2008 y el de 2009: En Francia, 6,4%; en el Reino Unido, 7%; en los Estados Unidos, 7,1%; en Italia, 10,2 %; y en Alemania, 11,7%.
Liderados por la Reserva Federal de los Estados Unidos, los bancos centrales respondieron a la caída de la actividad económica con una baja de las tasas de interés sin precedentes. Para ejemplificar, algunas de las variaciones de las tasas de interés anuales fueron: la Reserva Federal de los Estados Unidos bajó la tasa de interés de 2,5% anual, en septiembre de 2007, al 0,25%, en diciembre de 2008, y al 0,1% en 2014. El Banco Central Europeo las bajó así: octubre 2008, 4,25%; mayo 2009, 1%; noviembre 2013, 0,25%; y junio 2014, 0,15%.

El Banco de Inglaterra: del 5,75%, en diciembre 2007, al 0,5% en mayo 2009. Recién en 2012 la actividad económica en los Estados Unidos comenzó a repuntar, cuando el PBI creció el 2,3%. En el período 2008/11 el crecimiento había sido del 0,2%. En ese mismo período los países del área del euro tuvieron una variación negativa de su PBI del 0,2%; recién se espera que en 2015 crezca el 1,5%.

La situación dio lugar a debates académicos y no académicos que aún continúan. La pregunta era: ¿la economía debería ser incentivada resucitando a Keynes o la austeridad fiscal se imponía? En la Unión Europea, que aceptó con bastante retraso la necesidad de incentivar la economía con política monetaria, la crisis está lejos de resolverse. Se ha puesto en duda la idea del euro como moneda común cuando se trata de países de estructura económica tan diversa. No están para nada claras las implicancias económicas y políticas del abandono del euro por parte de Grecia, posibilidad factible en estos días.

En el pico de la crisis, los países emergentes y en desarrollo se encontraban con economías relativamente sólidas, tanto en lo fiscal como a nivel de reservas internacionales. Esto era fruto de dos hechos: la inversión extranjera y el alza generalizada del precio de las materias primas. Las economías en desarrollo bajaron su crecimiento en el PBI del 5,6% en 2008/11, y alrededor del 4,5%, entre 2012 y 2014.

El PBI en China (el gran actor de la economía mundial en la historia reciente), creció el 9,6% anual, entre 2008/11; se espera que en 2015 y 2016 crezca alrededor del 7% por año.

Los hechos ocurridos trajeron a la discusión viejos temas económicos de política monetaria y fiscal, que lejos de estar resueltos continúan: la viabilidad de la política monetaria cuando las tasas de interés son cercanas a cero o directamente negativas, y la razonabilidad de reencauzar las economías haciendo énfasis en la necesidad de tener economías con equilibrio fiscal.

El efecto de la política monetaria o las tasas de interés cercanas a cero dio lugar a que resucitara una viaja hipótesis del economista estadounidense Alvin Hansen. En 1938 ̶ a la salida de la Gran Depresión ̶ como presidente de la Asociación Americana de Economía, Hansen ofreció un discurso en el cual planteaba que dada la desaceleración del crecimiento demográfico y del progreso tecnológico, las empresas no encontrarían razones para invertir en nuevos bienes de capital. Los hechos posteriores no le dieron la razón. En la actualidad el patrón esperado de bajo crecimiento, baja inflación y bajas tasas de interés son consistentes con la hipótesis del estancamiento. Algunos autores liderados por Larry Summers ̶ ex secretario del Tesoro en la presidencia de Clinton, y ex jefe de asesores económicos del presidente Obama ̶ retomó la idea de Hansen bajo el nombre de “Hipótesis del estancamiento secular: combinación de decrecimiento en la población, los sectores económicos líderes no son intensivos en capital, y la caída relativa de los precios de los bienes de capital implicará una caída en la inversión en capital nuevo y en una economía que crónicamente no logrará alcanzar el pleno empleo.

Quienes cuestionan esta hipótesis (B. Bernanke), sostienen: “como enseñaba Samuelson, si las tasas de interés esperadas son negativas indefinidamente, casi cualquier inversión es posible”. El debate no ha terminado, pero el estancamiento y las bajas tasas de interés, producto de la falta de incentivos a la inversión, son una realidad.

La Argentina y el mundo
La caída generalizada en el precio de las materias primas, incluyendo el petróleo, implica que hay ganadores y perdedores. Los importadores netos de materias primas ganarán y los exportadores netos perderán. La Argentina se encuentra en éste último grupo, tanto por la caída de los precios agrícolas como por la dificultad para el desarrollo de energía en yacimientos no convencionales (Vaca Muerta), en los que se habían centrado tantas expectativas. Además, Brasil, nuestro principal socio comercial, enfrenta perspectivas de bajo crecimiento, inflación y perdida en el valor de su moneda. Para que la Argentina pueda reinsertarse en esta difícil economía internacional deberá solucionar problemas que conocemos, pero sobre los que vale la pena insistir: bajar la tasa de inflación; cambiar el distorsivo sistema impositivo existente; abrir de manera racional la economía argentina al comercio exterior, desarmando el cúmulo de regulaciones y restricciones; reducir los subsidios, que a un costo fiscal insostenible implican una pésima distribución del ingreso; transporte y energía; reglas de juego claras para la inversión extranjera y las remesas de utilidades; contar con un Banco Central independiente; determinar cuál es el tipo de cambio que hace viable las economías regionales. La lista es mucho más larga y no tendría nada de novedoso presentarla.

Se dice y se repite que en el mundo hay casi una cantidad ilimitada de fondos que están buscando un destino y que la Argentina podría ser uno de ellos, pero la sola expectativa del cambio de gobierno no los atraerá y por lo tanto lejos está de ser, esta abundancia de fondos, una garantía que ayude al cambio de rumbo de la economía argentina.

No explicitar de manera clara a la población la magnitud de los temas a resolver y la situación de la economía mundial en la que estos deberán ser llevados a cabo, es una receta segura para una nueva frustración en las que el país tiene sobradas experiencia.

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