Espontaneidad, acertadas descripciones y profundidad psicológica definen la excelente novela El viento que arrasa, la primera de la escritora Selva Almada (Mardulce Editora, 2012, Buenos Aires, 160 páginas). No sin acierto varios escritores y críticos señalaron que la primera novela publicada por la cuentista Selva Almada (Entre Ríos, 1973) constituyó la gran sorpresa de la narrativa argentina del año pasado. Una muy agradable sorpresa, tanto por la originalidad de la propuesta como por la precisión de un lenguaje tan cuidadosamente trabajado que deja la impresión de una escritura espontánea.
Todo transcurre en menos de 24 horas, en el taller de un mecánico perdido en el campo chaqueño, al borde del camino, mientras trata de poner en funcionamiento el viejo automóvil de un pastor protestante que recorre parajes mesopotámicos para adentrarse luego en el Chaco.
Los protagonistas son cuatro: el reverendo se llama Pearson, Leni es su hija adolescente y casi forzada acompañante, el mecánico es el gringo Brauer, quien vive con un muchachito tímido y atento que responde al apelativo de Tapioca, su ayudante y acaso un hijo no reconocido.
La obra es de una naturalidad expositiva que sabe combinarse con la hondura psicológica y espiritual. El clima de lo que podría estar por pasar marca el ritmo del relato y mantiene el interés del lector. Los personajes son coherentes en sus sentimientos y reacciones, aunque por momentos sus pensamientos y actos puedan resultar inesperados o poco habituales. Quizá los más previsibles sean el mecánico y la hija del pastor, figuras con los pies en la tierra, o en este caso en el barro, porque una lluvia torrencial arrecia esa noche. Los más inaccesibles, en cambio, parecen el pastor, misterioso y místico, y el introspectivo Tapioca, rumiando siempre el drama de su historia y los arcanos designios divinos.
El pastor es un buen orador, sincero e inescrutable en sus convicciones religiosas. La hija quisiera conocer más sobre el porqué de la separación de sus padres y se muestra algo hastiada de esa vida de apostólicos itinerantes. El gringo es un hombre de campo, elemental y práctico. El muchacho, tan sensible como hermético.
La fugaz descripción del paisaje que los acompaña es uno de los hallazgos de la escritora, que demuestra un conocimiento genuino de la vida en las provincias. Con un estilo diferente, Almada recuerda por momentos las páginas del moroso y ya clásico Juan José Saer. Y no en vano ella se considera tributaria de los grandes escritores sureños de los Estados Unidos.
¿Por qué la sorpresa y cierto deslumbramiento ante una novela corta donde, se diría, ocurre tan poco y en breve tiempo? Por varios motivos quizá. Porque escapa a cualquier cliché y nunca cede a la tentación del golpe bajo o del maniqueísmo, porque la escritora no se erige en juez ni condena a nadie, porque no hay retorcidos por más que pueda haber personas obsesionadas o aparentemente indiferentes. Además, la mesura y la tensión clásica de la escritura son admirables. Con qué seguridad avanza Selva Almada en la historia y cómo demuestra conocer a fondo a sus cuatro personajes… De alguna manera los quiere y los comprende, con esa empatía que siempre demuestran los buenos escritores por sus hijos en la ficción. Como pasa con Honoré de Balzac o con Francois Mauriac, con Carson McCullers o D.J. Salinger, con Alain Fournier o Ignazio Silone, con Miguel Delibes o Juana de Ibarbourou. No predomina una idea, y menos aún una ideología. La autora sale al encuentro de sus personajes como Cervantes con su Quijote: poco importa si ha enloquecido, para él es entrañable.