En marzo de 1990 un grupo de obispos franceses solicitó al Vaticano la introducción de la causa de canonización del padre Marie-Joseph Lagrange. ¿Quién era el padre Lagrange? Un sabio dominico que a fines del siglo pasado y a principios de éste procuró reconciliar la ciencia con la fe, demostrando que la Biblia, a la vez que palabra de Dios, es igualmente palabra humana, y que por lo tanto puede ser sometida a las mismas leyes de interpretación que cualquier otro libro humano.

 

Pero el estudio científico de las Escrituras que él proponía fue resistido fuertemente por un gran sector de la Iglesia, lo cual hizo que el padre Lagrange fuera considerado sospechoso de herejía, combatido, censurado, reprobado, obligado al silencio y humillado. Hoy, a sesenta años de su muerte, ha sido propuesto para ser elevado a los altares luego de que Pablo VI dijera que “en él han brillado de manera excepcional la sagacidad crítica y la fe”, y que Juan Pablo II lo definiera como “una gran figura de la Iglesia”.

 

La Escuela Bíblica

 

El padre Lagrange nació en Bourg-en-Bresse (Francia) en 1855 y se ordenó sacerdote en 1883. Poco después marchó a Viena a estudiar Sagradas Escrituras, y allí recibió la orden de viajar a Jerusalén para fundar una escuela bíblica. Según lo confesó él mismo, se sintió aterrado, pues pensó en la dificultad para desarrollar allí cualquier labor intelectual, lejos de sus libros, fuera del mundo académico, y en un lugar tan lejano e inhóspito. Pero fiel al espíritu de obediencia que lo iba a caracterizar durante toda su vida, en 1890 marchó a Tierra Santa.

 

A pesar de sus temores, al llegar tuvo una especie de deslumbramiento por esa tierra donde habían nacido las Escrituras, y comprendió que no había lugar en el mundo más propicio para llevar a cabo sus estudios. Inmediatamente emprendió una gran labor organizativa, y en noviembre de 1890 inauguraba la famosa Escuela Bíblica, a la que dedicará sus desvelos en los siguientes cuarenta y cinco años.

 

Desde un comienzo el dominico se mostró partidario de aplicar en la exégesis bíblica un método casi desconocido todavía entre los católicos, llamado el método histórico, o histórico-crítico. ¿En qué consistía? Desde mediados del siglo XIX los descubrimientos históricos, arqueológicos y científicos planteaban al estudioso de la Biblia un grave problema, pues éstos parecían hallarse en contradicción con los relatos bíblicos. Surgió así un serio interrogante: ¿cómo conciliar estos hallazgos con la verdad de la Escritura, que es Palabra de Dios?

 

Se desató, entonces, un famoso debate entre los exégetas para resolver la aparente contradicción entre las ciencias y la fe, conocido como la “cuestión bíblica”. La solución estaba en abandonar la lectura primaria o ingenua de la Biblia que hacía la exégesis tradicional, para reemplazarla por otra más seria que tuviera en cuenta el trasfondo histórico de la Biblia con el fin de poder descubrir la verdadera intención de los autores bíblicos al redactar sus obras.

 

La Revista Bíblica

 

El padre Lagrange propuso y explicó este método en un famoso libro publicado en 1903: El método histórico. Pero desgraciadamente cayó tan mal en la Iglesia que nunca más pudo ser reeditado hasta 1967.

 

Pero no se amilanó, y para difundir mejor sus ideas concibió el proyecto de fundar una revista científica, altamente especializada, que le posibilitara hacer conocer ampliamente su pensamiento. Así nació en 1892 la Revista Bíblica, que llegará a ser con el tiempo no menos famosa que su Escuela. Como era de esperar, la revista aumentó la desconfianza de las autoridades eclesiásticas, por lo que el padre Lagrange, fiel a su espíritu de obediencia escribió a sus superiores: “si mis tendencias parecen peligrosas con gusto callaré a pesar de mi convicción íntima de que estamos en el camino de la verdad”. Y aunque por el momento no se le impidió publicar, todos sus artículos quedaron sometidos a la censura romana.

