Cuando el Tribunal Federal de La Rioja en el 2014 leyó la sentencia que esclareció el crimen del obispo La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, selló la convicción que compartían las comunidades de la provincia y otros lugares del país desde el 4 de agosto de 1976.
La Justicia de la democracia afirmó: “Tenemos por cierto que la maniobra brusca que ocasionó el vuelco del vehículo que conducía monseñor Angelelli y que desencadenó la muerte del obispo…se produjo por la intervención voluntaria e intencional del conductor no identificado de un vehículo color claro (blanco o gris), presumiblemente un Peugeot 404, que se interpuso en la marcha”. El Tribunal definió que, según los informes y pericias médicas, la muerte fue instantánea por el fuerte impacto de su cabeza sobre el asfalto, al ser expulsado por la puerta lateral izquierda. Entre los móviles del crimen señaló “la relevancia que tenía para el poder militar la Pastoral de la Iglesia riojana que desarrollaba Enrique Angelelli”. Agregó que “la visión humanizante, de compromiso social junto a los pobres y auténticamente cristiana de Angelelli, conmovió, a partir de 1968, a una provincia marcada por grandes diferencias sociales, sectores rurales y poblaciones de extrema vulnerabilidad socioeconómica”.
El martirio fue reconocido por la Iglesia católica en el 2018; y al año siguiente dispuso la beatificación, junto al laico cooperativista Wenceslao Pedernera de Sañogasta, y los dos sacerdotes de Chamical, asesinados los días previos.
Pero la fecha del atentado criminal no fue el inicio de su vida martirial. Lo previó, con sus motivaciones, desde los años de su episcopado cordobés: “No nos cansaremos de bendecir al Señor, que nos ha llamado a vivir en la hora presente, porque nos ha llamado a ser forjadores de una nueva sociedad. Ya ha despuntado el alba, y todo lo que no está cimentado en Jesucristo asiste a su propia agonía, aunque el precio sea la sangre” (1963). Un año después estalló el conflicto con quienes se oponían a los cambios conciliares. Fue cuando predicó: “Es evidente que todo intento de auténtica renovación lleva como precio el sufrimiento, la incomprensión y a veces hasta la calumnia; esto no nos debe hacer trepidar, sino que serena y firmemente sepamos comprometernos vitalmente con quienes sufren la desorientación en la búsqueda de la verdad; con quienes padecen hambre, miseria o injusticia en su vida” (Diario Córdoba, 8 de junio de 1964).
Al finalizar el Concilio diagnosticó “que muchos cristianos usan de la Iglesia para defender sus propios y egoístas intereses; que los consagrados del Señor no somos los auténticos evangelizadores de los pobres (…)”. Y entre los desafíos, ser “testigos de la Iglesia de los pobres, de los humildes, de los afligidos, de los obreros”. Enrique Angelelli volvió del Concilio y lo proclamó sin medias tintas: “No hemos hecho brillar las notas definitivas de los discípulos de Cristo, por nuestra mentalidad, por nuestros egoísmos de clase, nuestras ausencias en el compromiso con los hermanos y la sociedad de hoy; con las insensibilidades ante el sufrimiento material y moral de los pobres y necesitados. (…) Hemos sido llamados a construir una nueva sociedad, más humana, más justa y feliz. Es necesario estar despiertos; el Evangelio y el cristianismo no ha sido hecho para gente que duerme. No podemos vivir en estado de sopor ni de cansancio interior” (Córdoba, 1967).
A 50 años de la instauración de un régimen que aplicó el terrorismo de Estado, la figura y el testimonio del obispo Enrique Angelelli se nos presenta como interpelación evangélica. En su última homilía, el 22 de julio de 1976, ante los féretros de sus dos sacerdotes asesinados, Gabriel Longueville y Fray Carlos Murias, describió el martirio no como la muerte violenta, sino el punto culmen del compromiso con una opción: “¿Qué significa ser mártir o testigo? Es testigo el que ha visto, el que ha tocado, el que ha oído, el que ha experimentado… Ellos fueron testigos del contenido de las Bienaventuranzas: felices los pobres, felices los mansos, felices los misericordiosos”.
El martirio reconoce un trayecto en la construcción de un proyecto comunitario. No es el inicio ni el final. No es individual, tampoco imparcial. Es molesto, afecta intereses, provoca reacciones, genera conflictos en el escenario social, político, económico, cultural y religioso por la radicalidad de las exigencias evangélicas. La vida eliminada, arrebatada es la rúbrica de lo que se testimonia. Las acciones por causas concretas que tienen por destinatario no el beneficio propio sino el bien comunitario, que es esencial al martirio. Fue la propuesta que el beato Enrique Angelelli asumió en su vida y ratificó en 1965 con la renovación conciliar en el Pacto de las Catacumbas de Santa Domitila, en Roma. La sangre que se esparció en el asfalto riojano fue el precio que selló su fidelidad.


















