El valor de ser sincero

“Se habla de paz al amigo y por detrás se le tiende una celada” 

Jeremías 9.7

En toda en todas las culturas y desde los tiempos más remotos de la historia, la sinceridad ha sido considerada fundamental para la convivencia, como un rasgo natural de una sana condición humana.

La palabra “sincero” proviene del latín sincerus, que significa “puro” o “sin mezcla” y con ella se quiere significar la disposición a decir la verdad, sin ocultas intenciones.

La persona sincera se muestra tal cual es, con claridad y autenticidad en la expresión de lo que piensa o siente. Lo que manifiesta lo considera verdadero y busca construir relaciones auténticas. Posee suficiente autoestima y seguridad personal y no necesita fingir para agradar y “quedar bien”. Sabe asumir la responsabilidad de sus palabras, así como aceptar sus errores. Y posee la virtud de generar confianza en su entorno.                                                                                                                                                   

La sinceridad, la honestidad y la franqueza son conceptos con significaciones afines. La honestidad es una actitud moral de actuar con rectitud: se basa en buscar lo justo y correcto, en palabras y en acciones. Mientas que la honestidad se refiere a la integridad personal, la sinceridad atiende a la veracidad de la expresión. 

A su vez, la franqueza es la forma de comunicación directa y sin filtros ni rodeos, por lo cual muchas veces si el que habla no se pone en la situación del otro, resulta áspera o hiriente. La franqueza sin empatía fácilmente destruye vínculos.  La sinceridad, en cambio, busca la verdad pero siempre mantiene la forma adecuada. Pero, manejada adecuadamente, la franqueza tiene su aspecto muy valioso, afín a la sinceridad: el respeto por la verdad, fundamento de toda relación auténtica.

En el lenguaje diario decimos que “ser sincero es decir la verdad”.  Pero se puede decir la verdad y no ser honesto en la intención. Por ejemplo, es posible que diga: “Lo corrijo para que mejore la calidad de su trabajo”, cuando en realidad el principal motivo es que el otro me resulta antipático.                                   

La comunicación humana supone respeto por los demás. Por eso, en la convivencia cotidiana existen normas sociales que orientan qué decir, cómo decirlo y en qué momento. No siempre es apropiado expresar la verdad sin considerar el contexto. Los niños suelen ser muy sinceros porque aún no dominan las normas sociales y expresan lo que piensan sin saber que no todo lo que se piensa debe decirse en voz alta. Pero como las palabras pueden herir o agraviar, es propio de personas maduras pensar antes de hablar. Siempre es posible el respeto, la prudencia y la forma amable.

La sinceridad de corazón

En la sinceridad podemos distinguir dos componentes: lo que la persona dice y la intención con que lo dice. Y aquí entra a jugar un elemento esencial de la comunicación humana: la seguridad de que la intención de quien se expresa es la que se supone. Tenemos confianza cuando contamos con signos claros de que la honestidad respalda la conducta del que habla. 

En consecuencia, la sinceridad genuina es la sinceridad de corazón, la coherencia auténtica entre la motivación interior y la expresión exterior. No se trata sólo de “decir la verdad”, sino de integrar la intención y la manifestación, ser leales más allá de las palabras. Ser claro por dentro y sencillo y natural por fuera. Ser honesto consigo mismo y con los demás.                                                                                 

La sinceridad de corazón es el fundamento de los vínculos humanos genuinos. Fomenta la confianza y fortalece la sintonía emocional y el respeto mutuo. La sinceridad genera confianza y, a su vez, cuando hay confianza es fácil ser sincero.                                                                                                                            

Sin confianza se hace imposible la vida social. Cuando falta, la convivencia se convierte en un torbellino de desencuentros y complicaciones psicológicas insostenible.

En toda nuestra tradición judeocristiana se le da especial importancia al concepto de que “Dios valora el corazón sincero y no las apariencias”, la verdad interna sobre los rituales externos. Para poder hablar sinceramente, el corazón debe estar libre de resentimientos y estados emocionales que perturban la paz. 

La mentira y el engaño

En el lenguaje habitual, entendemos por «mentir» expresar algo opuesto a la verdad o inducir a error. No se trata sólo de que lo dicho sea falso, sino que el que habla sea consciente de que su declaración no coincide con lo que él sabe internamente. 

La mentira y el engaño suelen ser socios: mientras que la mentira es verbal y deliberada, el engaño puede no ser verbal, con gestos que tergiversan la información para que el otro llegue a una conclusión errónea. Por ejemplo, cuando un vendedor de aparatos electrónicos le dice a un amigo: “Te lo estoy vendiendo bastante más barato que el precio en el mercado”, mientras la realidad es que él sabe que mañana entrará un producto que al actual lo convertirá de inmediato en obsoleto.

No deja de ser significativo que, en la alegoría del Paraíso terrenal, el tema central de la primera situación de la historia humana sea el del engaño. La serpiente aparece como el modelo de la seducción perversa. Deseando en apariencia el bien de Adán y Eva, con sutileza va acercando una oferta tentadora casi imposible de desdeñar: “Seréis como dioses”. 

