morande-3¿Priorizan las universidades católicas la calidad moral y cultural que hace posible el desarrollo de las personas a la calidad técnica del aprendizaje e investigación?morande-1-international-meeting-on-catholic-higher-education-april-1989La Constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae define para la universidad una vocación de servicio en relación a las personas y a la sociedad. Tal servicio deriva del gaudium de vertiste que el mismo documento considera como la esencia de la universidad, siguiendo a san Agustín, quien pensaba que el gozo de la verdad es el gozo de Dios mismo. La Constitución señala en su primer párrafo que el fin que reúne libremente a profesores y estudiantes es “el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla en todos los campos del conocimiento” (n.1).

Y más adelante agrega: “Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre” (n.4). Se puede desprender de ello una conclusión muy precisa: la universidad cumple este servicio a las personas y a la sociedad siendo ella misma y haciendo lo que le es más propio, es decir, enseñar, investigar y publicar en todas las áreas del conocimiento. Pero también pone una exigencia a este servicio que califica de desinteresado: proclamar el sentido de la verdad.

Sin embargo, qué lejos estamos de orientar nuestras conversaciones sobre la propia universidad con estos criterios. Evidentemente, cumplimos las funciones de enseñar, investigar y publicar. Pero no se definen desde el sentido de la verdad sino como las funciones de una industria educacional y cultural, es decir, como un conjunto de métodos y procedimientos para dar títulos y acreditar competencias, para certificar grados del saber y patentar innovaciones tecnológicas, para agregar valor económico a la producción del país e incrementar los recursos de los cuales la misma universidad dispone.

No discuto la legitimidad de esta redefinición funcional de las actividades universitarias que corresponde, por lo demás, al espíritu de la época y al contexto de la globalización. Pero lo que debemos tener en claro al menos es que no son definiciones equivalentes. La primera proviene de la tradición sapiencial de las Sagradas Escrituras y del magisterio de la Iglesia en su diálogo con la metafísica griega; la segunda, del desarrollo de la tecnología moderna y de su aplicación al gobierno y a la coordinación de las actividades sociales por medio de la información. La finalidad de la primera es la búsqueda de la perfección, y la Constitución Lumen gentium la denominó vocación universal a la santidad.

La segunda tiene como finalidad maximizar la relación entre costos y beneficios mediante el incremento de la productividad de todos los factores en juego, lo que se apoya en la permanente innovación que hace posible el conocimiento experimental de las ciencias empíricas. No sólo son dos registros distintos del lenguaje, sino también dos registros distintos del pensamiento. ¿Es posible conciliarlos? La propia Constitución ofrece dos pistas. Primero, fomentar el diálogo entre razón y fe, puesto que ambas no se oponen sino que tienen un mismo origen en el Creador. Segundo, buscar la integración del saber, respetando la autonomía de cada disciplina. Con la colaboración de la filosofía y de la teología se puede encontrar el significado último de los saberes. Considero que ambas pistas han sido insuficientemente tratadas en el texto y que una puesta al día después de veinte años, como la Santa Sede ha sugerido, podría abordarlas.

¿En qué consisten, a mi juicio, estas insuficiencias? Es cierto, por una parte, que la razón y la fe pueden y deben dialogar, ¿pero qué razón? ¿La razón metafísica o la razón tecnológica?

La primera ya lo ha hecho en el pasado. La segunda no lo puede hacer, porque ni Dios, ni el hombre considerado en su unidad de cuerpo y espíritu, son realidades susceptibles de ser definidas a partir de evidencia empírica.

