Hace casi un año, en un encuentro organizado por la Universidad de Buenos Aires 1, expresé: “El debate sobre las relaciones de hombres y mujeres en el catolicismo está abierto. El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ahora papa Benedicto XVI), acaba de abrirlo en su última Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, cuyo párrafo introductorio dice: ‘Las presentes reflexiones se proponen, además, como punto de partida de profundización dentro de la Iglesia, y para instaurar un diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en la búsqueda sincera de la verdad y el compromiso común de desarrollar relaciones siempre más auténticas’”.

 

Alentada por este llamado a la profundización, me permito ahora compartir algunas reflexiones que se sustentan en mi esfuerzo académico –y en cierta forma militante– por recuperar la memoria del pueblo cristiano latinoamericano, que me indujeron a enfocar el tema de las relaciones entre hombres y mujeres desde los orígenes, desde el “primer encuentro” de las comunidades amerindias con los europeos que llegaron en nombre de la cristiandad.

 

Me propongo mostrar que las categorías de género, clase y etnia no sólo son útiles para el estudio de la historia del cristianismo en general y la Iglesia católica en particular, sino imprescindibles para comprender la historia de las sociedades latinoamericanas donde se ha desarrollado el cristianismo 2.

 

Para ahondar en esa historia del cristianismo es preciso recordar el contexto y la perspectiva que el mismo Jesús le dio cuando inició y proclamó su misión en Nazaret, y leyó la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Luego agregó: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que acaban de oír” (Lucas 4, 18-19; 21).

 

Tan ostensible es la presencia de las mujeres en el relato evangélico y en la construcción de la Iglesia primitiva como su ocultamiento a lo largo de la historia de Occidente 3. Tampoco es preciso esforzarse para advertir el ocultamiento de las mujeres en la historiografía académica occidental. Dicho ocultamiento abarca a mujeres de todas las clases sociales y grupos étnicos, justificando así su exclusión de todas las decisiones que comportan la orientación de la vida económica, política y cultural. La exclusión y la marginalidad aumentan, si además se trata de mujeres indígenas o negras empobrecidas, que son mayoría en nuestra sociedad. Sobre este aspecto ya no hay debate: se hace necesaria la recuperación constante de la historia de los seres humanos ocultados por una propuesta historiográfica dominante 4. Para superar el desconocimiento, es preciso situar categorías de análisis tales como clase, etnia y género, que surgen de los esfuerzos de reflexión de las propias personas excluidas del relato histórico.

 

Consideramos que retomar estas categorías desde la perspectiva de los pobres, a quienes hay que anunciar la Buena Nueva, nos permitirán comprender el origen y las características de la exclusión y de la invisibilidad para poder superarlas; para “proclamar la liberación de los cautivos y la vista de los ciegos, para dar libertad a los oprimidos”.

 

La recuperación histórica, por otra parte, es profundamente evangélica. San Pablo establece el programa cuando nos dice: “Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, ni varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 26-28). La etnia, la clase social y el género no deben ser sustento de la iniquidad y el atropello a la dignidad de los seres humanos. Su comprensión y utilización en el estudio de la historia de la Iglesia latinoamericana son necesarias para advertir los enormes desafíos y las grandes transformaciones que debemos realizar en la propia comunidad cristiana, si deseamos que sea testimonio y tenga credibilidad frente a sí misma, frente a las otras religiones y frente al conjunto social.

 

Si bien reconocemos la urgencia evangélica de acabar con la inequidad en todos sus niveles y consideramos la etnia, la clase y el género como categorías útiles, ello no nos oculta que el uso político de estas categorías está en el centro de los debates políticos en la actual construcción de nuestras sociedades. Dichas categorías emergen de la lucha social de los movimientos afro y amerindios, obrero-campesinos y de mujeres, respectivamente. Eso no debe ser óbice para utilizarlas; por el contrario, es necesario profundizar en ellas, en el corazón mismo de nuestra historia para comprender las raíces de la inequidad, el papel que por acción u omisión el cristianismo ha jugado en su establecimiento y desarrollo a fin de poder avizorar las transformaciones necesarias tanto ad-intra como ad-extra para que el enunciado paulino sea una realidad histórica 5.

