Tiempo de ópera, de José María Cantilo (Buenos Aires, 2013, Prosa).
Para José María Cantilo el “tiempo de ópera” comenzó a los 9 años, cuando presenció Il Trovatore, con Beniamino Gigli. O antes, cuando su padre escuchaba aquellos rompibles discos 78rpm. Ese tiempo siguió marcando horas de felicidad, un estado que se traduce en la identificación con autores, títulos e intérpretes. Allí están los grandes momentos, o los frustrantes, algunos de los cuales hicieron historia en una sala de ópera y en el destino de una carrera y de la vida misma, como la de Leonard Warren desplomado en el escenario del Met neoyorquino tras el “Morir, tremenda cosa” de La Forza del Destino. En el apasionado de la ópera, las líneas de libreto se aplican a la vida, se cuelan en la conversación con naturalidad y sirven de lenguaje o código de reconocimiento entre los adeptos. Esteban Benzecry dedicó su tesis doctoral al “fanático” de la ópera, pintándolo como absorbido y limitado por esa pasión. En tal sentido, Cantilo está lejos de esa fascinante estrechez. Nieto del canciller cuyo nombre lleva, fue alumno del Colegio Nacional Buenos Aires, y con sus compañeros frecuentaba las localidades del Colón o el desaparecido Marconi. Fue testigo de los “gloriosos sesenta” cuando en la sala de la calle Libertad se ponía en escena la tetralogía completa, con figuras como la Birgit Nilsson y Hans Hotter, o cuando se escuchaba a Richard Tucker, Bergonzi, Rossi Lemeni, Cornel Mac Neil, Kraus y otras grandes voces.
Cantilo ingresó al servicio diplomático y sirvió al país en destinos esplendorosos a veces, riesgosos y duros otras. Fue cónsul en Venecia y Munich, ideales para ver y conocer a las más grandes figuras de la música de la segunda mitad del siglo XX. En tal sentido merece destacarse la semblanza de Carlos Kleiber, el gran director de orquesta, argentino de nacimiento, o sus encuentros con Hans Hotter, Carlos Cossutta, Giuseppe Di Stefano y otros. Ya no hay consulados en esas ciudades, pero cuando los había y tenían a su frente a diplomáticos de cultura, se advierte la importancia de esos bastiones por las posibilidades que brindaban de promover el arte y a los artistas de nuestro país, como ocurrió cuando acogió en la Bienal de Venecia a Clorindo Testa, Miguel Ocampo y Guillermo Roux. Y pudo llegarse con Mujica Láinez hasta Duino y recorrer el castillo mientras el escritor recitaba de memoria las Elegías de Rilke. Las descripciones de personas, de teatros que han pasado varios centenarios, a veces resucitando de las cenizas como La Fenice, y los festivales de Salzburgo y Bayreuth, el impresionante repertorio operístico acumulado, los comentarios musicales y las anécdotas, hacen que la lectura sea grata y despierte nostalgias.
Concluida la carrera diplomática, Cantilo inició un programa radiofónico llamado Tiempo de ópera, además de otras actividades culturales, alentando a tantos artistas argentinos que se cimentan una carrera que atraviesa nuestras fronteras, como Margarita Zimmermann, Luis Lima y Marcelo Álvarez. El libro trae ilustrativos capítulos sobre Gardel y la ópera, y de ésta, el cine y el humor. Alberto Bellucci traza un prólogo con referencia al de I Pagliacci y al catálogo de Leporello. Tiene razón al decir que Cantilo nos entrega un libro sobre el que los términos memorable, entrañable, amable, pulido y sustancioso están muy justamente utilizados.