La pandemia llegó acompañada por un torrente de cambios imparable que tal vez todavía no somos capaces de vislumbrar. Para bien o mal, el mundo ya no será igual.

Si bien colosales riquezas materiales se están derrumbando, al mismo tiempo salen a relucir valores de realidades humanas como el Capital Social y el Voluntariado, que no han sido apreciados debidamente pero que son imprescindibles para afrontar el presente y para la construcción de un mundo mejor.                                                                                                                           

Capital social

Se entiende por capital la “riqueza” o el “conjunto de bienes” que posee una persona, empresa, nación, etc.  Pero existen diferentes tipos de “bienes”, por lo cual sería un error, fruto de la mentalidad economicista actual, entender por capital sólo el capital financiero.                                                                                                                                                                                                           Así, podemos considerar “capital natural” a aquello con que la Naturaleza ha dotado a un determinado país: recursos hídricos, minerales, praderas, ubicación geográfica, clima, fauna, bosques, riqueza ictícola… Por otro lado, el resultado del trabajo del hombre se acumula en el “capital adquirido”. En una empresa, por ejemplo, los recursos financieros, las maquinarias, el equipamiento edilicio, etc. Es esto lo que preferentemente entendemos por “capital” en el lenguaje diario.

Pero el concepto no se agota allí. Las condiciones de vida de una población conforman el “capital humano”. En una organización no da lo mismo que el personal esté capacitado o no, posea un mejor o peor estado de salud, etc. La calidad de vida, los sistemas de protección social, las remuneraciones, los beneficios sociales, todo aquello que actualmente se incluye dentro del concepto de Recursos Humanos, constituye una fuente de posibilidades de valor inestimable. De ahí que el desarrollo de un país se mida según sea el nivel alcanzado en estos cuatro índices fundamentales: salud, educación, equidad social y estabilidad política. En consecuencia, como lo afirma Lester Thurow, las industrias de punta en el nivel tecnológico hoy no se basan en los recursos naturales ni en los económicos, sino en conocimientos (capital humano). Más aún: en los últimos años, los especialistas han identificado y jerarquizado un área de factores cuya importancia había sido relegada. Se trata de  esas fuerzas sutiles, impalpables para el economicismo, pero que se ha demostrado son de un enorme potencial energético real en la conducta de las poblaciones. A esto se lo denomina hoy “capital social”.

Capital social es el conjunto de actitudes de una población relacionadas con la disposición favorable hacia el otro, la confianza entre los ciudadanos, la integridad ética, la conciencia cívica, la asociatividad o capacidad cooperativa, la capacidad de acciones en común, el sentimiento de pertenencia, el sentido de grupo, la identificación con las organizaciones o con la nación…

Como siempre acontece respecto de realidades psicológicas complejas, estos fenómenos pueden ser descriptos más que definidos, ya que las categorías racionales no alcanzan a abarcar la riqueza de su contenido. Las ciencias humanísticas reconocieron siempre la virtualidad latente de estos factores en la vida de las sociedades, pero hasta ahora las ciencias económicas se han resistido a apreciarla en su debida dimensión.

El tema ha llevado a interrogantes significativos: ¿Qué causas producen el hecho comprobado de que a “más ética” corresponde “más desarrollo”? ¿Por qué cuanto más capital social, más crecimiento económico a largo plazo? ¿Por qué el incremento del potencial ético de una población produce mayor salud pública y más gobernabilidad democrática?1  

Baste un ejemplo: Kawachy, Kennedy y Lochner (1997) detectaron que “las personas con menos contactos sociales tienen menos probabilidades en términos de expectativa de vida”. Es decir que “la cohesión social de una comunidad es un factor fundamental de salud pública”. En 39 estados norteamericanos hallaron correlaciones significativas: a menor grado de confianza entre los ciudadanos, mayor tasa de mortalidad. A su vez: “Las sociedades con mayor esperanza de vida, Suecia (78.3) y Japón (79.6), se caracterizan por poseer muy altos niveles de equidad en la distribución de ingresos”.

