Hace tanto tiempo que la televisión se metió en nuestras vidas que pocos recuerdan cómo era el mundo sin ella. La TV ha acompañado la infancia y la adolescencia de varias generaciones y el reciente éxito de un programa británico  dirigido a los bebés parece anunciar la llegada de la nodriza electrónica.

 

Cuando llegó, la TV comenzó por aposentarse en el living. Luego, se sentó a la mesa familiar, acalló las conversaciones y terminó presidiendo muchos dormitorios. No hace tanto tiempo, hizo irrupción en los bares y confiterías y hoy colabora con los teléfonos celulares para hacer imposibles las charlas de café.

 

Los “no-lugares” de la posmodernidad globalizada ya nacieron poblados de televisores. Aeropuertos, shoppings y estaciones abundan en pantallas que nadie mira ni escucha. Ya teníamos televisión en aviones, barcos y ómnibus. Ahora aparece en los trenes suburbanos, y pronto en alguna progresista línea de colectivos. Todavía no nos hemos topado con ellas en los sanitarios ni en las plazas, pero no nos sorprendería hacerlo.

 

La TV ha ido dejando cada vez menos espacio para la comunicación personal, y es habitual que las casas tengan el televisor encendido todo el día, como si fuese la heladera o la calefacción. Pero su mosaico de imágenes suele dejarnos casi indiferentes, como si ya estuviésemos inmunizados.

 

Marshall McLuhan se hizo rico y famoso por haber descubierto que con un medio como la TV el mensaje explícito ha pasado a segundo plano. Lo que la TV nos pide es que no dejemos de mirarla. Cada día hace más referencias a sí misma, y avanza en la construcción de su propio mundo.

 

Se han levantado muchas voces de alarma frente a su despiadada búsqueda de audiencia, que soslaya cualquier limitación ética o estética. Una entidad privada convocó hace poco a apagar la TV por una semana, en señal de protesta: una medida que, si pudiera llegar a cumplirse, provocaría una verdadera revolución.

 

Al fin y al cabo la TV es la principal educadora de nuestra sociedad, especialmente en los hogares de menor nivel cultural. La televisión tiene más autoridad que cualquier maestro o intelectual, pero cualquier mediocre opinador adquiere autoridad de maestro si tiene la suerte de salir por TV.

 

Se dirá que ahora la gente dispone de una amplia gama de canales de cable, que le permiten personalizar su programación. Sabemos que América latina es una de las regiones del mundo con mayor cableado.

 

Sin embargo, los canales de aire siguen siendo los más frecuentados, aunque no se deja de alternarlos con películas, deportes o dibujos animados del cable. Es que los programas masivos siguen siendo populares porque ofrecen temas de conversación. Sus héroes gozan del mayor prestigio social y hasta los gags de la publicidad se cuelan en nuestras conversaciones.

 

Pero la TV no es un sólo un elemento del decorado. Es mucho lo que dice, tanto por los temas que trata como por sus propios códigos. Por acción o por omisión, propone valores y antivalores. A veces, calla sobre aquello de lo cual debería hablar, promueve figuras que no merecen ser conocidas o dice algo que la imagen parece contradecir.

 

El principal mensaje de la TV está en el ritmo que impone a todo lo que trata. Para satisfacer esa supuesta “avidez de novedades” que todos tendríamos, el mensaje debe ser intenso pero efímero, como el caleidoscopio del noticiero. La lógica del videoclip, que es algo así como la hipérbole del montaje cinematográfico, lo invade todo. Se sostiene como un dogma que la gente no puede soportar más de unos minutos un solo tema o una misma cara.

 

Una buena historia de “interés humano”, puede sostenerse a lo sumo unos días, pero acabará siendo descartada y pronto nadie la recordará. Esto lleva a trivializar cualquier tema, e incluso hay una tendencia a que los programas duren cada vez menos en cartel.

