La situación financiera en Rusia pareciera poner en crisis el crédito internacional, las economías de los países emergentes y abrir una incógnita en el tema de la economía global…

– No le daría tanta importancia al caso Rusia. No creo que tenga más importancia que lo ocurrido en Japón, Malasia, Corea o Tailandia. Curiosamente, hace dos o tres años, los economistas consideraban a Rusia como una economía secundaria. Pero se trata de un gran país, que ha sido una gran potencia. Sucede que con el fin de la Guerra Fría, la industria pesada, que era de punta en la Unión Soviética, desapareció. Y hoy la industria militar, fuera de algunos sectores muy especializados, no tiene demasiado porvenir. Además, se quiso transformar el sistema de organización económica y ello provocó tantos trastornos que, en cierto momento, dio la impresión de que la economía rusa ya no contaba. Ahora, curiosamente, se le atribuye mucha importancia.

 

Veo esta crisis, en relación con toda la economía internacional, como un acontecimiento más. Pero estos acontecimientos son múltiples –crisis de bolsas, financieras, monetarias– y no hay razón para que no sigan sucediendo en otros lugares. Lo que vivimos es una crisis en serie del crédito en el sentido amplio de la palabra.

 

En la economía moderna el crédito se ha desarrollado muchísimo, se ha vuelto muy flexible, demasiado volátil, y este ágil mercado mundial de los títulos de crédito funciona todo el tiempo y prácticamente sin reglas. En todas estas crisis recientes ha habido exceso de crédito, abuso; mucho crédito ofrecido sin garantías de pago. Se trata de un juego muy sutil en el que hay que ver quién cae primero: si el que lo ha ofrecido sin respaldo o el que ha contraído la deuda y luego no puede afrontar su pago. Estuve en Shangai en agosto del año anterior: los chinos construyeron más de mil rascacielos en cinco años y seguirán 800 más, sólo en esa ciudad. Vi que muchos de estos edificios estaban vacíos, pregunté y me contestaron que se habían construido con crédito, mucho crédito, pero la gente no llega a comprarlos. El que dio el crédito no recibe el pago y el que construyó tampoco llega a vender. Ése es un desequilibrio fundamental del proceso económico, bastante común en el mundo asiático. No hay ningún tipo de medidas que nos ponga seriamente frente al problema de cómo reglamentar este comercio del crédito.

 

– Por lo general, la normativa en las transacciones económicas dentro de un Estado están dadas por el Estado…

Estaban.

 

– Estaban. Así es. Entonces, ¿cómo pensar el futuro donde se da una economía globalizada pero sin normas? ¿Cómo pensar una normativa internacional?

– En un primer momento, se llegará a través de convenios internacionales y de organizaciones que pongan en marcha tales acuerdos. No imagino el nacimiento de un Estado mundial de un día para otro. En este sentido Europa es un caso sumamente interesante. La Unión Europea es ahora una organización que decide muchísimas cosas sobre la vida de los europeos, pero no nos atreveríamos a decir que constituye un Estado. Para mí, el mayor problema es cómo llegar a prohibir todas las operaciones financieras sin garantías y controlar que quienes toman los créditos tengan la posibilidad de pagarlos.

 

¿Cuáles serían esas entidades o instancias?

– Hay varias posibilidades. En las bolsas de ayer no podía actuar cualquiera, había controles profesionales.

 

– Es decir, regulaciones surgidas de la misma actividad.

– Sí, como para promover cierta honestidad. Muchas de esas regulaciones perdieron vigencia con la aparición de nuevos mercados bursátiles, poco organizados, desarrollados rápidamente y producto de la internacionalización. Si una organización financiera de Londres o París mantenía un cierto número de regulaciones que no existían en Hong Kong o Singapur, todas las operaciones se trasladaban a estos centros.

 

En efecto, no hay un mínimo grado de acuerdo internacional para imponer reglas sencillas, sobre todo garantías para evitar los excesos que llevan a estas caídas, a la destrucción de industrias enteras. No parece posible soportar una crisis así cada dos meses en algún lugar del mundo.

 

Existiría una perspectiva en los Estados miembros del Fondo Monetario Internacional. Creo que a principios de 1999 se hará una revisión de su carta constitutiva para darle nuevas competencias, nuevas posibilidades de acción. No es fácil prever qué saldrá, pero será una ocasión para mantener discusiones fundamentales en tal sentido. En el FMI observan tantísimas situaciones peligrosas, tienen amplia información, pero se cuidan mucho de hablar y sólo tienen derecho a actuar cuando una economía está en llamas. Esto es así por su constitución actual. Algunos sostienen que con el advenimiento de la informática y la realización de operaciones financieras por esa vía no hay posibilidad de control. Yo creo que sí la hay.

 

– Frente a este contexto ¿qué pueden hacer economías emergentes como la argentina o las de Latinoamérica?