No hay duda que la fuerza del capital social y la vigencia de actitudes éticas no son “romanticismo” vacío.

Política social

En ocasiones se descree o se descalifica todo lo referente al fomento del capital social, considerándolo un gasto”. Se supone que una inversión en eso no produce un retorno económico que lo justifique, que no se pueden medir los resultados y que, por tanto, son inciertos. Y se ha podido escuchar a algún economista decir: “El único crecimiento real es el económico, lo demás son declamaciones demagógicas o idealismo populista”.

Sin embargo, contra estas opiniones están los hechos. Los datos de la realidad muestran, aun desde el punto de vista económico, que la inversión en recursos humanos es probadamente redituable. La OMS ha podido verificar que cada dólar invertido en salud tiene un retorno de seis dólares. Por eso nos parece aguda la opinión de Hirschman (1986), cuando señala que “el capital social es el único que no se agota al usarlo, sino que su uso lo hace crecer”. La expresión coincide con la de los teólogos del Medioevo, que decían que “el amor o la verdad, como la llama de las velas, al comunicarse no se pierde”.

La política social está destinada a elevar el nivel de vida de la población. ¿Y para qué sirve la economía si no está al servicio de una mejor calidad de vida humana y de la construcción de naciones prósperas y felices?

En el desarrollo de los países, las eventuales mejorías económicas no dejan de ser salidas coyunturales si están vacías de una sólida convicción ética en la población. Si un cambio social no busca impregnar con una nueva mentalidad de honestidad y sinceridad la conducta de los individuos, y si las relaciones interpersonales se siguen manejando con códigos de escasa confianza y fraternidad, los resultados seguirán siendo definitivamente frustrantes.

La experiencia de estos años ha puesto de manifiesto un decrecimiento acelerado de la calidad del capital humano. La inversión realizada en ese campo está a todas luces por debajo de las necesidades. Por ejemplo, es de atender que, según los especialistas, venimos sufriendo un deterioro gradual de la salud mental de la población. El índice de los cuadros depresivos y de las adicciones habla por sí solo. Y la repercusión de las condiciones de la pandemia en el crecimiento acelerado de los trastornos mentales ya se está haciendo sentir.

En nada ayuda el predominio de la superficialidad consumista que se registra en la cultura. Se trata de una mentalidad egocéntrica, carente de motivación para el bien colectivo e impregnada de “indiferencia social” (tal vez el cáncer de la sociedad actual) y constituye una forma de elitismo apático. Su raíz es el miedo a la pérdida de los bienes, al cultivo del confort y la seguridad, y su actitud fundamental es retentiva: su temor al cambio limita su capacidad reflexiva autónoma.

La defensa contra estas formas culturales está en el fomento de sentimientos poderosos hacia la liberación del pensamiento, con espíritus capaces de remover los límites de sus escritorios y embarcarse en los trajines de la actividad política, para no dejar en manos de otros, menos capaces y honestos, las decisiones que afectan a toda la sociedad. 

Es muy valioso lo esperable de los movimientos populares. Y acerca de las protestas que suelen surgir de diferentes fuentes, es prudente atender a la opinión de Amartya Sen, Premio Nobel de Economía: “Los puntos señalados por quienes protestan no son siempre sensatos, pero a menudo plantean preguntas muy pertinentes y hacen así un aporte constructivo al razonamiento en el ámbito público. El desafío actual consiste en el fortalecimiento del proceso de participación”.

