Un populista austero en México

Mientras los líderes del G20 se encontraban en la cumbre de Osaka, Japón, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador estaba en su casa planeando una reunión política para conmemorar el primer aniversario de su elección.

López Obrador obtuvo una arrolladora victoria el 1 de julio de 2018 con una agenda en la que prometía controlar la corrupción, calmar al país y quitarle los privilegios a una élite poderosa. Y no dejó de hacer campaña, aunque sigue alto en las encuestas. AMLO, que es la sigla con la que se suele nombrar al líder mexicano, se presenta distendido mientras está en campaña –mucho más de lo que se mostraba junto a los líderes del mundo. Asegura que su prioridad es es “pueblo”, castiga a los “fifí” (chetos) y “conservadores”, y deleita a las multitudes con su hablar lento y original para mostrar su determinación, como cuando usa la frase triunfal “Me canso ganso” (1).

López Obrador mencionó temas domésticos candentes para eludir el G20, a pesar de que trató de convencer a otros países de que defendieran el plan de desarrollo para América Central, que, según él, frenará la emigración. Los analistas, de todos modos, marcaron que el Presidente –quien revivió en México su conocida posición de no intervención en asuntos internacionales, muy especialmente por Venezuela– mostró muy escaso interés en el mundo más vasto. Recorre pequeños pueblos del interior y ha designado como sede de sus reuniones el histórico Zócalo – desde donde los líderes proyectaron su poder desde la época de los Aztecas–, que ejerce mayor atracción hacia su persona.

“Su mundo es México– dijo Federico Estévez, profesor de Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México–. No le interesa ninguna otra cosa”.

La victoria de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del 1 de julio de 2018 fue histórica. Ganó con el 53% de los votos, el mayor porcentaje desde 1982, cuando regía en México aún el unipartidismo. Llamó a su administración “la Cuarta Transformación” que, según él, tendrá la misma importancia que la Independencia de México, y la revolución y las leyes reformistas de Benito Juárez. Su victoria llevó a la izquierda mexicana al poder tras varios intentos, o por lo menos así suele decirse.

A pesar de que declaró “muerto” el neoliberalismo en México, abrazó la austeridad –tanto personal como gubernamental– desde que tomó el poder el 1 de diciembre de 2018. Se mueve en un Volkswagen Jetta blanco, toma vuelos comerciales y come en simples restaurantes al borde de la ruta. Pero también cortó gastos, disminuyó la burocracia y encomendó al Ejército tareas de seguridad, lo cual provoca malestar en el ámbito de la izquierda mexicana, que por largo tiempo desconfió de los militares. También se alineó con pastores evangélicos para promover una agenda moral, aun cuando el ethos político de México promovió siempre el secularismo.

“López Obrador se está mostrando cada vez más conservador en los términos clásicos. No aumenta los impuestos y no aumenta los gastos –dice Estévez–. En cuanto a inversiones del exterior, es un conservador fiscal. Además no parece gustarle la gran burocracia. Es un izquierdista populista en temas de distribución. Eso es todo. Él es ciertamente conservador en temas sociales”.

Tiene 65 años, trabaja 16 horas al día, siete días a la semana, y recorre México sin cansancio. Generalmente viaja a pequeñas ciudades los fines de semana, en donde mantiene bulliciosas reuniones –no muy distinto de lo que hace Donald Trump–. Al igual que el Presidente norteamericano, AMLO es un populista. A diferencia de él, AMLO es ampliamente popular. Las encuestas aún muestran a AMLO gozando de un rating de aprobación de más del 60% porque los fracasos de las viejas élites no se olvidan fácilmente en una población a la que se le prometieron “cambios” en sucesivos ciclos de elecciones, y quedaron amargamente decepcionadas.

“Es cuestión de quitarles las palancas del poder a quienes siempre ganaron y siempre controlaron las cosas, y siempre se aprovecharon de los demás, y asegura que esos poderes no seguirán siendo usados en contra del pueblo –dice Estévez–. Eso es lo que la gente aprecia”.

AMLO es intensamente criticado por las clases llamadas – “fifís”. Él hace cada mañana a las 7 una conferencia de prensa, todos los días, que alimenta el ciclo de noticias, algo similar a lo que hace Trump con sus tweets. Critica la cobertura de los medios que considera desfavorables, incluso reprendiendo al semanario Proceso por no alabar su Cuarta Transformación. Sus seguidores en las redes acosan a periodistas que plantean cuestiones duras. “Yo tengo otros datos”, responde a menudo cuando se dan a conocer estadísticas y encuestas oficiales.

Los analistas lo describen como un Presidente no amante de las instituciones y desconfiado de las burocracias. Es desdeñoso de un gobierno tecnocrático, a quien le achaca el “periodo neoliberal” mexicano, el tiempo en el cual México abrió su economía entrando en el North American Free Trade Agreement con los Estados Unidos y Canadá en 1994.

Además, para desdén del neoliberalismo, López Obrador impuso austeridad en las finanzas públicas de México y prometió “pobreza franciscana” tan extrema que los burócratas tienen prohibido cargar sus teléfonos celulares en oficinas públicas.

Cortó la financiación para organizaciones no gubernamentales, alegando sobornos en sus operaciones. También catalogó de “conservadoras” a organizaciones de la sociedad civil, incluso ONG que trabajan en temas de prevención del HIV y atención a migrantes. El mandatario redujo el presupuesto gubernamental, los salarios de los funcionarios y de los empleados públicos. Prometió mejorar los servicios usando los ahorros por la optimización del gobierno y la reducción de la corrupción para gastos sociales, como el sistema de salud, que prometió será igual que el de Canadá en tres años.