 

Nuova Terra y femineidad

 

Michel de Certau nos recuerda que una de las primeras imágenes que el mundo occidental tuvo de este pedazo del mundo, que los amerindios andinos llamaban Abya Yala, fue la alegoría dibujada por Jan Van der Straet 6, donde representa el encuentro del explorador Americo Vespucci con la india América. En esta imagen erótica y guerrera quedó plasmado el modelo de relación que se estableció. Luego del primer estupor Vespucci le dará nombre a ese cuerpo desnudo, representante de la diferencia, a esta Nuova Terra que será llamada América. La mujer amerindia acostada y desnuda representa la diferencia de un espacio nuevo y exótico que se abre como una página en blanco donde Occidente escribirá su voluntad y la asimilará a su proyecto histórico. Las armas y la actitud del guerrero conquistador, los navíos detrás de sí para llevar las riquezas de un paraíso, representan la capacidad e intención occidental de imponer allí el querer, la voluntad, el deseo occidental.

 

El estupor inicial y los intercambios pacíficos se transformaron rápidamente en abierto choque cultural. Se advirtió la enorme diferencia entre dos fragmentos desiguales de la humanidad. Se trataba de dos proyectos históricos con visiones diferentes sobre el tenor de las relaciones humanas y con la naturaleza; dos cosmovisiones casi antagónicas.

 

Los conquistadores nunca entendieron el significado del ofrecimiento amerindio de sus riquezas –los frutos, las aves multicolores y las mujeres–, que implicaba reciprocidad de servicios. Para los indígenas esto permitía sellar alianzas; para los conquistadores era el reconocimiento de la conquista del territorio, pues consideraban que incluso las mujeres eran propiedades; y para ambos grupos el cuerpo de la mujer significaba el último espacio donde marcar el territorio. El enfrentamiento por la conquista del territorio y las poblaciones culminaba frecuentemente con la posesión y violación de las mujeres del grupo vencido. En las islas y luego en tierra firme, el cariz militar del proceso unido a la práctica común de intercambio de mujeres, hizo que la violencia contra ellas fuese permanente y cruel. Las mujeres amerindias fueron usualmente raptadas, violadas, asesinadas, esclavizadas, pedidas o dadas en intercambio de amistad o tomadas como parte del botín de los conquistadores. Sobre las ruinas de la sociedad tribal amerindia se impuso, mediante la coerción, un nuevo orden social; y en este contexto llegó el cristianismo.

 

Sin embargo, las mujeres no fueron solamente moneda de cambio ni pago de tributo. También fueron agentes de transformaciones. Con ellas los conquistadores aprendieron cómo sobrevivir en el nuevo espacio, sus costumbres, sus tradiciones y su lengua, convirtiéndose, en muchos casos, en las primeras intérpretes entre los dos mundos 7. A pesar del carácter violento que en gran parte tuvo ese encuentro, las relaciones más estrechas se dieron entre conquistadores y mujeres amerindias. Para que los conquistadores pudieran sobrevivir en la Terra Incognita fue necesario que se apropiaran del conocimiento milenario de las poblaciones nativas.

 

Las mujeres amerindias no sólo fueron entonces las madres de los mestizos, frutos de esa nueva relación y mano de obra esencial en el proceso colonizador, sino madres de la cultura híbrida que fue desarrollándose en particular simbiosis entre los conquistadores, las poblaciones nativas y los africanos esclavizados que fueron poco después introducidos en el espacio geográfico finalmente llamado América latina. Tanto el mestizaje biológico y como el cultural establecieron las bases del sincretismo en el campo religioso.

 

Las múltiples entradas del cristianismo

 

Colón y algunos de los primeros misioneros en el Caribe no vieron en la religión de los indígenas una dificultad, sino la posibilidad de amansarlos y someterlos con mayor facilidad. Sin embargo, inmediatamente se consideró lo contrario y los indios que se rebelaban pasaron a ser vistos como infieles e idólatras y, de acuerdo a la teología vigente, eran considerados enemigos, se les declaraba la guerra y, una vez prisioneros, se los esclavizaba. En el continente, tanto en México como en los Andes, primó la perspectiva del rechazo cultural y de alguna manera se identificó a las religiones amerindias con la confrontación religiosa existente en la Península; el cristianismo se impuso como ideología legitimadora de la conquista sobre las culturas y religiones indígenas.

 

La esclavización de los indígenas fue abolida en 1533 –en gran medida por la labor profética de Bartolomé de Las Casas–, pero rápidamente sustituida por el sistema de la Encomienda y la Mita como formas principales de incorporación de la población amerindia al sistema social y religioso impuesto. Sistema social que, retomando la perspectiva peninsular, impuso el sistema de castas; en la base, las poblaciones africanas esclavizadas, y en la cúspide, el colonizador.

