Calvez: No me parece adecuado hablar de alternativas globales ante el neoliberalismo porque no creo que haya una única política económica neoliberal. En general se lo presenta como un bloque en el que todas las piezas están bien encastradas. Pero no responde a la realidad. Sí existen propuestas neoliberales de tipo doctrinal -Hayek, por ejemplo-, pero encuentran un reflejo muy parcial en la realidad. Más apropiado es hablar de políticas económicas liberales. Esto empezó con Thatcher, Reagan, Giscard, a fines de los ’70 y principios de los ’80. Se difundió en América Latina, donde habría que nombrar a Martínez de Hoz, Pinochet, los economistas de Chicago. Tras la caída del comunismo llegó a Europa oriental. No creo que sea una tarea útil encarar la búsqueda de una alternativa global a este tipo de políticas. Pero deseo destacar algunos temas que, para compensar los efectos nocivos de esas políticas, necesariamente cobrarán importancia.

 

En primer lugar, la solidaridad. Más solidaridad como objetivo mismo de la organización económica; no el objetivo único pero sí fundamental y absolutamente necesario. Es preciso institucionalizar la solidaridad.

 

El segundo aspecto: hemos vivido una extensión del comercio internacional, de las finanzas internacionales sin ningún control, ninguna regulación. Se advierte la falta de organizaciones y autoridades de nivel internacional. Este será un problema del porvenir: institucionalizar suficientemente la regulación de los intercambios comerciales y financieros internacionales. Tarea difícil pero ineludible, porque sin ella el escenario previsible es la jungla.

 

Más solidaridad, más internacionalidad. Un problema particular que todo esto trae aparejado es que para el gasto público de nivel nacional o internacional se requieren impuestos. Hoy los impuestos recaen sobre el trabajo porque nadie se atreve a fijar un impuesto sobre el capital. Los capitales huyen ahora mucho más que antes. Ahora huyen legalmente además de ilegalmente. Si no existe un modo de “atraparlos” en otro nivel, no hay recaudación suficiente; porque si, en un momento de alta desocupación, sólo se cuenta con un impuesto en proporción al trabajo, ése será muy insuficiente, también desde el punto de vista moral, porque hoy las ganancias del capital son enormes y esto acaba finalmente en determinadas manos. Si por un lado se trata de mantener bajo el costo del trabajo y por otro no se mantiene bajo el costo del capital, es preciso buscar modos de tasar al capital, a través de las operaciones que se hacen en los mercados, en las bolsas, etc. Pero esto no se conseguirá sin acuerdos internacionales eficaces, cierto control a través de organismos como la Organización Internacional del Comercio u otros. Hay que delegar competencias en tales órdenes. Esto es la internacionalidad.

 

El tercer punto que quiero destacar es que, dentro del marco general de las consecuencias de las políticas actuales, es evidente que hay problemas de ingreso, de pobreza, de nivel de vida y en gran medida de desempleo. El trabajo se desplaza desde el viejo sector industrial agrícola, desde la producción material hacia los sectores donde predomina la relación interpersonal, mucho menos automatizables, como educación, cultura en general, salud, ayuda a personas discapacitadas, etc. Este proceso es hoy más evidente en Estados Unidos que en Europa, porque los europeos con la política de salario mínimo, en cierto sentido frenan esta evolución; con buenas razones, pero la frenan. Esta evolución bastante probable en unos decenios, con ritmo desigual según los países, abrirá un espacio para las cooperativas, las pequeñas y medianas empresas, porque se trata de actividades que requieren poco capital en relación con la producción material. De manera que se dará -y habrá que fomentar- una iniciativa muy descentralizada. Seguirá habiendo algunas grandes empresas para ciertos sectores de producción material, pero ya hay una tendencia a la disminución del tamaño de las empresas y creo que la evolución del trabajo va a ofrecer soluciones. No se trata exactamente de una alternativa global de organización económica, pero sí de algunos acentos que tendrán que ser señalados en un porvenir no muy lejano.

