Ante la obra escrita quien ejerza la crítica tiene por delante una encrucijada de caminos, pero no todos conducen a buen puerto. Los vicios y las virtudes de un género periodístico tan temido como denostado saltan a la vista con sólo hojear nuestros suplementos especializados, cuyos espacios fagocita día a día el mercadeo editorial. Las notas de favor y su correspondiente pago en avisos suelen alimentar este comercio en detrimento de lecturas menos pedestres. Lejos del regodeo teórico o del palabrerío universitario que tanto remiten a los falsos oropeles, la función del crítico asume mucho de guía: prepara el encuentro entre el lector y el autor; por eso debe ser humilde, ya que es imprescindible.

 

Esta edición actualizada de uno de los últimos textos redactados por José Luis Romero, maestro de historiadores, antes de morir, en 1977, ya desde la sobria tapa ilustrada con un manojo de llaves sobre fondo blanco, expone simbólicamente el significado esencial de la obra. Pues si de abrir puertas se trata (y tantas se suceden en esta casa común llamada Argentina que impiden transitarla sin titubeos), Romero es el cerrajero solícito capaz de vencer clausuras y hasta el sello más hermético, para librarla así al mejor conocimiento nuestro, sus habitantes de hoy.

 

“La historia no se ocupa del pasado. Le pregunta al pasado cosas que le interesan al hombre vivo”. Son sus propias palabras y encierran la mejor definición de una labor académica donde brilla la coherencia de su pensamiento, trátese de historia antigua o moderna. Es éste el significado esencial del vasto corpus de quien, merced a una vocación plena de universalidad, holló antes que los polvorientos caminos de nuestro faccioso pasado, el abigarrado escenario de la historia romana y la medieval. De él cabe decir que fue un historiador social (de hecho, diseñó la materia Historia Social General siendo decano de Filosofía y Letras en la “edad de oro” de la UBA), preocupado por dar sentido a los hechos puestos bajo su lupa de investigador, con hincapié en el contexto y las causas que determinaron los sucesivos períodos de nuestro devenir como nación.

 

Dotado de una suerte de doble vista, ese don de ver por medio de los ojos del alma hechos que normalmente escapan a la mirada del hombre, Romero supo organizar este trabajo en torno de la idea de un gran relato, sin cortes entre pasado, presente y futuro. También fue, como dijo de él Gregorio Weinberg, de aquellos que “saben escrutar por debajo de las corrientes de aguas enturbiadas por la agitación de los movimientos subterráneos y reconocer los cauces y los rumbos”. Es ejemplar, al respecto, la lectura y relectura de estos catorce apretados capítulos que integran la obra, a los cuales Luis Alberto Romero, su hijo y albacea, agregó una más -“Pérdida y Recuperación de la República”- referido a los acontecimientos de los últimos veinte años. Divididos en cuatro eras (indígena, colonial, criolla y aluvial), abismarse en su lectura le deparará al lector un encuentro frontal con las circunstancias de nuestro pasado, sin marginarlos de ese contexto mayor que es la historia occidental. De paso, suscitará en él hondas reflexiones sobre el presente y futuro del país -según lo quiso el propio autor- sin olvidar, por cierto, el talante crítico y polémico, otro deseo suyo muy acorde con su civismo militante, ajeno a toda hegemonía política, ese mal argentino.

 

Saber que el FCE reeditará la obra completa de Romero en la Biblioteca que lleva su nombre y dirige su hijo Luis Alberto, abre fundadas esperanzas (y la confianza en el porvenir fue otra de las convicciones del autor) en cuanto a una mejor formación intelectual de las jóvenes generaciones. Son proyectos que honran a un editor. No todo está podrido en Dinamarca.

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