El autor pone en cuestión algunos puntos sobre ética sexual de la encíclica Humanae Vitae. Señala, por ejemplo, que el valor ético de la anticoncepción “depende de la intención y de las circunstancias del sujeto que la pone en práctica, como suele suceder con otras actividades”.

En el conflictivo y delicado espacio de la encíclica Humanae Vitae publicada por Pablo VI en 1968 no dejó de incursionar de modo oportuno el papa Benedicto XVI. Además de reconocer en ese documento una característica, que termina siendo de efecto negativo –como luego se comprobará–, el mismo pontífice adoptó una actitud divergente ante determinados casos de ética sexual. En efecto, en el ejercicio de su magisterio ordinario, los reinterpretó con una nueva tonalidad de legítima y humana comprensión, en sentido inverso de la tendencia “oficial”.
El hecho debía entenderse como un progreso positivo, aunque en sí mismo tímido y muy acotado. Sin embargo, a diferencia de los opinantes más reservados y perspicaces, desentonaron ciertas expresiones demasiado eufóricas y entusiastas de comentaristas autóctonos y foráneos, que parecían proceder de otro planeta pero no de la real situación de nuestra conflictuada Iglesia, cuyos problemas estructurales sólo obtendrán remedio mediante soluciones de fondo, sin que basten apósitos, calmantes o retoques cosméticos. Hay que llegar hasta el hueso, en muchos casos, sin componendas posibles. Es lo que el papa Francisco ya durante los primeros meses de su gobierno nos ha dado a entender, lo ha reafirmado en Evangelii Gaudium, y ahora lo está llevando a la práctica en sucesivas decisiones.
No siempre en la elección de un pontífice han confluido tantos “signos” para inducirnos a pensar que ha sonado la hora impostergable de “reparar la maltrecha Casa de Cristo”, de reformar orgánica y sistemáticamente la Obra que él fundó y que los humanos hemos alterado. Asimismo impacta fuerte en el corazón de los creyentes la disponibilidad del nuevo vicario de Cristo cuya voluntad básica –despegada de inútiles preocupaciones protocolares y de gestos de boato y dominación– únicamente aspira a consumir sus capacidades y su vida en aras de un mandato: restaurar el proyecto de Jesús en este mundo, embellecer el alma y el rostro de la Iglesia poniéndola por entero al servicio de todos los seres humanos.
Apretemos filas en torno a nuestro Pastor. Somos numerosos los cristianos y, aun los más sencillos y de elemental formación, que están por lo menos en condiciones de contribuir en dos aspectos fundamentales: el poder de la plegaria y el compromiso de mejorar la propia conducta, lo cual vale para todos. Existe también el compromiso de colaboración de quienes han sido favorecidos por una más amplia cultura religiosa. Ni hablemos de la infinidad de movimientos e instituciones católicas, de los innumerables teólogos, biblistas, historiadores (¡atención con la historia!), que tanto pueden ayudar a discernir las fuentes eclesiales primigenias y certeras de las otras: las secundarias y acomodaticias que, en gran parte, sólo sirven para desviar del recto camino.
No olvidemos que las formulaciones que constituyen el valioso “tesoro de la auténtica y genuina fe cristiana” se sujetan a pautas teológicas precisas, y que los alcances de la infalibilidad doctrinal están lógicamente acotados. Proposiciones no pertenecientes a ese seguro ámbito, por más que entre nosotros circulen bajo la denominación de “doctrina común y aceptada” o incluso “doctrina católica”, corren el riesgo de mostrarse eventualmente caducas e insostenibles. La historia eclesiástica está plagada de testimonios de esa índole. En el decurso del tiempo, posturas doctrinales, consideradas ciertas e inapelables, debieron ser desechadas por la misma Iglesia como erróneas e impropias, y no compatibles con la realidad de los hechos. Por otra parte, en el plano de la praxis eclesial, en épocas pasadas se consideró necesario imponer de forma terminante ciertas obligaciones éticas, las cuales con el correr de los siglos se han vuelto inaceptables e inviables.
Mientras no nos resguarda el “recinto de la seguridad doctrinal” –conforme a lo anteriormente señalado–, en las demás áreas del pensamiento todos están expuestos, no sólo los del llano sino también en la cima, a errores y confusiones. La buena y legítima actitud del cristiano consiste en reconocer y reparar esas falencias al amparo de la humildad y de la sinceridad.