Otro tanto ocurre con la integración del saber. Es cierto que todos los saberes se refieren a la realidad, pero lo hacen desde distintas respectividades. ¿Cómo podría integrarse el saber de la economía con el de la biología molecular? El único campo común es el método empírico que, sin embargo, se aplica a los objetos de la naturaleza, incluido el ser humano, desde puntos de observación completamente distintos. El único que puede efectivamente integrar el saber es cada ser humano como tal, ya que sabe distinguir todos los planos que sean necesarios y, no obstante esta capacidad, entiende la realidad en su unidad y totalidad. Pero ello sólo acontece cuando busca aprehender la realidad en el conjunto de todos sus factores y en su significado último, lo que no sucede cuando hace uso de la razón tecnológica, puesto que ella se limita a funciones específicas, sino sólo cuando recurre a la razón metafísica y sapiencial. Así, nos queda planteado nuevamente el dilema, que más que un problema de diálogo se trata de un problema de jerarquías: no es posible establecer a nivel de las razones empíricamente fundadas, sino que aparecen cuando la pregunta alcanza al significado último de todo y, por tanto, a la razón sapiencial. Y es lo que plantea la Constitución cuando afirma que “los hombres de ciencia ayudarán realmente a la humanidad sólo si conservan el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre” (n.18). Es decir, orientarse por el sentido de la verdad. Si como decía san Agustín la verdad es Dios mismo que se revela al hombre, el sentido de la verdad no hay que buscarlo empíricamente, sino en la participación de la comunidad universitaria en la fe de la Iglesia.

El fruto más visible del gozo de la verdad es una libertad interior muy profunda que corresponde a una apertura original y creativa a la realidad, junto a una pasión por el diálogo cultural y por la educación de las personas.

Se trata de una particular sensibilidad y aprecio a la dignidad de la vida humana, portadora de la trascendencia de la persona. Si se dan dentro de la comunidad universitaria personalidades imbuidas de este espíritu de libertad y caridad, el diálogo, más que interdisciplinario y de integración de saberes, será un diálogo humano que se hace cargo del desarrollo personal de cada uno, del florecimiento orgánico de los talentos de quienes participan de la vida universitaria. Sin este espíritu que ayude a florecer la dignidad de cada persona, el diálogo de saberes se orientará inevitablemente hacia la razón tecnológica que busca solucionar problemas específicos o satisfacer demandas de modo pragmático.

Cuando se pierde el sentido de la verdad y de la libertad las personas quedan completamente indefensas frente a la tiranía de los poderosos, de las modas intelectuales, de la distribución desigual del prestigio y de la estima, de las imágenes e informaciones interesadamente editadas por los medios de comunicación, de lo políticamente correcto. Por ello es tan importante que las sociedades tengan la experiencia cultural de comunidades que aprecian la sabiduría, que hacen de la cultura un espacio de auténtica soberanía humana, y donde no se sacrifica la dignidad del pensamiento a los variados y cambiantes ídolos que parasitan de la vida humana. La Constitución nos recuerda que lo que anima a la comunidad universitaria es un espíritu de libertad y caridad (n.21). Por su parte, el papa Benedicto XVI nos confirma en el mismo espíritu con su fórmula Caritas in veritate, que no es sólo el nombre de una gran encíclica sino la propuesta de un verdadero criterio sapiencial para discernir lo justo y conveniente al plan divino sobre la vida humana y, por tanto, a la realización de la vocación humana. El gozo de la verdad que se cultiva en el saber y que se hace sabiduría encarnada en las personas constituye lo más esencial de su servicio a la sociedad, y la Constitución dedica un capítulo específico a la misión de servicio, destacando algunos de los aspectos que considera hoy día más urgentes. El n.32 describe como “graves problemas contemporáneos la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional”. Exhorta a investigar estos temas con profundidad y rigor en cuanto a sus causas y efectos, pero sin  descuidar sus dimensiones morales y religiosas. Sin embargo, es lo que ocurre cuando el saber se reduce a información y los medios de comunicación se transforman en los principales  orientadores y hasta educadores, como ocurre en los tiempos actuales de la globalización. Dan información sobre los acontecimientos noticiosos cotidianos, pero se muestran bastante  insensibles e indiferentes a las dimensiones más esenciales de la existencia.

Me atrevería a decir que la Universidad es la única institución de la sociedad que tiene la capacidad de asumir esta tarea crítica de forma más esencial, particularmente en relación a los problemas que se despliegan en el mediano y largo plazo y tendrán efectos más permanentes sobre las nuevas generaciones.

