La promesa frustrada

El futuro se presenta desconocido e imprevisible para una humanidad que continúa aferrada a la Modernidad, a pesar de que se trata de una época que ya es pasado.

Tal vez sea posible no interpretar la Ilustración como el momento de separación de la religión y la razón; repensarla, en cambio, como la instancia donde Occidente se bifurca en dos religiones distintas: la ya existente –la de la Fe– y la nueva–la de la Razón–.
En algunos autores, sobre todo los platónicos, estas dos creencias confluyen, se complementan y refuerzan. Otros, pertenecientes a las corrientes materialistas más duras, consideran que son excluyentes y que la religión de la Razón ha destruido–o está en vías de hacerlo–, toda posibilidad de sobrevida a la de la Fe. Una tercera variante, en algunos casos agnóstica y en otros más aristotélica, prefiere no expedirse ya que considera que son campos distintos con casi ningún punto de relación. Nos quedan al final los fanáticos integristas de todos los signos, quienes creen que los “infieles” deben convertirse o desaparecer, en el peor de los casos, o, en el mejor, simplemente marcarlos y segregarlos.
Desde el siglo XV en adelantela Fe pareció no tener otra posibilidad que defenderse con recursos gradualmente más exiguos ante una ciencia avasallante queiba cancelando antiguas creencias basadas en las interpretaciones de los textos revelados. Esta Razón victoriosa encuentra su máxima expresión a fines del siglo XVIII, cuando interviene sobre la política haciendo caer lo que Montesquieu llamó con agudeza el Ancien Régime. Momento inicial de lo que hoy conocemos como Modernidad, época histórica de enorme potencia que se sostiene sobre la pureza de la razón y los principios inobjetables de la más estricta lógica formal.
Tanto la Fe como la Razón, y su subproducto la Modernidad, se apoyan en textos canónicos que no admiten la discusión profunda de sus principios (la Razón se opone a ser discutida en forma no racional y la Fe se resiste a ser cuestionada fuera de su campo específico; tan es así que se trata de un argumento que suele repetirse en ambos casos). Finalmente las dos son religiones. El poder de las conquistas dio a Europa la sensación, moderna por cierto, de que estaba siendo asistida por un poder divino, el de la Razón, para ejercer hasta las consecuencias más cruentas y ridículas el euro-falogocentrismo. Más allá de sus indudables méritos partieron Cooke, Humboldt, Linneo, Darwin e innumerables más a “descubrir”, “nombrar”, “catalogar”, un mundo que ya estaba descubierto, nombrado y catalogado desde hacía miles de años por unos “otros” no europeos, no “civilizados”. De esta manera los egipcios se enteraron de que su legendario río nacía en las Cataratas Victoria…
No todo fue descubrimiento o clasificación. La Razón, el pensamiento científico, también debía aplicarse a la política: y así nacieron los profetas. Adam Smith, John Locke, John Stuart Mill y otros pensadores brillantes fueron los profetas de un lado, y sobre todo Karl Marx y Friedrich Engels los del otro. El espacio entre ellos fue ocupado por teorías no “científicas” que abarcaban un espectro que se expandía desde el anarquismo hasta los absolutismos más extremos; en ocasiones con consecuencias sociales y/o históricas terribles.
La corriente liberal y la marxista, a pesar de sus explicitas diferencias, tuvieron profundas coincidencias metodológicas; ambas eran mesiánicas, prometeicas, estaban basadas en la Razón (podemos pensarlas como corrientes cismáticas), eran científicas y por lo tanto inapelables en sus fundamentos y secuelas, destinaban al hombre a la felicidad y al progreso continuos. Eran estructuralmente historicistas. Todo parecía indicar que en una próxima edad dorada la ciencia desplazaría a las creencias, la razón a la fe y el progreso al paraíso celestial. No importaba cuánto demorase este devenir; estaba asegurado epistemológicamente, a prueba de cualquier falla; había un futuro, un camino a seguir, un proyecto en el que creer y hasta por el cual hacer una revolución. Como el símbolo del infinito, la razón era una víbora que se mordía la cola sin dejar que ninguna duda pudiera menoscabarla.
Algo salió mal y nada de esto ocurrió. La Promesa se reveló frustrada.
Nadie concebía, y todavíasigue siendo la creencia de la mayoría, que la Modernidad –tal como ya sucedió con las otras edades–, un día podría desaparecer.
A principios del siglo XX dos eventos de enorme importancia comenzaron a escribir la partida de defunción de nuestra época histórica. Se produjeron casi simultáneamente, uno como consecuencia del otro: la Primera Guerra Mundial y la posterior americanización del mundo (y su consecuente polarización con el frente soviético), que desplazó a la occidentalización europea. Según Abdelwahab Meddeb, la aparición del imperialismo capitalistacorre a la vieja ética imperial europea, orgullosa y responsable de sus colonias. George Steiner pinta maravillosamente el momento: “Europa yacía destripada. Su elevada civilización, su búsqueda dela excelencia cultural había resultado impotente para impedir el desastre” (1).