– Tienen que cuidarse mucho en materia de crédito. La economía argentina también abusó mucho del crédito internacional y ha pasado más de una vez por situaciones críticas. Dada la situación que se vive en el mundo, debería abstenerse de un mayor endeudamiento exterior.

 

Aun sin la crisis actual diría lo mismo, porque considero que el crédito exterior es por sí mismo inestable. Se trata de un crédito bancario que proviene de disponibilidades suplementarias libres en algún lugar del mundo (porque los petroleros han aumentado sus precios o algo parecido). Apoyarse en esto es hacerlo en algo que, probablemente, no tenga ningún otro interés que aprovechar una remuneración de capital más elevada en un momento determinado, pero que se puede marchar mañana, y mañana quiere decir mañana: un día es suficiente. Si no se tiene un capital de inversión estable como núcleo para el desarrollo de empresas, o de la economía de un país, es muy peligroso recurrir a este tipo de capital, sobre todo si se carece del apoyo de bancos con arraigo en el país.

 

En último término, los países no pueden tener una tasa de crecimiento mayor que la que les permite su ahorro interno. Debe haber una proporción entre el ahorro interno y el aporte externo, lo cual limita la tasa de crecimiento.

– Sí, la razón de la inestabilidad en este tipo de capitales no es porque vengan de afuera. Muy distinto es el caso de una inversión de largo plazo, que se compromete en la creación de una industria determinada. Permanecerá todo el tiempo que sea necesario. Lo que ganen será a través de esa permanencia en la inversión. Lo contrario es lo que ocurre diariamente en una bolsa de valores, donde si bien puede haber operadores que miren a largo plazo, hay muchos otros que no. Los países emergentes que quieren desarrollar ciertos sectores económicos necesitan una buena dosis de ahorro propio. Lo demostró Japón con un ahorro del 30 % –ahorro familiar durante muchos años–, que le permitió convertirse en la primera potencia financiera del mundo.

 

– Por un lado, se ve el aspecto de la globalización que sería el de la transparencia y la unión de los mercados y, por el otro, la proliferación de pequeños Estados con el concepto antiguo de soberanía, tener la propia moneda. ¿No sería un proceso mucho más fácil y directo que los pequeños países emergentes renunciaran a sus monedas?

– Eso ayudaría. No es el único aspecto del problema, pero ciertamente permitiría un manejo más racional de muchos parámetros de la economía. Baste decir que tener una sola moneda implica que los Estados, al menos, no pueden endeudarse libremente. Europa ya cuenta con esto gracias al euro.

 

– Aquí sucede con la convertibilidad.

– La inexistencia de monedas chicas, divisas muy limitadas, creo que ayuda; pero al mismo tiempo impone una disciplina muy grande, aunque sea dentro de un sector de cuatro o cinco países. Naturalmente, si todos deciden aliarse lo pueden hacer, pero es menos probable con cinco países que con uno solo.

 

– Días atrás se discutía si era deseable una moneda única en el Mercosur. Se decía que era mucho más fácil que Uruguay, Paraguay y Brasil adoptaran la convertibilidad, es decir el dólar o el euro, una moneda ajena, y no construir una moneda propia.

– Sí, es verdad, pero hay que considerar la dificultad que implica asociarse a una zona monetaria demasiado exigente. Una moneda fuerte tiene mucho valor y es difícil hasta para las regiones pobres de un mismo país. En EE.UU., donde el dólar es muy fuerte, Kentucky sufre mucho. En Europa sucede lo mismo. Por eso, el sistema europeo, como el norteamericano, descansa sobre la ayuda a las regiones pobres para compensar este efecto. En Italia, Calabria sufre por una moneda fuerte. Dentro de una zona monetaria se requiere cierta homogeneidad de productividad, si esto no se da todo se torna difícil.

 

– En términos de justicia social, una moneda débil sería una moneda con inflación, es decir con transferencias de ingresos no regulados; en cambio una moneda fuerte permitiría explicitar los subsidios. Es mejor explicitar los subsidios que diluirlos en la inflación. Porque la inflación va en contra de los pobres, no va en contra de los ricos. ¿Por qué se asocia, entonces, moneda dura o fuerte como una medida contra los pobres?

– Hay que admitir que si se quiere tener una moneda fuerte en determinada zona o atarse a una moneda exterior fuerte, eso requiere un sistema de ayudas internas para que las zonas débiles, por naturaleza o por historia, no queden completamente desprovistas. En Europa, la Comunidad Europea –antes de la Unión– ha dado una cantidad de ayudas a las zonas más pobres. Lo que antes hacían los Estados ahora ha sido implementado por la unificación –con la Unión Europea– y no caben dudas de que seguirá así. Con el euro será aún un poco más duro, pero habrá compensaciones.

