Hace medio milenio un hombre de unos cuarenta y cinco años (había nacido un 14 de abril de 1452), está trepado a un andamio en el refectorio de Santa Maria delle Grazie en las afueras de Milán. Aunque no lo parece, trabaja febrilmente. Ya maneja los pinceles con furia, ya se aleja de la pared especialmente preparada, y se detiene durante horas para contemplar el progreso de su obra. Cada tanto se retira del lugar para dedicar su esfuerzo al modelado del monumento a Francesco Sforza, padre del actual duque de Milán, Ludovico el Moro, así llamado por el color aceitunado de su piel. Sorprende la agilidad con que el hombre se mueve. Su porte es principesco, su rostro tan perfecto y noble como el resto de su persona. Su nombre es Leonardo da Vinci. Desde los treinta años vive en Milán por gracia de su natural gobernante Lorenzo de Medici –conocido como el Magnífico–, ya que Leonardo ha nacido en Vinci, un pueblito en las afueras de Florencia, hijo del notario Ser Piero y de una campesina, Catalina. Se trata de un hijo natural, lo que poco importa en aquellos años del Renacimiento itálico y europeo (pensemos en Alberto el Sabio, Erasmo de Rotterdam o el propio Sforza, duque de Milán, para no señalar al príncipe por excelencia Cesare Borgia, hermano de Lucrecia e hijos ambos del papa Alejandro VI).

 

Volvamos al refectorio donde Leonardo trabaja en lo que habrá de ser una de las obras maestras de todos los tiempos, La Última Cena. El maestro eligió el momento dramático en que Cristo exclama: “Uno de vosotros me traicionará”. Cunde el desconcierto y el horror. Los Apóstoles se miran espantados entre sí. Las actitudes y los rostros hablan por sí mismos. Tan sólo Judas Iscariote, el tesorero de la cofradía, traiciona con sus facciones la bajeza moral. Al tiempo vuelca con su gesto el salero de la mesa. El episodio marca a los trece comensales y a la sal derramada. La obra quedará terminada en 1499. Tuve oportunidad de verla en pleno proceso de su última restauración. Pese a los embates del tiempo, incluyendo un bombardeo en 1943 que hizo volar paredes adyacentes, la inmortal pintura mantiene su prestancia. Contemplarla es una lección de arte y de vida. Solamente Shakespeare ha podido llegar a tal hondura psicológica.

 

Como para rematar el milagro, tan solo el rostro de Cristo permanece en condición de esbozo. La emulsión empleada en la pintura al aceite, pese a los esfuerzos del genio, comenzó su lento proceso de deterioro, lo que obligó a las sucesivas restauraciones. Peor suerte corrió su monumento ecuestre a Francesco Sforza, modelado en arcilla, prometió ser el más notable de los monumentos ecuestres de todos los tiempos. Llegada la hora de fundirlo, el bronce fue destinado para cañones para combatir a las tropas francesas que amenazaban Milán. Nada pudo resistir la invasión y fueron los arqueros del invasor los que destruyeron la estatua destrozándola con sus flechas.

 

Curioso destino el de este Leonardo, cuyas obras sin terminar o mal terminadas llevaron a la exclamación de León X (el papa Medici) enterado de que Leonardo preparaba barnices para una obra futura: “Mal podrá terminar mi encargo un hombre que comienza por el final”.

 

Es que a Leonardo le interesaba más el proceso que la obra misma. Se trataba de una personalidad bien resumida por Vasari: “Se ve a la Providencia hacer llover los dones más preciosos sobre ciertos hombres, a menudo con regularidad, a veces con profusión; se la ve reunir sin medida en un mismo ser la belleza, la gracia, el talento y llevar cada una de esas cualidades a tal perfección que hacia donde quiera que se mueva ese privilegiado, cada una de sus acciones es en tal modo divina que superando a todos los demás hombres, sus cualidades aparecen como lo que en verdad son, como concedidas por Dios y no adquiridas por la industria humana…”. Admitido que lo que “Natura non da, Salamanca non presta”, creo que el caso de Leonardo como pocos es ejemplo de laboriosidad y empeño. A él debemos la frase: “Dios nos regala sus dones al precio de nuestro trabajo”. Y también aquello del “Ostinato rigore” (obstinado rigor) que ilustró con un arado, así como su “Destinato rigore” (rigor del destino) está ilustrado con una brújula. No exagero si digo que nada despreciaba Leonardo tanto como al vago y a la Pereza. Así lo confirma su fábula de la navaja de afeitar que escapó de su estuche para esconderse de su tarea. Tan solo cosechó la herrumbre de su holgazanería.

