“Georges Méliès. La magia del cine” es una atractiva muestra que recupera la historia de este dibujante, mago, director de teatro, actor, decorador, técnico y también productor, realizador y distribuidor de más de 500 películas.
Es muy poco probable que, después de leer esta nota, el estimado lector cambie su agenda y tome un inmediato vuelo a Madrid. Pero es directamente imposible que algún organismo de Cultura de nuestro país, nacional, provincial o municipal, traiga para acá la exposición que en estos días puede verse en la Caixa Forum, frente al Museo del Prado. Costos de seguro, cuestiones de espacio físico, y, sobre todo, una apoltronada indiferencia política impiden que así sea. Ojalá nos equivoquemos.
Ocurre que este año, camino al Festival de San Sebastián, nos detuvimos un día entero en la exposición itinerante Georges Méliès. La magia del cine, que allí se exhibe hasta el próximo 8 de diciembre, casualmente fecha de nacimiento de aquel genio gratamente evocado por Martin Scorsese en La invención de Hugo. La organiza Cinemateca Francesa, con material propio, de otros museos y en especial de la mismísima familia Méliès, que desde 1945 viene rescatando cosas desperdigadas del abuelo. Como se sabe, él tuvo su gran época entre 1902 y 1908, empezó a sentir el declive hace justo un siglo, último año de la Belle Époque (asolada al año siguiente por la Primera Guerra Mundial), vivió quiebras, incendios y olvidos, quemó casi todos sus negativos en un arranque de depresión, pasó años arrumbado en un pequeño kiosko, gozó un breve reconocimiento, y siguió después como el día anterior hasta su traslado a un asilo de artistas.
En la muestra hay varios autorretratos de sucesivas épocas: jovencito atildado, seductor Mefistófeles, espíritu paterno, viejo encorvado encadenado al kiosko por el cuello. Sin embargo, su nieta Madeleine Malthete Méliès, que vivió con él y su señora en el asilo y vino aquí en 1985, lo recordaba siempre cordial, ingenioso, con esos trucos que asombran a los niños, como sacarse un cigarrillo de la nariz, o encontrarles caramelos detrás de la oreja.
La exposición empieza por el mundo de su infancia, es decir la segunda mitad del siglo XIX. ¡Qué delicia es todo eso! Variedad de títeres, figuras recortadas, dibujos singulares, cuadros luminosos animados, colecciones de hermosos juguetes ópticos de nombres trabajosos (fenaquisticopios, discos estroboscópicos, el praxinoscopio de Reynard, etc.) todavía en pleno funcionamiento, un teatrito de perspectiva con escenas montadas sobre soportes de madera, grabados ilustrando reuniones familiares con niños haciendo sombras chinas y una serie asombrosa de linternas mágicas, con sus placas de vidrio pintadas a mano, sus frasquitos de anilina, e ingenios de fábrica. Hay aparatos con doble linterna de gas oxhídrico para hacer sobreimpresiones, otro con forma de Torre Eiffel, algunos ideales para jugar a los fantasmas que se mueven y transforman en las paredes y hasta parecen acercarse al indefenso espectador, todo deliciosamente elaborado en madera, vidrio y bronce, como era en aquellos tiempos, salvo una linterna traída de Cincinatti, de aluminio fundido y lámpara de arco eléctrico, que parece una enorme garrapata con nueve ojos.
Méliès fue linternista, como se decía. Pero sobre todo fue mago. Y allá está el grabado del temible Alcofrisbas, capaz de transformar un cochero en caballo, un colegial en asno. Cuando el Diablo se mira al espejo, ahí está Alcofrisbas, para asustar a los espectadores. Hay una cabeza de Belzebú, cubiletes de mago, la botella trucada, la caja transparente de monedas, afiches anunciando espectáculos como “El decapitado recalcitrante”, un autómata vestido de Arlequín, marca Caroly, un cuerno de la abundancia del que salían billetes y conejos, cajones de doble fondo, un sinfín de piezas imprescindibles para los espectáculos de magos que se mantuvieron en el tiempo y que acá los artistas del Parque Japonés compraban en el Bazar Yankee cuando éramos chicos. ¿Podrá seguirnos el lector, o ya está envuelto en su propia infancia?
En lugar especial está la maqueta del Teatro Houdini, hecha por André Méliès, el hijo. Se ve el escenario, la platea con gente de cartulina, todo con lucecitas. Y más allá está la maqueta del estudio levantado en Montreuil, uno de los primeros estudios de cine, donde el artista hizo sus breves pero grandes y complejas superproducciones de fantasía. Ahí están las cámaras, un catálogo de 1899, sus bosquejos para construir el Gigante del Polo (para moverlo se necesitaban doce personas atentas a cuerdas, poleas y manivelas), sus indicaciones y las del ocasional productor juntas en un instructivo en dos idiomas, las fotos coloreadas de El reino de las hadas, la primera página de un guión manuscrito, los dibujos a modo de story-board, siempre más imaginativos que las películas, que ya de por sí eran harto imaginativas. Maravillosa la apoteosis de Caperucita Roja rodeada de cocineras, apoyando un pie sobre el lobo yaciente como Tarzán sobre el león derrotado. Algunas películas pueden verse también a lo largo de la exposición. Muchas se han perdido. Muchas, por suerte, fueron rescatadas gracias al persistente trabajo de la nieta y la sobrina nieta Marie-Hélène Léhérissey, mujer encantadora que vino aquí un par de veces, con su hijo pianista, animando entre ambos un hermoso espectáculo de películas del abuelo (y la segunda vez, ni difusión tuvo).
Delicia tras delicia, llegamos hasta la obra más conocida: el Viaje a la Luna, de 1902. Nos recibe la escultura de un selenita, hecha en aquel entonces. Al lado, dibujos, ¡la túnica de astrólogo que Méliès usó en esa película!, primeras ediciones de los libros de Verne, Wells y la opereta de Offenbach que lo inspiraron, fotos de las señoritas que despiden a los primeros viajeros del espacio (todas gordas), en fin.
Y luego, una carta de 1914 ofreciendo la venta de objetos a otro mago, un programa de teatro de ilusionismo de 1923 con el que intentaba volver al espectáculo, una foto del estudio hecho tapera, el folleto de Aquel que han olvidado, de su rehabilitador Maurice Noverre, 1928, cartas a algunos historiadores que lo consultan allende los mares (“excuse mi inglés de tercera”, comienza diciendo), y en especial el afiche y el programa de homenaje que le hicieron el 16 de diciembre de 1929 en la Sala Pleyel, anunciando su presencia y “una selección de films feéricos y fantásticos”. Pequeña sombra: la película de fondo para atraer al público era una de Cecil B. De Mille. El solo era un recuerdo de infancia para los espectadores. Un bonus del programa. Pero ya sabemos que a veces los bonus suelen ser más lindos que la película.
Antes de la salida, afiches de sucesivos ciclos Méliès a lo largo de Europa durante el siglo XX, y un autómata que nos resulta conocido. Es el de La invención de Hugo, donado por el propio Scorsese a la Cinemateca Francesa. Y a la salida, bueno, el siglo XXI, con todo lo que soñaron Verne y Méliès, y mucho más. Pero sin su encanto.


