 

Floria: Estaba pensando en la primera expresión, en cuanto a la inconveniencia de cristalizar la discusión -en este caso económica- en torno de las expresiones “modelo” o, en el caso francés, “pensamiento único”, que, por lo que interpreto, para el lector argentino o latinoamericano son casi equivalentes. Coincido en que no hay tal modelo en el sentido integral de la expresión. Los economistas más prudentes e ilustrados lo saben. Hay alternativas para discutir y correcciones que hacer dentro de las tendencias dominantes. Acepto que hay tendencias, principios y escuelas de pensamiento económico predominantes. Es en este sentido que se puede hablar de un predominio del neoliberalismo económico. Cuando se habla de este predominio y se acude a la expresión “modelo”, lo que termina por ocurrir es esa cristalización que mencionamos, es decir, la proyección a la dimensión económica de las maneras de pensar y de concebir otras dimensiones que en el pasado condujeron a los totalitarismos. Porque se puede hacer una analogía entre lo que se llama ‘pensamiento único’ y ‘partido único’. En este caso, se diría que este es el partido único de la economía y, en el fondo, lo que se hace es expresar la posibilidad de que exista una suerte de pensamiento totalitario o totalizante en la dimensión económica. Más bien yo recuperaría en esta situación una expresión que asocio con la literatura económica italiana, cuando distingue entre liberalismo y liberismo. Liberista es aquel que piensa la realidad sólo dentro de la dimensión económica y con desaprensión e, incluso, deliberada ignorancia de las otras dimensiones; es decir, no hay un pensamiento de síntesis ni de acompañamiento de las otras dimensiones de la realidad, sino que ésta se ve a través del prisma económico y sólo desde él. Es el caso de los liberales argentinos contemporáneos: fueron demasiado liberistas y esto muchas veces esterilizó la discusión. En el fondo, no hubo debate en economía. Sólo propuestas en las cuales, en lugar de debatirse a partir de experiencias concretas comparadas, se apeló al discurso de una autoridad magistral de algún economista ilustrado considerado el representante de la llamada escuela neoliberal.

 

Calvez: En estos días aquí lo he advertido. Cuando uno comienza a plantear ciertas preguntas, surge el “Pero usted, entonces, ¿quiere un totalitarismo soviético?” No, quiero debatir el valor de algunas propuestas y nada más.

 

Floria: Es una reacción muy simplificadora: no se quiere discutir. Y el empleo de estas palabras simbólicas y demoledoras, con gran carga histórica, es lo que termina por neutralizar las posibilidades de discusión. Si contra algo hay que luchar es contra esta tendencia a la simplificación y seguir hablando del modelo. Me parece interesante recorrer también el tema en las experiencias recientes. Por ejemplo, el surgimiento de Tony Blair en Inglaterra y la propuesta de un laborismo conducido por un hombre que no encarna un liderazgo de ruptura revolucionaria. Se trata de un innovador más que de un revolucionario, pero supo darle al laborismo inglés la capacidad de presentarse como alternativa sorteando esta pugna contra el modelo; asume la experiencia inglesa, donde el thatcherismo significó una ruptura muy importante, con efectos malignos y benignos -como se sabe- pero no puede ser ignorado, porque ello sería hacer un mal diagnóstico del proceso contemporáneo. Lo que logra Tony Blair no es aparecer como la alternativa sino como otra posibilidad entre tantas que podrían discutirse y, de esa manera, flexibilizar el debate y la articulación de políticas públicas. Porque la esterilización se produce cuando en el fondo uno evoca la necesidad de una alternativa que sea otro modelo. Con lo cual lo que realmente se propone es otro modelo, otra alternativa, otro pensamiento único de signo contrario. En general esto lleva a la ideologización total de la economía, y de la realidad. El ejemplo de Blair es muy atractivo: es un líder carismático que renueva al laborismo; no le quita la condición de partido al cual se le reconoce una cierta sensibilidad hacia la gente, hacia el hombre concreto.

 

