Hace ya varias décadas, Gary Becker, hoy un muy respetado ganador del premio Nobel, reconocía ante la pregunta de un alumno de entonces que los economistas, si bien sabían predecir los precios de acciones y títulos en el mediano y largo plazo, no estaban en condiciones de hacerlo para los movimientos de corto plazo. Los sacudones de las bolsas del mundo de los últimos meses indican que, a pesar de las infladas y terminantes afirmaciones de los superopinadores de televisión, el conocimiento no ha progresado mucho en esta materia. Seguimos sin saber los porqués de los cimbronazos violentos y súbitos que hacen tanto estrago. Si los conociéramos de antemano, no existirían: los operadores tratarían de sacar ventaja anticipándose a ellos. En materia de movimientos en las bolsas, la distancia entre los auges y las catástrofes son una medida de la ignorancia de legos y letrados.

 

La ignorancia es peligrosa, no sólo por sus consecuencias directas, sino porque siempre hay alguien que pretende ser sabio aun a costa de cometer errores importantes. En este caso, dado que sabemos poco, por qué no buscar sospechosos, como por ejemplo la globalización, ese horrible y confuso término probablemente de invención mediática –otra expresión abominable– a la que ya le hemos adosado el desempleo, la pobreza, la inequidad social y otros males. Después de todo, la expresión ya ha sido utilizada para endiosarla o vilipendiarla por gente seria e instituciones solemnes.

 

No está dentro de nuestras posibilidades ni de nuestras inclinaciones hacer disquisiciones semánticas ni dar definiciones precisas sobre el sentido del término globalización, aunque podemos registrar algunas de las características que habitualmente parecen atribuírsele para entender un poco mejor nosotros mismos de qué estamos hablando. En primer lugar parece indicar que de alguna manera las diferencias entre pueblos, naciones y culturas se confunden, caminado hacia una amalgama cuyo estado final todavía ignoramos. Más concretamente, que los grandes movimientos culturales, económicos y sociales de hoy superan las fronteras existentes e implican –para el mal como para el bien– una interdependencia mayor que en el pasado. Nadie está en condiciones de ignorar lo que pasa en otros lugares del mundo, por más remotos y desconocidos que sean. Vista de esta manera no se puede decir que la globalidad sea un fenómeno nuevo. Una mirada a cualquier momento de la historia muestra que estas características estuvieron presentes siempre con mayor o menor intensidad. Pero es precisamente aquí donde se distinguen los tiempos actuales. La superación de fronteras y la interdependencia se dan con intensidad, velocidad y alcance hasta hoy desconocidos . A esto se debe agregar que en la primera mitad de este siglo, con la Primera Guerra Mundial y con la tremenda recesión de los años 30, se interrumpió el claro movimiento hacia una mayor globalización que se venía dando desde siglos atrás. Esta tendencia histórica fue retomada más o menos recientemente, acentuada con la caída del Muro y la desaparición del bolchevismo, y llevada a la popularidad por la prensa y los difusores de la cultura. Hoy es ingrediente obligado de cualquier conversación con pretensiones intelectuales.

 

Las consecuencias de la globalización en el orden económico pueden verse considerando la intensificación del comercio internacional por un lado y la mayor movilidad de capitales por el otro. En lo que respecta al comercio, desde los tiempos de Adam Smith es muy difícil encontrar opiniones discordantes entre los economistas de todo el mundo. La gran mayoría, si no la unanimidad, ve la apertura al comercio internacional como algo auspicioso para el bienestar y el crecimiento económico. Tanto con argumentos teóricos como empíricos nos muestran que una mayor apertura es beneficiosa para el conjunto de la humanidad. En todo caso algún jugador particular puede beneficiarse poniendo trabas al comercio, pero lo hará sólo a costa de los demás. Por otra parte, este juego poco limpio da resultado sólo cuando quien lo practica tiene poder monopólico. Es decir que es un instrumento que sólo beneficia a los países grandes o a grandes concentraciones económicas. Los empresarios que no tienen otro remedio que competir o los países relativamente pequeños no se pueden dar el lujo de ser proteccionistas. Tampoco reciben gran cosa del proteccionismo los hombres comunes de los países grandes.

 

Estos beneficios de un mayor comercio internacional no son entelequias referidas a un bienestar abstracto. En definitiva un mayor comercio significa mayor producción. Este aspecto expansivo es creador de empleo contra lo que se cree frecuentemente. La correspondencia que muchos establecen entre apertura y desempleo en la Argentina nace de una observación descuidada de las cosas. Es cierto que el aumento de la desocupación coincide en el tiempo con una mayor apertura económica. Pero esto de ninguna manera quiere decir que la apertura causa desempleo. De hecho el conjunto del sector manufacturero se expandió fuertemente a partir de la apertura y desde ese punto de vista debería haber creado ocupación. Las causas del desempleo hay que buscarlas en otro lado y, en todo caso, en la ineficiencia fruto del proteccionismo anterior.

 

El conocimiento acerca de las consecuencias del comercio es entonces más sólido y menos discutible que lo que se sabe de cómo funcionan las respetables loterías llamadas bolsas.

