Un documental extraordinario. Un filme ideal (incluso por lo breve) para interesar, y aún más, entusiasmar a los estudiantes y al público general. Un trabajo admirable, fruto del conocimiento, el esfuerzo, y la paciencia de dos biólogos, y de varios técnicos en cámaras y lentes que los auxiliaron, y músicos, y sonidistas que hicieron una banda bien inspirada y creativa. Una expresión de amor, al cine, a la ciencia, a la naturaleza, y a cuantos espectadores se acerquen con la mirada limpia de un niño, porque aquí uno vuelve a sentir ese placer del deslumbramiento propio de la infancia. Casi diríamos, un poema.

 

Todo eso es esta película, pero además, y especialmente, tal como dice su productor Jacques Perrin, “esta película es un himno de rehabilitación a los seres pequeños, por medio del silencio”.

 

Apenas se oye una frase al comienzo, entre nubes y música extraña, haciéndonos pensar lo que sentirán los seres más pequeños, para quienes un día es como un año, con sus estaciones, de la primavera al invierno, y vuelta a empezar, en su corta vida de algunas semanas. Y luego la cámara desciende, hasta la altura de un niño echado sobre la hierba, y se pone a ver… Y ve cosas fascinantes, animalitos coloridos, divertidos, habilísimos, ve sus andanzas cotidianas, sus esfuerzos, su ingenio, mira de otro modo, incluso con más respeto, a la hormiga, al caracol de jardín, al jején. Nada de palabras, nada de comentarios informativos ni filosóficos, sólo el conmovido y contagiante entusiasmo ante esas criaturas que comparten con nosotros el planeta. Y tan hermoso es ese himno de rehabilitación, que culmina, de forma apoteótica, con el nacimiento… de un mosquito. Algo tan ínfimo y molesto, un mosquito, y sin embargo el público sale emocionado.

 

En suma, una obra excepcional, ejemplar, que se recomienda con entusiasmo.

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