Así como las otras edades mostraron capacidad y energía admirables para resistir, la Modernidad se manifiesta del mismo modo y durante todo el siglo XX continúa su expansión con la extensión de la democracia y los derechos del hombre, ambos méritos fundamentales de nuestro tiempo; pero a pesar de ello ya nadie parece creer en los compromisos de felicidad y progreso continuos y bienestar generalizado. Los luminosos programas de izquierdas y derechas no se cumplirían. Marx y Adam Smith vivieron una segunda desaparición, históricamente más importante que la física.
La continuación de esta posible muerte de la Modernidad no es la posmodernidad, la ultramodernidad o la modernidad líquida. Lo que se abre es lo desconocido, lo imprevisible. La humanidad se aferra tanto a esta época que ni imagina su fin o qué la sucederá. Una vasta neblina de expresiones inconexas se presenta sin orden ni proyecto, porque fundamentalmente “orden” y “proyecto” son términos modernos que ya no interesan. Es posible que hasta un nuevo lenguaje, una nueva forma de nombrar aparezca en estos tiempos de cambio intenso.
A principios del siglo XX casi todos los habitantes de la Tierra –Extremo Oriente, Medio Oriente, África, América, Oceanía– deseaban ser europeos, tener una Torre Eiffel en la plaza principal y una Gioconda en el museo. Después de la Primera Guerra la mirada comenzó a virar hacia los Estados Unidos. Hoy ya interesa menos ser occidental, en muchos casos la idea hasta produce rechazo. Los estadounidenses ya no quieren ser más el sheriff mundial y pretenden alejarse de su tradicional ideología imperialista.
Las raíces de esta crisis son más emocionales, épicas y estéticas que racionales, lógicas y éticas. En su caracterización de lo que él llama el tribalismo posmoderno, Michel Maffesoli dice: “La heterogeneidad está a la orden del día, toda vez que el pluriculturalismo y el politeísmo caracterizan a la perfección a las grandes ciudades contemporáneas, por lo que se puede pensar que el consenso es más propio de un ajuste “afectual” a posteriori que de una regulación racional a priori. En este sentido, es necesario prestar una gran atención a eso que, de manera demasiado cómoda, llamamos marginalidad” (2).
Estas tribus –a las que me referí en un artículo publicado en CRITERIO Nro. 2399– “de amplio espectro socioeconómico y diversidad de causas, desde Occupy Wall Street a los Black Blocs, desde el fundamentalismo extremo al relativismo absoluto…” (3), son las que terminan apoyando, en su rechazo a la saturación política y a la moral racional, mancomunadas en temores diversos, a los movimientos populistas, que son la agresión más importante que sufren las democracias representativas. En Europa los partidos populistas son mayoría o tienen fuerte injerencia en los gobiernos de Grecia, Hungría, Italia, Polonia, Eslovaquia, Suiza, Finlandia, Noruega y Lituania. En el sudeste asiático gobierna Duterte en Filipinas, son conocidos los hombres fuertes como Erdogan, Maduro y Putin (acá podemos recordar a CFK) y en los Estados Unidos acaba de asumir Donald Trump. Este panorama de pueblos que se vuelcan a lo “antisistémico” se completa con los resultados de los recientes plebiscitos en el Reino Unido y en Italia. Escribió Natalio Botana recientemente en La Nación: “Lo que hasta hace pocos años parecía consolidado y servía de modelo inspirador, hoy cruje ante el embate de una fáustica transformación tecnológica y productiva, aún sin correlato en el campo político e institucional. El tema del día, en los Estados Unidos y Europa, son las dificultades –cuando no las crisis– que embargan a la democracia representativa” (4).
Resulta complicado no vincular la palmaria insuficiencia de las democracias representativas,la eclosión de las tribus posmodernas, los movimientos sociales con su aspiración de incidencia directa sobre los poderes, los populismos en onda expansiva como un tsunami, los integrismos, el islamismo, las manifestaciones racistas y xenófobas, los rebrotes nacionalistas achicando un mundo que se prometía internacionalista y una globalización que no hizo más que profundizar las fronteras existentes con un eventual estado de agonía final de una Modernidad queya fue. Creer quees simplemente un evento crítico del liberalismo que Barack Obama, el gobernante que mejor supo exponer los más elevados ideales de la Modernidad, pueda ser sucedido por Donald Trump, un primitivo wasp que encarna lo peor de la insularidad estadounidense, es no ver la raíz del problema. No es una crisis, es la partida de defunción que comenzó a redactarse cien años atrás y, para completar el desolador cuadro, en el horizonte nada se presenta como alternativa viable.
Los populistas (modernos que encarnan el sentir antisistema, vale decir, lo no-moderno) (Trump, Maduro, CFK, etc…) no tienen proyectos, sólo tienen enemigos y leen con claridad meridiana que sus votantes no creen en los proyectos (ya no son más modernos); sólo piensan que hay alguien que es culpable de alguna mayor o menor desgracia y que en el castigo a ese (casi siempre) indefinido otro está la solución mágica de su problema. Sobreactúan persecuciones y controles, exageran los miedos y la euforia reaccionaria, lo que redunda en una mayor recaudación de votos de un electorado variopinto, rencoroso y temeroso, al que la razón ya no le aporta ni le importa nada.
Grandes rótulos y propuestas ampulosas esconden incapacidades aún mayores; tras la marejada del resurgir bárbaro, el futuro nunca fue tan incierto.