 

El Congreso de Friburgo

 

Una de las polémicas más arduas que suscitó la crítica histórica en aquel entonces se centraba en el autor del Pentateuco. Durante siglos se había sostenido que era Moisés. Pero en 1678 el sacerdote francés Richard Simon, y más tarde el médico Jean Astruc en 1753, lo habían puesto en duda.

 

El padre Lagrange hacía tiempo que había llegado a esta misma conclusión, y decidió tomar posición pública al respecto aún a costa de arriesgar su tranquilidad y reputación. Para ello decidió concurrir al Congreso Católico de Friburgo en 1897 y exponer su pensamiento sobre el tema. Allí realizó una famosa exposición en la que negaba la autenticidad mosaica del Pentateuco. Y con ella dejó asentado uno de los principios fundamentales de la exégesis bíblica: que la autoridad religiosa de la Biblia no depende de la autenticidad literaria de sus libros (es decir, que Moisés sea el redactor del Pentateuco, que Isaías sea el autor del libro que lleva su nombre, etc.) sino de la inspiración divina en los redactores del texto, quienesquiera que éstos hayan sido. Este principio fue totalmente revolucionario para la época y no fue comprendido ni aceptado. Sólo después de setenta años un documento oficial de la Iglesia (la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, aprobada en 1965) aceptará esta distinción entre la autenticidad del autor y la inspiración. Por eso, cuando esta exposición fue conocida masivamente por el clero (no demasiado ilustrado en esa época y excesivamente fundamentalista) el padre Lagrange fue atacado violentamente, y el Patriarca Latino de Jerusalén lo denunció ante el Santo Oficio por “racionalismo” y “desviacionismo protestante”.

 

La Pontificia Comisión Bíblica

 

Ante la incomprensión general, el padre Lagrange advirtió que no eran suficientes los artículos aislados para exponer sus ideas. Concibió entonces el propósito de escribir una obra colosal, un estudio histórico-crítico de todo el Antiguo Testamento. Se abocó al trabajo con toda su energía, esperanzado en que la polémica desatada por sus ideas sobre el autor del Pentateuco no fueran un obstáculo para su publicación. Pero se equivocaba. Cuando en 1898 terminó de escribir la primera parte (sobre el Génesis) envió a Roma el manuscrito, y éste fue prohibido.

 

Los conflictos bíblicos que habían tomado ya dominio público y que sacudían peligrosamente a la Iglesia, llevaron al papa León XIII en octubre de 1902 a crear una comisión especial para que se ocupara de ellos. Nació así la Pontificia Comisión Bíblica. Y con su fundación, las esperanzas del padre Lagrange renacieron. Por fin las cuestiones bíblicas serían tratadas por especialistas competentes que podrían promover y no frenar los estudios bíblicos. Al enterarse, escribió ilusionado: “La exégesis bíblica es la única ciencia donde cada uno se considera capaz de opinar sobre todo, sin escuchar a los que realmente saben. Esperemos que eso se termine de una vez”. Y para su sorpresa, él mismo fue nombrado consultor. Esto significó una rotunda rehabilitación para el fundador de la Escuela Bíblica, que durante tanto tiempo había sido injustamente tenido por sospechoso.

 

Las conferencias de Tolosa

 

Más tranquilo y con el aval de su nuevo cargo, Lagrange viajó a Francia para pronunciar una serie de seis conferencias y exponer su método histórico-crítico. Estas exposiciones, que luego se harán célebres, completaban su pensamiento expresado en el Congreso de Friburgo. En ellas rechazaba, entre otras cosas, la lectura fundamentalista de la Biblia. Se convirtió, así, en el primero dentro de la Iglesia católica en señalar la existencia de distintos géneros literarios en la Biblia.

 

Pero era aún demasiado pronto. Sus palabras provocaron arduos debates, y nuevas denuncias sacudieron el ambiente teológico, ya bastante enrarecido. Pero ahora el padre Lagrange tenía el apoyo de la Santa Sede, la cual juzgó que su exposición no tenía nada de reprochable. Por eso a pesar de las críticas suscitadas las conferencias se publicaron en 1903 con el título de El método histórico aplicado al Antiguo Testamento.

