El 15 de junio de 1994 sendos y lacónicos comunicados emitidos simultáneamente en Jerusalén y en la Ciudad del Vaticano anunciaban al mundo el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre el Estado de Israel y la Santa Sede. Poco tiempo después, durante la ceremonia de presentación de mis cartas credenciales, comentaba el papa Juan Pablo II que la ceremonia tenía un significado histórico y que una nueva era se iniciaba en las relaciones entre la Santa Sede y el Estado de Israel, expresando su confianza de que éstas contribuirían a la intensificación del diálogo entre la Iglesia Católica y el Pueblo Judío, permitiendo a ambos servir mejor a las grandes causas de la humanidad.

 

Pero tuvieron que transcurrir cuarenta y seis años desde la creación del Estado Judío hasta que pudieran establecerse las relaciones diplomáticas. Se podía asumir en 1948 que la Santa Sede podría haber visto la fundación del Estado como una oportunidad histórica para reparar las injusticias causadas a los judíos en el transcurso de las generaciones. Más aún, transcurrirían 17 años hasta que, en 1965, el Concilio Vaticano II decidiera dar un viraje histórico, iniciando un período de toma de conciencia, asumiendo nuevas actitudes frente al Pueblo Judío a fin de intentar superar un pasado pleno de prejuicios, persecuciones, odios y menosprecio alimentados por las enseñanzas de la Iglesia. Este proceso acaba de llegar a un momento culminante precisamente en el año del 50º aniversario de la creación del Estado de Israel con la publicación, por parte de la Santa Sede (en marzo último) del importante documento Recordamos: una reflexión sobre la Shoa, en el que la Iglesia Católica expresa arrepentimiento por la conducta de sus miembros frente al Pueblo Judío y condena enfáticamente el antisemitismo, considerado un pecado contra la Humanidad. El documento, criticado por muchos dirigentes judíos por cuanto no es inequívoco ni suficientemente claro en su reconocimiento de la responsabilidad respecto del más trágico capítulo de la historia judía, es, sin embargo, un avance en el diálogo católico-judío, por cuanto la Santa Sede admite que en sus acciones muchos católicos no se comportaron a la altura de las circunstancias y condena sin ambages el antisemitismo y llama a una cooperación entre judíos y católicos para que jamás pueda repetirse una tragedia como la Shoa.

 

“La Santa Sede y el Estado de Israel, atendiendo al carácter único y a la significación universal de Tierra Santa conscientes de la naturaleza única de las relaciones entre la Iglesia Católica y el Pueblo Judío, el proceso histórico de reconciliación y de comprensión, y de la amistad mutua creciente entre los católicos y los judíos…”. Con estas palabras, que no constituyen el lenguaje convencional de la diplomacia internacional, se inicia el preámbulo del Acuerdo Fundamental, firmado en Jerusalén el 30 de diciembre de 1993, un acuerdo que allanó el camino hacia el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas, poniendo punto final a un período en el que la nota predominante había sido una hostilidad abierta y posteriormente una actitud generalmente negativa. Fueron relaciones complejas y conflictivas. Al inicio primaban las consideraciones teológicas: durante generaciones los teólogos católicos consideraron que la pérdida de soberanía y la expulsión de los judíos de la Tierra Santa fueron consecuencia de la negación de los judíos a aceptar a Jesús. (Cuando en 1905 Herzl pidió al papa Pío X apoyo a la creación de un Estado Judío, éste le respondió: “los judíos no reconocieron a nuestro Señor, por lo tanto no podemos reconocerles derecho alguno a la Tierra Santa”).

 

Sin embargo, desde varios años después de la creación del Estado de Israel, los portavoces vaticanos han insistido reiteradamente en que había impedimentos teológicos para el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. Entonces los impedimentos pasaron a ser políticos y pueden resumirse así: el estatuto de Jerusalén y los Santos Lugares; el apoyo a la creación de un hogar nacional palestino; el problema del destino de los territorios administrados por Israel; la preocupación por las minorías católicas en los países árabes, ante el temor de represalias. Lo que resultaba evidente era que la Santa Sede no quería crear antagonismo en el mundo árabe. El viraje se produjo como resultado de los dramáticos cambios en el orden internacional a fines de los ’80 y el inicio del proceso de paz árabe-israelí, en la Conferencia de Madrid, en 1991. El cambio político simplificó las cosas para la Santa Sede, que no quiso quedar marginada del proceso de paz. Se iniciaron entonces las negociaciones que culminaron con el establecimiento de relaciones diplomáticas.

 

¿Qué ha cambiado con el establecimiento de relaciones diplomáticas? En primer lugar, la atmósfera general en el diálogo. ¿En qué se ha avanzado a los 50 años del Estado de Israel? En el plano bilateral, bastante: acaba de firmarse, después de dos años de negociaciones, un acuerdo que otorga un estatuto jurídico definitivo a la Iglesia Católica por vez primera en su historia en Tierra Santa. Se ha establecido una mayor confianza entre las partes, lo que contribuye a marginar reservas y aspectos negativos. Se ha hecho posible una participación más constructiva de la Santa Sede en el proceso de paz, desde una posición más equilibrada. Otro aspecto importante que ha cambiado es la atmósfera general en las relaciones Iglesia Católica-Pueblo Judío, dada la alta prioridad otorgada al problema de la inexistencia de relaciones entre la Santa Sede e Israel por parte de los dirigentes judíos de la diáspora.

 

Los problemas a superar son muchos. Grandes diferencias separan a ambas partes, sobre todo en lo que respecta al futuro de Jerusalén, así como otros temas ligados a la solución del conflicto árabe-israelí. Pero el diálogo, aunque no carente de dificultades y por momentos de tensiones, es fluido. La buena disposición de ambas partes permite superar gradualmente un largo período de incomprensiones y alejamientos. Para quien estas líneas escribe fue un alto honor y un desafío representar a Israel ante la Santa Sede y contribuir a un diálogo que se aparta definitivamente de los usuales intercambios diplomáticos. Fue una gratificante y única experiencia.

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