Cuidar a la gente, darle participación, ayudarla. Esto comienza a rozar con lo político. La forma en que se ha planteado el debate económico, ha cubierto otras dimensiones de la realidad sin que nos demos cuenta, desplazando lo político en lo que tiene de propio. Tony Blair trata de recuperar lo político y poner lo económico en la dimensión correspondiente: la última decisión sigue siendo política y él le da un contenido más social a su gobierno. Es la dimensión que en la Argentina se trae a colación enseguida cuando se hace la crítica al “modelo”, que carece de sensibilidad social. Esta parte del debate no es nueva entre nosotros. En el siglo pasado el liberalismo se transforma en una ideología dominante que se presenta casi sin competidor -en realidad lo tenía: era el socialismo, con fuerza y militante-. Los liberales, que no aceptaban a los socialistas como adversarios, o sólo los admitían como adversarios vencidos, verán la aparición del llamado liberalismo reformista. Ello trajo consigo muchas de las conquistas que después se llamarían formas de solución de la llamada cuestión social. Por ejemplo, el autor del código de trabajo en la Argentina fue un liberal, o por lo menos salido del riñón del liberalismo. Carlos Pellegrini, uno de los políticos más prestigiosos de la época, que venía del mundo liberal conservador, se transforma en una suerte de avanzado del industrialismo proteccionista en la Argentina del momento; y el debate se torna complejo, tanto que el líder socialista de entonces, Juan B. Justo, publica un libro llamado La moneda, que creo podría suscribir cualquier liberal económico actual. Lo que quiero decir, más allá de quién tuviera razón, es que empieza a ocurrir que frente a la excesiva dogmatización de un liberalismo militante y dominante, en el siglo XIX, aparece incluso dentro del liberalismo un rechazo a esa dogmatización y por lo tanto un debate mucho más complejo. Creo que esto es lo que se va a tener que plantear ahora, el no ceder a la tentación del modelo, ni del pensamiento único, ni de esa especie de concesión a una suerte de despotismo ilustrado por el cual rige la autoridad magistral.

 

Calvez: Usted lo ha subrayado en el caso de Blair, pero ése es el mismo tipo de reacción a las políticas anteriores que se advierte en toda Europa. Reacción moderada porque precisamente no se trata de oponer una solución con otro nombre. Se trata de decir que los problemas son más complejos, tienen varios aspectos, se pueden ver desde distintos puntos de vista, no hay que simplificar. Se suma también otro aspecto: en Francia, particularmente, las últimas elecciones han sido una reacción a lo que se llamaba ‘la arrogancia’, pero precisamente ésta va junto con cierto pensamiento único, con cierta voluntad de saberlo todo, de tenerlo bien armado en un modelo -palabra que no se ha empleado en Francia-. La reacción tiene que ver con el contenido de políticas, se busca un contenido más complejo, más completo. Esto remite a la idea de la política. Un problema que está empezando a manifestarse es que la política democrática representativa es muy primitiva. Estos sistemas en los que la participación del ciudadano queda reducida a poner la boleta en la urna cada cuatro años…. Después podrá escribir a un diario, mandar una carta a algún diputado y basta. Realmente la distancia que esto crea entre los políticos y la gente en general es cada vez mayor. En tiempos en los que no había televisión se realizaban al menos algunas reuniones políticas en las pequeñas ciudades. Hoy esto no existe. Además, en los últimos cincuenta años la población ha pasado de una cultura de educación primaria, en el mejor de los casos, a una secundaria generalizada. Una población mucho más preparada, capaz de entender, al igual que los diputados y la inmensa mayoría de los políticos, todos los problemas que se discuten. El aspecto representativo se torna menos eficaz que antes. Necesitamos reinventar modos de participación mucho más descentralizados en los que idealmente, con pequeños grupos de deliberación, casi toda la gente pueda participar en las grandes cuestiones que se plantean. Los resultados de las discusiones se recogen hoy fácilmente a través de los recursos informáticos disponibles y pueden llegar a los que tienen la decisión final: legisladores, poder ejecutivo. Es preciso reformar profundamente la democracia representativa. Aclaro, para ser bien entendido, que no se trata de hacer referéndums, porque tampoco hay mucha deliberación en esto, además pueden ser manipuladores (basta poner dos preguntas en una). Pienso en la deliberación multiplicada. Los sondeos, dicen algunos; pero en éstos no hay deliberación, no se intercambian argumentos, son más bien dañinos para la democracia. Los sondeos perderían su importancia si se llegara a otro modo de constante presentación del resultado de la deliberación descentralizada a quienes actúan en el nivel de las decisiones. Hay que buscar otros caminos. Habrá que institucionalizar esto. En la actualidad se plantean problemas muchas veces delicados, que bordean fácilmente la ética, la conciencia. Habrá, pues, mucha demanda de política pero no se podrá satisfacer sino en forma nueva.

