El desafío del conurbano

El conurbano bonaerense constituye un desafío para toda la Argentina. Un equipo de investigadores sugiere respuestas que fueron recopiladas por Rodrigo Zarazaga y Lucas Ronconi, en el libro Conurbano infinito (Siglo XXI Editores).

Los autores de esta obra no se limitan a hacernos conocer los dramas del conurbano. Su interés está en abrir caminos de solución. El primer capítulo es de Rodrigo Zarazaga, jesuita de 45 años, doctorado en Ciencia Política en los Estados Unidos, a donde suele volver como profesor invitado. Aquí es director del CIAS e investigador del Conicet. Pero no vive encerrado en su escritorio. Los domingos celebra misa en la Villa 31 y recorre el conurbano, por las zonas más carenciadas.

El rol de los punteros

Afirma Rodrigo, ya en el título de su trabajo, que los punteros son “el rostro del Estado frente a los pobres”. Las redes de punteros han sido la respuesta de los intendentes del conurbano ante la pobreza que enfrentan con escasos recursos. De ordinario los concebimos en contraposición al Estado, instalados en los rincones donde el Estado está ausente. Sin embargo, aclara el autor, “más que evidenciar la ausencia estatal, el puntero actualiza su presencia”. Es un mediador entre el Estado y la pobreza. Cuando la Iglesia habla de la opción preferencial por los pobres, creo que presta poca atención a estos mediadores, quizás por la imagen de sujetos prácticos, que no se mueven a partir de principios éticos. Los punteros hacen clientelismo y condicionan la entrega de materiales, recibidos de los intendentes, a la asistencia a actos partidarios. Los catalogamos como corruptos. Algunos de ellos son narcotraficantes. Pero de hecho garantizan la gobernabilidad de los municipios. Son verdaderos agentes de contención social. El puntero es una figura compleja, que puede ser tanto un vínculo como un obstáculo para acceder a los pobres.
La mayoría de los punteros no van a las villas, no las visitan, como sí muchas personas solidarias. Ellos son de las villas. Los pobres los conocen como sus vecinos. Los punteros no nacieron como un invento del peronismo. Los encontramos a lo largo de toda nuestra historia y en una diversidad de partidos. Algunos, aunque se proclaman peronistas, trabajan para el PRO o el Frente Renovador. Tampoco son un invento argentino. Los percibimos en multitud de países, comenzando por los Estados Unidos. Con todo, el peronismo es el único partido que puede tener un puntero en cada región carenciada. El que pretenda desplazar a un intendente, deberá contar con una fuerte red de punteros.
Rodrigo Zarazaga describe algunos de los múltiples roles que cumplen los punteros. El primero es “gobernar” el territorio. En una ocasión el presidente Macri no pudo ingresar a un barrio a inaugurar una obra porque el puntero le preparaba un escrache. En otra, en cambio, la gobernadora Eugenia Vidal pudo entrar por el apoyo de los punteros. Como conocen bien el barrio, son los más indicados para señalar prioridades. El segundo rol es “marcar” el territorio, con pintadas, entre otras formas. Cuando en una elección se enfrentan dos candidatos a intendente, el interés de éstos consiste en encontrar un puntero que pegue los afiches y garantice que no vendrá otro puntero a pegar encima los del otro candidato. Para eso pueden patrullar las calles de noche con una patota armada.
El índice de pobreza del conurbano llega al 40% de la población, mientras que a nivel nacional ronda cerca del 29%. Un intendente del conurbano dispone de 8.600 pesos por cada pobre, mientras que los del interior, 28.000 pesos. Dados los flacos presupuestos municipales, la política social de los intendentes del conurbano se limita a entregar bolsones de comida aquí y allá. En esa zona, dice Zarazaga, el Estado no puede responder ante los pobres con ecuanimidad y eficiencia. Al indicar los aspectos positivos de los punteros, el autor no pretende justificar lo injustificable sino permitirnos conocer la realidad para encontrar soluciones.
Los intendentes deberían armar redes no contaminadas por la corrupción, pero en el proceso de cambio no podrán prescindir de los punteros por un largo tiempo. El monitoreo de los planes sociales podría ayudar a reducir el grado de arbitrariedad. Otra medida apuntaría a desarrollar el interior de la Argentina, especialmente el norte, y detener, incluso revertir, el flujo migratorio hacia el conurbano. Coincido con el autor en que hay que desarrollar el interior de la Argentina, pero dudo que sea posible revertir el flujo migratorio, que continúa desde los países vecinos. Sería como pretender detener el flujo desde el norte de África hacia el sur de Italia, en frágiles barcazas que naufragan con frecuencia. Estamos ante un problema mundial y no meramente nacional.