 

El estilo “juvenil” que irrumpió hace apenas unos años (velocidad, informalidad, alegría forzada) estaría a punto de agotarse. Pergolini, Casero, Fontova o Gasalla ya parecen casi conservadores ante una nueva generación de animadores que gritan, farfullan, se empujan o retozan como cachorros en un clima de franca histeria.

 

Hasta las entrevistas han comenzado a editarse, recortando frases y gestos que vuelven a armarse hasta poner en ridículo al más serio de los invitados. A veces, sus frases se destacan con subtítulos, como si el entrevistado hablara en chino o necesitara resumir sus ideas.

 

Tampoco podemos estar seguros de todo lo que vemos en la TV. No nos sorprende enterarnos de que esa gente común que participa de un panel, son en realidad extras o actores contratados por la producción. ¿Cómo saber si la polémica que estamos viendo es real o ficticia? ¿Esa nota que nos conmueve, no será una teatralización? Es fácil darse cuenta de que no es posible que dos canales presenten el mismo día paneles similares de gente tan poco común como señoras engañadas por un marido transexual o arqueros acosados por barrabravas. Los más jóvenes no les creen, y suelen considerarlos programas cómicos.

 

Con su ineluctable expansión, la TV se ha vuelto narcisista y autorreferencial. Los programas de chismes hablan de lo que pasa en su mundo y los cómicos parodian a sus astros. Con los bloopers, la TV ha encontrado la manera de reciclar sus propios errores, como solían hacer las pensiones con las sobras de comida. Si el medio era el mensaje, ahora es el mensaje quien nos habla del medio.

 

Una de las innovaciones más recientes son los talk shows, espectáculos donde participa el público. A los productores les cuesta apenas algún viático, pero tientan a muchos con el sueño de la popularidad. En estas circunstancias, es fácil perder el pudor y contar intimidades. Hasta los corruptos terminan confesando, cuando los tienta la televisión.

 

Algunos de estos programas son lamentables exhibiciones de las miserias humanas, expuestas como los “fenómenos” de las ferias de antaño, a menudo con un ostensible desprecio. Tales han sido los indescriptibles engendros de Mauro Viale, que, luego de emitirse mañana, tarde y noche, parecen haber hartado por fin a la audiencia. Aunque la TV brasileña los habría superado en chabacanería con Ratinho livre, el último y exitoso circo de horrores.

 

Sin embargo también existen espectáculos protagonizados por el público que no obstante apelar a los sentimientos primarios son capaces aun de tratar con cierto respeto a sus invitados: de algún modo, cumplen una función social. Los programas de “encuentros”, como el de Franco Bagnato, nos permiten tomar conciencia de las crisis familiares y colaborar para prevenirlas o paliar sus efectos. Lo mismo puede decirse del discutido espacio de Moreno Ocampo, un tanto pintoresco a la hora de elegir querellantes, que promueve una cierta vulgarización del derecho y le enseña a la gente que los conflictos pueden resolverse sin violencia.

 

Por último, sería injusto dejar de señalar el asombroso potencial que tiene la TV para movilizar la solidaridad, exponiendo necesidades y vinculando a quienes pueden satisfacerlas. Costosas operaciones, tratamientos y viajes se resuelven en minutos cuando el poder de la TV se moviliza. Aunque sea de manera caótica y espectacular, la TV también ha ayudado a canalizar la solidaridad popular con los inundados. Por objetable que pueda ser el sensacionalismo, la intervención de la TV en casos como el de María Soledad o José Luis Cabezas movilizó a la opinión pública de manera inédita, con consecuencias políticas no desdeñables.

 

La televisión no es una cátedra

 

Cuando se habla de los valores que difunde la televisión, tenemos que recordar que no es una cátedra. La televisión y la publicidad no hacen discursos, pero muestran imágenes cargadas de emotividad, que intentan captar nuestra atención en un nivel mucho más primario que el de la inteligencia.

 

Los valores que propone la televisión nunca son explícitos. Puede mostrar hechos estrictamente reales y hacerles decir lo que desea mediante cambios de énfasis. Puede convertir en víctima al victimario simplemente por mostrar a sus parientes acongojados mientras presenta a los de la víctima como seres hoscos y poco expresivos. Por eso es necesario aprender a “leer” la televisión.

