Jorge Novak, profeta y apóstol en tiempos difíciles 

“¿Cómo podría responder ante la sociedad y ante Dios si, por oportunismo o por indiferencia, me callara ante el peligro de que la injusticia social se transformara de coyuntural en estructural? ¿Cómo la Iglesia, «experta en humanidad», podría pasar de largo ante el peligro de que los pobres, además de soportar la «epidemia de la desocupación» (Juan Pablo II, Laborem Exercens, n. 37), vieran cercenadas o limitadas inmoralmente su libertad de defender derechos humanos fundamentales? ¿Cómo podría yo quedar sordo a la voz de Dios que recoge el eco de un clamor creciente que sube de los hogares rebajados en su dignidad por falta de trabajo y reducidos a vivir en la mendicidad, encubierta pero real? Para nosotros, sucesores de los profetas y de los apóstoles, sigue en pie la exhortación divina: “Cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te ordene. No te dejes intimidar por ellos, no sea que yo te intimide delante de ellos” (Jeremías 1,17)”. 

Jorge Novak, Circular 84/1990

Algunas fechas quedan indeleblemente marcadas en nuestra memoria, aunque no siempre seamos conscientes de modo inmediato de lo que está aconteciendo. Varias generaciones recordaremos siempre el 24 de marzo de 1976 por su fuerte impacto en nuestras vidas y en la de nuestro pueblo. Ninguna batalla cultural podría reinterpretar lo sucedido para quitarle su dimensión de verdadera tragedia.

La violencia generalizada de esos días y la frágil institucionalidad que gobernaba el país lo habían dejado inerme frente a la su interrupción del orden constitucional por parte de las Fuerzas Armadas, la instauración del terrorismo de Estado y la adopción de una política económica de neto corte liberal, cuyas consecuencias se seguirían sintiendo en los años posteriores, con una retórica que reaparece una y otra vez como una panacea nunca verificada de bienestar, salvo para unos pocos.

A cincuenta años del golpe de 1976, agradezco la posibilidad de referirme a monseñor Jorge Novak, un obispo comprometido con los desafíos de su tiempo, que vivió fielmente su ministerio desde 1976 hasta su fallecimiento en 2001. Me resulta imposible evitar sentirme implicado afectivamente en cuanto escribo por haberlo conocido de modo personal y directo, y por reconocerme agradecido a Dios y a la vida por haber transitado buena parte de mi ministerio sacerdotal bajo su guía.

El 19 de septiembre de 1976 Jorge Novak, sacerdote religioso verbita, hijo de inmigrantes alemanes del Volga, nacido en 1928 en San Miguel Arcángel, provincia de Buenos Aires, recibe la ordenación episcopal y será, en adelante, como obispo de Quilmes, una viva expresión de una Iglesia samaritana que asume el dolor de su pueblo y sale a sostener su esperanza.

Con la dictadura militar, junto a la dramática cuestión de los desaparecidos, y como consecuencia de la política económica adoptada, se produjeron efectos devastadores en materia de empleo y vivienda a partir del cierre de fábricas y el surgimiento de numerosos asentamientos de familias desplazadas y desocupadas, especialmente visibles y numerosos en el Gran Buenos Aires. Junto a otros obispos como Jaime de Nevares y Miguel Esteban Hesayne, Jorge Novak encarnará la lucha por la verdad de lo acontecido durante los años del terrorismo de Estado, sin dejar de sembrar la buena noticia del Evangelio y organizar una Iglesia servidora y testigo de un Dios solidario con los hombres.

Conocí a monseñor Novak en 1982 y recuerdo, de los primeros diálogos con él, su mirada serena y su escucha atenta para responder sin apuro, exhaustivamente, a cada uno de los temas que le proponía en mi curiosidad juvenil sobre la Iglesia, la realidad social y la vida de la diócesis. Fue para mi generación un auténtico formador, inspirador de un modo de ser Iglesia y de testimoniar a Jesucristo, principalmente entre los más pobres. Profesor de historia de la Iglesia, lejos de quedarse en anécdotas y chismes históricos, como suele suceder con muchos profesores de esa disciplina, sabía inculcarnos la mirada extendida de los procesos históricos y, con verdadero propósito pedagógico, nos pedía relacionar lo acontecido con el presente de la Iglesia y de la humanidad.

A fines de 1988, a partir de mi ordenación sacerdotal, pude colaborar con su ministerio en distintos servicios y siempre me resultó de gran consuelo saberme cooperador de un pastor como él, capaz de discernir los signos de los tiempos con audacia profética y caridad apostólica. Animador de dos sínodos –en tiempos en que éstos no habían recuperado la frecuencia de los primeros siglos de la Iglesia ni de los albores de la evangelización en América Latina– y de numerosos espacios y encuentros de participación de los fieles en la vida de su Iglesia, monseñor Novak desplegó su acción pastoral en cuatro cauces considerados fundacionales de la diócesis de Quilmes: la opción preferencial por los pobres, la misión evangelizadora, la defensa de los derechos humanos y la unidad de los cristianos. No se trataba de prioridades o metas sino de verdaderos torrentes inspiradores de su misión pastoral.