 

Las divisiones étnico-sociales se cimentaron en el establecimiento del criterio de “limpieza de sangre”, en última instancia determinado por el tenor de relaciones de género, ya que el matrimonio legítimo y sacramental era el medio que facilitaba la organización de la estructura de poder. Sobre la base del matrimonio legítimo también se lograba el paulatino “blanqueamiento” y ascenso en la escala social, pero era la mujer como madre la responsable de esta organización y ello explica las medidas establecidas para “protegerlas” de relaciones indebidas que tendieran a desestructurar el orden impuesto.

 

De esta manera, el cristianismo llegó inmerso en el proceso del “descubrimiento”, conquista y colonización del conjunto del mundo amerindio, continental e insular. Estos acontecimientos históricos significaron, ante todo, la incorporación de manera asimilativa y violenta de millones de seres humanos, y de la riqueza de la naturaleza que los cobijaba, al proyecto histórico que se gestaba en Europa, con el mundo ibérico como principal intermediario. Para ello era imprescindible no sólo la ocupación, sino la explotación de la colonia de acuerdo con las necesidades y el modelo de organización económica que se venía instaurando en Europa, y, por tanto, la destrucción de la economía, la naturaleza y la cultura local sin reparar en lo que hoy llamaríamos costos colaterales, y aunque significara un irreparable genocidio, voluntario o involuntario 8. Sin embargo, el esfuerzo colonizador logró consolidarse en la medida que se apropió de los saberes y tradiciones milenarias de los indígenas sobre el territorio produciendo un profundo contacto entre culturas diferentes. Al unir la cristianización al proyecto colonizador y hacerlo parte del proceso de occidentalización de las culturas locales, el cristianismo resultante también se caracterizó por la hibridación y el mestizaje.

 

La utilización del cristianismo y su implantación como sistema religioso dominante y excluyente, estrechó de manera particular las relaciones entre catolicismo y dominación política, creando una fuerte contradicción con el mensaje originario. Desde entonces propició un fuerte debate sobre la función del mensaje evangélico y de la cristiandad en esta Tierra Nueva. Por eso también desde el inicio hubo propuestas alternativas en las que los misioneros, al tiempo que llevaban la Buena Nueva a las comunidades amerindias, buscaron protegerlas separándolas del sistema productivo y la sociedad colonial por medio de las misiones y las reducciones.

 

La respuesta amerindia y el papel de las mujeres

 

Frente a la imposición del sistema colonial, incluida la evangelización, la respuesta de los amerindios y mestizos fue diversa: desde la rebeldía abierta reivindicando las antiguas divinidades, incluso el suicidio como escape a la opresión, hasta la sumisión e integración a la cristiandad colonial. La actitud predominante fue la sumisión parcial: aceptaban el cristianismo pero al mismo tiempo aseguraban la supervivencia de creencias ancestrales mediante la reinterpretación del significado de ritos e imágenes sagradas del cristianismo.

 

En este proceso las mujeres indígenas actuaron como puente y recrearon el mundo religioso. En las religiones amerindias, tanto mesoamericanas como andinas, la presencia de divinidades femeninas era extensa, y las mujeres tenían un papel importante en las prácticas religiosas. En la cultura azteca reinaba el dualismo en las divinidades, y aunque en el sacerdocio las mujeres tenían un lugar secundario, en el culto doméstico eran la figura central. En el mundo andino el Inca y la Coya eran identificados con el Sol y la Luna, respectivamente; y ambas figuras tenían en el plano religioso un papel similar aunque el político quedaba en manos del Inca. Sin embargo, en el mundo andino existieron claustros para mujeres vírgenes que eran consagradas para el culto del Sol.

 

Esta presencia femenina en el mundo religioso pre-hispánico fue sin duda un elemento importante para la aceptación de la Virgen María como mediadora y consuelo; que justificaría también la rapidez con que María, en la advocación de Guadalupe, se convertiría en el paradigma de ese esfuerzo amerindio de re-simbolización y re-semantización que dio lugar a la religión popular latinoamericana.