 

Creyendo ver por fin una postura bíblica definitivamente renovada en la Iglesia, el padre Lagrange volvió a pedir autorización para publicar su “Génesis”, pero no lo consiguió. Sin embargo su prestigio iba en constante aumento en los medios intelectuales y el mismo Papa lo tenía en alta estima. A tal punto que ese mismo año lo llamó para comunicarle que había decidido crear en Roma un Instituto de Estudios Bíblicos en el que él tendría un lugar importante. Y le expresó también la decisión de convertir su tan querida Revista Bíblica nada menos que en el órgano oficial de la Comisión Bíblica. El padre Lagrange no podía creerlo. Por fin había triunfado la línea bíblica renovada.

 

Pero nada de esto llegó a concretarse. Pocos meses después, en julio de 1903, murió León XIII; y en agosto subió como papa Pío X, bajo cuyo reinado le esperaba al padre Lagrange un largo calvario.

 

La noche oscura

 

Apenas asumió el nuevo Papa se desató una violenta campaña contra el padre Lagrange: en 1904 apareció un libro contra el método histórico-crítico; algunas órdenes religiosas prevenían a sus miembros contra “un proceder subversivo que llaman método histórico”; los profesores que se habían mostrado simpatizantes con las nuevas ideas fueron reemplazados.

 

Frente a estos ataques, y a fin de aportar argumentos sólidos para la discusión, el padre Lagrange solicitó una nueva autorización para publicar su “Génesis”, pero la respuesta oficial se mantuvo: no es oportuno. Y como si esto fuera poco, la Comisión Bíblica se pronunció en 1906 a favor de la autenticidad mosaica del Pentateuco, contra lo cual él tanto había predicado.

 

Con admirable grandeza, lejos de rebelarse o de resentirse Lagrange hizo un acto de total sumisión al Papa. Pero a comienzos de 1907 la situación se agravó más todavía: el propio Papa le prohibió publicar cualquier comentario al Antiguo Testamento.

 

El padre Lagrange decidió entonces abandonar sus estudios sobre el Antiguo Testamento y publicó en 1911 un comentario al Evangelio de Marcos. Como era de esperar, pronto se levantaron contra él las mismas críticas que despertaban todas sus obras. Por una causa o por otra sus escritos siempre merecían la reprobación de Roma. Pero la verdadera noche oscura le llegó en junio de 1912, cuando recibió un decreto de la Comisión Consistorial ordenando que todos sus libros fueran retirados de la formación de los futuros sacerdotes. No se trataba de una condena sino de una medida provisional, hasta tanto se analizaran sus obras con mayor profundidad; pero fue un fortísimo golpe para el padre Lagrange.

 

Entonces, con la imperturbable serenidad de siempre le envió una carta al Sumo Pontífice expresándole su total obediencia: “Siempre me someteré de mente y de corazón, sin reservas, a las órdenes del Vicario de Cristo. Permanezco arrodillado ante Su Santidad para implorar su bendición”. Y a su Superior le comunicó que renunciaba a seguir dictando su curso de Sagradas Escrituras, a escribir sobre cualquier tema bíblico y ofrecía alejarse de Jerusalén. El Papa quedó favorablemente impresionado de la actitud del padre Lagrange, pero se limitó a manifestar: “Lo felicito por su entera sumisión”. Y aceptó sus propuestas.

 

La reivindicación

 

El padre Lagrange regresó calladamente a París, y allí se exilió. Él mismo se impuso un duro silencio, al que sólo interrumpió para predicar en público durante el Adviento. Tal era el temple de este hombre que su primer sermón lo dedicó a la fidelidad al Magisterio de la Iglesia: “Nuestro deber es amar al Papa. Él debe moderar nuestros esfuerzos, él debe ordenarnos no avanzar allí donde nuestra generosidad nos impulsa. Ésa es nuestra prueba, y la aceptaremos sólo si amamos bien al Papa”.

 

Sorpresivamente, en mayo de 1913 el padre Lagrange fue convocado a Roma y él temió lo peor. Pero grande fue su asombro al ver que Pío X lo recibía con benevolencia, lo felicitaba por su leal y pronta sumisión y le anunciaba que podía regresar a Jerusalén para retomar sus clases y la dirección de la Escuela. Sin haberlo esperado, el tiempo de prueba y del exilio había terminado. O al menos así parecía.