Muchos de los ahorros están aplicándose a Pemex, la compañía estatal del petróleo, como aconsejó el grupo de expertos Evalúa. E invirtió millones para construir canchas de baseball, a fin de promover el desarrollo del deporte que él jugaba de niño en el estado de Tabasco, en el sur.

Por otro lado, impulsó varios mega-proyectos, incluyendo ferrocarriles, por el istmo de Tehuantepec en la Península de Yucatán. Propuso construir una refinería de 8.000 millones de dólares en Tabasco, habiendo empezado la construcción antes de que los estudios sobre impacto ambiental hubiesen concluido, y las leyes hubieran sido aprobadas para prohibir protestas en la región (irónicamente, su figura se hizo pública liderando protestas contra Pemex por contaminar tierras de campesinos e indígenas). Tampoco hubo consultas con los indígenas; se reunió con algunos líderes, de todos modos, para pedir permiso a la Madre Tierra antes de empezar con el Tren Maya, que conecta la Península de Yucatán con las Ruinas de Palenque, Chiapas, en donde López Obrador posee una estancia conocida como La Chingada. “La Madre Tierra no habla” dijo el líder de EZLN, subcomandante Moisés, en comentarios publicados por el periódico Reforma.

Los megaproyectos recuerdan un tiempo anterior en México; una de las primeras medidas del actual Presidente fue cancelar la construcción de un aeropuerto para la capital del país. Los analistas dicen que se trató de un mensaje destinado a las grandes empresas: “Yo estoy en el poder”. Pero también aprobó el nuevo acuerdo USMCA –sucesor del NAFTA– y lanzó una advertencia a los inversores, “Yo voy a expropiarlos”, según Estévez.

Con todo, las sospechas de las empresas persisten. La economía sólo se expandió con un ritmo del 0,1% en la primera mitad de 2019. El ministro de Finanzas Carlos Urzúa renunció en julio y transmitió una comunicado en el que dijo: “En esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento”. Los estrechos colaboradores del Presidente, invitando a México a figuras como el argentino Axel Kicillof, sólo espantaron más los mercados.

La política del Gobierno de no emitir opiniones respecto a lo que sucede en otros países incluye a los Estados Unidos, a pesar de las amenazas de Trump. A principios de junio hizo un trato con su par norteamericano –que quiere frenar la inmigración desde México– para evitar que se apliquen aranceles a las importaciones desde México. El acuerdo salvó más de un millón de puestos de trabajo, según el mexicano– puestos de trabajo que probablemente se habrían perdido en los Estados del norte, en donde su partido, MORENA, empezó a ganar donde antes estaban sólidos bastiones del Partido Institucional Revolucionario (PRI) y del Partido de Acción Nacional (PAN).

En efecto, México está impidiendo activamente que los migrantes atraviesen el territorio nacional, aunque López Obrador haya dicho en la campaña que México no “haría el trabajo sucio” de los gobiernos extranjeros. Parte del acuerdo con Trump implica el despliegue de la Guardia Nacional, una nueva policía militarizada promovida para pacificar el país que generó consternación entre los activistas que trabajan con los migrantes, para quienes la frontera México-Estados Unidos se movió hacia el sur, hacia la frontera de México con Guatemala.

“Donald Trump se salió con la suya. Decía que México iba a pagar el muro, y el Gobierno de México aseguraba que ‘De ninguna manera’, pero lo está pagando con toda esta militarización” afirmó Diana Muñoz Alba, monja franciscana y abogada especializada en derechos humanos de Chiapas.

Varios líderes católicos han manifestado un fuerte apoyo a los migrantes en México. Pero su relación con la administración nacional parece ser buena, más que con otros presidentes desde 1992, cuando México y el Vaticano establecieron relaciones tras décadas de distanciamiento.

Los evangélicos, de todos modos, han encontrado en el Presidente a un aliado, que llegó a un acuerdo con el partido fundado por los pastores. El director de la confraternidad evangélica de México (CONFRATERNICE) dice que las Iglesias distribuirán un pequeño libro sobre moral y ciudadanía conocido como “Cartilla Moral” –escrito en la década de 1940 por Alfonso Reyes–, pero aggiornado recientemente por la administración nacional.

Con López Obrador, a diferencia de presidentes anteriores, “no hay solamente reuniones protocolares sino reuniones de trabajo en las que se nos ha invitado a colaborar con diferentes proyectos nacionales” dijo el presidente de la confraternidad, Arturo Farela, en una entrevista.

Los obispos de México se negaron a distribuir la Cartilla Moral argumentando que el Gobierno debería centrarse en establecer una norma legislativa y dejar la moral para la familia. Pero López Obrador ha prometido “moralizar la vida pública de México” y a menudo cita las Escrituras, incluso poniendo en su twitter las Bienaventuranzas. Nunca aclara si es católico, pero en junio pasado, afirmó: “Soy seguidor de Jesucristo, porque defiendo a los pobres y estoy en contra de los oprimidos. Y en esa religión no tenemos permitida la corrupción y están prohibidos los lujos y la fantochería”.

El autor es corresponsal en México para The Guardian, USA Today y Catholic News Service

Nota:

[1] “Me canso ganso” se usa ahora en México para indicar que estamos seguros de algo o que estamos seguros de lograr algo.

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