Cuando Chiara Lubich (Trento, Italia, 1920) durante la Segunda Guerra Mundial que asolaba a Europa hablaba de fraternidad universal, la suya pudo ser juzgada como una utopía desesperada. Y cuando, mucho antes de que tuviera lugar ese extraordinario acontecimiento epocal que fue el Concilio Vaticano II, ella disponía formas y modos concretos de convivencia evangélica y predicaba la radicalidad del amor, algunos creyeron que “peligrosamente” se acercaba a posiciones que parecían más propias de la Reforma que del catolicismo y más cercanas a la filantropía que a la ortodoxia eclesiástica de aquel momento.

 

Sin embargo, medularmente católica, Lubich no pensaba entonces en el ecumenismo o en otras formas de diálogo interreligioso o intercultural. Aspiraba a la santidad, y lo hacía a través de una concepción espiritual esencialmente comunitaria. En su alma cobijaba un modelo atrevido: la vida de la Trinidad. Desde allí, desde ese luminoso misterio de íntimas relaciones, apuntaba a la unidad. En efecto, el “ideal” era sinónimo de unidad, de Dios-amor, del cumplimiento de una promesa leída en el capítulo 18 de Mateo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”.

 

Ese ideal de unidad y de amor no era ni fácil ni utópico, ya que nunca dejó de incorporar como forma real de existencia comunitaria, el sufrimiento de Cristo en la cruz: como signo del único y verdadero amor, de la auténtica comunión.

 

Chiara Lubich, una de las personalidades religiosas más relevantes de nuestro tiempo, fundadora y presidenta del Movimiento de los focolares, supo cultivar amistades privilegiadas: los papas Montini y Wojtyla, el patriarca Athenágoras de Constantinopla, el ecumenista Roger Schutz de Taizé, los políticos De Gasperi y Giordani, los teólogos Klaus Hemmerle y Bruno Forte, el rey Balduino de Bélgica, la madre Teresa de Calcuta y prestigiosos dirigentes judíos, islámicos y budistas.

 

Cuando este número de la revista llegue a manos del lector, faltarán pocos días para que Chiara Lubich visite Buenos Aires. Su agenda contempla numerosos encuentros en abril. Regresa después de más de treinta años (había estado en el país en 1966).

 

CRITERIO tuvo ocasión de entrevistarla en Roma, el mes pasado, y quiere anticiparse con el texto que sigue.

 

José María Poirier

 

 

 

– ¿Cuál es el eje central de la espiritualidad del movimiento de los focolares?

– Es como una medalla con dos caras. De un lado, la unidad; del otro, Jesús crucificado y abandonado. La unidad como resultado y Jesús abandonado como causa y clave.

 

– ¿Cómo explicar en pocas palabras estos dos temas centrales?

– Jesús en medio es la realización de una frase del Evangelio, donde Jesús dice que cuando dos o más personas se unen en su nombre, que quiere decir en su amor, allí está presente él. Se trata de algo muy grande: tener entre nosotros la presencia de Cristo, en la familia, en la oficina, en el parlamento. Él nos ayuda, nos guía, nos ilumina. Jesús abandonado es la expresión del dolor más alto que Jesús sufrió en la tierra, cuando en el momento de la cruz gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Se explica por el hecho de que él se cubrió con todos los pecados del mundo, que habían separado a los hombres de Dios y a los hombres entre sí. Gritó como si él fuera la voz de esta humanidad separada de Dios. Nosotros encontramos en él la solución, la posibilidad de restablecer la unidad en todas las situaciones.

 

– ¿Qué se entiende por una espiritualidad comunitaria?

– Que uno no va solo hacia Dios, sino junto con los demás. Una espiritualidad como la nuestra se basa en el amor, en el amor recíproco, que es el mandamiento típico de Jesús, el que él llamó suyo y nuevo.

 

– ¿Y cómo se ve a la Iglesia desde el movimiento?

– Como a la madre. La Iglesia es la madre que nos nutre y nos sostiene desde que hemos nacido. Ella nos hace hijos de Dios con el bautismo y nos alimenta con la eucaristía. Ella bendijo el amor de nuestros padres y nos acompaña hasta el final de la vida con los sacramentos.