 

Inmediatamente regresó a Jerusalén y en julio de 1913 se encontraba nuevamente en su ciudad con una infinidad de proyectos, como cuando hacía más de veinte años llegaba por primera vez.

 

Pero una nueva calamidad se cernía sobre Europa y Oriente Medio: la amenaza de la guerra. Cuando el conflicto finalmente estalló en agosto de 1914 la Escuela Bíblica debió cerrar sus puertas, mientras el padre Lagrange regresaba a Roma. Ese mismo año moría Pío X y un nuevo pontífice subía al trono de Pedro: Benedicto XV.

 

La Escuela Bíblica pudo reabrir sus puertas una vez terminada la guerra, y Lagrange volvió a su trabajo. Pero en 1920 el Papa publicó la encíclica Spiritus Paraclitus, la cual, si bien estimulaba los estudios bíblicos, no lo hacía en la dirección seguida por Lagrange. Y una vez más le fue negada la autorización para publicar su “Génesis”.

 

Cuando poco después Roma volvió a quedar sin Papa y fue elegido Pío XI, el padre Lagrange se llenó de nuevas esperanzas, ya que este pontífice era un reconocido intelectual y un antiguo abonado a la Revista Bíblica. Pero el nuevo sucesor de Pedro se limitó a bendecir al padre Lagrange y a decirle que necesitaba tiempo para examinar a fondo las cosas.

 

El tiempo final

 

En 1923 vio la luz su comentario al evangelio de Lucas, y dos años más tarde el de Juan. Cumplidos ya los 70 años, Lagrange había publicado además de centenares de artículos, sus cuatro monumentales comentarios a los evangelios y El método histórico. Pero su “Génesis” no había recibido aún autorización para ser publicado. En 1926 apareció la Sinopsis griega y en 1927 El Evangelio de Jesucristo, una vida de Jesús sin pretensión erudita. Este libro tuvo un inesperado y súbito éxito, y mereció la bendición de Roma. Pero, como había sucedido casi en toda su vida, se desaconsejó su lectura en los Seminarios con el argumento de que los seminaristas necesitaban más piedad que ciencia.

 

El padre Lagrange, no obstante, continuaba publicando. En 1933 salió de la imprenta su Historia del canon y en 1935, la Crítica textual.

 

Entonces, ya con 80 años sobre sus espaldas y cuatro décadas y media de trabajo en Jerusalén, sintió que su vigor declinaba y que no podía continuar con su tarea, por lo que solicitó su retiro. Una vez más, silenciosamente y con profundo dolor, se despidió de sus discípulos y de su querida Escuela y en 1935 regresó a Francia.

 

Allí retomó su labor intelectual. Pero las autoridades romanas, apegadas todavía a una exégesis simplista, seguían bloqueando su labor, y a sus ochenta y un años aún no le habían dado autorización para publicar el “Génesis”, escrito hacía casi cuatro décadas. Tampoco obtuvo autorización para publicar en la Revista Bíblica un artículo sobre los Patriarcas, ni otro sobre la evolución religiosa de Israel.

 

A pesar de ello intentó actualizar su “Génesis” y continuó dando conferencias, hasta que sus fuerzas lo abandonaron definitivamente. El 8 de abril de 1938 sufrió una crisis como consecuencia de una congestión pulmonar y ella lo llevó a la muerte el 10 de abril. Sus restos fueron enterrados en el Convento de Saint Maxim, donde permanecieron hasta 1967. Ese año fueron trasladados a su amada Jerusalén e inhumados en el corazón de su Escuela, la basílica de San Esteban.

 

La victoria póstuma

 

Hasta sus últimos días, el padre Lagrange soportó la humillación de ver sus artículos censurados, sus libros prohibidos y sus ideas combatidas sin fundamento. Pero el triunfo sobrevino después de la muerte.