Las personas que mienten habitualmente tienen en la base de su comportamiento una inseguridad que las lleva a ocultar su forma de ser frente a los otros. A causa de sentimientos encubiertos de timidez, miedo o culpa, sienten que sus habilidades sociales son escasas y no saben cómo actuar. No pueden manifestarse en forma libe y directa, pierden sinceridad y naturalidad, coartan la comunicación de sus pensamientos y restringen su expresividad. 

En otros casos, recurren a la mentira por miedo al conflicto. Creen que, no diciendo con claridad cómo son las cosas, se evitan los problemas. Pero la experiencia demuestra que así se empeoran las situaciones. Los conflictos están para enfrenarlos y superarlos, no para evadirlos. Y está la “conducta del avestruz”, cuando la persona “ignora” alguna información negativa que le provoca estrés. En vez de enfrentarlo, hace como que el problema no existe, esperando que se resuelva solo. Claro que, por eludirlo, el problema no desaparece.

Por otro lado, vale la pena tener en cuenta que, si tomamos conciencia de estos enredos psicológicos, es más fácil superarlos. Cuanto más ejercitamos la comunicación abierta, menos poder tienen las inhibiciones sobre nosotros. 

Las personalidades propensas a la mentira como mecanismo sistemático, en la situación cara a cara nos muestran una sonrisa y por la espalda nos critican. Demasiado centradas en sí mismas, tienen una tendencia a mostrarse superiores y no reconocen sus errores, sino que hacen responsables a los otros. Además, no cumplen sus promesas.

Pero el personaje que nos parece más detestable es el que llamamos el “desentendido”. Cuando una situación exige esfuerzo o se hace complicada, él tiene la habilidad de enterarse siempre tarde.  Y si se requiere compromiso, siempre encuentra pretextos para excusarse, desentenderse de la situación y estar en otra cosa. Aparece en los buenos momentos, pero en los malos desaparece. 

La cuestión fundamental es saber que la falta de sinceridad siempre tiene su raíz en la cobardía: un disimulado miedo a la verdad. Por eso se considera a la sinceridad, y con acierto, un acto de valentía que fortalece la confianza.

El mentirse a sí mismo 

Una de las cuestiones más desconcertantes de la condición humana es tener la capacidad de mentirse a uno mismo. El autoengaño es una de las grandes trampas de la mente. Se trata de un mecanismo de defensa mediante el cual nos convencemos de una creencia falsa, para evitar enfrentar una realidad que nos resulta incómoda. Habitualmente se utiliza el autoengaño para mantener ilusiones, evitar frustraciones o preservar la autoimagen.                                                                                                         

Aunque nos puede ofrecer cierto falso alivio temporario, es un recurso que distorsiona la percepción de la realidad e impide el crecimiento personal.

A diferencia de la mentira, en el autoengaño no hay un pleno darse cuenta. Con él, se trata de eludir el enfrentamiento de alguna responsabilidad, culpa o miedo. Por ejemplo: restar importancia a un fracaso matrimonial. O atender sólo a la información que favorece nuestro criterio equivocado. O tratar de justificar nuestro punto de vista con razonamientos rebuscados, aunque haya evidencia en contra. O ignorar la importancia de un diagnóstico médico.

Aunque a veces se requiere coraje para enfrentar la verdad, superar el mentirse a sí mismo aumenta el autoconocimiento, capacita para poder cuestionar las propias verdades y aceptar la realidad tal como es.

A causa de su sutileza, el engañarse a sí mismo es sumamente frecuente y se infiltra de continuo en nuestra vida diaria. Por eso, no es de extrañar que todo el trabajo de la terapia psicoanalítica consista en tomar conciencia, en darnos cuenta de nuestros autoengaños inconscientes.

La desconfianza nuestra de cada día

En los vínculos interpersonales de la vida cotidiana se ha perdido el aprecio por la sinceridad. 

En una personalidad con un carácter normal, sinceridad, sencillez y naturalidad suelen ir juntas. Pero su hallazgo hoy se ha hecho muy poco frecuente. El que lo encuentre, dio con una perla preciosa. Porque en la vida diaria, el respeto por la verdad ya no existe.

No hablamos de “la Verdad” como un concepto abstracto propio de teóricos o idealistas, que se declara con altisonancia y goza de muy poco interés en la vida de todos los días. Hablamos de realismo y objetividad, de la simple verdad de ver las cosas como son.

Predomina la desconfianza, la distancia afectiva y la despreocupación por los otros. Cada uno está en lo suyo, en el individualismo de una vida opaca. Por el encierro del aislamiento emocional, la existencia ha perdido brillo y vivacidad.  Y aumenta el mentirse a sí mismo. 

Los horrores de los conflictos bélicos que estamos viviendo han incrementado al máximo la inseguridad. Cientos de millones de personas están sometidas al peligro de que sus existencias dependan de la decisión de una persona. Por lo tanto, en una situación como la actual, es lógico que la confianza entre los hombres se derrumbe. En este clima deshumanizado se hace muy difícil dar por supuesto que el otro sea sincero y confiable.

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?