El sacerdote jesuita Jean-Yves Calvez, teólogo, politólogo y presidente del Foro Ecuménico Social, miembro de la Academia Pontificia de Ciencias, consultor del Consejo Pontificio Justicia y Paz y catedrático del Centro Sevres de París y de la Universidad de Georgetown, ofrece algunas pautas de lectura de la encíclica Caritas in veritate (La caridad en la verdad), un texto “con el eje en el tema del desarrollo”, en conversación con el consejo de redacción de Criterio.

 –¿Qué le parece la recuperación de la Populorum progressio de Pablo VI?

–Da la impresión de que la retoma como punto de referencia. Dice que así como hubo con anterioridad encíclicas para conmemorar la Rerum novarum de León XIII, el actual Papa plantea ahora otra serie de conmemoraciones sucesivas de la Populorum progressio, lo cual le otorga un peso enorme a esta encíclica de Montini. La vuelta a Pablo VI no es un detalle menor. Es claro que no se lo citaba en tiempos de Juan Pablo II, es decir, durante 25 años.

 

–¿Podría interpretarse como una simpatía de Ratzinger por Montini?

–Para mí es un dato nuevo, pero es un hecho notable de esta encíclica. Mi impresión es que se trata de una encíclica social, pero también profundamente teológica, como lo son todas las de Benedicto XVI. En los primeros capítulos habla de Caritas in veritate: el amor y la caridad según la verdad de las cosas, según la realidad. Invierte la proposición de San Pablo, veritas in caritate. Verdad significa realidad, lo concreto; habla de amar de verdad en el campo social.

 

–¿Significa desplazar la caridad del nivel de lo personal hacia otro más colectivo, institucional, de acción política?

–Es lícito pensar eso porque el tema es el desarrollo. Hay algunos párrafos sobre la mundialización o globalización, pero no demasiados; y tampoco se pone el énfasis en la crisis actual. Aparecen alusiones y recomendaciones, pero no directas. Se esperaba que finalmente la Iglesia hablara de la crisis económico-financiera, que dijera algo sobre los bancos, pero no fue así. La atmósfera del documento es de tono liberal: pienso que el Papa no ha querido crear enfrentamientos. Aunque dice claramente que la economía requiere de la ética.

 

–¿Sería coherente con la Centesimus annus?

–Son dos mundos diferentes. En aquellos años cada uno pudo llevar de esa encíclica agua para su molino. Allí se planteaba la discusión expresa sobre si aprobar o no el capitalismo; pero las palabras capitalismo y liberalismo no aparecen en la nueva encíclica. Podría decirse que se refiere al tema desde el concepto de globalización, aunque no es lo mismo. Hay un comienzo teológico profundo y luego sigue una serie de capítulos que desarrollan lo que podríamos llamar “recomendaciones”, con un método más pragmático. Supongo que éstas provienen de un documento anterior de la Comisión Justicia y Paz: se advierte que es otro el estilo. Mi impresión es que se trata de un contenido acumulativo, y no creo que sea de muy fácil lectura.

 

–¿Qué temas le resultan más atractivos?

–Hay un capítulo sobre colaboración y solidaridad a nivel internacional, incluso de las organizaciones internacionales, donde se dice que hay que reformar Naciones Unidas. También hay párrafos sobre la empresa, donde se advierte una conciencia de los problemas nuevos, por ejemplo, la empresa dominada por el sector financiero.

 

–¿La visión es muy eurocéntrica?

–No hay alusión a geografías, ni siquiera a Europa. Habla del mundo de la realidad económica global, común, al estilo de un economista.

 

–¿Cuáles eran sus expectativas?

–No sabía qué esperar porque estábamos un poco ansiosos por la ausencia de esta encíclica, después de tantos anuncios que hubo. Antes de la crisis, la temática iba a ser la globalización, que permitía ofrecer una descripción de la economía actual y tratar algunos conceptos de manera diferente con respecto a la Centesimus annus, que no mencionaba ese concepto. Después de la crisis, muchos hemos escrito diciendo que se esperaba que el Papa tomara posición sobre algunos aspectos. De alguna manera, no fue así. Pero me ha impresionado mucho encontrarme con Pablo VI, con la Populorum progressio, y también con la idea de desarrollo, una palabra que había sido tachada por los liberales y los globalizantes, considerado un concepto voluntarista.

 

 

–¿Por qué no hay una crítica expresa a los bancos o al sistema financiero internacional?

–El Papa no ha querido entrar en eso porque en su entorno hay economistas liberales, incluso en la Pontificia Academia de Ciencias Sociales. Fue su presidente el francés Edmond Malinvaud, un economista y matemático especialista en estadística, claramente liberal. Después asumió la catedrática estadounidense Mary Ann Glendon, y no sé cuál es su opinión al respecto.

 

–¿Hay un esquema articulado de pensamiento?