 

Una cosa que se ha aprendido en los últimos cincuenta años es la importancia de la estabilidad monetaria. Rusia lo sabe bien: ha tenido alta inflación, desde el ’91 hasta hace dos o tres años, y después el rublo se ha estabilizado. Ahora va a perder algo más a través de la devaluación o nueva definición de la banda de fluctuación. Pero la dificultad de Rusia es su deuda interna, la externa es muy secundaria. No se llega a recaudar los impuestos en un país donde antes todo estaba determinado por la administración pública, y en el que las cuentas de las empresas estaban en los bancos públicos. El Estado cobraba un impuesto directamente a través del banco, que reunía los depósitos de todas las empresas. De aquí pasaron a un sistema de libertad donde para pagar el impuesto hay que hacer un cheque. Y bien, no resulta tan fácil. Máxime, cuando ha habido un decaimiento de la actividad económica y en muchas empresas sus directores han dado prioridad al pago de los obreros, de los asalariados, en detrimento del pago de impuestos al Estado. Además, en Rusia no hay inspección financiera; es el tipo de cosas que antes no necesitaban, y ahora no saben cómo implementar. El Estado ruso también está al frente de un sector de salud importantísimo, ni qué decir del educacional o del previsional, con los jubilados del viejo régimen. Todo debe salir de los impuestos y no alcanza, se multiplica así la deuda interna.

 

He leído que en la Argentina el 60 % de los impuestos directos (sobre ganancias) de las empresas, no se recaudan…

 

– Hay un sector muy negro en lo que hace al aporte previsional obligatorio. Es el problema fiscal más grande en la Argentina. En este momento, el 50% de los inscriptos no paga.

– ¿No paga? Es grave. En muchos países es el sector de la administración más difícil de organizar eficazmente. En Francia, está ahora muy bien organizado, pero hace treinta años era un infierno. Requiere administradores altamente capacitados. Y también honestos. Rusia es muy parecida a la Argentina: es rica en materias primas y si puede importar es porque vende gas, minerales, petróleo. Todo el gas consumido en Francia, Italia, Alemania, Bélgica, España, proviene de Siberia. Debe ser una cifra importante, no la conozco, pero recibirla en moneda fuerte ayuda a su supervivencia.

 

– Es el problema que pueden tener países como Chile con el cobre y Venezuela con el petróleo, que toman esos rubros como un ingreso del Estado y no gravan con impuestos a los habitantes.

– Sí, y es fácil de cobrar, es decir, es directo. Da impresión de riqueza, pero no fomenta el desarrollo real, no estimula la creación industrial, ni la educación que se requiere para ello. Todo lo contrario de lo sucedido en Japón y Taiwan, sin hablar de Hong Kong o Singapur, donde no había ni un átomo de materia prima. De manera tal que si estos países han conseguido un alto nivel de producción y de vida, ha sido únicamente sobre la base de la calificación del trabajo. La riqueza de materias primas no ayuda, es mejor ser pobre.

 

Sobre estos temas que estamos conversando, ¿qué tiene para decir la Iglesia, qué tiene que decir la moral cristiana? Porque da la impresión de que siempre se hace eco de los resultados, pero no habla sobre los comportamientos deseables para obtenerlos. No basta con decir “hay que globalizar la solidaridad”. Este es un concepto vacío, si no se antepone cuál es la ética del ciudadano, la de los gobernantes, de la unión, de la autoridad mundial, de los medios.

– Las declaraciones de la Iglesia no han entrado suficientemente en estos aspectos financieros, creo que falta mucho.

Acabo de preparar un pequeño libro de balance de la doctrina social de la Iglesia, o más bien una agenda para el mañana, procurando descubrir los capítulos a desarrollar en el porvenir. Para mí éste es uno de los principales. Existen algunos buenos principios sobre la moneda, por ejemplo algunas frases en el Concilio Vaticano II, pero son principios generales. Esto no basta.

 

Ha habido otros esfuerzos más desarrollados a través de algunos laicos que han escrito los fundamentos del trabajo publicado por el Consejo Pontificio Justicia y Paz. Pero habría que ir más lejos todavía. Se ha hecho poco hasta ahora. Son asuntos que para la mayoría de los clérigos parecían impenetrables y ajenos (¿qué es una operación financiera? ¿una bolsa? ¿es un monstruo?). No se procuraba entrar en la comprensión misma de los mecanismos. Creo que se trata de una regresión, porque la Iglesia ha sido famosa durante los siglos XVI y XVII por su conocimiento de las finanzas, fuente principal de la ciencia económica moderna, los tratados sobre la moneda, en particular. Después, en todo el gran período de la doctrina social de la Iglesia moderna –un siglo más o menos, desde León XIII– el aspecto casi no se toca. Se enfoca el problema de los salarios, mucho la organización económica global, la competencia, la propiedad, otro de los capítulos para reabrir…

 

– El tema de la productividad no se toca mucho. Tampoco se habla de impuestos. Ni sobre el aspecto ético de los impuestos directos, indirectos, sistema previsional…

– No, casi nada. Del efecto social de los impuestos no se ha hablado. Muchos representantes de la Iglesia se han ocupado de esto en artículos, pero no se lo ha hecho en forma oficial. Son algunos de los capítulos más importantes para la agenda del futuro.

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