 

Es imposible en los límites de un artículo encerrar la personalidad de Da Vinci. Hagamos lo posible por sintetizar su actitud frente a la vida. Aunque proveniente del cenáculo de Medici que había rescatado la filosofía de Platón con el brillante Marsilio Ficino, los escritos de Leonardo citan con mucho más frecuencia a Aristóteles, estrella de los escolásticos y del lema “Nihil est in intellectum quod prima non est in sensu” (Nada hay en el intelecto que antes no haya pasado por nuestros sentidos). Si bien Leonardo dejó su espacio al misterio como algo que por serlo es mejor dejarlo tranquilo, puso su enorme empeño en todo lo atinente a la experimentación, al punto que bien puede ser considerado precursor de Bacon y del método inductivo para la ciencia moderna. Esto no impide que en la mayoría de los casos fuese más proyectista que realizador de sus propios inventos, no con la pura imaginación de un Julio Verne sino dejándonos los proyectos de sus máquinas que van desde el aeroplano (calcado del vuelo de las aves) hasta el submarino, sin omitir el helicóptero y el paracaídas. Entre las máquinas de guerra dejó dibujos del tanque y de la ametralladora, por mencionar algunas de sus preocupaciones.

 

La inteligencia de Leonardo le permitió abordar con método científico los secretos de la naturaleza. Sin embargo, fue su extraordinaria sensibilidad la que, unida a su privilegiado intelecto, animaría las grandes conquistas de su arte que a mi entender culmina con La Virgen de las Rocas del Louvre y La Gioconda. ¡Qué decir de esas obras maestras que alberga el Louvre! El Ángel de la Virgen que apunta con su dedo índice mientras nos mira desde las napas más profundas del misterio. La inmortal sonrisa de Mona Lisa del Giocondo a quien, según tradición, hizo posar al son de laúdes para extremar la dulzura de la expresión. Y esos paisajes que rodean a las figuras, paisajes rocosos en los que se mezcla la sabiduría del geólogo con la sensibilidad del poeta, algo que llevó a Leonardo a afirmar que la pintura es poesía muda.

 

No bastaba la ciencia para captar la realidad en su más profundo significado. Cuando Leonardo afirma que “el arte é cosa mentale”, aboga por la jerarquía del artista confundido con simple artesano. Móvil similar al de Marcel Duchamp para reivindicar la jerarquía del arte y no como algunos, tomando el rábano por las hojas, han aducido como justificación a su holgazanería para aprender un oficio tan exigente como el de las artes plásticas o musicales (Leonardo improvisaba en el laúd), y para qué decir poéticas o prosísticas cuya libertad parte del conocimiento de las reglas gramaticales, así como las plásticas parten del dominio del dibujo.

 

La vida de Leonardo fue tormentosa como los tiempos que le tocaron vivir. No es casual que dejara sus cinco mil hojas manuscritas, escritas de derecha a izquierda con su mano de zurdo. Se lo ha criticado por no compartir sus secretos. Leonardo no tenía pasta de mártir y evitó expandirse sobre su “Sol no se mueve” para evitarse el dolor de cabeza de Galileo obligado a jurar que la tierra no se movía, a lo que aditó la frase “E pur, si muove”.

 

Rodeado de discípulos bellos y adolescentes como Salai o Melzi, no se le conocieron a Leonardo relaciones amorosas con el sexo opuesto. Tras mucho trajinar al servicio de personajes tan cuestionados como Cesare Borgia, como inspector de fortificaciones, Leonardo, de exquisita bondad para quienes lo conocieron, terminó sus días en el castillo de Cloux cerca de Amboise en 1519. Según una discutida tradición, habría muerto en brazos de Francisco I. La imaginación de otro grande como Ingres así lo pintó, dejando sentado que las más sublimes verdades lo son del corazón, cuna de los sentimientos que tiene la última palabra para los mayores exploradores del espíritu humano.

 

 

 


 

 

Molusco insaciable de secretos

Que renuevan corrientes submarinas,

Remolinas miradas femeninas

Sonriendo con frescura de bocetos.

 

Enhebraste las luces mortecinas

Con teoremas que diste al esqueleto.

Imposible evadirse de tu reto

Pulido con audacias florentinas.

 

Temático obsesivo de la guerra

De vírgenes, poleas, muchachones

Basta y sobra a tu cosmos un fragmento,

 

Porque eras extranjero en esta tierra

Liberaste de jaula a los gorriones

Haciéndolos volver a tu elemento.

 

R.S.

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