saramagoEl 18 de junio, en Lanzarote, murió José Saramago. Como señaló alguna vez, a pesar de que sus orígenes no parecían los más favorables para convertirse en candidato al premio Nobel, lo recibió en 1998.A pesar de que empieza a publicar en forma sistemática cuando ya ha cumplido sesenta años, Saramago deja una obra extensa –resultado de un trabajo tenaz– y de características inconfundibles. El “estilo Saramago” se reconoce en la prosa dilatada, con la que busca recrear el ritmo del lenguaje oral, el mismo que –según repitió en varias ocasiones– fue el vehículo de los primeros relatos que escuchó de su abuelo analfabeto.1 Imposible no reconocerlo en la recurrencia de los temas sobre los que perseveró, conmovido por un mundo acechado por la deshumanización de la sociedad, la banalización del consumo, la arrogancia omnipresente del poder.

Desde que obtuvo el reconocimiento con El año de la muerte de Ricardo Reis (1985), un moroso relato en el que evoca a su admirado Fernando Pessoa, publicó una nutrida serie de novelas. Casi un objeto es, en cambio, su único volumen de cuentos, a través del cual se puede abrir un camino de acercamiento a la totalidad de su obra. El título no repite el de ninguno de los textos incluidos; el contario, anticipa una temática común que, con variantes, los nuclea melodiosamente.

¿Qué resta de humano en un mundo en el que los objetos van ganando cada vez más importancia? La pregunta recorre los seis cuentos, organizados de manera tal que van conduciendo al lector a una respuesta. Silla, el que abre la serie, comparte con los tres siguientes la característica inusual de que es un objeto, en este caso, el mueble al que alude el título, el que adquiere carácter protagónico. Y esa silla –sobre la que se reflexiona largamente: por los motivos de su elección, por la madera seleccionada para construirla– está por caer. Por el trabajo lento de un “roer constante, continuo” de

la carcoma en una de sus patas, va a partirse. Pero se da el hecho de que esta silla común, casi invisible, como producto del acostumbramiento, a los ojos del que la usa, tan invisible como cualquiera de los objetos que lo rodean, es el asiento de un poderoso, cuyo poder se derrumba por un hecho tan mínimo y fortuito como la súbita caída. Por esta “obra pacientísima” de un coleóptero diminuto, invisible en su trabajo persistente, la pata se parte y el viejo dictador cae, una figura ridícula en su posición absurda.

Embargo nos presenta a un hombre sometido a su automóvil que, “como un cuerpo vivo”, lo llegará a dominar. Las “noticias cada vez peores” del “estúpido embargo” hacen suponer que va a faltar combustible; el conductor logra llenar su tanque y, satisfecho, se propone dirigirse a la oficina, pero el auto lo lleva por distintas estaciones de servicio donde se ve obligado a cargar cantidades ínfimas, después de hacer interminables colas de las que no puede moverse.

Así, deja de ser el conductor del auto que “respondía a sus movimientos como si fuese una prolongación mecánica de su propio cuerpo” y, con inquietud, con el temor “de no estar bien de la cabeza”, empieza a percibirlo como un organismo vivo, sospecha que se confirma cuando queda retenido por el automóvil que “le sujetó dulcemente y lo mantuvo preso”. Humillado, con hambre, mojado por su orina, dando vueltas sin sentido, el hombre suplica: “dos veces intentó convencer al automóvil para que le dejase salir por las buenas, dos veces… explotó en gritos, en aullidos, en lágrimas, en ciega desesperación”, pero no logra recuperar el dominio perdido.

Si en Reflujo –que a la manera de una parábola propone una reflexión sobre el empeño actual de encontrar la forma de negar la muerte– la proliferación de las ciudades se erige contra la construcción que el poder ha levantado como “cementerio único, central y obligatorio, con el indudable fin de mantener a los muertos fuera de la vista de los vivos”, en Cosas la denuncia acerca de la deshumanización llega a su punto máximo. Desde el género elegido, la ciencia ficción –encargada, en sus mejores exponentes, de alertar sobre los riesgos de un progreso que no los tiene en cuenta–, desde la primera oración en la que un objeto acciona contra un sujeto, el texto muestra un mundo mecanizado, asolado por “una auténtica epidemia de mala calidad en la fabricación que se había producido hacía dos meses”. La situación se va agravando por la desaparición de los objetos: el gobierno responde con comunicados en los que se primero se niega la situación, para ir llegando progresivamente a la violencia. No impedirán las declaraciones ni la fuerza, por supuesto, el avance de las cosas sobre los seres humanos.