 

Floria: Acabo de leer un libro de Jean-Marie Domenach -Regarder la France. Essai sur le malaise français-. A propósito de la democracia, me llamaron la atención algunas afirmaciones que creo son buenas lecciones para repensar la Argentina. El autor se pregunta si a los franceses les interesa realmente la democracia, y dice que no, que a los franceses realmente no les ha interesado nunca; sí, en cambio, la república, sobre todo el gran símbolo revolucionario y su identificación de república laica como el gran encuentro ciudadano y la recuperación de la ciudadanía. ¿A los argentinos no nos pasa lo mismo? Hablamos mucho de democracia, pero ¿cuán demócratas somos? En lo social, la sociedad argentina es democrática, tiene un trato que tiende a la igualdad, incluso las viejas aristocracias eran más bien igualitarias. ¿Pero qué nos ha pasado? Se ha escrito y muy bien -un colaborador nuestro lo ha hecho excelentemente- sobre la tradición republicana, pero ¿qué sucede con nuestra tradición democrática? Con Domenach me preguntaría si nosotros somos tan demócratas, políticamente hablando. La tradición democrática en la Argentina es frágil, y parte de esa fragilidad se debe al cultivo de un poder activo -en palabras de Bertrand de Jouvenel- más que ejecutivo. Poder activo, porque en el fondo es el poder ejecutivo el que actúa y muy poco lo que controla el Legislativo. Y en el caso argentino muchísimo menos el Judicial.

 

El tema de la república en la Argentina, pues, sigue importando, porque en ella el contenido de la fórmula política es la división de los poderes y la compensación de los poderes. El gran aporte de la república sigue siendo cómo se limita el poder absoluto; es la respuesta liberal por excelencia en ese aspecto. En el tema de la democracia, estoy de acuerdo con Ud. en la necesidad de repensarla, porque ella supone participación y lo que viene ocurriendo hace mucho tiempo -advierto que en Francia el debate también pasa por ese lado- es que así como hablábamos en la economía de discurso magistral más que de debate, lo que acá hay es autoridad vertical más que comunicación horizontal. Entonces, la concepción vertical del poder pasa a ser la única dimensión del poder y no se cruza con la horizontal, que es lo que hace que una cultura política sea democrática. La Argentina de los caudillos o la Latinoamérica de los caudillos es la expresión del poder vertical; y ese poder vertical, cuando el caudillo carismático adhiere a valores encarecidos por la sociedad, puede ser muy dinamizador. Si el caudillo carismático adhiere a valores perversos, a disvalores, lo que hace es pervertir al pueblo. Hay un capítulo muy antipático pero muy sabio de Maquiavelo donde no sólo habla de la corrupción del príncipe sino también de la corrupción del pueblo. Esto, en expresión actual, se encuentra en el trabajo formidable de Robert Putnam sobre cómo trabaja la democracia italiana, una investigación de una década sobre la reforma política italiana. Lo que uno comprueba es que llega lo obvio. Y lo obvio es que en aquellos lugares donde el poder en la cultura política italiana desde siglos fue no sólo vertical sino sobre todo horizontal, como en las ciudades del norte de Italia, existe hoy una cultura política e institucional mucho más elaborada y naturalmente una economía mucho más elaborada…

 

Calvez: Iniciativa, debate, participación …

 

Floria: Forma comunitaria del poder, cosa que en el paradigmático sur es Sicilia, y el Padrino. La cultura del Padrino, la mafia, tiene un contenido que se corresponde mucho con una cultura política degradada y donde lo vertical es todo. Donde el libro de Lampedusa es una expresión admirable. Creo que en la política latinoamericana tenemos una vertiente siciliana muy fuerte. Por un lado, una apetencia por traducir en política ese trato democrático de la sociedad; y esa apetencia exhibe sucesivos fracasos, que en los momentos más dramáticos y trágicos terminan en dictaduras civiles o militares, pero donde incluso muchos de los contestatarios de esas dictaduras no tienen fórmulas políticas democráticas para proponer. Más bien, nunca se termina de descubrir cuál es la fórmula política que proponen, siempre es en nombre de una Revolución, pero ocurre que detrás de esta expresión, que evoca un romanticismo atractivo y militante, sigue abierta la incógnita de cuál es ese régimen. Y uno sospecha que -sobre todo por el origen de las élites revolucionarias, no tanto el de sus seguidores-, es muy probablemente otra dictadura. No se trata de la teoría de los dos demonios, sino una comprobación objetiva. En la investigación histórica en la Argentina he tratado de descubrir cuál es la fórmula política que estaba detrás, por ejemplo, de la revolución montonera: en los seguidores había una situación revolucionaria noble, en las élites había biografías que venían del fascismo o venían de formas fascistas del nacionalismo católico en algunos casos o del nacionalismo marxista en otros, pero si uno trataba de explorar la fórmula terminaba en ejemplos que parecían de ruptura y que terminaban cayendo en los mismos vicios de una antidemocratización.

