El ámbito natural para que se opere el milagro de la encarnación es la familia. Desde el comienzo de las reflexiones psicoanalíticas la familia ha sido considerada la cuna necesaria de la existencia humana. Gabriel Marcel señala que “el acto constitutivo de la familia no es la cópula pura y simple, que no es un acto humano sino una simple manifestación de la vida común al hombre y al animal: es una unión que se cumple no sólo en el instante, sino para durar, es una fundación” 1. Agrega: “Una familia se funda, se edifica como un monumento cuya piedra angular no podría ser ni un instinto que se sacia, ni un impulso al que se cede, ni un capricho al cual uno se abandona”. No vacila en calificar a la esencia de la familia como misterio.

 

Psicoanálisis actual y familia

 

El psicoanálisis está en deuda con el mundo de la cultura. Ha estado ausente del diálogo entre las diversas interpretaciones de la vida humana que forman parte de la hermenéutica contemporánea.

 

El psicoanálisis ha cambiado. Pero sus cambios, derivados de la posibilidad de plantearse nuevos problemas y nuevas perspectivas, han quedado oscurecidos por el brillo de la obra de su creador, o silenciados ex profeso por quienes tal vez admitiendo la complejidad del panorama actual en ese campo, han optado, como Paul Ricoeur, por acotar el ámbito de sus reflexiones tomando como punto de partida la obra de Freud, su genial creador, al que se le puede exigir que diga las primeras palabras pero al que no podemos pedirle que diga también las últimas.

 

Donald Winnicott y otros autores contemporáneos han enfatizado la importancia superlativa de la familia y la vida familiar como el medio natural y único dentro del cual el ser humano puede desplegar sus potencialidades y, tras encarnarse, llegar a ser una persona.

 

El hombre “parece estar hecho para ser criado por una madre”, que luego de transmitirle el ser biológico pueda, “siendo y dejando ser, transmitirle el ser psicológico” 2.

 

La función de la familia, en los comienzos, consiste en crear las condiciones necesarias como para que la madre pueda cumplir con su función de sostener el desarrollo espontáneo de su hijo, aunque la raíz del misterio de la vida se pierda en sus raíces mucho más allá del hombre.

 

Empíricamente, no obstante, se puede afirmar que la idea de existencia saludable se asocia a la idea de que el ser humano debe nacer a la vida psicológica percatándose de su propia continuidad en el tiempo y desplegando creativamente sus posibilidades, sin tomar al principio conciencia de la existencia de un “otro”. La madre debe adaptarse a sus necesidades de amor, sostén y cuidado en gestos concretos, pues el amor se expresa al comienzo con cuidados, con actos y no con vagos sentimientos románticos.

 

Más aún, el inicio de la vida es un don que nos viene de más allá de nosotros mismos, pero se puede actualizar gracias al amor oblativo de la madre que cuida a su hijo con devoción, gracias a su capacidad de establecer con él al comienzo un vínculo de identidad, siendo con él una unidad. Esto le permite captar las necesidades del niño y acompañar su surgimiento con el gesto apropiado que él necesita. De tal manera que al comienzo pueda forjarse la ilusión de que él ha creado ese gesto; ésta es la única ocasión en la vida en que el hombre “crea el mundo” de la nada.

 

Solamente un medio humano iluminado por el amor y la fidelidad de cada uno a sí mismo, a los otros y al papel que le toca desempeñar, puede dar nacimiento a un ser humano capaz de acceder a una existencia verdadera, en la cual se sienta vivo y protagonista de su propia historia.

 

Para que esto pueda tener lugar, el medio familiar, el padre, debe hacer con la madre, lo mismo que ella va a hacer con su hijo, sostenerla con amor y hacer frente a las intrusiones cada vez más acuciantes y violentas de la realidad externa.

El niño nace dentro de una familia que armoniza en un proyecto común los proyectos originales de los padres y desde el principio es un don, un regalo que Dios (o el azar, si así lo prefiere un agnóstico) les hace, de tal manera que no pueden nunca sentirse dueños de la vida de ese hijo cuyos proyectos vitales lo llevarán más allá.