 

En las religiones africanas la presencia femenina es aún más importante, tanto en lo que respecta a la presencia de divinidades femeninas como al espacio de las mujeres en el ritual y ocupando roles de liderazgo en la organización de la comunidad de creyentes. Adoptando tanto elementos cristianos como amerindios sobre una matriz religiosa africana también propiciaron el nacimiento de nuevas religiones populares.

 

El espacio doméstico fue un centro fundamental de transmisión de la fe para las mujeres blancas, mestizas, mulatas, indígenas o negras. Si bien estaban divididas por contradicciones étnicas y de clases, tenían como elemento común la dominación de un sistema profundamente patriarcal que situaba en la cima de la estructura social y racial a la mujer blanca como madres y esposas de los conquistadores, pero todas en los altares domésticos trasmitían la fe de generación en generación. Trasmisión más gestual que verbal porque la palabra siempre era dominio del varón.

 

Las mujeres de las diversas castas fueron sometidas y esclavizadas de muchas maneras e integradas al sistema productivo; fueron también sometidas como objetos sexuales del amo y usados sus cuerpos como mecanismos de reproducción de la fuerza de trabajo. Esclavizadas, las mujeres amerindias, mulatas, mestizas, soportaron las condiciones de humillación y opresión que el sistema colonial impuso sobre sus hombros a lo largo de los siglos. El varón, también humillado y oprimido, buscó en muchos casos un escape en el suicidio, la borrachera, la locura o el abandono del hogar; las mujeres soportaron con firmeza y buscaron estrategias para poder sobrevivir y sostener la existencia de su prole, como sigue sucediendo en nuestras sociedades latinoamericanas, particularmente entre los sectores empobrecidos.

 

Las mujeres blancas, no sólo por su maternidad, eran elementos centrales en la organización social. Tenían poco espacio para manifestar su acuerdo o desacuerdo con la situación impuesta pero cumplieron un papel importante en la evangelización como primeras catequistas y también en la construcción de espacios fundamentales para el florecimiento de la vida religiosa, como fueron los conventos femeninos.

 

Hoy sabemos que los conventos femeninos coloniales eran instituciones que cumplían una pluralidad de funciones, tejiendo relaciones económicas, políticas, culturales y religiosas que hicieron del convento una instancia fundamental de la estructuración y reproducción del sistema colonial y de la cristiandad iberoamericana 9.

Fueron la alternativa para proteger a las mujeres blancas de matrimonios indeseados y consolidar la pureza de sangre en la elite colonial; y también lugar de recogimiento para mujeres que escapaban de la dominación masculina, paterna o marital. No es de extrañar que el primer “yo” latinoamericano naciera en un convento mexicano con la escritura de Juana Inés de la Cruz 10. Pero la célebre poetisa no fue un caso único. Escritoras, músicas, artistas encontraron en los conventos espacios de recogimiento. Ellos se convirtieron en productores y divulgadores del barroco latinoamericano, que tampoco estuvo exento de la hibridación de las propuestas tridentinas con la tradición amerindia.

 

También jugaron un papel importante como instituciones crediticias en las sociedades coloniales mediante los censos (especies de hipotecas). Con las dotes y fundaciones recibidas atesoraban un importante numerario que en momentos de crisis permitía al sistema económico seguir funcionando. Las capellanías y obras pías, fondos financieros nada despreciables, permitían el mantenimiento de capellanes y religiosas; se otorgaban para que una vez que falleciera el, la o los donantes, las religiosas siguieran orando por su alma. El convento era así un puente entre el más acá (permitía superar penurias en épocas de crisis financiera, tener una hija en el convento aseguraba el crédito) y el más allá (por medio de la oración de las religiosas se facilitaba la salvación eterna).

 

Eran espacios educativos no sólo para mujeres de la elite sino que enseñaban las primeras letras a niñas mestizas y pobres, como también de recogimiento para mujeres solas que por su condición no tenían espacio honorable en la sociedad colonial, pero –merece subrayarse–en muchas ciudades latinoamericanas se convirtieron en el espacio religioso por excelencia para la comunidad urbana porque las parroquias a menudo cumplían funciones administrativas más que propiamente religiosas.

 

***

 

Si aceptamos el desafío planteado por el entonces cardenal Ratzinger, que señalé al principio, debemos empezar por situarnos en la perspectiva que Jesús le dio a su misión, que debe ser la de la Iglesia. Debemos recuperar esta historia desde la llegada del cristianismo al conjunto social, sobre todo mirando cómo llegó a pobres y cautivos, reconociendo los aportes y las limitaciones, para superarlas, y para alcanzar autenticidad en las relaciones. Y al mismo tiempo, retomar el consejo paulino que nos exige equidad e igualdad en las relaciones, no sólo en razón de género sino también de etnia y de clase.

