El concilio Vaticano II fue, acaso, el acontecimiento religioso más destacado del siglo XX. De sus definiciones surgieron lineamientos teológicos que, penetrando en la Escritura, en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia, revaloraron la enorme riqueza del pensamiento cristiano. Uno de sus protagonistas, el cardenal Suenens, llegó a expresar que “el corazón del Vaticano II es la recuperación de la conciencia del sacramento del bautismo”.

 

Este enfoque, en la perspectiva del compromiso de la nueva evangelización, permite afirmar que dentro de la vida sacramental de la Iglesia el bautismo constituye un suceso tan trascendente que implica una categoría global y sintética del misterio de salvación. El Padre, mediante su designio salvífico, en el acontecimiento de la cruz y resurrección de su Hijo, provocó por la fuerza del Espíritu una conversión radical y el cumplimiento de la vocación total del hombre que accede a la comunidad de la definitiva alianza (operante en la historia como Iglesia y en trance hacia la consumación escatológica). A propósito de ello, Juan Pablo II invita a un “redescubrimiento del bautismo como fundamento de la existencia humana”.

 

El teólogo italiano Piero Coda, en este fecundo trabajo, elabora una síntesis del hecho bautismal desde distintos perfiles que él llama dimensiones: cristológica, pascual, trinitaria, pneumatológica, antropológica, eclesiológica, escatológica y mariana.

 

Incursiona en el ámbito del sacramento de la confirmación, tan ligado al bautismo y que apunta en su dinamismo a la culminación del proceso sacramental en la Eucaristía, la cual es el misterio pascual, el sacramento por excelencia.

 

Llama la atención la nutrida cantidad de citas de teólogos postconciliares que esclarecen y ahondan esta problemática, sin dejar de lado el pensamiento tradicional de santo Tomás y de san Agustín.

 

A modo de conclusión, proponemos el texto de Pablo a los Gálatas 3, 26-28: “Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo han sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús”.

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