Los barones del conurbano
Dado que los punteros son los intermediarios entre los pobres y los intendentes, conviene reflexionar sobre la actividad de estos últimos, tarea asumida por otros dos investigadores, Mariela Szwarcberg Daby y Fabián Domínguez, en el segundo capítulo, titulado “Los barones del conurbano”. Esta expresión comenzó a usarse en la década de los ‘90, en referencia a los barones medievales que manejaban la región como su propio feudo.
A partir de 1983 podemos distinguir cuatro etapas. La primera fue la consolidación del poder durante el gobierno radical. La segunda durante el gobierno peronista. En esa época, señalan los autores, “el peronismo dejó de ser el partido de los trabajadores y pasó a ser el de los pobres y desocupados”. Las políticas de asistencialismo reemplazaron a las de derechos laborales. Así como en la década del ‘70 el sindicalismo era la columna vertebral del peronismo, en los ‘90, en cambio, lo fueron los barones del Conurbano. La tercera etapa se dio durante el gobierno kirchnerista, con una relación más directa entre el Presidente y los intendentes. La cuarta se inició con el gobierno del presidente Macri y la gobernadora Vidal. Un cambio que se percibe ya es el final de la reelección indefinida de los intendentes.
Algunos jefes comunales pretendieron contar con fueros, como los legisladores. Una ley provincial de los ‘90 buscó que un intendente, aun procesado y condenado, pudiera ejercer su función mientras que la sentencia no quedara efectiva. Pero los jueces no admitieron ese privilegio. Cuando Kirchner asumió como Presidente, durante dos años intentó moverse al margen del peronismo, en base a la idea de transversalidad, es decir, con el apoyo de sectores de varios partidos. Pero los intendentes peronistas del conurbano le hicieron entender que era imposible ganar sin la estructura del Partido Justicialista. Entonces Kirchner congeló la idea de lo transversal. Pero los clásicos barones y punteros se vieron desplazados, en parte, por otro tipo de dirigentes kirchneristas que no provenían del barrio sino que venían a conquistarlo. Era una nueva generación que descubría la política con Néstor y Cristina. Pero no fue fácil para los jóvenes de La Cámpora desplazar a los tradicionales. En la conclusión del capítulo, los autores hacen notar que casi todos los barones del conurbano son hombres. La irrupción de la intendenta de La Matanza y de la gobernadora Vidal abrirán quizás una nueva era en la relación entre los barones y el poder.
Eugenia Giraudy, autora del tercer capítulo, analiza cómo un partido de centroderecha, el de Macri, pudo conquistar parte de los votos de los sectores populares. De las varias estrategias posibles, optaron por la moderación en lo económico, dejando de lado términos como “neoliberalismo” o libre competencia, y por la defensa de lo institucional, es decir, de la democracia, la división de poderes, la independencia del Poder Judicial, la libertad de expresión, etcétera. Pero además, y creo que esto fue decisivo, pesó la cercanía con la gente, caminando por los barrios, tocando el timbre de las casas, escuchando, comiendo tortas fritas que les ofrecían, visitando en cada lugar a alguien que salió adelante por su esfuerzo. En suma, se presentaron como una alternativa a un largo gobierno de los Kirchner que no les había mejorado su situación. Mostraron lo que el gobierno de Macri había hecho en la Ciudad de Buenos Aires, durante ocho años, respecto de los sectores más carenciados, y prometían hacer lo mismo a nivel nacional.

Al margen de la ley
Lucas Ronconi afronta el problema de la informalidad laboral. En el conurbano, casi la mitad de la gente que trabaja tiene empleos informales, es decir, al margen de la ley. Las causas son diversas y es un fenómeno complejo. El autor propone varias medidas para afrontarlo, de las cuales destaco algunas: mejorar la cantidad y calidad educativa de la fuerza laboral, reformar los programas públicos de empleo y capacitación, que hasta ahora se utilizaron como caja para hacer política; y crear un registro que impida a empresas con trabajadores en negro ser contratistas del Estado provincial. De todas maneras, no pueden imponerse sanciones al incumplimiento de normas ajenas a la realidad productiva, para no destruir empleo.
Por su parte, Candelaria Garay se ocupa no de los trabajadores en negro sino de los desocupados, fenómeno que se ha acrecentado en el conurbano.
Hace unos veinte años surgieron los movimientos de desocupados. Los que subsisten son aquellos que mantuvieron fuertes estructuras de trabajo comunitario, así como la participación colectiva en la toma de decisiones. A esto añado que las devociones populares ayudan a lograr estructuras comunitarias y les permiten, a los nuevos, vincularse con quienes comparten tradiciones religiosas y culturales.
En los dos capítulos siguientes, otros investigadores analizan el mercado informal de La Salada. Y el último capítulo está centrado en los “géneros musicales” de esa zona, tema que más de un lector no esperaba encontrar en este tipo de trabajo. En síntesis, diría que este libro nos presenta los graves problemas del conurbano y de alguna manera nos exigen a todos dejar de lado los intereses partidarios para trabajar juntos por los excluidos.

El autor de la reseña es Profesor emérito de la Facultad de Teología de San Miguel.

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