Me han pedido mis queridos amigos de CRITERIO un tributo en sus pimpantes setenta años. Así les mando unas parcas reflexiones, escritas entre las barrancas al Norte, primaveralmente variopintas y el río lento y camalotero, un día gris que -entre la hipnótica llovizna silenciosa- aspira a ser azul.  Pero he aquí que, al revés, como lo quiere el poeta: “Brevemente la tarde se ha aclarado / Porque ya cae la lluvia silenciosa / Cae o cayó, la lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado”.

 

Que este homenaje sea un poco también a mí mismo, a aquellas noches desveladas en que era yo quien timoneaba, con inolvidable pasión, un número extraordinario de CRITERIO.

 

Las rugosidades de la realidad

 

Hace años, todos los sábados al atardecer, asistía a un encuentro de amigos a quienes el entonces padre Jorge Mejía adiestraba en una lectura crítica de las Escrituras.  Sentado en su mullida poltrona, Jorge comparaba con deslumbrante maestría los textos bíblicos y nos hablaba del placer -casi táctil- de palpar y reconocer, como en un tronco virtual, “las rugosidades del texto”. Así las llamaba.

 

Quizás fue entonces que comencé a sospechar que la metáfora espacial aplicada al tiempo, era algo más que un tropo, al estilo de Hayden White.

 

Lo cierto es que la percepción de la temporalidad es uno de los temas más apasionantes de la existencia individual y colectiva. Hace apenas ciento cincuenta años, el arzobispo Ussher y el Dr. John Lightfoot de la Universidad de Cambridge informaban con desoladora precisión que el mundo había sido creado a las 9 de la mañana del domingo 23 de octubre del año 4004 A.C.

 

En esta atmósfera timorata del geologismo bíblico, fue que adquirió proporciones gigantescas la intuición darwiniana: el espesor profundo de un tiempo suficiente para el gran juego de la evolución, estimulada desde el airoso Beagle por el raso perfil de las estepas patagónicas.  A su turno, el poeta escribiría: “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música…”

 

El tiempo cambiaría así radicalmente su papel: de ámbito exterior mutaría a principio constitutivo y operador de los seres vivos, como tan bien lo ha mostrado François Jacob, y especies y civilizaciones encontrarían sus raíces profundas más allá de las estrechos cálculos victorianos.  Una soberbia densidad historicista invadiría los saberes y las pasiones, como un vino acre y embriagante que se bebería desde el geist germánico hasta Michelet.

 

Vivimos hoy una época inversa que, pioneramente, vaticinó Tierno Galván en 1960. Las mentalidades analítico-contemplativas sucedieron a las genéticas. El pasado dejó de explicarlo todo para ser desplazado por la estrategia presentista y admisiva del bricolage.  El imperio de la sucesión fue conquistado por el de la simultaneidad.

 

Así ocurre en nuestros días, con ese desprecio por lo que “fue”, expresión pretendidamente futurista -y, por lo tanto, harto sospechosa de fascismo-, esparcida todo a lo largo del mundo mediático y de la industria literaria, término acuñado por Tocqueville, bastante antes que los escoliastas de Frankfurt.

 

Lo que “fue” no es hoy antecedente ni consecuente de nada: queda constituido como el eje central vacío de la vulgata postmoderna, versión bastarda y bastante menos divertida que el carpe diem horaciano. ¡Adiós a las angustias y a las náuseas de la libertad; tomad un Prozac y obtendréis un pensamiento débil!

 

Se acabaron las rugosidades y los matices:  hay que resbalar sobre el incomplejo presente acrílico, en una trama sin proporciones ya que han desaparecido los referentes temporales. ¡Satisfechos del mundo, uníos!

 

Rechazo de los “grandes relatos”, elogio de una ética del fragmento y diatriba de una identidad compleja pero continua; en suma, hordas de aburridos pletóricos de información y exangües de conocimiento.

 

Pesos, escalas y medidas

 

Habiendo (Caín) inventado pesos y medidas, transformó aquella inocente y noble naturalidad con que vivía la gente mientras las desconocía, en una vida plena de estafas. Flavio Josefo

 

Mensuramos el pasado según dudosas tasas que se ciñen a una cronología toscamente secular. Así decimos: “el siglo XIX” y creemos aspirar su aroma, como si los procesos profundos y las largas duraciones pudiesen sintetizarse en una frase, y como si hubiera una sola temporalidad y una memoria inconsútil y no muchas inciertas duraciones en pugna contra el olvido.

 

De una manera parecida procedemos con el espacio. Seguimos utilizando mapas según la eurocéntrica proyección Mercator, que es altamente deformante, en lugar de usar la más verosímil esfera terráquea, en plena era de la globalización.

 

De la guía Filcar a los atlas más sofisticados, la representación del espacio a escala es un compromiso entre la realidad física y su figuración icónica, entre la geografía y la cartografía.

 

Las medidas temporales y espaciales y sus transposiciones escalares, además de exigir un paciente ejercicio hermenéutico, pertenecen genuinamente al imaginario colectivo de una sociedad o de una civilización.

