A seis años de su última película, El viaje, y a un año de haber cumplido su labor como diputado nacional (de donde se fue con una ley de su autoría, aprobada unánimemente por las Cámaras, y vetada al otro día por el Ejecutivo), Fernando Solanas presenta su nueva obra. Se le pueden hacer algunos reproches, y efectivamente ya hubo quienes se solazaron en hacerlos y subrayarlos con perseverancia digna de mayores causas, pero son reproches menores, referidos a algunos recursos ingeniosos aunque no siempre rigurosos, que no todos saben disfrutar, y también a cierta ingenuidad en el desenlace, a medias entre la pureza de los justos y la repetición de los tercos soñadores, o acaso habría que decir de los soñadores tercos.

 

En cambio, hay muchas cosas para elogiarle. Por empezar, la obra, iniciada en un azul grisáceo con pequeños detalles rojos, verdes, amarillos, y sostenida por el humor y la tristeza en partes proporcionales, tiene una factura casi impecable, y un sentimiento argentino admirable y hondamente expresado, y varios momentos muy ingeniosos, y todo un registro de la porteñidad solaniana, los paredones suburbanos en la noche, el mate, los viejos abrigos de lana, los edificios públicos donde archivos y escritorios se ubican kafkianamente, pero los despachos de los funcionarios son versallescos, y luego, más allá, la afectuosa calidez de los jóvenes por sus mayores, el culto de la amistad y la entereza, el sentimiento del adiós. Y los recursos de estilo propios de Solanas, como eso de hacer literales las metáforas: un chico se derrite ante una mujer, un artista envanecido se eleva por los aires, una nube de gente llega al teatro, y, sobre todo y a veces hasta en demasía, la gente va para atrás. Si se dice que en este país todo va para atrás; pues bien, vemos gente, autos y hasta perros que van para atrás. A veces tal recurso está muy bien puesto, por ejemplo cuando un viejo actor del teatro independiente decide pedir ayuda a un amigo de otros tiempos, ahora funcionario de Cultura de la Nación. En otros casos, el sentido no queda claro, y por tanto parece algo gratuito.

 

Hay también otras cosas, que hoy sólo se dicen en las películas de Solanas, pero que tendrían que decirse en todas partes, con igual sinceridad, con el mismo fervor: resistir, denunciar, seguir trabajando pese a las mentiras y a los cantos de sirena, recordar a los pobres viejos jubilados, a la gente joven que se va por falta de trabajo, resistir de nuevo, resistir siempre… “¡Digan no! Todo no pueden perder” recomienda una milonguita en el comienzo y al final de la obra. Contra “la idiotización de la comarca”, contra “el andar de los cangrejos”, contra la comodidad y la ingratitud (“¡Qué cosa tan argentina es la ingratitud!”), contra el olvido (tomando una frase de Eduardo Pavlovsky, “¡Qué raro placer es el olvido!”), y contra los gatillos fáciles y la justicia difícil, y a favor siempre de los luchadores, de los creadores, de los tiernos y afectuosos que saben ponerse fuertes y decir no, y soportan la espera, y sobreviven a una tensa noche de aullidos, y a la tentación del abandono.

 

Con un elenco excelente, con por lo menos un par de momentos antológicos (el alternarse de poesía elegíaca y de grotesco conventillero sin perder el tono, y poco más tarde la combinación de alegría y dolor en la visita a un hospicio, mientras Luis Cardei canta “Como dos extraños”, como nadie), una música y una fotografía admirables (respectivamente, Gerardo Gandini y Juan Diego Solanas), y el relato en versos del propio autor, la resolución de La nube puede parecer, al final, un poco menos de lo esperado, pero la gente sale con una música en el alma y un sentimiento que tardan en apagarse, y que se agradecen.

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