 

Mucho antes que el hijo sepa que existe otro que no es él, mucho antes que luego de reconocer a la madre reconozca al padre como otro diferentemente sexuado, ambos forman la trama indispensable para que su vida pueda cursar como existencia saludable, en camino hacia una humanidad plena.

 

Me pregunto si, cuando se propugna una existencia basada en el “egoísmo consecuente”, como designa el Santo Padre al hedonismo, se tiene conciencia de que al hacerlo se pone en riesgo mortal a los seres humanos que nacen en un medio en el cual nadie asume sus responsabilidades, porque es más importante que eso “evitar las frustraciones” y lograr el máximo de placer posible.

 

No pienso la sociedad como una fábrica de personas “perfectas” sino como la superposición de miles de millones de seres únicos, razón por la cual creo indispensable conservar y cuidar el despliegue de la originalidad de cada ser humano sin aplastarla o dejar que se pierda, y en ello el cuidado de la familia es crucial.

 

“La creatividad es el hacer que nace del ser” 2. Un indicador importante es que la actividad motivada, cuya iniciativa nace en el propio interior, tiene su lugar aunque gran parte de la actividad diaria sea reactiva.

 

Ser creativo es conservar algo propio de sí mismo, un lugar, un punto de vista personal y único desde el cual vivir el mundo e interpretarlo. Por pobre que sea intelectualmente la vida de un hombre, siempre puede ser creativo: cuando sus creencias, o una manifestación estética, ponen en juego su punto de vista personal y puede gozar de la armonía que lo rodea.

 

El psicoanálisis que se ocupó de revelar con énfasis la importancia de la sexualidad en la vida del hombre, tal vez en su empeño olvidó profundizar en su vida interior y su horizonte, sus proyectos, sus ilusiones, la raíz de su vida personal y de las creencias desde las cuales todo ser humano, lo sepa o no, vive.

 

Desde el comienzo de una vida humana se destaca la importancia de la familia como su medio natural, lugar único en que se puede dar el milagro de la encarnación.

 

Y esta familia está formada por una mujer que ha alcanzado el punto de su existencia en que necesita ser madre y amar a sus hijos, y por un hombre que ha alcanzado el anhelo de la paternidad y la capacidad para cumplir con su función paterna.

 

Al fin y al cabo, la creatividad es, ni más ni menos, tener y conservar un punto de vista personal acerca de la vida y de la realidad. También, tener un lugar intermedio, el área transicional, en donde poder reposar a salvo de las exigencias de la vida y ser creativo, recreando una sinfonía que se escucha, un libro que se lee, una oración que se musita y en la cual el sujeto puede hacer suyos, tras apropiárselos y compartirlos, los valores éticos y estéticos que la familia le ofrece.

 

El nacimiento de la moral personal

 

El psicoanálisis ha tenido una actitud ambigua frente al problema moral, o tal vez diría ante la necesidad primaria de todo ser humano de ajustar su existencia a normas morales, no sólo a convenciones sociales; podríamos decir que la moral era una especie de “freno antinatural” surgido de la sociedad.

 

Las primeras se refieren a la Naturaleza misma del hombre que no cambia, las segundas a las costumbres y usos que sí cambian.

 

La confusión de planos, la consideración de ambas dimensiones como equivalentes, ha llevado a construir con las convenciones y usos y con la opinión y las sanciones anónimas de “la sociedad”, un código convencional y por supuesto cuestionable.

 

En los comienzos, la actitud del psicoanálisis fue olvidar la necesidad primaria de los seres humanos a ajustar su existencia a valores morales y creencias básicas. Estudió en cambio en detalle los mecanismos mediante los cuales el hombre incorporaba los valores extrínsecos, no nacidos de una necesidad propia sino de la imposición del medio, el precio a pagar por la socialización, una “fatalidad” que surgía de la coerción del medio a través de los padres, que imponían reglas que el hijo no comprendía ni tenía porqué comprender y que regían la convivencia a fin de obtener el egoísta fin de no morir de hambre o de no carecer de pareja sexual (todavía para Freud, salvo anomalías, pareja sexual humana, adulta, del sexo opuesto).