 

Cuenta Edgar Morin, en uno de sus primeros libros, que allá por los cincuenta, la Organización Mundial de la Salud pretendió despertar el alerta de los jefes tribales africanos, con una panoplia de macro-diapositivas sobre la mosca tse-tse. La respuesta fue terminante ante la proyección:  “Aquí nunca hemos visto animales voladores tan grandes”. La escala es un lenguaje, una creación cultural.

 

Desde la inquietante balanza en la que el corazón del difunto y la pluma de Maat debían equilibrarse, pasando por el librepens romano hasta los sensores robóticos de hoy, el hombre quiere medir y pesar hasta el límite de la incertidumbre.

 

El primer astronauta -Glenn- que vio a la Tierra desde el espacio exterior y la describió como a “una nave flotando en el espacio”, entró en una nueva escala, en la cual, paradójicamente, no hay gravedad y la materia queda liberada del yugo de su locus naturalis.

 

Hay escalas de la memoria histórica, como la de aquel catalán de la expedición de Roger de Flor, quien dibujó por primera vez el Partenón, aun intacto.  Yo mismo, devorado por el silencio primordial de las alturas de Masada, sentí el fulgor de la altiva mirada de otro Marcelo, lugarteniente del Gobernador Flavius Silva, que abatió a los heroicos judíos.  La escala de la victoria es, casi siempre, la de las alturas.  Allí se sube y de allí se cae.

 

Quizás fue Julio Verne quien propició una nueva escala que combinó la precisión geográfica y la magia del viaje iniciático, con Alex, el héroe del Viaje al centro de la tierra y con Nemo, al anarquista abisal.

 

El trasfondo social de cada sistema de medición, antes de la unificación metrológica es de una riqueza humana inagotable. Los nómadas del Sahara, donde la exacta apreciación de la distancia entre un pozo de agua y el siguiente tiene una importancia de vida o muerte, miden el camino aún hoy en tiros de bastón, en tiros de arco, alcance de la voz, de la vista, de la vista desde la grupa de un camello, como explica Witold Kula.

 

Hay medidas que son apéndices del cuerpo humano: el pie, el codo, en una evolución abstractizante que llega al mètre vrai et définitif creado por decreto francés del 22 de junio de 1799, y hay mensuras microfísicas en las que el espacio y el tiempo se hacen uno, como quiere Prigogine.

 

* * *

 

Así concluye este breve homenaje. ¿Quién puede discernir con verdadero esprit de finesse su situación en el tiempo biográfico y colectivo? En la dedicatoria de El príncipe (1513), Maquiavelo habla de su lunga esperienza delle cose moderne; treinta años después, Francisco Delicado, vicario del valle de Cabezuela, en su raro libro La lozana andaluza, nos dice -en escabrosa y sin igual enumeración- de la existencia en Roma de meretrices modernas, en pleno saqueo de las tropas del condestable de Borbón al servicio de Carlos V.

 

Pero certificados de nacimiento (y de defunciones) aparte, es cierto que CRITERIO porta setenta años de espesor histórico y está instalada en la primera magnitud de la escala del pensamiento argentino de inspiración cristiana.

 

Desde las veleidades fascistoides de los comienzos -tan explicables en la década del veinte-, superadas por el vacilante, al comienzo, corporatismo social católico (salazariano o dollfussiano) de Franceschi que culminaría en la democracia cristiana, el liberal turn de la dirección de Mejía potenciada por Braun, convirtió a CRITERIO en precursora local de la aceptación conciliar de la modernidad.  En un punto del camino entre el Syllabus y Gaudium et spes, la revista hizo estallar el escándalo de su dignidad y su libertad de pensamiento, entre los roedores de sacristía que la acusaban de sobrevivir gracias a los zlotys polacos del movimiento Pax.

 

Tengo por firme que hay sacramentos que imprimen carácter; pues bien, permítaseme reclamar del sacramentum -apuesta, desafío- de CRITERIO, un pase de identidad para la última (o la primera) puerta.

 

 

 


SENDA DE LECTURAS

– John Bury, La idea del progreso, Madrid, Alianza Editorial, 1971.

– Kees Boeke, Una visión del cosmos (El Universo en 40 saltos), Bs.As., Eudeba, 1964.

– François Jacob, La lógica de lo viviente (Una historia de la herencia), Barcelona, Ed. Laia, 1973, esp. cap. 3.

– Witold Kula, Las medidas y los hombres, Madrid, Siglo XXI, 1980.

– Alasdair MacIntyre, Tras la virtud, Barcelona, Ed. Crítica, 1987.

– Marcelo Montserrat, Usos de la memoria (Razón, ideología e imaginación históricas), Bs. As., Ed. Sudamericana / Universidad de San Andrés, 1996.

– Edgar Morin, El cine o el hombre imaginario (Ensayo de antropología), Barcelona, Ed. Seix Barral, 1961.

– Ilya Prigogine, El nacimiento del tiempo, Barcelona, Tusquets Eds., 1991.

– Enrique Tierno Galván, Tradición y modernismo, Madrid, Ed. Tecnos, 1962.

– Alexis de Tocqueville, La democracia en América, México, F.C.E., 1963 (2a. ed.).

– Stephen Toulmin y June Goodfield, El descubrimiento del tiempo, Bs.As., Ed. Paidós, 1968.

– Hayden White, Metahistoria (La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX), México, F.C.E., 1992.

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