–No es claro, los mismos temas pueden encontrarse en cualquier capítulo. Aparece el cuidado del medio ambiente, al estilo de Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis, con marcada valoración de la naturaleza, casi una naturaleza madre. En un momento dice que la tierra tiene todos los recursos necesarios para alimentar a los hombres, lo que había sido dicho por Juan XXIII en 1961, con Mater et magistra. Entre líneas hay también una cierta justificación de la Humanae vitae: si bien la palabra contracepción no aparece, sí se advierte la defensa de la vida en general. Recupera y abarca toda la doctrina y la enseñanza de Pablo VI, por ejemplo, en la Evangelii nuntiandi, encíclica sobre la evangelización. Por último, culmina con un capítulo dedicado a la técnica, en sentido favorable, cosa que tampoco se esperaba.

 

–¿Qué dice acerca del relativismo?

–Aparece sólo una vez, si bien hay mucho interés antropológico. Hay una frase que probablemente puede provocar oposición y que habla de “humanismo inhumano”. Dice explícitamente que sin Dios el hombre no es humano. Esto sorprende porque se trata de alguien con claro afán de valorar la razón.

 

–¿Por qué esta nueva mirada?

– No tengo una respuesta. Si bien es cierto que reivindica a Kant, siempre se sintió muy inspirado por El drama del humanismo ateo de Henri De Lubac, que no era tan racionalista como se cree. Tengo la impresión de que es, como dirían los italianos, una encíclica “incompiuta” (inconclusa). Con esto no quiero decir que haya sido escrita de prisa pero, ciertamente, después de tantos anuncios, había que concluir el texto.

 

–¿Qué impresión le habían causado las dos encíclicas anteriores de Benedicto XVI?

–Me gustó mucho la primera parte de Deus caritas est. La segunda encíclica, Spe salvi,  tenía más que ver con la organización de la Iglesia, algo útil y necesario, pero no alcanzó el mismo nivel. Me interesó mucho el enfoque de la esperanza. Aunque la encontré de muy difícil lectura, poco “encíclica”, con citas, por ejemplo, de Nietzsche y Kant,  autores muy familiares para el Papa, y problemas particulares de la teología a los que prestó mucha atención. Es interesante ver a un teólogo discutir sobre temas como el purgatorio, qué pasa con la libertad humana, con nuestras acciones… Pero, al mismo tiempo, debo decir que muy poca gente ha podido comprender el texto.

 

–¿Son leídas las encíclicas?

–En general, muy poco, al menos las de este tipo. La Populorum progressio era legible y fue leída. Juan XXIII y Pablo VI tuvieron un lenguaje más accesible. Tiempo atrás di ejercicios acompañando a un grupo de personas sin formación en este campo. Presenté lo esencial de las encíclicas Deus caritas est y Spe salvi; creo haber podido comunicar algo. Dejé varios ejemplares en la mesa: algunos intentaron leerlas y no pudieron por el nivel académico de los textos.

 

–¿El Papa conoce estas dificultades?

–En una oportunidad, le dije a Juan Pablo II que su modo de escribir no facilitaba la lectura. Pero él no quitaba contenidos, era acumulador; decía que los sacerdotes y los obispos eran los que después debían facilitar la comprensión. De todas formas, vale la pena rescatar la continuidad: no hay otra institución que durante un siglo haya podido acumular un discurso sin demasiada contradicción. Por ejemplo, en cuanto al liberalismo, la intervención del Estado en la vida económica, si se toma Rerum novarum (1891), Quadragesimo anno (1931), Mater et Magistra (1961), Octogesima adveniens (1971) y Centesimus annus (1991) hay una crítica en general moderada pero con una continuidad formidable. Los años 80, en cambio, fueron tiempos de grandes documentos, en particular los de los obispos norteamericanos sobre economía, paz, armas nucleares; también en Francia, Inglaterra y Alemania. Pero después esto se frenó, explícitamente por decisión de Roma, y creo que el Papa actual no fue ajeno a estas circunstancias. Hubo un documento sobre las conferencias episcopales que decía que no podían pronunciarse en materia de doctrina y fijaba un procedimiento que llevó a la desaparición de estos documentos. Es una pena porque tenían que ver con la toma de posición, una actitud que Pablo VI propiciaba.

 

Caritas in veritate también retoma las causas culturales del subdesarrollo, que ya había formulado en la Jornada Mundial de la Paz.

–Hay una alusión a lo cultural, como hubo muchas en Pablo VI, pero en aquellos años tenían que ver más con el peligro y la amenaza de perder las culturas tradicionales. Aquí se apunta a señalar que hay valores que ayudan al desarrollo y otros que no. Es importante que se hable de desarrollo en un mundo en el que prácticamente se ha eliminado el concepto, pero no sé cuáles podrán ser los alcances y las consecuencias de esta encíclica.

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