 

Al sacar del ocultamiento histórico a las mujeres y otros grupos humanos que no hemos sabido incluir en el relato histórico, podremos comprender de manera más auténtica la presencia y el cariz de las relaciones entre hombres y mujeres en la diversidad del cristianismo latinoamericano. Cristianismo diverso por las distintas entradas que tuvo y por su recepción, pero que tiene en común el diálogo constante con las culturas primigineas; diverso por ser nuestro continente el que se formó con todas las etnias; y diverso porque fueron incorporadas de manera desigual en lo económico, social y cultural. Creo que sólo así podremos auscultar cómo ha sido la construcción de la Iglesia en suelo americano y también el relato histórico que ella misma ha producido para explicarnos el tenor de las relaciones entre hombres y mujeres en procura de vínculos más auténticos y fieles al mensaje evangélico.

 

 

 


1
. Bidegain, A.M. “Otra lectura sobre las relaciones de hombres y mujeres en el catolicismo”. Ponencia en las Jornadas de Estudios Sociales de la Religión. Revista Sociedad y Religión (en prensa).

2. Bidegain, A. M. “Gênero como categoria de análise na história das religiões”. En Bidegain A.M. Mulheres: Autonomia e controle religioso na America Latina, Vozes CEHILA, Petropolis, 1996 pp 13-28; Bidegain, A.M. “Recuperemos la Historia de las mujeres con nuevas categorías de análisis” en Revista Testimonio, CONFERRE, Chile, N. 143, mayo-junio 1994, pp. 5-16- Ver CLAR– Vida religiosa femenina en America Latina y el Caribe. Memoria Histórica. 3 tomos, Lima, 2003.

3. Ver Saranyana, Josep-Ignasi, “La condición femenina en la teología medieval”, Criterio Nº 2308, septiembre 2005.

4. Ver mi trabajo “La ideología cientificista y la implantación de la dinámica desarrollo- contradesarrollo” en América Latina al descubierto, IEPALA, Madrid I992. p.147.

5. Ver Azcuy, Virginia Raquel, “La teología en la encrucijada del género”, CRITERIO Nº 2308, septiembre 2005.

6. Para la Americae Decima pars, de Jean Theodore de Bry, De Certeau Michel La Escritura de la Historia. U. Iberoamericana, 1985.

Introducción pp. 15-30.

7. El caso de la Malinche y su apoyo a Hernán Cortés en la conquista del imperio azteca es un ejemplo de esta realidad, o doña Inés Yupanqui Huaylas amante de Pizarro, o doña Leonor una de las viudas de Atahualpa que fuera manceba de Hernando de Soto. Navarro Marysa. Women in Latin America and the Caribbean. Indiana University Press, Bloomington and Indianapolis,1999, p. 24.

8. Los estudiosos del tema explican este genocidio de diversas maneras, por la propia guerra, por la imposición de trabajos forzados, por la presencia de epidemias de enfermedades aportadas por los conquistadores, por la depresión psicológica que conllevó y seguramente por todas ellas conjugadas y que llevan al reconocimiento que globalmente se exterminó entre la mitad y las tres cuartas partes de la población indígena que se calcula antes de 1492 entre 60 y 80 millones

9. Toquica Constanza, “El convento de Santa Clara de Santa Fe, siglos XVII y XVIII”, tesis de Maestría en Historia, dirigida por Ana María Bidegain, Línea de historia de las Religiones, Departamento de Historia Universidad Nacional de Colombia, Bogotá 1999. Inédita.

10. Dill, Hans-Otto “El primer yo latinoamericano es femenino: a los 350 años del nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz”. Taller de Letras. Revista de la Pontificia Universidad Católica de Chile No. 29 Santiago de Chile 2001, pag 101-113.

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  1. Reynaldo Ballon Medina on 3 Agosto, 2014

    Es un buen enfoque de como nuestro Cristianismo se introdujo en nuestro Incanato, en nuestra Colonia y como se esta gestando desde la Emancipación la posición de la mujer, de la esposa dentro de la familia, constituyéndose en un pilar de primera linea para poder conservar nuestro Valores y por ende el Progreso de la Humanidad

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