Primavera en Nueva York

Los días pasados en la última semana de marzo en Nueva York justifican el título por razones más existenciales que meteorológicas, porque, en cuanto al termómetro, el frío seguía instalado. Trataré de resumir, como en cuatro movimientos de una sinfonía, el paso por esa ciudad que, por tantas razones, es un centro del mundo.

I MOMA – Latin America in construction
La tarde del 24 de marzo el Museo de Arte Moderno, MOMA, con los fastos y público de un gran acontecimiento, inauguró la exposición sobre arquitectura latinoamericana. Como antecedente digamos que en 1955 el museo albergó una muestra fotográfica sobre la arquitectura del subcontinente desde 1945. Sesenta años después se retoma el panorama hasta 1980 con obras, maquetas, planos y dibujos de quinientos arquitectos que despliegan y entrelazan arte, vida de la sociedad e historia. Esta excepcional muestra fue dirigida por Barry Bergdoll como curador, Patricio del Real, asistente, la colaboración de Jorge Liernur, de la Universidad Di Tella, y Carlos E. Comas, de Porto Alegre. Contó con un sustancial aporte de Emilio Ambasz, arquitecto de fama mundial que comenzó a los quince años en el taller de Amancio Williams en Belgrano.

En esa época, marcada al comienzo por el proyecto de desarrollo que Kennedy y Frondizi hicieron estandarte y programa, que hasta recogió la Iglesia (“el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, escribió Pablo VI), surge en la selva la capital de un país, Brasilia, durante la presidencia de Juscelino Kubitschek pero en el que no dieron marcha atrás los gobiernos civiles y militares que siguieron. El proyecto de Oscar Niemeyer y Lúcio Costa a muchos pareció una locura, pero se hizo realidad. Otros nombres contribuyen a darle a Brasil un lugar de especial relieve, en particular Lina Bo Bardi y Roberto Burle Marx. En una Venezuela muy distinta a la que padece hoy el chavismo, se destaca Carlos R. Villanueva, que realizó importantes construcciones públicas como el campus de la Universidad de Caracas. Uruguay presenta a Eladio Dieste (nos impresionó la iglesia en la localidad costera de Atlántida), Nelson Bayardo y Mario Payssé Reyes. En Chile, Emilio Duhart y la escuela de Valparaíso. En 1969 el peruano Miguel R. Mazuré proyectó un audaz pero nunca realizado hotel en Machu Picchu. En la Cuba de los comienzos de la tiranía castrista, que impondría luego modelos más soviéticos, Ricardo Porro, Fernando Salinas y Mario Coyula; y en Méjico Luis Barragán, Juan O´Gorman, Mario Pani y Alberto T. Arai. Pasando a la Argentina, están obras de la magnitud del Banco de Londres, de Clorindo Testa, el Centro Cultural y Teatro San Martín, de Mario Roberto Álvarez (dos arquitectos a quienes conocimos personalmente), Justo Solsona y su importante estudio, y otras de ellos y de otros, como la escuela de comercio premiada en Córdoba en 1965 de Bidinost, Meyer, Gasso y Lapaco, y la casa de retiro en Reconquista, de Claudio Caveri. Dejamos para el final a Amancio Williams, razón de la presencia esa tarde de hijos y nietos y de la mía propia. Esta figura relevante de la arquitectura contemporánea sigue suscitando interés, como lo prueba sólo en el último año el exitoso documental de Gerardo Panero , publicaciones en el país y el extranjero, la muestra en el Museo MAR de Mar del Plata y ahora en el MOMA. Están los proyectos de hospitales en Corrientes, en que por primera vez aparecen las bóvedas cáscara (que hoy se levantan sobre el río en Vicente López y la Fábrica Cultural “El Molino” en la ciudad de Santa Fe), el auditorio de música, el edificio colgante de oficinas, y, por cierto, aunque anterior al período, la Casa sobre el Arroyo. La ciudad en la Antártida y la ciudad que necesita la Humanidad, allí expuestas están colocadas como “Utopía”, discutible título ya que, en tiempos futuros, pueden realizarse total o parcialmente. La obra de este “creador, modelo de lucidez intelectual, profesional paradigma de integridad y hombre cotidiano rico en humanidad”, en las acertadas palabras de Juan M. Boggio Videla, es objeto de estudio en el mundo, facilitado por el archivo meticulosa e inteligentemente custodiado por su hijo Claudio.