 

Notas

[1] Steiner, George. Lecciones de los maestros

[1] Maffesoli, Michel. El tiempo de las tribus

[1] Oliveira Cézar, Ramón. Aguantar los trapos. Revista Criterio Nro. 2399

[1]Botana, Natalio. El difícil arte de las coaliciones. La Nación 28/10/2016

3 Readers Commented

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  1. lucas varela on 22 marzo, 2017

    Amigo Oliveira,
    De tanto leer se me perdió la promesa frustrada.
    Al final, cuando habla de los malos, o sea de los populistas, Usted deja afuera a grandes personalidades de «lo no moderno». Es una desconsideración de su parte que junto con Trump, Maduro, y CFK, no sean nombrados Il cavaliere Silvio Berlusconi, el papa Francisco, Lula Da Silva, Dilma Ruseff entre tantos.
    Ustedes se preguntarán porqué todos ellos son «no modernos», y yo también. Aunque estoy seguro que son los malos.
    Con respecto al final del escrito: «…tras la marejada del resurgir bárbaro…», vale aclarar que hace casi un año y medio que los destinos de nuestra patria están en manos de los «empresarios» y su gerente: Mauricio Macri.

  2. horacio bottino on 29 marzo, 2017

    ¿no sabe que estamos en la posmodernidad?¿Quien cree en el mito del progreso?¿No leyo todas las objeciones de heidegger la escuela de franckfut y nietzche y sobre todo Guardini a esta razon instrumental tecnocratica? que habla el papa francisco y ya habia criticado san juan pabblo ii y benedicto XVI?¿los tecnocratas son los modernos asi nos va

  3. Jorge Moreno on 14 mayo, 2017

    Creo que las dos personas que comentaron este artículo no lo entendieron mayormente.
    La promesa frustrada es la creencia que hasta mi generación era ley no escrita en el progreso indefinido del mundo, tal como entendíamos entonces progreso. Esa visión ya murió; ni mis hijos ni mis nietos la perciben. Ven el progreso técnico (PC, smartphones, redes sociales, etc.) pero no un progreso moral, ético, social sostenido e inevitable.
    La modernidad, así entendida, está muerta y lo que hay hoy podemos, a diferencia de lo que dice el autor, llamarlo posmodernidad, ya que en definitiva no significa nada. Es lo que hay después de la modernidad pero no tiene aún entidad propia por lo que no tiene nombre aún.

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