El voluntariado

El concepto que se tiene actualmente en nuestro medio acerca del voluntariado (conjunto de los que “hacen cosas por los demás”) es difuso. La concepción económica ortodoxa lo ve como un factor social secundario, que poco puede influir en la realidad. El economicismo piensa: “¿Qué impacto puede tener un sector que se mueve fuera del mercado y cuyos integrantes no razonan en términos de maximizar sus ingresos? ¿Qué se puede esperar de quienes obran sin motivos económicos? En cualquier caso, serán ineficientes”. Por otro lado, hay sectores que, si bien con preocupación social, no ven al voluntariado como un aporte de fuerza significativa, sino más bien como una actividad de caridad benevolente.

Sin embargo, el voluntariado genera en países desarrollados más del 5% del PBI en bienes y servicios. Son millones de personas que dedican horas semanales a trabajar para los pobres, niños discapacitados, personas sin hogar, enfermos desprotegidos, etc. En América latina, según el Instituto de Servicio Global (Univ. de Washington), se estima que existe un millón de asociaciones de la sociedad civil basadas en el voluntariado. Y paralelo a este hecho está el asombroso fenómeno que tiene lugar en países como Nicaragua, Honduras, El Salvador: la gran mayoría de los modestos inmigrantes de esos países radicados en los Estados Unidos o en Europa reportan una parte de sus sueldos a los familiares que dejaron en sus países de origen. Su sentido de familia hace que envíen remesas en torno al 10% de sus ingresos. Hoy, esos envíos son clave en la economía de esos países: significan el 30% del PBI de Nicaragua, el 25% de Haití, el 12% de Honduras y equivalen a la tercera parte de las exportaciones de varios países.

Según las encuestas Gallup, se estima que en la Argentina la tercera parte de la población participa de algún tipo de voluntariado. En Cáritas se alistan unos 150.000 voluntarios, AMIA cuenta con miles de participantes y muchas otras organizaciones vienen multiplicando sus miembros.

Resulta evidente que el voluntariado no es una fuerza marginal, ineficiente ni una pérdida de tiempo. Es el capital social en acción, que a su vez construye más capital social, movilizado por un espíritu de solidaridad que el economicismo desconoce.

Las políticas públicas tienen una gran responsabilidad respecto de garantizar los derechos de la población y satisfacer sus necesidades, pero el voluntariado puede complementarlas exitosamente. La experiencia de la pandemia de COVID-19 lo está demostrando. El Estado es incapaz de hacerlo todo y, en cualquier época, para enfrentar la pobreza es ineludible la acción combinada del Estado y de la sociedad civil. Aunque los apoyos institucionales que recibe son débiles, el voluntariado genera más del 2,5 % del PBI argentino, demuestra un gran potencial y permite tener motivos ciertos para la esperanza. Varios estudios sociológicos han confirmado el hecho de que cuanto más se tiene experiencia en el trabajo voluntario, más se fortalece el compromiso con él.

A diferencia de los países desarrollados, donde el voluntariado es incentivado en las aulas, los medios, y con políticas públicas y legislaciones que lo apoyan, en América latina, incluida la Argentina, no se le presta demasiada atención, las legislaciones son anodinas y el cultivo educativo es escaso. Sin embargo, el potencial de solidaridad es alto y mundialmente reconocido. Es probable que no estemos en condiciones de imaginar la envergadura del rol que ha de tocarle en el futuro.

El Estado y el mercado no son autosuficientes y en situaciones como la actual muestran insuficiencia y fragilidad. Y la nobleza del voluntariado se erige con toda su fuerza. No es altisonante ni retórico declarar abiertamente que la acción de médicos, enfermeras, paramédicos, voluntarios y asistentes de toda clase es sencillamente heroica. Es el capital social que muestra toda su potencia.

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NOTA

Sobre los temas del presente artículo se puede consultar:

– B. Klisksberg: Más ética, más desarrollo (Temas, 2006) 

–  A. Sen y B. Kliksberg: Primero la gente (Deusto, 2007) 

– M. A. Espeche Gil y otros: Argentina 2010 (Edic. Lumiere) 

–  M. A. Espeche Gil, H. Polcan y otros: Política para todos (pág. 76-82) (Edit. SB, 2011)

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