Sorpresivamente, el lenguaje cambia: en Centauro deja de ser el de los comunicados y órdenes, para asumir una forma decididamente poética. También es otro el espacio: fuera de las ciudades, en un lugar abierto tapizado de hierba, que permite percibir el cielo, el río. Diferente es el personaje, alejado de los hombres atrapados por el ritmo urgente de la ciudad: el ser mitológico, medio hombre, medio caballo, a medias entre esa lucha del animal y el ser humano. El centauro tiene sed, y desea descansar. Ha andado mucho. “Es el último superviviente de la gran y antigua especie de los hombres caballos. Antes, durante mucho tiempo, mientras el mundo se conservó también él misterioso, pudo andar a la luz del sol”. Sin embargo, después “llegó el tiempo del rechazo. El mundo transformado persiguió al centauro, le obligó a esconderse”. Desaparecieron los otros seres fantásticos, y “acabó por quedarse solo”.

El centauro sabe que no puede exponerse a la vista de los hombres. Ha sido violentamente rechazado por ellos. Se ha salvado de su ataque, pero tiene que aprovechar la oscuridad para seguir su camino hacia el mar. Escucha, en la noche, el murmullo del agua; ve el río, ve a la mujer desnuda que sale de él, bañada en la luz de la luna. “Y fue el hombre quien miró, quien vio a la mujer aproximarse a la ropa”. El diálogo entre los dos es escueto, pero les permite entenderse. La mujer deja su miedo y le pide que la cubra, y es sólo la sombra del caballo la que lo hace. “Nada más”. Perseguido por los hombres, el centauro no tiene más futuro que la muerte: ha terminado el tiempo sagrado.

El último cuento, Desquite, también tiene su espacio en un lugar rural, a orillas de un río; relata nuevamente el encuentro entre un hombre y una mujer, en este caso, dos adolescentes que se miran desde las orillas opuestas del agua. Es un día cálido: “el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia, la atmósfera temblaba”. El muchacho vuelve hacia la casa para enfrentarse con la escena brutal de la castración de un cerdo, que parece impulsarlo de regreso al río. En la orilla opuesta aparece nuevamente la muchacha; en un acto ritual, ambos se desvisten y se revelan al otro.

El relato, breve, casi sin anécdota, cierra el volumen. Es un texto sin palabras, centrado en la mirada entre un hombre y una mujer. Una situación elemental que se convertirá en elemento de salvación: siempre, en Saramago, es la mujer la que conduce hacia un estatuto más profundamente humano.

Siguiendo este rumbo se pueden leer algunas de las más hermosas novelas de Saramago: Todos los nombres, una reescritura del mito de Orfeo en medio del laberinto kafkiano de una institución burocrática; Ensayo sobre la ceguera, en la que –como en La peste de Camus– una epidemia es la excusa para bucear en la condición humana2; Historia del cerco de Lisboa, que se interroga acerca de las posibles versiones de la historia. Posible camino de acercamiento a un autor central para ayudarnos a pensar nuestro tiempo, del que manifestó: “En nuestra época el nombre tiene cada vez menos importancia. Lo único que cuenta es el número de la tarjeta de crédito. Cada vez somos más el número y menos el nombre. Durante siglos, el hombre ha ido constituyendo la identidad. …En el momento en que la identidad está siendo eliminada y desaparece el sujeto, el nombre pierde importancia”.

 

1. La mención a su humilde origen familiar aparece en el discurso de recepción del premio Nobel y e desarrolla en el precioso libro autobiográfico Las pequeñas memorias en el que relata la historia de sus primeros años.

2. En Criterio n. 2343, noviembre de 2008, me referí específicamente a esta novela.

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