Justo Solsona resumía la idea central de la muestra: “No representamos países sino modalidades, temas, ideas, posición arquitectónica frente a las exigencias de ese período”.

Padilla. Iglesia

 

II Colecciones privadas

Conocía de un viaje anterior la Frick Collection, no así la Morgan Library. Dos hombres de negocios de astronómica fortuna dejaron sus residencias, de estilo francés e italiano, para deslumbramiento del visitante. En la de Henry Clay Frick (1849-1919), el paseo por la casa nos lleva a encuentros tales como San Jerónimo, muy cardenalicio, del Greco, los retratos de Holbein de Tomás Moro y Cromwell, enfrentados por la fe y víctimas ambos de Enrique VIII, los Rembrandt, el del artista joven y uno de los autorretratos, Felipe IV, penúltimo Habsburgo español, por Velázquez, el retrato del hombre con gorro rojo, de Tiziano, y el Vermeer del ama de casa y la sirvienta, que intercambian sugestivas miradas mientras la segunda tiene en sus manos un mensaje cuyo contenido queda a nuestra imaginación. Y contemplamos los primitivos italianos, los ingleses como Gainsborough y Turner, los flamencos Memling y Anton van Dyck, y mucho más. Una muestra temporaria trae las pinturas de Charles-Antoine Coypel sobre el Quijote, con las tapicerías que sobre ellas se hicieron en la célebre Real Fábrica de Gobelinos, y ediciones de la obra de Cervantes en francés, inglés, alemán, flamenco, de los siglos XVII y XVIII, todo lo cual revela que el Ingenioso Hidalgo no tardó en cruzar fronteras y arraigar en la cultura universal.

 

Padilla.Mujer que entrega una carta.Veermer.

J.P. Morgan (1837-1913) quiso sobre todo levantar una biblioteca, destinándole un edificio que es también museo, vecino a la casa familiar. Un luminoso espacio de concepción actual nos introduce a los recintos donde se exhiben joyas bibliográficas. Como una de las tres Biblias de Gutenberg allí conservadas, y ediciones sobre los más variados temas y épocas, y también manuscritos y partituras de grandes compositores. Polípticos y trípticos medioevales, objetos sumerios, griegos y romanos, y el sancta sanctorum donde Morgan guardaba lo ejemplares más valiosos, custodiados hoy por los retratos en esmalte de Martín Lutero y de su esposa Catalina de Bora, por Lucas Cranach. Las exposiciones temporarias también tienen aquí atractivo especial. Una, “Lincoln habla. Palabras que transformaron una nación”, con proclamaciones y manuscritos del gran presidente, que recurría a menudo a citas bíblicas, como la de la “casa dividida”, familiares a sus oyentes, y mascarillas y modelos de las rugosas y fuertes manos del presidente, hechas en vida. Saltando de época en época, Piranesi nos trae la serie de dibujos de las ruinas griegas en Paestum, y Barbara Wolff bellas iluminaciones en plata, oro y platino de la Haggadah judía.