 

Claroscuros

 

Cuando pasamos del comercio a los movimientos de capitales comienzan a predominar los claroscuros. Por una parte, la globalización hace que los capitales se muevan internacionalmente hacia los mejores proyectos en el mundo. Desde este punto de vista, contribuyen a mejorar la producción, a generar más empleo y hasta pueden moderar desigualdades. Pero también existen dificultades. Destaquemos dos. Una, la más evidente, es la volatilidad que introducen en el funcionamiento de la economía. Los capitales se mueven no sólo en forma de inversión directa, sino también para diversificar riesgos y para especular. Bajo esta faceta son, como en el presente, un motor de inestabilidad que se trasmite del sector financiero de un país a los demás, y de los sectores financieros a los bolsillos y los empleos de la gente que trabaja.

 

La otra característica negativa, poco mencionada en estos días, es que la facilidad con que hoy se mueven los capitales favorece la formación de grandes concentraciones económicas, con alto poder monopólico y que se distribuyen en todos los sectores. En nuestro país podemos encontrar ejemplos: desde los grandes complejos industriales hasta en los medios de información. Así como la actitud de los economistas es de simpatía hacia la apertura al comercio, también desde los tiempos de Adam Smith siempre ha sido de rechazo hacia el poder monopólico. Entre otras cosas porque pueden limitar los efectos expansivos del comercio sobre la producción y el empleo. A esto deberíamos agregar las consecuencias no económicas y quizá más importantes de la acción de estos grandes grupos, como por ejemplo la excesiva y nociva influencia sobre los gobiernos cuando condicionan su apoyo a la consecución de ciertas políticas y sobre los partidos políticos mediante un financiamiento también condicionado.

 

¿Hay alternativa?

 

Estos son los frutos. No todos apetecibles. Sin embargo, para juzgar al árbol conviene compararlo con los de otros. De cualquier manera de alguno habrá que comer. En otras palabras, ¿se puede resistir la globalización?

 

Esencialmente la globalización es un hecho histórico que va más allá de la voluntad de los gobiernos. Tiene que ver más con la facilidad y con la necesidad de comunicarse que con designios políticos. La resistencia, desde esta perspectiva, parece fútil. Se puede hacer un esfuerzo como en su momento hizo Albania o incluso el antiguo bloque soviético y obtener los mismos resultados. O se puede enfrentar el hecho irreversible usando en la medida de lo posible sus características más deseables en provecho de todos y moderando de alguna manera los aspectos más conflictivos. De todos modos, hay algunas pocas conclusiones que podemos adelantar con bastante seguridad.

 

La primera es que no tiene sentido resistirse a la globalización en nombre de la defensa del empleo. Defender el empleo es claramente uno de los deberes postergados más importantes de esta década. Los cambios en el mapa político de Europa y los que se avizoran en comarcas más cercanas probablemente sean una indicación de lo que piensa la gente al respecto. Pero la vuelta al proteccionismo comercial no es el camino adecuado.

 

La segunda conclusión es que queda un margen de incertidumbre sobre las bondades de los movimientos irrestrictos de capitales. Pero también aquí es necesario discernir sobre lo que se puede y sobre lo que más conviene. Sería fácil recomendar restricciones sólo para los movimientos especulativos de capital. El inconveniente que se presenta es que en la práctica es difícil, si no imposible, distinguir entre movimientos especulativos y los que no lo son.

 

También conviene recordar que los países más poderosos del mundo ignoraron y posteriormente intentaron controlar los movimientos de capitales y no les fue nada bien, por lo menos de la manera en que lo hicieron. Este hecho alerta sobre intentos solitarios de países que pretenden regular lo difícilmente regulable. En todo caso, un problema globalizado requiere soluciones de esa escala. Se requiere lo que cada día con más frecuencia se llama coordinación internacional, cosa que hoy no existe de manera institucionalizada sistemática y universal.

 

Se sabe que los Bancos Centrales de la Unión Europea se consultan de manera permanente, aunque informal. Pero en estas consultas y las eventuales decisiones no intervienen los países que no son miembros, ni se consideran sus intereses por legítimos que sean. Por otro lado, en el momento de escribir esta nota los operadores de bolsa del mundo están pendientes de si la Reserva Federal de Estados Unidos anuncia o no una rebaja en las tasas de interés. Es una forma elemental de coordinación que depende sólo del más fuerte y de la capacidad de entendimiento del problema que tenga el señor Greenspan, secundado por sus asesores. En ninguno de los dos casos la acción está institucionalizada internacionalmente y en ambos está muy lejos de ser universal. Pero más de una vez estos caminos han llevado a resultados positivos.

 

Por fin, la coordinación que cumpla con las condiciones mencionadas requiere la creación de instituciones internacionales a las que habría que delegar poderes hoy considerados soberanos, cualquiera sea el alcance que se quiera dar a este término. Esto es un problema para algunos. Quizá sea todavía más seria la cuestión de que en los organismos internacionales se refleja el balance o desbalance de poder existente en el mundo y, de que estos organismos siempre terminan creando burocracias cuyo poder excede su capacidad de discernimiento. Quien no lo crea así que mire a su alrededor.

 

Cuando la crisis arrecia, como en estos días, hay gente dispuesta a pagar los costos de la coordinación. Durante la bonanza la discusión tiende a postergarse hasta la próxima crisis. Pero tanto la posibilidad de coordinar, como el hecho de que las instituciones requeridas no existen y que su funcionamiento no es gratuito, están presentes.

 

Por fin nos queda la impresión fundada de que la llamada globalización está para quedarse y que en todo caso hay que intensificar los esfuerzos para entenderla, convivir con ella, e incluso aprovechar su potencialidad como vehículo de progreso.

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