 

Se dice que la libertad del espectador estará garantizada en la medida que disponga de más canales, más emisoras o más diarios para elegir. Pero tampoco podemos olvidar el alarmante fenómeno de la concentración multimediática, que tiende a restringir esta libertad.

 

Cuando aparecieron las radios FM se las vio como una garantía para la libertad de expresión. Con el tiempo, las de mayor audiencia cayeron en manos de los multimedia, y hoy una misma línea ideológica pasa por la radio AM y FM, el diario, la TV abierta y el cable. Hasta puede ocurrir que la misma corporación sea dueña de diarios con orientaciones distintas, dirigidos a diferentes segmentos del mercado.

 

Y como suele ocurrir que la concentración de capitales se da en manos de figuras de un establishment cada vez más exclusivo, pocas personas pueden llegar a controlar fácilmente a la opinión pública, a pesar de la variedad de medios. Un oligopolio multimediático privado se parece demasiado al monopolio que alguna vez ejerció el Estado como para ser deseable.

 

En nuestro país no existe la censura previa, pero tuvimos el caso Cabezas, y es un hecho que los programas de análisis político han ido desapareciendo de los canales abiertos. Silenciados Longobardi y Lanata, que tocaron puntos sensibles, diluido Neustadt y actualizado Grondona, que evolucionó hacia “un espectáculo para pensar”, la política ha sido desplazada a los canales de cable, de mucha menor audiencia, mientras que los de aire se llenan de fútbol, comentarios deportivos y juegos de azar.

 

¿Qué puede hacer el sufrido espectador que desea escuchar todas las voces, que no quiere ser engañado con teatralizaciones, debates ficticios o espectáculos degradantes?

 

Se diría que tendría que apagar el televisor. Pero aun cuando se lograra convocar a una huelga de espectadores, quizás no llegaría a conmover demasiado a quienes se guían por dudosas y esotéricas mediciones de rating.

 

¿Habrá que emigrar a los canales de cable, y desinformarse con una dieta de viejas películas, documentales o ballet, poniéndose cada tanto bajo la ducha de los canales de noticias para mantenerse actualizado?

 

Eso significaría abandonar a la mayoría de la gente a una dieta de circo sin pan, plagada de groserías, premios, histeria y falsa alegría. Algo muy peligroso, si no queremos seguir ahondando la brecha que ya comienza a fragmentar la sociedad.

 

La televisión y los medios son algo más que un servicio que uno tiene derecho a no comprar, y el espectador es algo más que un cliente. Hasta el padre más ignorante que se preocupa por lo que ven sus hijos manifiesta una inquietud cultural. Su derecho no es sólo de elegir en las góndolas del supermercado espectacular sino de hacerse escuchar por quienes pretenden entretenerlo, juzgándolo en función de sus propios prejuicios. Al referirnos a la educación, ya hemos tenido que decir algo similar.

 

El espectador, que por ahora sólo es convocado demagógicamente para formar parte del espectáculo, puede organizarse para hacer sentir su voz y defender siquiera sus derechos de consumidor.

 

Durante mucho tiempo acostumbramos a exigirle al Estado que censurara, luego de lo cual hasta podíamos quejarnos de la censura. Ahora, la iniciativa debe ser nuestra, aunque el Estado no puede renunciar a esa función de control que debería ejercer con cualquier servicio privatizado.

 

Si alguna vez los espectadores conscientes alcanzaran la masa crítica suficiente para hacerse escuchar podrán llegar a tener presencia en el mercado, premiando y castigando la calidad del servicio que se les presta. ¿Es demasiado pedir?

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1 Readers Commented

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  1. joseee luizZz on 9 septiembre, 2009

    gracias x esta información, me sirvió mucho netaaa espero y sigan poniendo más xq d aquí saco mi tarea de la secu ok !!! grax bye bye se cuidan

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