La guerra y el mundo

Cuando en 1887 se establecen las relaciones diplomáticas entre la República Argentina y el Imperio Ruso, el presidente Miguel Juárez Celman destaca su satisfacción con motivo del “establecimiento de relaciones cordiales entre su país y el inmenso Imperio Ruso”. Yo quiero apropiarme del concepto inmenso para tratar de definir a Rusia y a su pueblo: inmenso en geografía, en cultura, en historia, en recursos naturales, en recursos humanos, en afecto.

Y esa inmensidad la hace distinta. Rusia no es un país simple al que se conoce rápidamente. Rusia exige ser descubierta. Rusia requiere de tiempo y paciencia, para abordarla, entenderla y apreciarla. Lamentablemente muchas veces, como bien dice Milan Kundera, “tenemos una tendencia innata e indomable a juzgar antes que comprender” y de allí, indudablemente surgen equívocos.

A Rusia hay que aproximarse a través de tres categorías –historia, geografía y cultura– que desde el año 988, cuando se produce la cristianización de la antigua Rusia por parte del santo príncipe Vladímir, han ido alimentando lo que se denomina el alma rusa: aquella de que hablan Fiódor Dostoievski, Nikolái Gógol y Lev Tolstói.

El alma rusa se arraiga en la historia de Rusia, en las invasiones, en los sufrimientos y desgracias de más de un milenio de historia. Para sobrevivir en estas condiciones y no entregarse y rendirse, el ruso es cauteloso y paciente, pero también temerario y orgulloso. Ingenioso y divertido, la broma rusa suele ser sarcástica y amarga.

Y por sobre todo destaca su gran resiliencia, esa inquebrantable capacidad de resistencia y superación fundada en mística y fe. Inmortalizada, entre otros, por la Sinfonía n.º 7 Leningrado de Dmitri Shostakóvich, que fue compuesta en 1941 e interpretada el 9 de agosto de 1942 en la propia Leningrado, el día 335 de brutal asedio que duro 867 días.

Rusia es más que un país, es una civilización, cuyos notables hombres y mujeres has sobresalido a lo largo de la historia en diversas manifestaciones: en las artes, la música, la literatura, la música, la danza, el cine. Al mismo tiempo, y como muy bien lo señalaba Alexis de Tocqueville en Democracia en América, Rusia siente que tiene un “lugar especial” en el mundo, una misión, una vocación universal.

Rusia es también muchas rusias: en paralelo a la dimensión universal de sus artes y ciencias, convive una política cerrada y un manejo personal de lo público. El poder vertical se ha construido sobre la base autoritaria que es tradicional en Rusia. Pareciera que la idea de poder dominase a quien la encarne.

Lo que tenemos hoy en Rusia no es una especie de sorpresa. No es algún tipo de desviación de un patrón histórico. Mucho antes de que existiera la OTAN, en el siglo XIX, Rusia se veía así: tenía un autócrata. Tuvo represión y militarismo. Tenía sospechas de los extranjeros y de Occidente. La actual es la Rusia que conocemos, y no otra que llegó ayer o en los años noventa. No es una respuesta a las acciones de Occidente. Hay procesos internos en Rusia que dan cuenta de dónde estamos hoy.

Y es por eso que, quizás, esa Rusia eterna contiene, en sí, su propia paradoja; como muy bien dice Stephen Kotkin: “Sus capacidades nunca han estado a la altura de sus aspiraciones”. Y agrega que, durante “medio milenio, la política exterior rusa se ha caracterizado por ambiciones altísimas que han superado las capacidades del país. Comenzando con el reinado de Iván el Terrible en el siglo XVI, Rusia logró expandirse a una tasa promedio de cincuenta millas cuadradas por día durante cientos de años, y eventualmente cubrió una sexta parte de la masa terrestre de la tierra”.  

Ello ha generado una muy particular cultura estratégica, anclada en la soberanía territorial y la profundidad estratégica. Visión estrictamente territorial y westfaliana que entra en colisión con el cosmopolitismo del siglo XXI, que se manifiesta en una nostalgia estratégica e histórica. En efecto, se mezcla y entremezcla en un condicionamiento histórico, que dificulta liderar al país en sintonía con los nuevos tiempos. En palabras del propio presidente Vladimir V. Putin, “el peor desastre estratégico del siglo XX ha sido la desaparición de la Unión Soviética, y quien no lamenta la disolución de la Unión Soviética no tiene corazón, pero quien quiere restaurarla en su forma anterior no tiene cabeza”. Esta nostalgia recuerda muy bien la triada de las causas de la guerra para Tucídides: interés, honor y temor.

