Pueblos en camino

El ser humano fue migrante antes que hombre. Previo a asumir la posición erecta, como homínido, conoció bosques y praderas, ríos y lagos, valles y montañas. Y después de desarrollar la agricultura, no dejó de ser migrante. Nada es para siempre. Se modifican los fenómenos naturales, las condiciones, las necesidades, y también él se ve necesitado de cambiar. Además, su intriga por lo desconocido lo lleva a explorar y ahora se lanza inclusive al espacio sideral.

En la actualidad, cargamos con fenómenos de vastas consecuencias: el cambio climático, las guerras, el hambre, la pandemia. Aunque se trata de una tragedia de envergadura colosal, de las migraciones se habla poco. Hay un silencio universal. Es incomprensible la incomprensión ante tanto dolor. Se lo ignora. Se mira para otro lado o se “cambia de canal”. “Lo lamentamos, pero les tocó lo inevitable”, es la idea que subyace. ¿Qué podemos hacer nosotros? No es posible hacernos cargo de problemas ajenos y en países extraños. Pero nos resistimos a su participación social y a su plena ciudadanía en medio de nosotros. ¿Adoptaríamos la misma nuestra actitud si se tratara de parientes o amigos?

Impresiona la dificultad para tomar conciencia de la realidad de los hechos. Acaso pueda ayudar la presentación de un minúsculo muestrario de episodios sobre el tema, al menos un bosquejo de un vasto sufrimiento.

Los conflictos internos son una de las principales causas de los movimientos migratorios masivos. Huyendo de la violencia y de los ataques armados, muchas personas desesperadas cruzan la frontera a otro país con poco más que la ropa que llevaban puesta, forzadas a dejar sus hogares en busca de una vida que pueda llamarse humana.

En 2021, sobre todo en África, un gran número de personas fue desplazada dentro de sus propias fronteras o hacia los Estados vecinos. En la República Centroafricana, las elecciones presidenciales despertaron nuevos combates. En el este de del Congo, grupos armados cometieron atrocidades, y en Burkina Faso se incrementaron los ataques violentos de los yihadistas. El resultado fue el desplazamiento de varios cientos de miles de personas.

Al mismo tiempo, los eritreos que llegaron a Etiopía huyendo de la violencia en su país, pronto quedaron atrapados en los combates de Tigray. Los campos que albergaban a miles de estos refugiados habían sido completamente arrasados y todas las instalaciones de ayuda humanitaria saqueadas y destrozadas por actos de vandalismo.

En Afganistán, la inseguridad hizo que unas 250 mil personas se vieran obligadas al éxodo, lo que elevó el número total de desplazados internos a 3,5 millones. Tras la toma de posesión talibana, la pobreza extrema y las emergencias relacionadas con el clima colocaron a ese país al borde del colapso.

Por otro lado, el mar Mediterráneo ha sido durante muchos años la ruta más frecuente de los que buscan alcanzar lo que creen un refugio seguro: Europa. Esa peligrosa travesía se volvió cada vez más fatídica y sus aguas se tornaron letales, ya que los países europeos intensificaron tanto las expulsiones como los rechazos en las fronteras terrestres y marítimas. Un total de 1.838 migrantes murieron o desaparecieron en el Mediterráneo en 2021, lo que representa cinco muertes al día y un aumento del 20 por ciento con respecto al año anterior.

Muchos migrantes también quisieron entrar a Europa a través de Libia. Su costa fue escenario de naufragios mortales, lo cual reclama la reactivación de las operaciones de búsqueda y rescate. Y los refugiados y migrantes enfrentaron un trato cada vez más duro e inhumano por parte de las operaciones selectivas de seguridad.

En septiembre de 2021 se produjo una crisis en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. La Unión Europea acusó a Bielorrusia de ayudar deliberadamente a los inmigrantes a cruzar de manera ilegal la frontera con Polonia. Miles de personas provenientes de Iraq, Afganistán y otros países intentaron cruzar esquivando los gases lacrimógenos y atravesando los alambrados. Se informó de varias muertes entre los solicitantes de asilo, y los refugiados y migrantes permanecieron varados durante semanas en condiciones cada vez más extremas.

En América, la cantidad de desplazados no tiene precedentes. Casi un millón de personas de Centroamérica han huido de sus países a causa de la violencia, las amenazas, la extorsión, el reclutamiento de las pandillas o la prostitución, la falta de oportunidades, los estragos de la pandemia y el cambio climático. México se convirtió en un país de destino, además de una nación de tránsito hacia los Estados Unidos, con un record de 116.000 solicitudes de asilo. Allí es urgente lograr una migración controlada y segura, de la que se carece. A su vez, el continuo colapso socioeconómico de Venezuela fue el origen de una de las mayores crisis de desplazamientos en el mundo y las necesidades de los refugiados y migrantes de ese país se han visto agravadas por la pandemia.

Por otro lado, se ha evidenciado la creciente importancia de la crisis climática en las migraciones. Aunque los conflictos seguirán siendo una de las principales causas de los desplazamientos, es probable que el cambio climático desempeñe un papel cada vez mayor. En la última década, las sequías e inundaciones han provocado más del doble de desplazamientos que los conflictos y la violencia. Desde 2010, han obligado a desplazarse a una media de 21,5 millones de personas al año. 

Asumiendo la realidad

Los seres humanos hemos nacido con los mismos derechos, obligaciones y dignidad, para convivir en el suelo que nos cobija. Y todos tenemos derecho a la subsistencia y al desarrollo, tanto las personas como los pueblos.

Es comprensible la inquietud y la desconfianza ante la llegada de un contingente de extranjeros. Arrastramos un miedo ancestral al extranjero. Y a veces se trata de evitar a toda costa su llegada. Todo lo que no sea nuestro nos alarma, es lo “bárbaro”, lo desconocido, lo no confiable.

Se trata de un fenómeno que atañe a la humanidad. Por lo tanto, debe ser resuelto con criterios de humanidad. Son insuficientes las fórmulas económicas, políticas, jurídicas o diplomáticas. En todo caso, pueden ser complementarias, pero la esencia de la cuestión está en que se trata de vidas humanas y frente a su dignidad, cualquier otra perspectiva se derrumba. Se cumple aquí también el axioma: “Donde surge una necesidad, brota un derecho”. Son situaciones límite de la existencia ante las cuales caduca toda ley. Se hace necesaria la actitud que menciona el texto bíblico:“Les infundiré un espíritu nuevo. Les quitaré el corazón de piedra y les pondré un corazón de carne” (Ezequiel 36, 26-28).                                                                                                    

Ningún país está solo en el mundo. Dependemos unos de otros, los individuos y las naciones. La pandemia es un ejemplo. Los cambios en tierra ajena, tarde o temprano, nos afectan. No podemos dejar pasar la afirmación taxativa del papa Francisco: “Las migraciones constituirán un elemento determinante del futuro del mundo”.

Hoy se habla de “estar abiertos al mundo”. Pero no advertimos la riqueza cultural que encierra el contacto con lo diferente. Cuánto aprendemos sobre nosotros al interactuar con otros. Y cuánto nos enriquece el conocer otras formas de vida.

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