 

– ¿Cómo se inserta en la Iglesia un movimiento que abarca aspectos ecuménicos e interreligiosos?

– La Iglesia aprobó nuestros estatutos, en los cuales se dice que en el movimiento participan católicos, cristianos de otras denominaciones, miembros de otras religiones y no-creyentes.

 

-Siendo el movimiento esencialmente laical, ¿cómo se explica la presencia de sacerdotes, religiosos y obispos?

– El movimiento no es esencialmente laical. Nace de laicos y es preponderantemente laical. Pero hay un carisma que sirve no sólo a los laicos, sino también a los sacerdotes, a los religiosos, a los obispos. Se podría decir que es una expresión de lo que ha dado en llamarse el perfil mariano de la Iglesia, es decir el de la santidad, el de la profecía, el de los carismas. Realidad que acompaña al principio petrino, a la jerarquía.

 

– En su opinión, ¿por qué este carisma encontró tanta difusión en el mundo, en realidades sociales y culturales tan diversas?

– Porque nuestro ideal es Dios y él tiene que ver con todos, con todas las culturas, con todas las religiones.

 

– ¿Qué significa para usted, personalmente, este carisma?

– Significa, o mejor significó, porque es mi vida desde hace 53 años, un camino. Traté de asimilar el carisma cada vez más, cada vez más. Lo hice como podía, equivocándome y volviendo a comenzar, tratando de ir adelante en el camino hacia Dios.

 

– ¿Cuál cree usted que es la mayor contribución del movimiento en los países de América latina?

– Dado que se trata de un movimiento de unidad, en él se encuentran las raíces de toda expresión social, y dado que en América latina se sufre particularmente en el campo social, creo que este espíritu, si bien es religioso, tiene su proyección en lo social: el Cuerpo místico de Cristo vivido se convierte también en cuerpo místico social.

 

– ¿Cuál es la idea central de la que ha dado en llamarse “economía de comunión”?

– La idea surgió estando yo en Brasil tiempo atrás. Estaba en San Pablo, una ciudad de rascacielos circundada por una grandísima pobreza. El cardenal Arns habla de una corona de espinas, refiriéndose a los pobres en las afueras de la ciudad. Tomé conciencia de que, al difundirse mucho el movimiento, eran también muchos los pobres y los indigentes que adherían a la espiritualidad. La comunión de bienes ordinaria que se llevaba a cabo en el movimiento no alcanzaba para cubrir tantas necesidades. Conversando con algunas personas se me ocurrió una idea, por qué no nos proponíamos hacer surgir empresas con gente dispuesta a repartir las ganancias según tres criterios: una parte para llevar adelante la empresa, otra parte para ayudar a los más pobres, y una tercera parte para ir formando a las personas en una nueva mentalidad no egoísta, capaces de dar, capaces de amar.

 

– ¿Una nueva cultura, entonces?

– Así es. Una cultura nueva, que va naciendo poco a poco: la cultura de los derechos humanos, la cultura del amor, la cultura de la libertad, la cultura de la vida. Todos somos egoístas cuando no nos confrontamos con el Evangelio.

 

– ¿Cómo apuntar a la unidad en un mundo pluricultural y con tradiciones tan diferentes?

– Es necesario saber respetar. El amor ilumina y permite comprender al otro, permite enriquecerse con el patrimonio del otro. Se trata de un enriquecimiento recíproco.

 

– ¿Pero es posible la unidad en la diversidad?

– Es posible en el respeto, en el amor, cuando uno permite que los demás sean lo que son. Por eso es necesario saber no ser para poder entrar en la mentalidad de los demás. Llegar a comprender los cosas como el otro las comprende. Es así como se alcanza la unidad y se respeta la diversidad. Como entre las personas de la Santísima Trinidad: son muy diferentes y sin embargo son uno, porque son amor. A nosotros nos gusta usar una expresión: llegar a ser “hombres-mundo”, en el sentido de ser capaces de estar en contacto con todo tipo de personas y tradiciones. Para quien ama, no hay obstáculos.

 

– ¿En qué bases se apoyan todos los diálogos que usted propone, y que el movimiento encara, con personas de diferentes credos religiosos o ateas?