Una frase evangélica nos habla de “aplicar el hacha a la raíz del árbol” y esto sugiere, entre tantos otros, un interrogante que viene al caso: ¿debe mantenerse como una afirmación apodíctica que “la anticoncepción es intrínsecamente mala”? De ser ello verdad, no podríamos admitir como legítimas o lícitas determinadas excepciones –aunque proviniesen de un Papa–porque estarían en pugna con el principio según el cual “el fin no justifica los medios”. Al contrario, habrá que pensar que el supuesto de la “intrínseca maldad de la anticoncepción” es un concepto absolutista que debe descartarse. La anticoncepción no es de por sí ni buena ni mala, y su valor ético depende de la intención y de las circunstancias del sujeto que la pone en práctica, como suele suceder con otras actividades.
En cuanto a la valoración moral de la sexualidad, particularmente dentro del matrimonio, parece discutible y arbitrario establecer una neta y esencial distinción entre los métodos anticonceptivos llamados naturales y los calificados de artificiales. Efectivamente, ni los “artificiales” lo son tanto, ya que responden al ingenio “natural” del hombre que adapta los elementos de la naturaleza para obtener una finalidad legítima, o para evitar un previsible daño. Ni tampoco los métodos “naturales” escapan a la sospecha de ser evasivos y calculadores e incluso psicológicamente engorrosos, complejos y poco afines al espíritu de sencillez y franqueza. No olvidemos que, de acuerdo con el plan divino, el matrimonio nos sitúa en el centro de las expresiones más entrañables y profundas del amor humano.
Si el matrimonio, además de garantizar la descendencia y la continuidad de la familia, significa la plena integración psicosomática del varón y la mujer, ¿por qué seguir complicando la vida de los consortes cristianos, tan necesitados de recíproca paz, unión y afecto, condiciones éstas que, a su vez, tanto contribuyen a la formación de los hijos y a su adecuada inserción en el entramado social? Hay un aspecto de la ética sexual conyugal que merece una particular atención y reclama imperiosamente desligarse de ciertos condicionamientos de la encíclica Humanae vitae destinados a una elite de la vida espiritual. Es al menos lo que parece desprenderse de las elogiosas palabras del mismo Benedicto XVI, para quien la encíclica “encarna la verdad ideal en esta materia, e incluso estima que ella es fascinante para las minorías que están íntimamente persuadidas”. Pero –como no podía ser de otra manera–, el mismo Papa también tiene en la mira las “masas inconmensurables” de hombres y mujeres que no viven (o, más bien, no pueden vivir) esa “moral elevada”, que se despliega por encima de la órbita del hombre corriente.
En estas últimas líneas se nos muestra al desnudo el verdadero núcleo del tema: vale decir, el legislador eclesiástico debe elaborar las reglas de conducta de los fieles basándose no precisamente en la excelencia de minorías selectas, sino en las posibilidades de los seres comunes, a los que hay que juzgar de modo humano, sin pretender tensar la cuerda más allá de lo prudente. No resulta extraño, entonces, que la Humanae vitae –como código que debía regir el recíproco comportamiento sexual de los cónyuges católicos– no haya contado mayormente con la comprensión ni el acatamiento del público fiel, a lo largo de casi cincuenta años de su existencia.
Al publicarse la encíclica (1968), y frente a la responsabilidad de aplicarla en el seno de la comunidad creyente, la tarea sacerdotal se desarrolló en un clima no del todo exento de complicaciones, equívocos y resquemores. Para los párrocos, vicarios y misioneros –especialmente los más jóvenes– este delicado y riesgoso cometido significó una labor verdaderamente desgastante. Pronto comenzó a cundir cierto pesimismo sobre el tema, y en paralelo también asomaron voces de queja no sólo de parte de los fieles sino asimismo de los sacerdotes, apoyados muchas veces por sus obispos. Los clérigos, en el desempeño de este específico ministerio –tan erizado de problemas–, a menudo recurrieron al legítimo atajo que consiste en “evitar un mal mayor”. Así se eludía la ley y se beneficiaba a los atribulados feligreses con una oportuna excepción.
Esta práctica se ha repetido y continuado a través de los años, y persiste en nuestros días –incluso con mayor frecuencia–, con el cabal conocimiento de Roma. Más aún, Benedicto XVI no vaciló, como ya lo señalamos, en admitir algunas excepciones (no precisamente las más esperadas quizá…).
Sería bien aceptada una norma cristiana de la vida sexual entre los esposos que fuera tan simple y sensata como lo necesita de urgencia el tormentoso estado actual del matrimonio y la familia. Es un punto importante que merece ser afrontado y resuelto con franqueza a la par de muchos otros, incluso tanto o más fundamentales, que desde hace siglos aquejan el auténtico espíritu evangélico y reclaman la tan anhelada reforma, a la que el papa Francisco dedica con abnegación sus nobles fuerzas.

El autor es especialista en temas religiosos

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