 

Calvez: Lo que Ud. comentó respecto del libro de Domenach me gustó mucho. ¿Qué quiere decir que los franceses no sean democráticos? Quiere decir que están siempre buscando obtener -no digo tomar- el poder, a través de elecciones para imponer su punto de vista. La idea de que el que gana tiene razón, subyace en la dinámica de muchas acciones políticas. Esto quiere decir que no tienen tanto interés en respetar los puntos de vista de los demás. Y la democracia debe ser más bien pluralismo respecto de los distintos puntos de vista, aceptación de las minorías y búsqueda del mejor acuerdo práctico posible para tomar en cuenta las distintas opiniones -y en ciertos problemas es una cosa muy delicada, casi de conciencia-. El otro aspecto, el del igualitarismo social proviene de la idea social del siglo pasado. En este sentido en Francia hubo dos revoluciones. Primero la revolución liberal, la gran revolución de 1789 y luego la de 1848, llamada revolución social. La idea de igualdad social tuvo en ellas un papel central, pero fracasó. Para los franceses la democracia comprende la idea de igualdad, pero lo que no parecen entender es que también implica la búsqueda de procedimientos para respetar a todos en su particularidad. Los franceses, con bastante de Rousseau en su cabeza y con la práctica de las primeras repúblicas, y de la tercera muy especialmente, buscan que cada uno abandone sus particularidades y se despoje de sus pasiones, que no haya asociación particular al lado de la asociación grande que es la nación, para que resulte la voluntad general, que es la razón, finalmente común a todos, universal… Y esto es la república o la nación, en palabras de Rousseau. Este es el anhelo de muchos, especialmente de los que se dicen republicanos. A los franceses les cuesta aceptar algo más modesto, más imperfecto como la democracia pluralista, la aceptación de un poco de todo. Aceptarlo es aceptar que la política está en el ámbito de la praxis -una convivencia práctica- y no de la razón filosófica, ni de la verdad teórica. Pero creo que la aceptación crece, ya no estamos en tiempos de la III República, la experiencia francesa que más ha bloqueado el desarrollo de la democracia, ese deseo de unidad total que inspira al laicismo en buena parte, la escuela laica, nada de religión…

 

Floria: Domenach me pareció muy inspirador. Creo que lo que se está planteando con la democracia, es lo que ocurre en los momentos históricos donde hay una idea dominante -y en el plano de lo político la idea democrática es dominante-, es que al cabo de cierto tiempo la pregunta que sigue es ¿para qué? Lo que empieza a plantearse desde el hombre concreto es para qué. Hoy la democracia tiene esta demanda. Hay una primera respuesta: democracia es una regla de juego y, en cuanto tal, el ¿para qué es? termina siendo un régimen que permita un encuentro civilizado de perspectivas, mentalidades, propuestas diferentes. Un “ambiente” civilizado y común. Pero a partir de la regla de juego se abre el debate de en qué medida la democracia es indiferente a los valores que predominan o se están proponiendo en una sociedad, o si la democracia debe asociar a la idea misma ciertos valores que van más allá de las reglas de juego, sin prescindir de ellas.

 

Calvez: También compatibilizando… A veces veo que en las discusiones en torno de la democracia se establece una oposición entre regla de juego, procedimiento, y valores, verdad, como dice Juan Pablo II en sus últimas encíclicas, en las que vuelve sobre esto: si la democracia es puramente procedural, ¿dónde queda la verdad? Hay una verdad en la misma regla de juego; es un reconocimiento mutuo, en cierto sentido. Hay que profundizarlo para resaltar la expresión concreta de los valores que están detrás y que tienen manifestaciones diversas según las sociedades. No se trata de valores o verdades metafísicas, sino de aspectos más concretos, pero que también encarnan valores. En algunos ambientes a menudo existe mucha oposición a esta idea de democracia-regla de juego, porque la ven como una relativización absoluta. No me parece que sea así, o por lo menos no necesariamente, y creo que es peligroso, en el pensamiento católico, oponerse demasiado directamente al llamado proceduralismo, porque tiene su valor en las sociedades complejas donde no existe unanimidad en las opiniones. Quizá haya habido en la historia sociedades con mayor unidad inmediata de valores, pero en contextos más autoritarios. No es indiferente que en las constituciones democráticas haya también declaraciones de derechos humanos que requieren interpretación, que no son absolutamente obvios, pero por lo menos constituyen un cierto sistema de valores que se presenta para todos y raramente se discute en su esencia. Finalmente, hay bastante en común.