III La meca del melómano
Todos los sábados de la temporada anual del Metropolitan Opera House, el Met, las funciones del mediodía se transmiten en directo a salas colmadas en el mundo entero, como el teatro El Nacional, en Buenos Aires, y por radio, la 96.7 FM Nacional Clásica. Asiduo de esta cita sabatina, como melómano que soy, llegar al Lincoln Center tenía algo de alcanzar una de las cumbres más altas. Comenzamos con Manon, de Jules Massenet, con una pareja central asombrosa. La joven de dieciséis años que se debate entre el amor y el placer fue la alemana Diana Damrau, una de las sopranos más cotizadas y populares, que demostró serlo esa noche, mientras que el Chevalier Des Grieux fue Vittorio Grigolo, un tenor de voz tan bella como caudalosa. El elenco fue impecable lo mismo que la orquesta, dirigida por Emmanuel Villaume. Menos nos atrajo la puesta, según la moda de trasladar todo al siglo XIX, deslucida en el Cour de la Reine y mejor en la de Saint Sulpice, aunque esté casi en el templo el lecho donde terminarán volcánicamente el candidato a sacerdote y la más que convincente Manon. Una característica de la versión es la química perfecta entre Damrau y Grigolo, pasión, ambición, dolor, hasta el desgarrador grito de él cuando la protagonista, desterrada a América con mujeres de vida airada, muere tras resumir en sus últimas palabras “Así termina la historia de Manon Lescaut”. Cansados de aplaudir, un golpe bajo a las emociones: cuando con muchos de los asistentes llegábamos al andén del subte (que corre las 24 horas), un saxofonista solitario repetía las notas del dúo del acto I, “nous irons à Paris tous les deux”. El sábado a las 12 de la mañana estábamos para Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, es una de las óperas más queridas y consagratorias del repertorio, presentes esta vez y no junto a la radio en casa. En los albores del disco, desafiaban en el Sexteto la precariedad de medios en célebre versión, Caruso, Galli Curci, Amati y Journet en las partes principales. Rubén Darío, si mal no recuerdo incluyó entre sus versos la frase “bell’ alma innamorata” del desesperado y luego moribundo Edgardo, y con él generaciones de cantantes y amantes de la ópera. Lily Pons fue célebre en la primera mitad del siglo XX e hizo delirar al Colón con sus gorjeos en la escena de la locura, pero María Callas, en los cincuenta renovó el personaje para darle carnadura dramática. En esa línea estuvo la ascendente soprano rusa Albina Shagimuratova y en parejo nivel de excelencia el tenor maltés Joseph Calleja, especialmente intenso en el cuadro final, y el barítono Luca Salsi, Enrico. Para beneficio general y del lucimiento de ambos cantantes masculinos citados, se recuperó la escena de la torre, injustamente ausente en las versiones tradicionales. Maurizio Benini dirigió y la puesta, nuevamente pasó, con incongruencias respecto a la historia de Sir Walter Scott, al siglo XIX. Según notas del programa, seguía siendo Escocia, a mí me pareció más bien, y con toda belleza, Lo que el viento se llevó. Claro que no fue nada al lado de la versión en el Argentino, de La Plata, en la que Edgardo llegaba a su cita con Lucia en bicicleta, entre otros disparates. Que la noche anterior hubiera estado Ernani (con Plácido Domingo devenido barítono) y solamente horas más tarde de ese sábado subiera a escena nuevamente Manon nos muestra un teatro que trabaja con una intensidad de la que el Colón podría aprender y con un nivel ya inalcanzable.

IV Un diálogo para la vida.
A una cuadra detrás del Lincoln Center se alza la resplandeciente sede de las escuelas de leyes y de negocios de la Universidad jesuita de Stanford, cuyo campus está en el Bronx. Una feliz coincidencia de fechas nos permitió estar en la presentación de la versión inglesa del libro A Dialogue for Life del teólogo laico focolar Francisco Cansani, ahora destinado en Roma, y la rabina de la Comunidad Bet El, Silvina Chemen. Aunque por otro compromiso no pudimos quedarnos a las intervenciones del rabino Blanchard y la hermana Boys, gozamos de la forma en que los autores hablaron de su propia experiencia de diálogo que se inserta a la vez en la del diálogo ecuménico e interreligioso en la Argentina, potenciada por el arzobispo Bergoglio y extendida “urbi et orbe” desde que es el papa Francisco. Fluyeron, con la pedagogía del diálogo del que el libro es resultado, anécdotas y ejemplos, conmovedores sin perder el humor y la agilidad del intercambio para placer y sorpresa de la concurrencia. Fue uno de los regalos providenciales de nuestro viaje.

Padilla.Presentación libro

Para terminar, algo así como la antítesis del diálogo y de la vida. Me refiero a la herida del 11 de septiembre, cuyo memorial recorrimos con el corazón apretado. Dos inmensos cuadrados donde estaba cada edificio, vuelcan torrentes de agua que se pierden en un agujero negro. En los bordes están grabados los nombres de las víctimas, alguna flor entre ellos, que al recorrerlos se hace evidente que están allí “gentes de todo pueblo, raza y nación”, entre ellas la Argentina. Esa pluralidad está en los rostros con los que nos cruzamos a diario en armónica y respetuosa convivencia, realidad golpeada aquel atroz 9-11 con una ciudad que hace memoria y sigue en camino.

[1] Boggio Videla, Juan Manuel. “Pensamiento al porvenir”. CRITERIO, nº 2408, octubre de 2014.

[2] Un diálogo para la vida de Silvina Chemen y Francisco Canzani, Bueno Aires, 2013, ed. Ciudad Nueva

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