Está claro que el Gobierno ruso percibe el mundo en términos de siglo XX y no se da cuenta que estamos en el siglo XXI, donde los grandes desafíos exigen multilateralismo y cooperación. Como bien señala Henry Kissinger en su obra Diplomacia, “administrar la declinación de un imperio en ruinas representa una de los más importantes desafíos de la diplomacia”.

Kairos

El lunes 21 de febrero último, el gobierno del presidente Vladimir V. Putin cruzó el Rubicón.

El reconocimiento de la independencia de los territorios ucranianos de Donetsk y Lugansk –en la práctica, la mutilación de la soberanía e integridad territorial de Ucrania– constituyó una violación a los principios y propósitos de la carta de la ONU, al Derecho Internacional y a los principios básicos de convivencia de la comunidad internacional. Tres días después, continuó con la invasión por parte del Gobierno ruso del territorio de Ucrania. Este acto de barbarie en pleno siglo XXI es inaceptable. La agresión militar, sin justificación alguna, se ha transformado en la guerra de elección de Putin.

Parafraseando a Amin Maalouf, ya éramos conscientes de una suerte de naufragio de las civilizaciones, pero aun así no esperábamos que tanta destrucción pudiese ser generada por quien la sufrió durante la segunda guerra mundial. La Sinfonía Nº 7 de Dmitri Shostakovich, Leningrado, se metamorfosea hoy en la Sinfonía de Kiev.

La invasión y destrucción en Ucrania no es completa y totalmente inaceptable. El Gobierno de la Federación de Rusia justifica su acción técnico-miliar en agravios: entender que no han perdido la guerra fría; el no cumplimiento de las promesas verbales de no expansión de la OTAN hacia el este –la famosa frase “not one inch eastward” del ex secretario de estado de los Estados Unidos, James Baker–; la marginación de esquemas de seguridad europea…

Pero todos estos argumentos razonables desde la perspectiva rusa caen ante la violación al Derecho Internacional y la Carta de la ONU. El sistema internacional se fundamenta en una suerte de adhesión a un contrato de autorregulación, basado en el irrestricto cumplimiento de los principios y normas jurídicas que regulan el andamiaje multilateral. Ello es aún más importante en el caso de la Federación de Rusia, mayor país territorial del mundo, primera potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad, con el privilegio del derecho a veto y, como contrapartida, con una responsabilidad de peso en garantizar la paz y seguridades internacionales.

Además, la invasión de Ucrania tiene lugar en medio de una estampida diplomática, que es inmediatamente aniquilada. En junio del 2021, en Ginebra, se habían reunido los presidentes Joseph Biden y Vladimir V. Putin, y había comenzado un proceso diplomático tendiente a considerar y analizar cuestiones de seguridad europeas y estabilidad estratégica global.

En los últimos meses se había activado una robusta diplomacia europea, liderada por el presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Olaf Scholz, tendiente a reactivar los acuerdos de Minsk, para poner fin al conflicto entre Rusia y Ucrania. Esta acción diplomática era muy relevante ya que uno de los puntos de los Acuerdos de Minsk prevé elecciones en los territorios de Donetsk y Lugansk para determinar su eventual autonomía. De haber ocurrido bajo la egida del Cuarteto de Normandía –Alemania, Francia, Rusia y Ucrania– hubiera podido destrabar pacíficamente el principal motivo de la llamada acción técnico-militar rusa: la situación de la población rusa en dichos territorios.

También había habido reuniones de viceministros y ministros de Relaciones Exteriores de Rusia y de los Estados Unidos; y reuniones entre funcionarios de alto nivel de la Federación de Rusia y la OTAN, la Unión Europea y la Organización para la Seguridad y Cooperación de Europea. Mientras se advertía la movilización de más de 150.000 militares de las FFAA de Rusia hacia la frontera con Ucrania, la diplomacia no descansaba.