 

También describía el mecanismo mediante el cual el niño incorporaba esas normas ajenas a él en su origen, al identificarse con el padre amado, odiado y por ende temido del complejo de Edipo.

 

La moral implicaba en primer lugar la aceptación de la ley del padre. Era el precio de la socialización, de la seguridad y, aunque destacaba su necesidad para la convivencia, nada decía de la necesidad que podía sentir o no cada ser humano de ajustar su existencia a valores.

 

La culpa era concebida entonces como un afecto resultante de la tensión entre el Yo (que aspiraba a acciones que la sociedad primero y la conciencia moral después prohibían) y el Súper Yo (heredero de los valores y restricciones impuestos por el Padre).

 

No obstante siempre se destacaba la presencia indispensable de la familia para la estructuración de la persona y se dejaba sentado que la “constancia objetal” -o sea la persistencia de la significación de una persona del otro sexo- era importante en las relaciones amorosas. Aunque el amor siempre se derivó del sexo y no se concebía, como ahora afirman autores como Winnicott, que no hubiera vida sexual madura fuera de una relación amorosa en la cual se ame y se reconozca a la otra persona como prójimo.

 

Otro aspecto del psicoanálisis de los primeros años, era que la salud y la enfermedad giraban en torno al destino del complejo de Edipo y a su represión patológica, lo que llevó a los vulgarizadores a sacar la rápida conclusión de que había que evitar las frustraciones y liberar, no la espontaneidad del hombre sino sus pulsiones, lo que le hacía decir a mi viejo maestro Celes Cárcamo: “libres del Súper Yo, pero esclavos de su capricho”.

 

No extraña entonces que reducir al mínimo humanas frustraciones hubiese sido uno de los primeros objetivos de la aplicación del psicoanálisis a la educación y que proliferaran los “consejeros”, que hablaban ex cátedra en nombre de la ciencia construyendo una suerte de “nueva ética” en la cual se educaba para evitar las frustraciones en la medida de lo posible y se ponía el acento exclusivamente en ese aspecto de la vida humana.

 

La culpa: de sentimiento negativo a base de la vida moral

 

Numerosos autores contemporáneos han destacado la necesidad de la vida moral extendiendo el área de investigación hacia los comienzos de la vida humana, a fin de poner al descubierto sus raíces mismas.

 

Todo ser humano, si el medio familiar se lo permite, desarrolla sentimientos y deseos destructivos hacia sus semejantes, a los que además está unido por un vínculo de amor, pero como tope de dicha destructividad surge dentro de sí mismo una capacidad innata de compasión, lo que lo lleva a acceder a un sentimiento que marca un hito en el progreso, la culpa.

 

¿Qué es la culpa en su origen? Un sentimiento doloroso ligado al daño que, real o imaginariamente, se ha hecho o se desea hacer a otra persona; la compasión y la culpa dan lugar al cuidado por el otro y a la responsabilidad por las propias acciones. Todo eso cuando tiene un comienzo sano, espontáneo, configurará una moral auténtica, en la cual es el propio sujeto el que se autolimita.

 

La culpa es un logro evolutivo, un paso adelante hacia la madurez, aunque hoy la cultura del confort y la “seguridad” atenten contra ella facilitando su descarga y dándole una justificación “racional”, “explicándola”, como tan bien lo relata Stangerup en El hombre que quería ser culpable.

 

La culpa, sentimiento necesario para que el hombre alcance una estatura humana, es confundida con frecuencia con la culpabilización, que no nace del interior de la persona, sino que es reacción a las acusaciones de otros, que el sujeto incorpora, sin digerirlas, y que son vividas como cuerpos extraños, que cumplen la función de límite en las personas inmaduras que no han accedido al nivel en que la culpa surge del propio interior.