– El diálogo es la manera de relacionarse con personas de otras religiones o no creyentes. He visto que muchos que dicen no creer en Dios, o no creer en las realidades sobrenaturales, creen en ciertos valores. Y dado que Jesús es el hombre-Dios, donde lo humano y lo divino se encuentran en la única persona del Cristo, también todos los valores puramente humanos encuentran un significado en el cristianismo. En el diálogo, advertimos que siempre podemos ofrecer a los demás nuestro espíritu, nuestra espiritualidad, que se concentra en una sola palabra: el amor. Y en el diálogo, los demás pueden ofrecernos las experiencias de haber vivido, apreciado y construido valores tales como la solidaridad, la paz, la unidad, la libertad.

 

– En el diálogo interreligioso, usted, en cuanto católica, ¿encontró riquezas nuevas, o bien todo hace referencia a valores ya conocidos?

– Encontré cosas que yo no conocía. Creo que a menudo pensamos que ya hemos descubierto todo el cristianismo, pero en realidad sólo hemos llegado hasta un nivel. En los próximos siglos se descubrirán cosas cada vez más profundas. Sucede que algunas religiones, seguramente por la acción del Espíritu Santo, alcanzaron una enorme profundidad en aspectos donde nosotros no hemos llegado. En un futuro descubriremos que eran semillas del Verbo, principios de verdad, presencias del Verbo de Dios, aun no conocidas. Por ejemplo, poco tiempo atrás estuve en Tailandia con monjes budistas: encontré una sabiduría, una ascética y un desapego de la propia persona que muy difícilmente pueda verse entre nosotros.

 

– ¿Cuál es hoy la realidad espiritual que más le importa?

– No ser para poder ser el otro. No ser para poder ser la voluntad de Dios y no la mía. Esta “inexistencia” y este “no poseer nada”, son las premisas para que el corazón pueda amar a los demás.

 

– ¿Qué sentido puede tener el dolor en la vida del hombre?

– El dolor tiene un enorme sentido. La cruz es el equilibrio de la humanidad. Cuando estamos fuera de la cruz, revoloteamos de un lugar a otro, como mariposas que no saben dónde posarse. El dolor da sentido a la existencia, y es el camino más directo para alcanzar la unión con Dios. Quien sufre, si va hasta el fondo de su corazón, en general encuentra la unión con Dios. Y la unión con Dios es la base para poder vivir cristianamente, y también para poder vivir humanamente.

 

– ¿Qué expectativas tiene ante su próximo viaje a la Argentina?

– Cada vez que emprendo un viaje desconozco lo que realmente sucederá. Por lo general, suceden cosas hermosas e inesperadas. Por ejemplo, cuando estuve en New York, se dio la posibilidad de que hablara en una mezquita de Harlem ante un auditorio negro. Allí nació una comunión muy grande con ese movimiento musulmán. Una comunión grandísima y profunda en la que nos ayudamos recíprocamente a ir adelante, siempre en el estilo de la “regla de oro” de las grandes religiones: no hacer a los demás lo que uno no quiere que le hagan. Los encuentros con budistas tanto en Tailandia como en Japón dieron vida a una fraternidad que no podíamos imaginar antes. Quiero decir que cuando viajo preparo un determinado programa, escribo temas que debo leer, pero lo que realmente sucederá, lo desconozco.

En el amor recíproco es Cristo quien conduce nuestra pequeña historia.

 

 

 


El atractivo del tiempo moderno

 

He aquí el gran atractivo

del tiempo moderno:

sumirse en la más alta contemplación

y permanecer mezclado con todos,

hombre entre los hombres.

Diría más aún: perderse en la muchedumbre

para informarla de lo divino,

como se empapa

una migaja de pan en el vino.

Diría más aún:

hechos partícipes de los designios de Dios

sobre la humanidad,

trazar sobre la multitud estelas de luz

y, al mismo tiempo, compartir con el prójimo

la deshonra, el hambre, los golpes,

las breves alegrías.

Porque el atractivo

de nuestro tiempo,

como el de todos los tiempos,

es lo más humano y lo más divino

que se pueda pensar:

Jesús y María,

el Verbo de Dios, hijo de un carpintero,

la Sede de la Sabiduría, ama de casa.

 

Chiara Lubich

 

 

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