 

Floria: Esta apreciación es muy importante, porque las reglas de juego evocan valores, no es algo indiferente. Y la demostración más sencilla es pensar qué ocurriría si las reglas de juego fueran autocráticas o dictatoriales o totalitarias. Esta dialéctica entre democracia procedural y democracia valorativa esencial es, de nuevo, simplificar el debate, darle a lo político una dimensión que va más allá de la que realmente tiene como tal. Y de lo que se trata es de repensar el Estado, ya no tanto desde la categoría de Estado mínimo o máximo. Ud. hablaba del Estado modesto, yo hablaría del Estado discreto; no una ausencia del Estado, porque tiene roles muy importantes, algunos clásicos y otros nuevos.

 

Calvez: El nivel más internacional, la autoridad política.

 

Floria: Exactamente, una internacionalización del Estado, sin perder el carácter de tal. Estamos ante un fenómeno tan nuevo y en desarrollo que hay que repensar el Estado democrático en sí mismo. El ingrediente que me estaba olvidando con respecto a Tony Blair, es la palabra anglosajona compassion. Quizá para nosotros su traducción no tiene el mismo significado, pero es muy próximo. Es preciso agregar compassion a la política.

 

Calvez: Es una dimensión afectiva, tiene relación con el cuidado, no se refiere solamente al proceso sino también a los instrumentos materiales y a la persona. Y creo que hay algo de esto en la preocupación de Tony Blair, es una palabra interesante.

 

Floria: En el fondo es recuperar una vieja fórmula de la política: es razón y tripa, es razón y corazón. El hombre hoy no sólo está pidiendo razones sino también razones de corazón.

 

Calvez: ¿Y cómo la Iglesia vive estas cosas? Sería importante que la Iglesia se expresara de nuevo sobre estas nuevas formas de política y de democracia. Significaría sistematizar de nuevo un pensamiento democrático más allá de Juan XXIII o Pío XII. Pío XII tenía una concepción más defensiva de la democracia. Decía: la democracia sirve para garantizar que el pueblo nunca sea completamente aplastado por el poder central; si el pueblo tiene voz, en cierto sentido, ya no habrá dictaduras. Esto es un mínimo. Pero después ha habido mucha adhesión a la idea de participación, sobre todo en los años 60, Juan XXIII, el Concilio.

Me gustaría que hoy la Iglesia volviera sobre el problema de las formas mismas: ¿la representativa tradicional, basta o no basta? ¿qué hay que hacer? El sistema mayoritario ciertamente es necesario para muchas cosas pero a veces puede ser demasiado simplista, tiende a imponer una mayoría a minorías. ¿Tal vez introducir la idea del sistema de consenso, como se conoce en algunas asambleas internacionales, donde se busca el acuerdo sin votar? Me gustaría que la Iglesia volviera a entrar en estas problemáticas. Por lo demás, la actitud de la Iglesia siempre será criticada cuando aborde temas políticos o de organización económica Será criticada porque tocará intereses o simplificaciones. La gente dirá: la Iglesia no entiende nada … de mi ideología, claro. Es una dificultad normal, esperable. El papel de la Iglesia, sobre todo en lo social, es representar al pueblo humilde con lo que es esencial de la comunidad cristiana: un pueblo humilde que la Iglesia conoce de cerca y por eso puede representar. Creo que el poder político debe aceptar que la Iglesia cumpla una función reivindicativa, de destacar las consecuencias de las políticas públicas en cuanto a los más débiles, los más pobres. Es una función necesaria. A algunos les disgusta: “La Iglesia siempre está con esto pero no da soluciones”. No puede darlas, pero puede representar este punto de vista. Debe hacerlo con modestia, porque no bastan la reivindicación, la contestación. No se puede esperar mucho más. Aun en lo político, la Iglesia no debe hacer propuestas constitucionales pero puede subrayar necesidades de nuevas formas de política sugiriendo caminos posibles. Y esto ya es mucho, porque alienta a la búsqueda. Creo que la Doctrina Social de la Iglesia está en una zona intermedia entre la pura teología y las propuestas legislativas completamente definidas; está entre las dos. Creo que ahí, para contrarrestar ciertas tendencias, se ha sido un poco tajante y yo lo moderaría con la experiencia de estos últimos años.

 

 

 


Diálogo propuesto por Jorge E. Fernández y José María Poirier.

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?