 

De este resumen muy somero quiero que conservemos algunos conceptos claves:

 

a) Todo desarrollo sano se da en el ser humano dentro de una familia, constituida por una madre, un padre y uno o varios hijos, unidos por un vínculo de amor y que alientan proyectos y valores comunes. El ser humano parece haber sido hecho para ser criado por una madre y para desarrollarse hacia la madurez dentro de una familia.

b) La moral auténtica nace naturalmente en un momento dado del desarrollo humano normal y se basa en la capacidad de sentir culpa, que surge del dolor que produce el dolor que se desea o que se produce a otro.

Este sentimiento asociado al compadecimiento da hondura al ser humano y lo conduce a responsabilizarse por las consecuencias de sus actos.

c) Esa necesidad de ajustar la existencia a valores morales y a creencias que le otorguen sentido debe ser llenada a lo largo de la vida. Allí la familia cumple un papel fundamental colocando en el momento oportuno “al alcance del niño el código moral” compartido y le da ocasión al hijo de hacerlo suyo, rechazando algo, agregando otro algo, pero finalmente sin diferir demasiado de lo que la familia le ofrece.

d) Para que estos valores tengan sentido (y el hombre es un buscador de sentidos) deben enlazarse a creencias básicas, al “Dios de la familia”, que los padres presentan cuando surge en el niño la necesidad de “creer en” expresada en preguntas acuciantes que deben ser respondidas.

 

Frente a la transmisión de valores y creencias hay dos actitudes polares patológicas. Una es la actitud pseudo ingenua de quienes resuelven no responder a las preguntas de los hijos acerca de Dios, por ejemplo, y pretenden que el niño saque de sí las creencias y la moral, empujándolo al imposible de recorrer 3000 años de cultura en la brevedad de una vida.

 

La otra es la actitud autoritaria de padres rígidos e impacientes que se sienten dueños de sus hijos y que pierden el placer de ver nacer del interior del niño la pregunta que, al ser respondida, abrirá un universo. La imposición suele suscitar sumisión primero y violenta repulsa después, conservando, si el sujeto no puede recrear los valores inculcados, un carácter “irredimible” de inautenticidad.

 

¿Cuál suele ser el resultado? Caben tres posibilidades. La primera es la menos probable: el milagro de que, pese a todo, el hombre se las ingenie para alcanzar un cierto grado de autenticidad y madurez. La segunda es la quiebra que produce una catástrofe personal: el sujeto cambia sus valores pero conserva la rigidez y el fanatismo con que los defiende. La tercera, la más común, es la adopción de un estilo de vida disociado en el cual esas personas rígidas son absolutamente impiadosas con sus prójimos, no respetan a sus hijos como personas y no soportan que la sociedad sea la suma de varios miles de millones de personas únicas y no una sucesión de productos manufacturados de diversos modelos pero iguales a sí mismos.

 

Recuerdo ahora la afirmación de Bergson6: “la moral verdadera y la religiosidad verdadera, no son cosas, sino vislumbres que remiten al espíritu a la fuente misma del acto creador… Periódicamente hay personas que recrean el fundamento mismo de la moral y de las creencias, lo automático se hace vivo nuevamente”.

 

Para que esta recreación y reavivamiento de los valores y de las creencias tenga lugar es necesario preservar a las familias corrientes que desarrollan en silencio la ímproba tarea de dar a la humanidad su testimonio y su tributo de hombres libres.

 

 

 


1. Gabriel Marcel, Prolegómenos para una Metafísica de la Esperanza. Ed. Nova, Buenos Aires.

2. Donald Winnicott, El H ogar Nuestro Punto de Partida. Ed. Paidos, Buenos Aires. Del mismo autor: Realidad y Juego. Ed. Granica, Barcelona; El Proceso de Maduración en el Niño y el Medio Facilitador. Ed. Paidos, Buenos Aires; Naturaleza Humana. Ed. Paidos, Buenos Aires.

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