Durante sus años de obispo impulsó con decisión la creación capilar de parroquias esparcidas por todo el territorio diocesano para llevar a la Iglesia en medio de la gente, así como la creación de instancias formativas significativas como el seminario diocesano, la Escuela de Ministerios y los centros de formación de catequistas, agentes de pastoral bíblica y de pastoral social. Cultivó el diálogo ecuménico al servicio de la unidad de los cristianos, así como de la promoción y protección de los derechos humanos, que tuvo en el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH), del que fue presidente y cofundador, un ícono de la incansable búsqueda de la verdad sobre las víctimas de la represión militar.

Ciertamente su ministerio estuvo marcado desde temprano por el dolor de los familiares de los desaparecidos que llegaban a la recién fundada curia de Quilmes para pedir la solidaridad eclesial en esa búsqueda infructuosa de alguna noticia sobre lo ocurrido a sus seres queridos. Ese dolor forjó su corazón de pastor, como él mismo dijo reiteradamente. Son muy recordadas sus misas mensuales por los desaparecidos, así como sus cartas pastorales, en las cuales iluminaba con una predicación encarnada y apremiada por el dolor cuanto estaba aconteciendo en la Argentina en materia de derechos humanos. A través de una activa Comisión de Justicia y Paz diocesana, supo articular apoyos concretos para ubicar a las personas desaparecidas y acompañar las necesidades de sus familias. 

Con el regreso de la democracia profundizó su servicio a los derechos humanos, convirtiéndose en un auténtico referente y pedagogo en esa materia, con un amplio reconocimiento de la sociedad civil. En 1985 asumiría la cátedra de Derechos Humanos en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora; la Universidad Nacional de Quilmes le conferiría a fines de los años noventa el título de profesor honoris causa en reconocimiento a su infatigable participación en materia de derechos humanos.

Su mirada sobre los derechos humanos no se limitó sólo al drama de los desaparecidos, sino también a otros marginados de la vida social, muy especialmente los desocupados y aquellos que, sin vivienda, debían vivir en villas y asentamientos. Solía decir que había llegado a una diócesis obrera y que, con el paso de los años, se había convertido en una diócesis de gente sin trabajo, sin horizonte ni posibilidades, a partir del cierre de tantas fábricas y empresas, de la mano de la aplicación de la política económica del Proceso. Frente a cualquier descalificación del compromiso social de la Iglesia, insistía en que éste se inspiraba en la misión recibida de Dios, que lo urgía en conciencia a actuar, sin contraponer evangelización y promoción social ni negar al pobre su condición de sujeto y protagonista de la vida social.

Imposible no recordar su palabra vibrante a favor de la paz en los tiempos del conflicto con Chile y de la guerra de Malvinas. Lejos de sumarse a discursos desmesurados y belicistas –incluso dentro de la Iglesia– o de llamarse a silencio, supo entrever y alertar proféticamente sobre las dramáticas consecuencias del conflicto.

Su magisterio constante nos forjó en la lectura y aplicación pastoral de los documentos conciliares y pontificios en el episcopado latinoamericano y argentino; su insistencia permanente en la comunión con el Santo Padre y en la colegialidad episcopal nos ayudaba a perseverar en una mirada eclesial capaz de superar tensiones y siempre enamorada de la misión de la Iglesia.

Con el “diario del lunes”, como solemos decir, y con total desconocimiento de condicionamientos y contextos, se le podrán encontrar errores y omisiones, pero nunca corrupción ni complicidades con el mal. La Iglesia y la sociedad en general disponen hoy de criterios pedagógicos y herramientas jurídicas que él y sus contemporáneos no tuvieron para afrontar las diversas crisis e incoherencias de sus propios dirigentes y colaboradores.

Se nos critica a la Iglesia –especialmente a los obispos–, muchas veces con razón, el silencio, la excesiva prudencia o la inacción en tiempos exigentes y difíciles. En Jorge Novak tenemos una voz que nunca calló lo que Dios le pedía en la oración, en la realidad y en los signos de los tiempos. Mientras desempeño mi servicio de presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el recuerdo conmovido de este pastor según el corazón de Cristo, profeta y apóstol en tiempos difíciles, me lleva a pedir su intercesión para que quienes hemos sido constituidos pastores del pueblo de Dios, no declinemos la palabra oportuna ni los gestos necesarios cuando estén en juego la vida y la dignidad de los hijos de Dios.

Marcelo Daniel Colombo es Arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

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