 

A partir de 1939, con Pío XII, hubo un nuevo amanecer para los estudios bíblicos. El Papa publicó la encíclica Divino afflante Spiritu en 1943, que puso fin a las controversias. Esta encíclica fue la primera que reconoció la existencia en la Biblia de diferentes géneros literarios, y permitió resolver adecuadamente los problemas históricos que planteaban las Escrituras. Quedaba así oficialmente reconocido el esbozo que sobre los géneros literarios había hecho el padre Lagrange hacía cuatro décadas. El cardenal arzobispo de Tolosa celebró la aparición de la encíclica diciendo: “Está hecha para acallar a estos ignorantes que son los fundamentalistas”.

 

Más tarde la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, promulgada en 1965, afianzará definitivamente esta línea de pensamiento y consagrará las enseñanzas del padre Lagrange.

 

Por último en 1993 la Comisión Bíblica en su documento La interpretación de la Biblia en la Iglesia dirá que “el método histórico-crítico es indispensable para el estudio científico del sentido de los textos antiguos”, y rechazará la lectura fundamentalista de la Biblia al considerarla como “una forma de suicidio del pensamiento”.

 

Como dijo el cardenal Saliège con motivo de la publicación de la Divino afflante Spiritu: en las moradas eternas seguramente el padre Lagrange habrá cantado: “¡Amén, amén, aleluya, aleluya!”.

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  1. Me ha encantado el artículo completo del P:Lagrange. Ya conocía algo del mismo cuando leí los enigmas de la Biblia, de los cuales tengo los ocho libros salidos, creo que hay nueve, pero el último por lo visto tardará un tiempo en ponerse a la venta en España. Gracias Padre Ariel y siga desentrañando los secretos y enigmas de la Biblia. Muchos lo agraderemos. Un abrazo y que el Señor le bendida. Alfredo

  2. JOSE ANTONIO CEBALLOS on 4 abril, 2010

    YO ,JOSE ANTONIO CEBALLOS, PASTOR DE LA PRIMERA IGLESIA BAUTISTA DE SAN DIEGO,
    CARABOBO, VENEZUELA, FELICITO AL PADRE :ARIEL ALVAREZ VALDEZ, POR SU ANALISIS
    DE HERMENEUTICA CRISTIANA. DIOS SIGA INSPIRANDO EN FUTUROS ARTICULOS DE RE-
    FLEXION TEOLOGICA. SALUDOS.

    DR. JOSE ANTONIO CEBALLOS
    PORFESOR UNIVERSITARIO DE FILOSOFIA DEL DERECHO.

  3. Felicito al Padre Ariel Álvarez Valdés por el excelente compendio sobre el Padre Marie-Joseph Lagrange sus estudios y su obra que fueron bloqueados durante tantos años. Muchas gracias por hacer conocer la realidad del calvario al que fue sometido el Padre Lagrange sólo por trabajar para sembrar y cultivar el conocimiento. El Señor Dios a todos quienes se esfuerzan para, por y en el trabajo los bendice, mas a los que desarrollan el trabajo para su Gloria el Señor Dios los ama.

  4. Me ha dado varios mensajes este artículo sobre el sabio dominico P. Lagrange: me ha enseñado el valor de la persistencia y perseverancia, las que requieren previamente de la Humildad y de la Paciencia, virtudes propias de sabios y santos. Me ha confirmado en el adagio plpular que afirma que de fracaso en fracaso se llega al triunfo; que el servicio a la humanidad, a los demás, es lo que da sentido a la vida de la persona y la santificar. Gracias Padre Ariel por este y otros documentos que ha escrito. Ruego por ud, suplícole su bendición y sus oraciones por mi familia y mi entorno familiar y parroquial. Quisiera comunicarme con usted porque tengo algunas inquietudes surgidas al leer sus libros. Dios lo bendiga siempre y María, lo proteja.

  5. He leído “EL EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO” y confirma mi FE con los claros detalles del P. Lagrange. El PARÁCLITO esta en los detalles y NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO GLORIFICADO está desde el inicio de los tiempos. La ciencia esta lentamente, con la lógica y la inteligencia humana llegando lentamente con la física y mecánica cuántica a rosar a NUESTRO DIOS TODOPODEROSO Y ETERNO HACEDOR DE TODAS LAS COSAS. nuestro SEÑOR ES EL CAMINO.

  6. EL SEÑOR ES EL CAMINO

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