La preservación de la calidad moral de las culturas, más que información, exige sabiduría, cultivo personal de las virtudes, libertad interior y sobre todo, la constante aceptación del don de Dios, de la gracia, para que dé frutos abundantes en el crecimiento de las personas. Como afirma el filósofo Xavier Zubiri, el desarrollo de las personas no sigue la dinámica de la  “formación” sino de la “conformación”, porque cuando alguien cree haber llegado a descubrir su vocación, la caridad de muchos se le ha anticipado para testimoniarle el sentido de la verdad de la experiencia humana.

Creo que todas las universidades católicas y sus respectivas facultades deberían preguntarse con sinceridad si anteponen este proyecto universitario orientado a la calidad moral y cultural que hace posible el desarrollo de las personas, al proyecto de la calidad técnica del aprendizaje e investigación disciplinaria.

Como ya mencioné, no se trata de proyectos incompatibles, sino más bien de determinar las jerarquías correctas. La comunidad universitaria es en sí misma una comunidad educativa compuesta de cuatro o cinco generaciones que se educan recíprocamente. ¿Pero qué es lo que se prioriza? ¿Cuál es la jerarquía de tareas que da unidad y consistencia a la institución? Se trata de un tema muy delicado, puesto que cuando no se tiene la libertad interior que nace del gozo en la verdad, se pierde inadvertidamente pero en forma progresiva e inevitable la  capacidad de asombro ante la realidad, es decir, la propia capacidad de investigación que es  constitutiva de la institución universitaria. La esencia del aprendizaje es estar abiertos a la  experiencia de otros para comprenderla con atención y respeto. La universidad lleva en su centro esta misma preocupación. Lo que de verdad aporta la universidad a la sociedad es esa capacidad de diálogo entre las generaciones para aprender la sabiduría de cada saber porque en ella se juega el hombre su destino.

Los problemas que investiga la universidad en busca de soluciones racionales y con viabilidad técnica son los problemas de la sociedad de una determinada época. Y si bien esta relación de servicio ha existido siempre a lo largo de la historia, en el mundo actual se ha vuelto imprescindible.

El desarrollo tecnológico exige la formación de capacidades técnicas, el correcto planteamiento de los problemas, el manejo adecuado de la información, una visión estratégica de mediano y largo plazo, capacidad de gestión y tantos otros aspectos que son aportados fundamentalmente por las universidades. Ellas determinan decisivamente en el presente la arquitectura del conocimiento y de la información que sostiene la viabilidad de la sociedad. Pero ello no puede implicar que las universidades se orienten solamente a satisfacer las expectativas y demandas de la sociedad, perdiendo la autonomía que reivindicaron desde su nacimiento.

Frente a la sociedad, la universidad tiene una responsabilidad muy grande, porque tiene una autoridad que no surge de algún privilegio que ella le haya concedido, ni de ninguna disposición legal o administrativa, sino del sólo hecho de ser una universidad que tiene un pensamiento científico serio, que está respaldado no sólo por datos empíricos, sino por la calidad humana e intelectual de la consagración de sus miembros a la búsqueda de la verdad. En ello reside su confiabilidad a los ojos de la población, es decir, cuando se vuelve evidente que la universidad guía sus investigaciones, sus enseñanzas y sus publicaciones por un interés superior que le resulta irrenunciable.

La Constitución indica que “entre los criterios que determinan el valor de una cultura están, en primer lugar, el significado de la persona humana, su libertad, su dignidad, su sentido de la responsabilidad y su apertura a la trascendencia” (n.45). Recordar estos criterios de modo permanente y persuasivo a la sociedad donde está inserta es el servicio más importante que se pueda prestar al desarrollo de una cultura. Por esta razón, concluye el n.46 de la Constitución  con las siguientes palabras de Pablo VI: “La inteligencia no es nunca disminuida, antes por el contrario, es estimulada y fortalecida por esa fuente interior de profunda comprensión que es la palabra de Dios, y por la jerarquía de valores que de ella deriva… La universidad católica contribuye de un modo único a manifestar la superioridad del espíritu, que nunca puede, sin peligro de extraviarse, consentir en ponerse al servicio de ninguna otra cosa que no sea la búsqueda de la verdad”.

El autor es doctor en Sociología por la Universidad de Erlangen-Nürenberg, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica de Chile y miembro de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales.

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