Ahora ya no se trata de un conflicto bilateral entre Rusia y Ucrania, Rusia y OTAN, Rusia y Europa. El conflicto es con la comunidad internacional.

La votación del 2 de marzo último en la Asamblea General de la ONU, bajo el esquema de la Resolución Unión Pro Paz,que permite que una resolución vetada en el Consejo de Seguridad sea tratada en la Asamblea General, fue el punto de inflexión. Ciento cuarenta y un países votaron en contra de la invasión de Rusia, y condenaron su violación al Derecho Internacional y la Carta de la ONU. Solamente cuatro países acompañaron la posición de Rusia. El aislamiento del gobierno de la Federación de Rusia y la falta de credibilidad del presidente Vladimir V. Putin son los principales intangibles que pierde Rusia.

Es muy probable que la guerra termine en la victoria militar rusa, pero eso no significará que el pueblo ucraniano sea subyugado. Si la historia sirve como experiencia, el Gobierno ruso debería haber aprendido que las invasiones nunca, dan los resultados buscados: mongoles, suecos, polacos, Napoleón y Hitler fracasaron. Más aún en el siglo XXI. La fuerza bruta, sin motivo ni justificación, no es aceptada por la comunidad civilizada. El 2 de marzo, habló.

¿Quo Vadis?

La invasión de la Federación de Rusia a Ucrania me llevó a releer Guerra y Paz de León Tolstoi. Libro excepcional todo a lo largo de sus 1500 páginas, 361 capítulos, 560.000 palabras y 559 caracteres tiene, además, un título desafiante ya que en idioma ruso la palabra paz y cosmos o mundo es la misma: mir. Es así que Guerra y Paz, es también Guerra y Mundo, ya que para Tolstoi la vida es también batalla.

Guerra y Paz es una obra monumental: novela de guerra y heroísmo, saga familiar y amor. Pero, ante todo, es una novela que presenta a seres humanos que intentan crear una vida significativa para sí mismos en un país desgarrado por la guerra, el cambio social y la confusión espiritual.

Traigo esto a colación porque las guerras pasan, dejan destrucción, humillación, temor y resentimiento. Pero también la historia fluye a través de sus actores principales: hombres y mujeres que en su vida cotidiana son los verdaderos generadores de hechos.

Este doble error y horror estratégico del gobierno del presidente Vladimir Putin probablemente lleve en sí el germen de otros tiempos para el pueblo y la Nación rusa. Es por eso que es muy importante pensar el futuro y distinguir el gobierno de la Federación de Rusia de la Nación.

La Federación de Rusia es demasiado importante como para quedar al margen del sistema internacional. En primer término, es imperativo que cese la invasión de Ucrania –la llamada guerra de elección del presidente Putin– y que los militares rusos se retiren de todo el territorio ucraniano para que se restablezca su integridad territorial. Luego es imprescindible que el gobierno del presidente Putin asuma su responsabilidad jurídica por la violación de principios elementales del Derecho Internacional y de la Carta de la ONU. También es necesario caminar en el fino desfiladero diplomático para evitar que el pueblo ruso sufra las consecuencias de la barbarie cometida por su gobierno. Y la Federación de Rusia deberá retomar su lugar entre los miembros de la comunidad internacional. Volviendo a Tolstoi, en medio de toda esa discordia, emerge en Guerra y Paz una visión extraña y esperanzadora del mundo como un lugar que, al final, tiene una especie de sentido.

Termino citando el mensaje radial de nuestro primer premio Nobel de la Paz, Carlos Saavedra Lamas, en ocasión de la recepción de ese honor en 1936: “La guerra de agresión, la guerra que no implica la defensa del propio país, es un crimen colectivo. En sus consecuencias sobre la gran masa de los pobres y humildes, no posee ni siquiera ese resplandor de valor, o heroísmo, que conduce a la gloria. La guerra implica una falta de comprensión de los intereses nacionales mutuos; significa el socavamiento e incluso el fin de la cultura. Es el sacrificio inútil de la valentía mal aplicada, frente a esa otra valentía silenciosa que significa el esfuerzo por ayudar a los demás a mejorar la existencia elevando a todos en este fugaz instante nuestro a niveles superiores de existencia”.

Ricardo E. Lagorio es embajador argentino. Fue designado para cumplir funciones en Rusia en el período 2017-2021

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